«¡Que la esperanza os tenga alegres!» (Rom 12,12)

Varios_5Desde hace días, las lecturas que hemos leído en Misa estos últimos domingos me animan a compartir con vosotros dos actitudes que descubro en ellas: una es la experiencia de Israel, y la otra es la mirada de Dios a Israel. Intentaré explicarme.

La deportación del pueblo de Dios a Babilonia, le conduce a una situación de orfandad que le obliga a reconsiderar su relación con Dios, y descubre que se ha apartado de Él, que le ha ofendido desobedeciéndole, desconfiando de él y quebrantando la Alianza de amor que ambos habían establecido...algo que ya había ocurrido en otras ocasiones de la historia de Israel; sus pecados le han encerrado en una prisión de la que no puede salir, han tenido consecuencias funestas y le han llevado a la esclavitud, a poner su vida en manos de otro, a perder la libertad que tenía con Dios...¡la atractiva vida que ofrecía la tentación, se ha trocado en sufrimiento, dolor, soledad,...orfandad!

Pero el pueblo de Dios es el pueblo de la memoria, el que recuerda las obras maravillosas que Dios realizó antaño en su favor,... y clama al Señor con fe, con amor sincero, con esperanza de que vuelva a obrar -en la nueva y angustiosa situación- las maravillas de su amor todopoderoso. Sólo espera que suceda algo el que tiene razones para esperar que suceda, y las razones se basan en datos fiables -o, al menos, posibles- e Israel tiene muchos datos en su historia del poder de su Dios. Por eso grita a Dios, le llora, clama al cielo, recuerda, ora... Es verdaderamente consciente de sus pecados, de sus errores, de sus infidelidades para con quien siempre ha sido fiel [«Todos éramos impuros (...) todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebatan como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti» (Is 64,5-6)], pero Israel mira más Su Misericordia que la gravedad de su pecado...porque sabe que Dios puede perdonar todo pecado...y apela a Él con uno de los títulos que el pecado -por grande y grave que sea- no puede anular, un nombre que siempre es válido: «Tú, Señor, eres nuestro Padre» (Is 63,16).

La conjunción entre el dolor y el arrepentimiento por la ofensa, y la experiencia de la bondad, la ternura, la fidelidad constante de Dios, lleva a Israel a desear fervientemente que, de la misma forma que libró prodigiosamente a Israel de la esclavitud de Egipto abriendo el Mar Rojo, vuelva a mostrar su omnipotente y misericordioso poder acabando con su destierro en Babilonia, y grita: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» (Is 63,19); que no se fije en sus pecados sino en Su poder para destruirlo, empezando por el que habita en el corazón de su pueblo. Así nace la auténtica la esperanza, virtud por excelencia del Adviento: desde el realismo de la situación presente, nos hace mirar al mañana con confianza; miramos al futuro con el aval de realidades pasadas, mirando de frente nuestro pecado anhelamos la presencia real de un Salvador, un Redentor que me rescate de esta situación de muerte en que me encuentro. Y Dios enviará a Ciro II, rey de Persia, que liberará a Israel del destierro, y que es imagen del verdadero Salvador que esperamos nacerá al final del Adviento.

Y, ¿cuál es la respuesta de Dios? ¿cómo mira el Señor a quien arrepentido de haberle ofendido desea cambiar de vida, convertirse a Él? «Apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne; lleva en brazos los corderos, cuida de las madres» (Is 64,11); la imagen que ofrece la Escritura es la del pastor, el buen pastor que comprende el error de la oveja, que busca a la descarriada, que la coge sobre sus hombros y la devuelve al redil, que cura sus heridas y la defiende del lobo. Imagen muy recurrente en el AT que alcanza su plenitud en la persona de Jesucristo (Lc 15,4-7; Jn 10).

Las consecuencias del pecado no desaparecen con el arrepentimiento, ni siquiera con la absolución del pecado confesado -y menos aún con el solo esfuerzo personal-, sino con la penitencia, con la educación del corazón hacia el bien y la virtud, trabajando con la gracia para adquirir la buena voluntad que Dios ama; de ahí que, cuanta más experiencia personal tenga de la obra salvadora de Dios en mí -como Israel- con más fervor y confianza esperaré, cuanto mayor sea mi experiencia del perdón de Dios en mí más motivos tendré para esperar de Dios la total conversión de mi corazón en Él (y que es posible, lo certifica el ejemplo de María Magdalena). Así pues, como dice el profeta Baruc: «Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño. El que os mandó las desgracias, os mandará el gozo eterno de vuestra salvación» (Ba 4,28-29).



Comentarios   

 
0 #1 Egomantes 07-12-2011 11:29
Qué curioso! El primer párrafo me ha hecho pensar en lo siguiente:
Muchas (algunas) personas identifican a Dios/Cristo/Igl esia con normas y reglas, lo que no deja de ser esclavitud. Sin embargo, la experiencia de Israel es justo la contraria, cuando el pueblo elegido peca/sealejadeD ios es cuando acaba esclavo.

Sólo eso. :P
 

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