El pulpo del garaje

octopusMás de uno nos hemos preguntado alguna vez si el Oratorio es nuestro sitio, si es el lugar que Dios ha destinado para mí como vocación particular, como camino de felicidad, especialmente cuando parece que no acabamos de encontrar el sitio, estamos a disgusto (o no estamos demasiado a gusto) o nos sentimos –como suele decirse- como un pulpo en un garaje. Es una pregunta que incomoda, que preocupa y que nos exige una respuesta lo más inmediata posible…porque, ciertamente, se pasa mal.

Viendo la historia del Oratorio y leyendo las máximas de San Felipe Neri y de los primeros Padres de la Congregación romana, se me ocurren tres argumentos (seguro que hay más) que nos pueden ayudar a dilucidar por qué no encontramos nuestro sitio en el Oratorio o qué debemos corregir en nuestras actitudes para poder discernir si éste es el camino concreto de salvación que Dios ha dispuesto en mi vida...y adelanto que los tres motivos que voy a señalar, hunden sus raíces en carencias o deficiencias afectivas del corazón.

Entiendo que no encuentran su sitio en el Oratorio los que vienen para que se les quiera, es decir, los que buscan sentirse permanentemente queridos, los que reclaman una atención y cariño particular hacia ellos, que estén pendientes de sus dolores, de sus penas, de sus alegrías, de sus estados de ánimo, que les agradezcan lo que dicen o lo que hacen, que se preocupen de atenderles antes que a otros,…en el fondo, buscan cubrir un afecto que no han tenido en su vida pasada. Creo que, para descubrir si estamos entre éstas personas, nos vendrá bien mirar dentro de nosotros y ver cuáles son las motivaciones reales que  tenemos para decir, hacer, pensar o juzgar lo que hacemos o hacen otros y, si estamos buscando más el amor de las criaturas que el del Creador, recordar aquella frase de San Felipe que decía: «Cuanto amor se pone en las criaturas, tanto se quita a Dios» y, por tanto, no nos vemos colmados, iremos “chupando” amores limitados, imperfectos, como las abejas que van de flor en flor.

También concibo que no encuentren su lugar en el Oratorio los que buscan sentirse valorados, los que llegan con ideas muy claras de cómo hay que hacer las cosas y cómo no hay que hacerlas, qué vale y qué no vale; son personas que, con la mejor intención, quieren organizar “mejor” las cosas, consideran que deben ser tenidos en cuenta en puestos de responsabilidad, ser obedecidos, ser preguntados como maestros…en cierto modo, buscan en el Oratorio un protagonismo, figurar de alguna forma, sin darse cuenta de que aquí se vive una espiritualidad heredada de San Felipe a través de los que vivieron con él y de los que han vivido como él. Eso no quita que haya que ir adaptando algunas cosas a la situación actual, destacar algo que hoy es más necesario o realizar las aportaciones que consideremos necesarias para no traicionar el espíritu de San Felipe y perder la herencia recibida de él, pero sin querer ocupar lugares que no nos corresponden o sin hacer de mi criterio fuente suprema de verdad. Quizás a éstos les venga bien recodar que San Felipe declaraba que «es propio del Oratorio desear no ser conocido y ser tenido por muy poca cosa», y que «es muy propio de la virtud [de las personas virtuosas o las que buscan serlo] evitar toda suerte de singularidad y no manifestar ser ni hacer más que los otros».

Por último, admito que no encuentren su lugar los que quieren “estar” en el Oratorio sin “ser” Oratorio, esto es, los que buscan un camino de santificación alternativo al enseñado por San Felipe Neri y, por consiguiente, al que hemos heredado de él y que Dios a través de la Iglesia ha sancionado como camino particular de salvación para los oratorianos; ciertamente, hay muchos caminos bendecidos por Dios que llevan al cielo, todos ellos buenos y santos, perfectamente válidos para crecer en vida interior y en amor a Dios y a los hombres, pero que no son el que Dios nos pide que andemos: el que nuestro Señor ha querido en concreto para nosotros es el andado y enseñado por san Felipe y todos los que le siguieron, un camino que nace de la vida de caridad, se alimenta de la gracia sacramental, se desarrolla con la oración y la dirección espiritual, se purifica con la mortificación más interior que exterior (especialmente la “de la racional”), la reparación de las faltas propias y ajenas, la obediencia confiada, la alegría sincera, la disponibilidad…no hay atajos ni fórmulas alternativas, como Cristo tampoco buscó atajos para cumplir la voluntad del Padre: Él es el modelo a seguir, el único motivo de nuestros pensamientos y acciones, porque “quien quiere algo distinto a Cristo, no sabe lo que quiere; quien pide otra cosa que Cristo, no sabe lo que pide; quien obra, pero no por Cristo, no sabe lo que hace”.



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