...aunque unos pocos sí lo desean (II)

Juan Bautista y fariseosEn su conversación con los fariseos y levitas que le habían enviado, Juan el Bautista les dice: "En medio de vosotros hay uno que no conocéis" (Jn 1, 26). Me resulta muy significativo que esto se lo diga el profeta a los representantes religiosos de Israel, a los que -en principio- están más cerca de Dios, por conocimiento de la Escritura y de la Tradición, y por práctica diaria de la religión; y me pregunto: ¿cómo se lo tomarían? ¿qué pensarían de Juan al escuchar esa acusación? ¿cómo reaccionarían? Me meto en su piel y me pregunto: si a mí, representante religioso del nuevo Israel, un laico me dijese esas palabras, a mí que tengo estudios universitarios, que rezo todos los días más que muchos, que celebro la Eucaristía diariamente y me confieso con frecuencia, que predico su palabra y la expongo en la catequesis,...¿cómo me lo tomaría? ¿qué pensaría de esa persona que hace tal afirmación? ¿cómo reaccionaría?

Podéis imaginaros lo que pensaría y cómo sería mi reacción, pero si lo medito despacio, tendría que darle la razón y las gracias por decírmelo, porque me falta experiencia real de un Cristo vivo, presente, actuante, que es lo que significa "conocer" en el lenguaje de san Juan; carezco de una experiencia fundante nacida de un encuentro personal y real con Jesucristo resucitado, una vivencia que haya marcado mi vida como ocurrió con aquellos que se encontraron con el Resucitado. Sé cosas de Él, pero necesito la experiencia viva del encuentro con Él, para que mi testimonio de vida sea coherente, sincero y creíble...y eso es lo que Él desea para nosotros -para Él y para mí- en esta Navidad, ese es su regalo.
 
Es más, el mismo Jesús podría decirme como a Felipe: "Tanto tiempo contigo, ¿y aún no me conoces?" (Jn 14, 9)...tantos años en la Iglesia, recibiendo y dando catequesis, escuchando a personas con una gran vida espiritual, leyendo en misa o preparando la liturgia...tanto tiempo, tantas oportunidades, ¿y aún no me conoces personalmente? sólo sabes de mí lo que has oído a otros? ¿quién dices que soy yo?

Ciertamente, como ocurre hoy, la mayoría del pueblo de Dios no dice de corazón "Ven, Señor Jesús", o se desea "apresurar" la venida real de Cristo porque significaría el fin del mundo, la muerte para todos y el juicio de cada uno, pero sí hay una parte del pueblo que desea o quiere aumentar el deseo de que su vida sea Cristo así "en la tierra como en el cielo": como sucedía en Israel, había un resto que se creía las profecías de la Escritura y que esperaba de corazón su cumplimiento; eran llamados 'los pobres de Yahvé', esos que aparecen en las bienaventuranzas que proclama Jesús en el Sermón de la Montaña y que los judíos conocían como 'anawim'. A ese grupo pertenecía María, José y otras personas -muchas de ellas  anónimas- fieles a Dios, cuya vida espiritual nacía de las Escrituras, de lo que el Señor había revelado a lo largo de los siglos, por eso no dejaban de velar, porque se alimentaban continuamente de la palabra de Dios y eso les mantenía "firmes en la fe, alegres en la esperanza y diligentes en el amor". Ellos creían vivamente que Yahvé cumpliría su palabra de enviar al Mesías, estaban atentos a los signos de los tiempos y a las señales de la presencia de Dios; su alegría era la venida del Señor para restaurar el corazón de los israelitas y conducirlos a un amor más pleno, más perfecto, el Mesías traería un "vino nuevo" signo de un nuevo tiempo, de una nueva alianza.

Efectivamente, María, José y el resto de Israel, leían en su vida cómo cumplir la Ley y los Profetas, miraban cómo agradar a Dios con su vida, hacían sus planes para conjugar su fe con la vida de cada día, como muchos de nosotros, pero ellos no vivían pendientes de sus planes como si fueran los únicos posibles, no absolutizaban sus proyectos, sus criterios o sus ideas de lo que Dios quería, porque ellos no estaban cerrados al plan de Dios, no ponían límites a las posibilidades o al poder de Dios porque -como afirmó el arcángel Gabriel- "para Dios no hay nada imposible". A veces es muy difícil saber o interpretar lo que Dios quiere (por eso el Señor facilita el conocimiento de su voluntad a través de instrumentos, humanos o no), pero lo hacemos infinitamente más difícil -diría que imposible- cuando vivimos cerrados sobre nuestros proyectos sin considerar la posibilidad de dejarle intervenir. Los padres de Jesús tienen esa actitud abierta, por eso ven maravillas: el amén de María ["He aquí la esclava del Señor..." (Lc 1,35)] y de José ["Al despertar, hizo lo que le había dicho el ángel" (Mt 2,24)] muestran la verdadera fe en Dios, sin valoraciones y con decisión, y expresa la plena disponibilidad de su voluntad a dejarle intervenir, a darle las riendas de sus vidas, a obedecer con paz y confianza, aun sabiendo que no será fácil, que se presentaran múltiples dificultades, e incluso poner en riesgo la propia vida.
 
Sus planes se reducían a uno solo: seguir el plan de Dios, dejar a Dios ser Dios, saberse criaturas guiadas por el Todopoderoso, el Omnisciente y el Amor. ¿Fue duro? Si leemos despacio el Evangelio, veremos que tuvieron muy pocos momentos de paz, de comodidad o de una elemental seguridad. ¿Mereció la pena? Sí, porque fueron bendecidos por el Padre con el Hijo, porque el Espíritu Santo habitaba permanentemente en ellos iluminando su vida y fortaleciendo su fe, porque su fidelidad hizo posible la redención de todo el género humano, porque nos han desbrozado el camino que lleva a la vida eterna y porque ahora gozan para siempre de ella, porque nos han dado la Vida. Eso es lo único importante: el sufrir pasa, el haber sufrido con amor, fe y esperanza es la llave que abre la puerta del cielo.
 
María y José son modelos de fe para nosotros en el Adviento, son luz de Dios en nuestra vida, son intercesores nuestros ante la Trinidad. La gran mayoría no espera la venida del Señor; otros muchos no salen a su encuentro por los lugares adecuados, por donde va a venir Él (sería absurdo ir a recoger a la estación a alguien que viene en avión, ¿verdad?); otros están en el lugar adecuado, pero pendientes de otras cosas que no son importantes o necesarias para localizarle; y otros sólo están pendientes de la llegada de esa persona y nada de alrededor les distrae. ¿A qué grupo pertenecemos tú y yo? ¿Qué nos falta hacer para estar entre aquellos cuyo único deseo es alegrarse de que llegue ya el momento de abrazar a la persona esperada? María y José tenían fe auténtica, pero "cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" (Lc 18,8). Ojalá que sí, seguro que por tu parte y por la mía no quedará. "Preparemos los caminos, ya se acerca El Salvador; y salgamos peregrinos al encuentro del Señor", con alegría, con deseo de abrazarle, de hacernos uno con Él, sin permitir que nos distraigan otras luces de colores, y digámosle el día de Navidad: "Gracias. Quédate. Renuévame."
 Ven


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