CUADERNO DE NOTAS

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UN MOMENTO EN LA LITURGIA PASCUAL

Hay un momento en la liturgia de la Pascua en el que Cristo resucitado empieza a dirigir nuestra atención al Espíritu Santo, como principio de su presencia real e íntima en nosotros. Es hoy: «el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». En este momento es necesario empezar a invocar al Espíritu del Padre y del Hijo. Por mera atención y obediencia a su palabra es necesario hacerlo desde este momento. Aunque la mejor forma de suplicar y esperar este Espíritu Santo es amar la humanidad bendita de quien nos habla de él: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».

P. Enrique Santayana C. O.  — 15/5/2017 —

EL PADRE ENTREGA A SU HIJO EN LOS BRAZOS DE MARÍA, QUE LO OFRECE. En la Presentación del Señor

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Entran José y María en el Templo. José lleva a quien ha hecho hijo suyo legalmente y, sin duda, al que está en su afecto como hijo. María lleva a su hijo, a quien ha engendrado y gestado, al que ha dado a luz y ha amamantado, al que crece en su alma, día a día, hasta hacer de su hijo su propia casa. María lo lleva todo llevando a su hijo, para entregárselo a Dios como don.

Pero en los brazos de María, es también el Padre quien ofrece a su Hijo eterno, engendrado antes del tiempo y ungido con su Amor. El Padre entrega a su Hijo amado, en quien se complace. En los brazos de María el Padre lleva a su Hijo para entregarlo al hombre como don.

El largo diálogo entre Dios y el hombre, desde Abraham, desde Adán, se condensa ahora en María. María ofrece el fruto de su fe, el Padre ofrece el fruto de su amor eterno. Ambos llevarán su ofrenda hasta el final, María como madre de una nueva humanidad, Dios como el Padre de un Hijo lleva consigo, ya para siempre, la naturaleza de Adán. El diálogo de la revelación se desarrolla hasta el final: del seno virginal al templo, del templo a la cruz, donde María y Dios consumarán la entrega a su Hijo. Y el Hijo mismo, que toma de ambos lo que les es propio, de su Padre y de su madre, se ofrece a Dios —como nuevo y obediente Adán—, y se ofrece al hombre —como Dios que se ha abajado a la capacidad humana—.

La lógica del diálogo amoroso se cumple en la Cruz. Jesucristo desarrollará hasta el final la lógica: como Palabra pronunciada, encarnada y sacrificada por amor al hombre; como hombre verdadero, como nuevo Adán, cabeza de una nueva creación, entregado al Padre. Ha tomado la lógica del amor de Dios, del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; y ha tomado la lógica de su Madre, que lo lleva en brazos hasta el Templo para consagrarlo y lo acompaña hasta la cruz.

En la presentación del Señor contemplamos un momento de este diálogo de amor entre Dios y el hombre, un diálogo pronto a culminarse, que se condensa en María. El Padre que entrega a su Hijo en los brazos de  María que lo ofrece.

P. Enrique Santayana C.O.

 

LA ESTÉTICA DE LA NADA Y LA ESTÉTICA DE LA VIDA

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Hay «una templanza egoísta, una actitud pacífica egoísta, una benevolencia egoísta». Son Palabras de J. H. Newman. Las repito y sigo con las mías. Hay «una templanza egoísta, una actitud pacífica egoísta, una benevolencia egoísta», un altruismo egoísta: una moralidad que nunca sale del «yo», que busca a toda costa la paz confortable del «yo», confortable y estéril. Huye de toda obediencia y de toda llamada que no sea la del propio bienestar, elegante y refinadamente expuesto ante sí y ante los otros.

Es la moralidad que falsea el cristianismo y lo empequeñece. No es capaz de construir nada con vida, nada que pueda desarrollarse: ni amistad, ni familia, ni nación, ni cultura. Poco a poco todo lo atomiza hasta que solo queda polvo. Es la estética de la nada.

Frente a ella existe quien hace del otro su morada: de su amigo, de su esposa, de sus hijos o de Dios. Entre ellos está el cristiano: ha hecho de Cristo su morada. Hacer de otro la propia morada es un drama siempre, pero ahora solo quiero referirme al que hace de Cristo su morada, al discípulo, en contraposición a aquellos que nunca salen del «yo», aunque tengan un bello crucifijo sobre la cama.

El discípulo penosamente sale de sí mismo y se entrega a la fascinación del amor de Aquel que lo precede y lo llama. Y se dispone a la obediencia, al seguimiento y al sacrificio. Avanza sin cálculos, aun entre caídas y gritos de auxilio, atraído tan solo por su amor.

Es Cristo como morada, que se eleva y se ensancha siempre más, desgarrando y abriendo el alma, sin descanso, como una catedral medieval, añadiendo piedra a piedra, elevando poco a poco las ojivas, sumando arcadas… la Casa de Dios, cobijando a los que se acercan. Siempre entre los dolores de quien ha de parir, siempre con la alegría de la vida que se desarrolla, aunque no todo esté ordenado, aunque los trastos de los niños nunca estén recogidos, aunque no haya descanso. Es la moral, la ciencia y la estética de la Cruz, la estética de la vida generada en el amor. Su belleza no tiene parangón, aunque a los estetas de la nada les parezca una estética vulgar.

La estética de la nada, frente a la estética de la vida. La moralidad del yo o hacer de Cristo la morada. La muerte o la vida. «Ἐγώ εἰμι ἡ ὁδὸς καὶ ἡ ἀλήθεια καὶ ἡ ζωή». «Yo soy el camino y la verdad y la vida».

P. Enrique Santayana C.O. 

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