LA ESTÉTICA DE LA NADA Y LA ESTÉTICA DE LA VIDA

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Hay «una templanza egoísta, una actitud pacífica egoísta, una benevolencia egoísta». Son Palabras de J. H. Newman. Las repito y sigo con las mías. Hay «una templanza egoísta, una actitud pacífica egoísta, una benevolencia egoísta», un altruismo egoísta: una moralidad que nunca sale del «yo», que busca a toda costa la paz confortable del «yo», confortable y estéril. Huye de toda obediencia y de toda llamada que no sea la del propio bienestar, elegante y refinadamente expuesto ante sí y ante los otros.

Es la moralidad que falsea el cristianismo y lo empequeñece. No es capaz de construir nada con vida, nada que pueda desarrollarse: ni amistad, ni familia, ni nación, ni cultura. Poco a poco todo lo atomiza hasta que solo queda polvo. Es la estética de la nada.

Frente a ella existe quien hace del otro su morada: de su amigo, de su esposa, de sus hijos o de Dios. Entre ellos está el cristiano: ha hecho de Cristo su morada. Hacer de otro la propia morada es un drama siempre, pero ahora solo quiero referirme al que hace de Cristo su morada, al discípulo, en contraposición a aquellos que nunca salen del «yo», aunque tengan un bello crucifijo sobre la cama.

El discípulo penosamente sale de sí mismo y se entrega a la fascinación del amor de Aquel que lo precede y lo llama. Y se dispone a la obediencia, al seguimiento y al sacrificio. Avanza sin cálculos, aun entre caídas y gritos de auxilio, atraído tan solo por su amor.

Es Cristo como morada, que se eleva y se ensancha siempre más, desgarrando y abriendo el alma, sin descanso, como una catedral medieval, añadiendo piedra a piedra, elevando poco a poco las ojivas, sumando arcadas… la Casa de Dios, cobijando a los que se acercan. Siempre entre los dolores de quien ha de parir, siempre con la alegría de la vida que se desarrolla, aunque no todo esté ordenado, aunque los trastos de los niños nunca estén recogidos, aunque no haya descanso. Es la moral, la ciencia y la estética de la Cruz, la estética de la vida generada en el amor. Su belleza no tiene parangón, aunque a los estetas de la nada les parezca una estética vulgar.

La estética de la nada, frente a la estética de la vida. La moralidad del yo o hacer de Cristo la morada. La muerte o la vida. «Ἐγώ εἰμι ἡ ὁδὸς καὶ ἡ ἀλήθεια καὶ ἡ ζωή». «Yo soy el camino y la verdad y la vida».

P. Enrique Santayana C.O. 

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