CUADERNO DE NOTAS

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Buscar la verdad o el consenso

varias_4Búsqueda del consenso o búsqueda de la verdad.

Las consecuencias de una mala elección.

 Hace muchos años, en sus orígenes, esta democracia para ordenar su economía, su sanidad, su administración territorial, su educación, etc., se vio en la disyuntiva de elegir entre la búsqueda conjunta de la verdad de las cosas —las que tenían que ver con el hombre, la familia y la convivencia social— o con la búsqueda del simple consenso, un acuerdo que se fundamenta en el equilibrio de las voluntades y del poder.

Eligió la búsqueda del consenso. Ya era un camino complicado, pero infinitamente más fácil y rápida que la otra alternativa. Al principio parecía que así se podía establecer un marco común, basado en un equilibrio entre las diferentes opciones. Pero este equilibrio de voluntades, sin la búsqueda de la verdad, se ha convertido al presente, como estamos viendo, en una violencia cada vez mayor. Es la violencia del PODER.

Nuestra democracia está gravemente herida por este relativismo con que tanto se celebró su inicio: el consenso. No sólo se eligió esta opción, sino que se tachó de fanatismo toda apelación a la búsqueda de la verdad.

Ahora, sin poder recurrir a verdad alguna —tan solo a los sentimientos y a las pasiones— toman protagonismo ideas políticas claramente totalitarias. Si definitivamente se hacen con el poder, tenderán a la destrucción de la democracia.

O los partidos que aún no son aún claramente totalitarios vuelven a una ética del poder que se base en la búsqueda y en el reconocimiento de la verdad y del bien de las cosas, o serán llevados también ellos a la espiral del nuevo totalitarismo, como vemos que está sucediendo cada vez más con el PSOE, que se aleja progresivamente de los principios socialdemócratas para retroceder a sus terribles orígenes. Pero el mal ya afecta a todos.  

La verdad y el bien propios de cada cosa no se inventa, ni se imagina a deseo; se reconoce. A veces no es fácil, quizá no siempre unos u otros puedan actuar con la luz necesaria para este reconocimiento. Pero si se abdica de su búsqueda, antes o después, nuestra democracia se autodestruirá por la violencia misma de un poder que no tiene más límite que su propia fuerza.

 

P. Enrique Santayana C.O.

10 de marzo del 2016

De siervos a hijos. La última lección

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29/1/2016

DE SIERVOS A HIJOS.  LA ÚLTIMA LECCIÓN.

«He cumplido ya ciento diez años, y me encuentro impedido; además, el Señor me ha dicho: "No pasarás ese Jordán"» (Dt 31,2

 Son palabras de Moisés.

 Es duro para el hombre no poder ver y tocar durante su vida el fruto de sus trabajos, de sus sacrificios y de sus ilusiones… tener que esperar.

Pero parece una norma ineludible para los siervos de Dios. Abraham murió viendo desde lejos el cumplimiento de la promesa, la única tierra que pudo adquirir fue la cueva de la Macpelá donde enterró a Sara. Tampoco se puede decir que Isaac, su querido hijo, fuese una multitud incontable como las estrellas del cielo o como la arena de las playas marinas.

Moisés, que tanto sufrió por arrastrar a su pueblo hasta Canaán, no pudo pisar aquella tierra.

El Hijo Unigénito que como hombre recibió la promesa, «te daré en herencia las naciones, como posesión los confines de la tierra», se vio desterrado por la muerte de esta tierra que debía heredar y hasta del suelo firmísimo del amor trinitario, que también se le ocultó. El Hijo de Dios hecho hombre sufrió un destierro que podemos siquiera imaginar.

Es cierto que Jesús, con esa misma humanidad con que se hizo capaz de sufrir, sería exaltado muy pronto como Señor y como Hijo, mostrando la verdadera medida para la que había sido creado Adán, nuestra verdadera medida. «Constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de Santidad, por la resurrección de entre los muertos» (Rm 1,4). Señor del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible. Señor e Hijo, sobre todo eso, HIJO. Hijo en cuanto hecho hombre. En cuanto hombre experimenta el destierro de la muerte, sin q la única persona del Verbo se separe ni de su carne muerta, ni de su alma arrojada de la tierra de los vivos («descendió a los infiernos»).

Pronto, al tercer día, el Verbo sería exaltado, no sólo en aquella naturaleza que le era propia desde toda la eternidad, sino también en aquella otra que había asumido en el seno de María y había llevado poco a poco a su perfección hasta llegar a la cruz.

Una larga digresión…

También el Hijo, en cuanto hombre, siervo de Dios, también él tuvo que experimentar este dolor tan humano que experimentamos, cuando nos enfrentamos con la muerte: no ver, no tocar directamente el fruto cumplido de nuestros trabajos, de nuestros sacrificios, de nuestras luchas, de nuestros anhelos. Parece que sea una ley impuesta a los siervos de Dios, quizá la última lección que nos permite aprender a ser “hijos”, que nos permite pasar de siervos a hijos.

 P. Enrique Santayana C.O.

El Cristo en el sepulcro es de Jean Jacques Henner

Del grito de guerra de David al abandono de Cristo

varias_1«Tú vienes a mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos». No es difícil ver en David un anuncio privilegiado de Cristo, un “tipo” de Cristo. Nos bastaría fijarnos en estas palabras con las que David se enfrenta al peligro y luego en aquellas otras con las que Jesús se enfrenta a la muerte: «A tus manos encomiendo mi espíritu».

Sin embargo hay diferencias.

David se enfrenta al peligro fiado de Dios, con la certeza que le da la fe, la certeza de que su Dios es el Señor del Cielo y de la Tierra, el que todo lo creó de la nada. No hay fuerza que se resista. El Creador no tiene antagonista posible.

En Cristo hay algo más: la conciencia filial. La confianza y la obediencia del Hijo. Él no se va a enfrentar a la cruz, pensando que Dios le va a hacer inmune a los clavos, a la pérdida de sangre o a la asfixia. Él se entrega a la muerte y sabe que entra plenamente y hasta el final en ella. Realmente va a ser vencido, pero así alcanzará una victoria definitiva.

Aprendemos de David a enfrentarnos a los gigantes, a los poderes adversos que nos superan, con la confianza de que Dios no tiene adversario. Pero nuestra fe debe crecer desde el grito de Guerra de David hasta alcanzar el abandono filial de Cristo.

Para esto se requiere el ejercicio diario de enfrentarnos a los problemas fiados de Dios y, sobre todo, se requiere el entrenamiento de la obediencia. La obediencia tiene muchas formas preciosas de ser ejercitada, no sólo en la vida reglada de una comunidad religiosa, también en el matrimonio. La misma realidad nos brinda la oportunidad de la obediencia en el reconocimiento de la verdad de las cosas y en nuestra adecuación a ellas. Las circunstancias de la vida nos enseña la obediencia cuando se nos impone de mil formas imprevistas y muchas veces dolorosas. Pero no hay mejor ejercicio de la obediencia que aquel que impone el amor: el de los esposos, el amor paterno-filial, o el amor fraterno en la vida común.

Nos entrenamos en la obediencia y ejercitamos el espíritu y el cuerpo hasta entregamos por entero, sin la pretensión de victorias parciales, con la sola  certeza de que «en la vida o en la muerte somos del Señor», de que de una forma u otra estamos en sus manos providentes.

Aprendemos a pasar de la confianza audaz de David al abandono total del Hijo, porque Dios nos ha llamado a ser sus hijos, a participar de la vida del Hijo Único. De este entrenamiento habla el salmo: «adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea». Aprender a ser hijos. Este es nuestro entrenamiento  y nuestra lucha.

Aunque lo más importante sobre este entrenamiento está por decir: en él Cristo no es un modelo. Nos entrenamos porque él se ha unido a nosotros, porque él nos da su vida y nos hace partícipes de ella, paso a paso, gracia tras gracia. El permanente principio de este entrenamiento, que nos hace pasar del grito audaz de David a la confianza filial de Jesucristo, es la comunión con el que es Hijo, una comunión que don confiere la fe apostólica y la celebración litúrgica de los sacramentos. Unidos a él y en su compañía, aprendemos también nosotros a ser hijos, hasta que lleguemos a entregarnos por entero.

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