CUADERNO DE NOTAS

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«A vosotros…; a los que están fuera…»

«A vosotros…; a los que están fuera…»

Me perece a mí que lo fundamental del evangelio de hoy es llegar a saber si uno está entre aquellos con los que Jesús habla cuando está ya a solas, cuando entra en casa, o si forma parte de «los de fuera». Es necesario entrar dentro («Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu padre, que ve en lo secreto, te recompensará» Mt 6,6). Y este «dentro» indica el lugar creado por Dios para hablar con el hombre, esto es, el corazón. Es necesario volver allí dentro y permanecer allí. «Redire ad cor» (S. Agustín).  Es necesario luchar por preservar la intimidad de este lugar fuera de las miradas curiosas y de nuestra tendencia a ofrecernos a la consideración y a la admiración de los demás, que termina por destruir este lugar y dejarlo como un mercado donde todos manosean la mercancía para luego dejarla abandonada.

En realidad, por mucho que nos empeñemos, solo Uno conoce el valor de nuestra alma. Solo Uno ha pagado por ella el precio que la redime de su soledad.

¿Estamos dentro, esperando oír, o estamos fuera parloteando y exhibiéndonos? Nos jugamos mucho en este quedarnos fuera o entrar en la modestia y en silencio del corazón para esperar y escuchar. La escucha de la fe es como una virgen consagrada que se esconde en su celda. Aunque la caridad sea luego como una madre solícita que se empeña en el trabajo. Pero el principio de la vida cristiana es la fe, una respuesta a la Palabra hecha carne, que sólo puede ser entendida por este «órgano» interior que llamamos «el corazón».

A los que entran dentro se les concede conocer los misterios del Reino, esto es la comunión entre Dios y los suyos. Los que se quedan fuera miran sin ver y oyen sin entender.

P. Enrique Santayana C.O.

28/1/2015

 

Para llegar a ver es necesario educar el corazón

varias_10A propósito de las palabras:

«Era una mujer muy anciana. De jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones» (Lc 2,36-37)

Nos hacemos la ilusión de que podemos llegar, arrodillarnos unos minutos ante el Señor, leer unas pocas páginas… y ¡ya! ¡Tocar y ver el misterio desnudo de Dios!

Ana, la anciana de la que habla san Lucas, nos enseña el largo y duro camino que es necesario recorrer para poder ver. Ella estuvo ochenta y cuatro años sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Y siendo ya vieja, sus ojos cansados adquirieron el vigor suficiente para reconocer al Salvador en aquel niño que entraba en el templo en brazos de su madre.

Ana, la anciana, nos enseña que este camino no es rectilíneo, que en más ocasiones de las que esperaríamos, nos vemos abocados a cambiar de rumbo justamente para llegar donde nos propusimos; que a veces la misma vida o la providencia divina nos cambia el rumbo. «Siete años casada y luego viuda hasta los ochenta y cuatro».

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Ven, Señor, a quienes esperan todo de tu amor

24 de diciembre de 2014

varias_4Sobre la Oración Colecta de hoy:

“ Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor ”

Seguramente la traducción del original latino no sea demasiado fiel, pero hay que reconocer que el texto castellano es muy sugerente para el alma.

“Apresúrate, Señor, no tardes… ”: la primera palabra es una invocación, una llamada apresurada. Luego explicará los motivos de tanta urgencia

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