CUADERNO DE NOTAS

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Del grito de guerra de David al abandono de Cristo

varias_1«Tú vienes a mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos». No es difícil ver en David un anuncio privilegiado de Cristo, un “tipo” de Cristo. Nos bastaría fijarnos en estas palabras con las que David se enfrenta al peligro y luego en aquellas otras con las que Jesús se enfrenta a la muerte: «A tus manos encomiendo mi espíritu».

Sin embargo hay diferencias.

David se enfrenta al peligro fiado de Dios, con la certeza que le da la fe, la certeza de que su Dios es el Señor del Cielo y de la Tierra, el que todo lo creó de la nada. No hay fuerza que se resista. El Creador no tiene antagonista posible.

En Cristo hay algo más: la conciencia filial. La confianza y la obediencia del Hijo. Él no se va a enfrentar a la cruz, pensando que Dios le va a hacer inmune a los clavos, a la pérdida de sangre o a la asfixia. Él se entrega a la muerte y sabe que entra plenamente y hasta el final en ella. Realmente va a ser vencido, pero así alcanzará una victoria definitiva.

Aprendemos de David a enfrentarnos a los gigantes, a los poderes adversos que nos superan, con la confianza de que Dios no tiene adversario. Pero nuestra fe debe crecer desde el grito de Guerra de David hasta alcanzar el abandono filial de Cristo.

Para esto se requiere el ejercicio diario de enfrentarnos a los problemas fiados de Dios y, sobre todo, se requiere el entrenamiento de la obediencia. La obediencia tiene muchas formas preciosas de ser ejercitada, no sólo en la vida reglada de una comunidad religiosa, también en el matrimonio. La misma realidad nos brinda la oportunidad de la obediencia en el reconocimiento de la verdad de las cosas y en nuestra adecuación a ellas. Las circunstancias de la vida nos enseña la obediencia cuando se nos impone de mil formas imprevistas y muchas veces dolorosas. Pero no hay mejor ejercicio de la obediencia que aquel que impone el amor: el de los esposos, el amor paterno-filial, o el amor fraterno en la vida común.

Nos entrenamos en la obediencia y ejercitamos el espíritu y el cuerpo hasta entregamos por entero, sin la pretensión de victorias parciales, con la sola  certeza de que «en la vida o en la muerte somos del Señor», de que de una forma u otra estamos en sus manos providentes.

Aprendemos a pasar de la confianza audaz de David al abandono total del Hijo, porque Dios nos ha llamado a ser sus hijos, a participar de la vida del Hijo Único. De este entrenamiento habla el salmo: «adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea». Aprender a ser hijos. Este es nuestro entrenamiento  y nuestra lucha.

Aunque lo más importante sobre este entrenamiento está por decir: en él Cristo no es un modelo. Nos entrenamos porque él se ha unido a nosotros, porque él nos da su vida y nos hace partícipes de ella, paso a paso, gracia tras gracia. El permanente principio de este entrenamiento, que nos hace pasar del grito audaz de David a la confianza filial de Jesucristo, es la comunión con el que es Hijo, una comunión que don confiere la fe apostólica y la celebración litúrgica de los sacramentos. Unidos a él y en su compañía, aprendemos también nosotros a ser hijos, hasta que lleguemos a entregarnos por entero.

«A vosotros…; a los que están fuera…»

«A vosotros…; a los que están fuera…»

Me perece a mí que lo fundamental del evangelio de hoy es llegar a saber si uno está entre aquellos con los que Jesús habla cuando está ya a solas, cuando entra en casa, o si forma parte de «los de fuera». Es necesario entrar dentro («Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu padre, que ve en lo secreto, te recompensará» Mt 6,6). Y este «dentro» indica el lugar creado por Dios para hablar con el hombre, esto es, el corazón. Es necesario volver allí dentro y permanecer allí. «Redire ad cor» (S. Agustín).  Es necesario luchar por preservar la intimidad de este lugar fuera de las miradas curiosas y de nuestra tendencia a ofrecernos a la consideración y a la admiración de los demás, que termina por destruir este lugar y dejarlo como un mercado donde todos manosean la mercancía para luego dejarla abandonada.

En realidad, por mucho que nos empeñemos, solo Uno conoce el valor de nuestra alma. Solo Uno ha pagado por ella el precio que la redime de su soledad.

¿Estamos dentro, esperando oír, o estamos fuera parloteando y exhibiéndonos? Nos jugamos mucho en este quedarnos fuera o entrar en la modestia y en silencio del corazón para esperar y escuchar. La escucha de la fe es como una virgen consagrada que se esconde en su celda. Aunque la caridad sea luego como una madre solícita que se empeña en el trabajo. Pero el principio de la vida cristiana es la fe, una respuesta a la Palabra hecha carne, que sólo puede ser entendida por este «órgano» interior que llamamos «el corazón».

A los que entran dentro se les concede conocer los misterios del Reino, esto es la comunión entre Dios y los suyos. Los que se quedan fuera miran sin ver y oyen sin entender.

P. Enrique Santayana C.O.

28/1/2015

 

Para llegar a ver es necesario educar el corazón

varias_10A propósito de las palabras:

«Era una mujer muy anciana. De jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones» (Lc 2,36-37)

Nos hacemos la ilusión de que podemos llegar, arrodillarnos unos minutos ante el Señor, leer unas pocas páginas… y ¡ya! ¡Tocar y ver el misterio desnudo de Dios!

Ana, la anciana de la que habla san Lucas, nos enseña el largo y duro camino que es necesario recorrer para poder ver. Ella estuvo ochenta y cuatro años sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Y siendo ya vieja, sus ojos cansados adquirieron el vigor suficiente para reconocer al Salvador en aquel niño que entraba en el templo en brazos de su madre.

Ana, la anciana, nos enseña que este camino no es rectilíneo, que en más ocasiones de las que esperaríamos, nos vemos abocados a cambiar de rumbo justamente para llegar donde nos propusimos; que a veces la misma vida o la providencia divina nos cambia el rumbo. «Siete años casada y luego viuda hasta los ochenta y cuatro».

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