Del Padre Edoardo Cerrato: San Felipe Neri sacerdote romano

Traducción libre realizada por el P. Ramón Martínez Cardoso c.o.

Prepósito de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de León, Gto., México.

del texto del P. Edoardo Aldo Cerrato "Prete Romano".

 

 

Sacerdote Romano

Sobre la figura del “Apóstol de Roma” y con patrón de la Urbe, se ha escrito mucho y se continúa aún escribiendo; pero la atracción que provoca San Felipe Neri, más aún que en las numerosas publicaciones es evidente esto en las continuas visitas que todos los días del año sacerdotes, religiosos, laicos, y aún obispos y cardenales hacen a su sepulcro en la “Chiesa Nuova” ya sea grupal o individualmente: con discreción en un clima de oración silenciosa que difícilmente alcanzan las manifestaciones de veneración que acompañan a otros santos; se diría que quien viene a verlo casi casi se espere, de un momento a otro, una de sus bromas o la afectuosa salida con que en vida el Padre Felipe “enfriaba” todo signo de estima hacia su persona.

El afecto es grande, y se le puede ver sobre los rostros, pero la veneración es íntima; su persona atrae, pero por la simplicidad del método y por la riqueza de los contenidos de su propuesta de vida cristiana.

Es bueno en el Año Sacerdotal recordar esta figura de sacerdote que “cambió el rostro de la Urbe” –como afirma Brémont- sin aparatosas obras apostólicas, prevalentemente con el servicio al confesionario. Quien en la Vallicella visita los “recuerdos” del Padre Felipe queda con una profunda conmoción justo ante aquel viejo confesionario desgastado, frente al cual me sale de manera espontánea decir, cuando me toca acompañar a alguno: esta es la “cuna” de todo el movimiento oratoriano y de la Congregación misma “era necesario encontrar –escribió H. Jedin- guías y médicos de almas para el pueblo católico”. Felipe que desde laico había sido “guía”, con la ordenación sacerdotal comenzó también a ser médico: con una dedicación poco común se sentaba en el confesionario y este ministerio suyo se vino configurando como una expresión típica de la obra reformadora que con decisión la Iglesia había empezado a perseguir.

Tenía 36 años cuando, el 23 de Mayo de 1551 fue ordenado sacerdote, “bastante mayor” como se afirmaba en su tiempo: había transcurrido su infancia y adolescencia en Florencia su ciudad natal, en Cassino pasó algún mes, y el resto el Roma; era desde siempre, “Pippo bono”: simpático, afable, inteligente, de gustos exquisitos, abierto a la compañía y al mismo tiempo caracterizado de una fuerte atracción; un fascinante joven cristiano que en el 1544 pocos meses después del inicio del Concilio Tridentino, se le dilató el corazón por el fuego del Espíritu Santo durante una noche transcurrida en oración en las Catacumbas de San Sebastián.

La ordenación sacerdotal –en la que no se le ocurría pensar: “por humildad la rechazaba hasta que fue obligado por su Padre espiritual”- consagraba un hombre que había experimentado profundamente la novedad del encuentro con Cristo. De aquí había nacido su sencillo apostolado laical; y de aquí habían surgido el Oratorio y la Congregación misma reconocida en el 1575 por Gregorio XIII con la Bula del 15 de Julio, en el corazón del primer Año Santo de la época postconciliar, que asignaba a “Felipe Neri sacerdote florentino, y Prepósito de algunos padres y clérigos” la Iglesia parroquial de Santa María in Vallicella con el mandato de redactar las constituciones de la nueva Congregación.

Estas serían presentadas para la aprobación del Papa (que en aquel entonces era Pablo V) sólo 36 años después, en el 1612. Su elaboración fue larga y lenta, para nada fácil: no se trataba, en efecto, de delinear un cualquier sistema de vida común, sino de encontrar fórmulas jurídicas aptas para expresar una experiencia de vida comunitaria nacida espontáneamente bajo el signo de la libertad de espíritu y vinculada al atractivo personal de un hombre que todos, en la Comunidad, consideraban “la regla viviente”. El primer texto constitucional vino a la luz en el 1583, revisado por el Padre Felipe, que le agregó algunas observaciones; pero el trabajo continuó hasta el 1588, cuando las Constituciones fueron explícitamente aprobadas por él. Luego de su muerte (26 de Mayo de 1595) fueron sin embargo retomadas y completadas por su sucesor, el P. César Baronio, con la clara conciencia de que la autoridad carismática del Padre Felipe era imposible reproducirla en el gobierno de la Congregación. Se llegó pues –en la vigilia del 1612- a la redacción definitiva para ser puesta a disposición de la Autoridad apostólica, con las firmas de treinta y un Padres, una veintena de los cuales había vivido con el Padre Felipe: garantía ésta de la perfecta consonancia del texto con la mente del Fundador. En esta difícil obra, que debía codificar el sistema de Gobierno de “hombres libres (de votos) pero que sin embargo desean ser gobernados”, como afirmaba el Padre Giustiniano; un rol prominente lo tuvo el Padre Flaminio Ricci, uno de los más cercanos del Padre por afinidad de espíritu y de mente, mientras que al Padre Consolini, uno de los más queridos, se debe, con toda probabilidad, la composición del “Proemio”, texto de incomparable valor, que presenta en una rápida síntesis la “vía” trazada por el Padre Felipe: “la Congregación del Oratorio formada por el Santo Padre Felipe mas con la práctica cotidiana de vida que con vínculos legales, no tuvo en el inicio algún reglamento particular, a la manera de los religiosos, que guiase la actividad de los devotos hermanos. El magnífico Padre en efecto, acostumbraba dirigir con ánimo paternal el espíritu y la voluntad de cada uno de sus hijos, según el carácter de cada uno, considerándose bien pagado con verlos encendidos de piedad y bien firmes en el desprecio evangélico de las cosas terrenas y en el amor de Cristo. Y muy fervorosos. Sólo gradualmente y con acierto, iba experimentando y admitiendo como manifestación de  la voluntad del Señor aquello que por cotidiana experiencia, le parecía serles adecuado y útil, día a día, para el logro de la santidad y de la perfección, y que fueran así gratos a Dios. Y él afirmaba persuasivamente que este estilo de vida, aún diferenciándose notoriamente del de los Institutos religiosos existentes, era realmente el más apto para los Sacerdotes seculares y para los Laicos y concorde a la voluntad divina, agregando con frecuencia y espontáneamente de manera expresa que no era él el fundador de la Congregación, sino más bien el Señor Dios óptimo máximo quien la había querido y consolidado y que Él era la Cabeza y artífice”.

Este texto pone de relieve –y nos detenemos entre otros, solamente en este dato- pone de relieve el carácter de secularidad de los sacerdotes de la Congregación.

El Padre Antonio Talpa, en el Tratado sobre “Principios de la Congregación” (1599) presenta el nacimiento de la Congregación como un tentativo de reforma –por parte de Felipe Neri- del Clero secular. Es seguramente exagerado atribuir al Padre Felipe esta intención, puesto que la palabra “reforma” nunca entró en su vocabulario; su vida sacerdotal, sin embargo, como la de sus primeros discípulos, se revela auténtica expresión de la vida del Clero secular reformado: “espiritual”, por decirlo en términos más familiares al Padre.

En una carta datable en 1581-82 el Padre Tarugi afirma: “que la Congregación busque mostrar en todas las cosas y en el llevar vida virtuosa, textos y culto divino y otros ejercicios de predicación, lecturas, confesiones y comuniones, lo mejor que le sea posible, como debe corresponder al Clero, y máxime convivir en común al mismo tiempo en amor y concordia”. Y en las advertencias de la Congregación de Roma a la Comunidad de San Severino, la primera constituida fuera de Roma, se lee: “de la humildad y caridad hacer profesión particular más con hechos que con las palabras: así lo quiso nuestro bendito Padre que fueran nuestros ayunos, nuestros silicios, y esto en lugar de tantos otros ejercicios que tienen los religiosos en la Iglesia de Dios”.

La secularidad que la Congregación garantiza, dentro de una vida familiar vivida en una Comunidad ordenada, no consiste solamente en la ausencia de votos religiosos y en una incersión más específica en la Iglesia local, sino en una cualidad, un estilo, que en términos actuales, podríamos definir como disposición de ánimo para percibir desde el interior las inquietudes del hombre y los movimientos que recorren la sociedad; disposición a la escucha y al diálogo, capacidad de acercamiento y de convivencia en un clima de serenidad y respeto, o, como afirma el Padre Giulio Cittadini, “disponibilidad para salvar el mundo habitándolo, desde adentro y no desde fuera de él, no haciéndole el bien desde arriba sin compartir nada de sus ansiedades y de sus crisis. Tal como hizo Jesús quien no fue un benefactor de la humanidad, sino que se encarnó, se puso en nuestros zapatos (….). La secularidad se opone solamente al clericalismo, si por clericalismo entendemos ausencia de participación, lejanía, arrogancia, falsos complejos de superioridad, paternalismos viles y coartantes”.

Es significativo el testimonio de Tarugi a Talpa, en un documento datable 1580-82, de grande importancia para la exacta comprensión de los principios que conforman la Congregación: “vivir en común al mismo tiempo con amor y concordia (…) hace relucir en  los miembros de la Congregación la simplicidad y espíritu de pobreza y de indiscutida obediencia  a la Sede Apostólica.  Que se afianza fuertemente en el amor y en la obediencia para con nuestros Superiores de la Congregación. Que todos los miembros de la Congregación dispongan sus talentos para el amor de Dios, conforme al parecer de los Superiores, sin resistencia; y que los bienes y cuanto tengan lo tengan más como bien de la Congregación que como algo personal (…) y en fin, la Norma sea dar ejemplo, dentro y fuera de casa, de caridad, humildad, obediencia, paciencia y desprendimiento de todo fin y pretensión mundanos teniendo por objetivo la salvación de las almas rescatadas con la sangre preciosa de Jesucristo”.

En estos documentos se capta el espíritu que el “Proemio” de las Constituciones había delineado: una Comunidad de Sacerdotes totalmente entregados a Cristo, una vida familiar basada en la atención y en el respeto de cada persona cuya índole propia es un valor a ser potenciado para el bien y para formar a la luz del espíritu, en un comportamiento responsable de auténtica libertad que no sólo no se opone al camino común en la vía que es de todos, sino que se convierte en una riqueza al interior de la Comunidad; sin olvidar aquel “gradualmente” y aquel “con suavidad” que son una preciosa lección de realismo y de auténtica caridad del Padre Felipe en la obra de la formación.

P. Edoardo Aldo Cerrato

Procuratore Generale della Confederazione Oratoriana



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