Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
0
0
0
s2smodern
LA MISIÓN DE MARÍA EN LA REDENCIÓN DE LOS HOMBRES
Y
EL VALOR DE SUS SUFRIMIENTOS (I)

 

  • 1.- El misterio de la Redención es un misterio de amor humano.
El misterio de la Redención es comprar con amor humano al hombre, que ha odiado y se ha hecho esclavo del no-amor. Este amor lo ha puesto el corazón humano de Jesucristo, Hijo Único de Dios, y comenzó a ponerlo desde el momento de la Encarnación.
            Una carga tan pesada fue sostenida, durante toda la vida de Jesús, por el corazón de María, su madre: santa e inmaculada. Especialmente lo fue en su Pasión, cuando todos lo abandonaron y cayó sobre él todo el peso del odio del mundo, pero su madre lo acompañó y recogió su cuerpo al terminar su vida. Cristo sufrió por el mundo y María sufrió por sostener a su hijo, amándolo hasta el extremo, amándolo por los que no lo amaban.
            Los dos corazones mantuvieron un chorro de amor continuo en la misión de la Redención del hombre caído, por obediencia al Padre, cada uno a su modo, asumiendo libremente que el dolor -no merecido por  ninguno ellos- era para eliminar el veneno inoculado por la serpiente original y eliminarlo para siempre.
Jesús asumió, por amor al Padre, la misión de la Redención del hombre, asumiendo ser el Cordero Pascual del Sacrificio de la nueva y eterna Alianza; María asumió, por amor a su hijo, la misión de ser la madre del Redentor, reconociendo su incapacidad -propia del amor de madre- de dejarle sufrir solo y no absorber (si pudiera) todo su dolor y sufrimiento.
Ambos corazones, unidos plenamente por la Gracia, como nuevo Adán y nueva Eva, ambos como una sola realidad, pero cada uno a su modo, en pleno cumplimiento de la Voluntad del Padre para ambos, que así lo quiso y lo permitió, pusieron juntos el amor probado con toda su fuerza, vencieron al demonio y su obra y comenzaron sobre la tierra una nueva humanidad.
 
  • 2.- El “sí” de María.
            En el capítulo primero del evangelio de Lucas aparece narrada la Anunciación. Seis meses antes ya había preparado el Señor a su precursor. Todo lo había dejado preparado para su cita con María. Perfectamente Dios podía haberla obligado, haber actuado sin pedirla permiso, si la función de María hubiera sido simplemente la de engendrar al Hijo y cuidarle en su niñez.  Pero Dios esperaba algo más de aquella a la que había hecho inmaculada, de aquella que se había mantenido con la gracia de Dios santa y virgen. Dios necesitaba que asumiera con toda su libre voluntad lo que significaba ser la madre del Redentor: que su “sí” fuera verdadero. Es decir, un “sí” diferente del de aquellas parejas que se casan, pero después interponen demanda de nulidad alegado que su “sí” fue inválido porque no conocían verdaderamente lo que éste implicaba. María era plenamente madura y suficientemente consciente de lo que implicaba decir “sí” al Ángel enviado de parte de Dios.
La Tradición y la Liturgia nos enseñan que María fue consagrada al templo con tres años, donde recibió su formación. No salió de allí hasta la edad adolescente para casarse con José. Al entrar se separó de sus padres, a los cuales no volvió a ver, pues al salir de adolescente ya habían fallecido. Solo le quedaba como pariente Santa Isabel, prima anciana de su madre. Dios promovió todo esto para que su elegida tuviera un proceso de formación y madurez que la ayudara a estar preparada para decir con plena libertad su “sí” al anuncio del arcángel de Dios. También fue una ayuda para ella el haber tenido experiencia de sufrimiento desde pequeña al separarse de sus padres y quedar en lugar extraño y entre manos extrañas. Este dolor afectivo y espiritual la preparaba para la gran separación que iba a ser la muerte de su hijo.
Llegado el momento exacto, seis meses después del anuncio del nacimiento de San Juan Bautista, con todo preparado desde el principio de la historia (protoevangelio), el Señor a través de San Gabriel Arcángel le anunció la misión por la que había sido creada. Con rápida reflexión, propia de la que se ha entregado totalmente a la Voluntad de Dios, de la que tiene experiencia del sufrimiento y comprende lo que significa ser la madre del Mesías esperado, del Verdadero Cordero Pascual y Siervo de Yahveh, acepta con total y libre sumisión el encargo recibido: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”.
Ser la esclava del Señor no es algo que decidiera en ese momento sino que es algo decidido desde que tuvo uso de razón. Su “sí” al ángel sólo fue la fidelidad y ratificación de su propia identidad personal, libremente elegida desde el principio.

(Continuará...)