Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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En septiembre de 2019 iniciamos una obra de restauración global en nuestra iglesia. Con la pandemia las obras estuvieron paradas varios meses.
Las obras se han retomado y esperamos que terminen en los primeros meses del 2021.
Por este motivo no hay culto, ni misas, ni confesiones en el Oratorio.
Queda suspendido, hasta nuevo aviso, todo horario que pudiera circular por la red.
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JOHN H. NEWMAN
LA VICTORIA DE LA CONCIENCIA
Un acercamiento al pensamiento y a la personalidad de san John H. Newman
Lección Inaugural
Universidad Católica de Ávila
3 de diciembre de 2020
I. INTRODUCCIÓN
Agradezco enormemente que la Universidad Católica de Ávila me haya llamado para hablar a profesores y alumnos de las diversas facultades de san John Henry Newman. Mi agradecimiento y mi saludo a la Dra. Dª Mª del Rosario, rectora de la Universidad, a los que colaboran en este acto y a todos ustedes, presentes al otro lado de los ordenadores.
Acepté el reto de hablarles de Newman con algunos temores, pero los dejé a un lado por la alegría de que Newman fuese requerido para un acto solemne de toda la Universidad. Luego me enteré de que se había creado la Cátedra Newman y pude disfrutar de lo que se dijo aquí en su presentación. Todo esto relacionado con Newman me pareció algo verdaderamente significativo.
Me parece que la Universidad no puede dejar a un lado la pregunta sobre Dios. Dicha pregunta está directamente relacionada con la vida que se abre ante el hombre como una posibilidad para su libertad. Lo quiera o no, el hombre elige meta y camino. La luz que el conjunto de las ciencias pretenda ofrecer, o dejar de hacerlo, implica una previa respuesta a la pregunta sobre Dios. La pregunta sobre Dios es la encrucijada decisiva de la razón y de la libertad humana.

Pero el espíritu del día niega la racionalidad de esta pregunta y la pertinencia de la pregunta sobre el sentido y la meta a todas las cosas. Se ha impuesto el dogma del relativismo. Newman lo combatió de frente cuando se manifestaba en el interior del mundo cristiano en la forma de liberalismo religioso. Lo hizo desde los treinta y dos años hasta los ochenta y nueve, primero como pastor anglicano y profesor de Oxford, luego como sacerdote católico. No era una lucha ideológica, sino una lucha por aquello que hace al hombre grande, la verdad que se le manifiesta, la verdad personal que le llama, Dios. Por eso me parece tan significativo que en estos días nuestros, en un acto solemne de la Universidad se quiera volver la atención a Newman. Y por eso mismo estoy encantado de poder hablarles de Newman.

Archivos:
Acercamiento al pensamiento y a la personalidad de san John H. Newman
Lección Inaugural en la Universiad Católica de Ávila, 3 de diciembre de 2020.
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2021-02-11
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II. ESBOZO BIOGRÁFICO
Demos unas pinceladas de la biografía de Newman. Nació en 1801 en Londres y fue educado desde niño como miembro de la Iglesia Anglicana. Murió en 1890 en Birmingham como miembro de la Iglesia Católica Romana. De toda esta larga vida, en mi exposición me fijaré sobre todo en tres momentos:
Su primera conversión: un breve pero definitivo proceso que sufre a los quince años. En unos pocos meses Newman recibe la marca decisiva del dogma cristiano, que dará unidad a su vida hasta el final.
El segundo momento es el de su conversión a la Iglesia Católica, que se desarrolla entre los treinta y ocho y cuarenta y cuatro años, y culmina el 9 de octubre de 1845.
El tercer momento es el de la gestación de una de sus obras maestras, Apologia pro vita sua, que puso fin a un largo periodo de cinco o seis años de oscuridad. La primera edición salió por fascículos a lo largo de 1864.
Rellenemos un poco los huecos entre los tres momentos.
Tras su primera conversión, Newman llega a Oxford, con dieciséis años es alumno de Trinity College, con veinte está titulado y con veintiuno es ya fellow de Oriel College. En 1825 es ordenado presbítero de la Iglesia Anglicana. En 1828 es párroco de la parroquia universitaria de Oxford. En 1833, se inicia el Movimiento de Oxford, que tiene la pretensión de reformar la Iglesia anglicana. Newman se convierte en un líder extremadamente activo. Su influencia en la Universidad, y desde ella en toda Inglaterra, es enorme. En 1839, Newman empieza el largo y doloroso proceso que le llevará a Roma. No se convierte solo, le acompaña un grupo de amigos y discípulos.
Ya católico romano, Newman viaja a Roma. En 1847 es ordenado sacerdote y encuentra acomodo para él y para los se habían convertido con él en una vieja institución romana, la Congregación del Oratorio de san Felipe Neri. Vuelven a Inglaterra e inician el Oratorio de san Felipe Neri en Birmingham.
Desde 1848 el Oratorio de Birmingham es su casa y el centro de sus trabajos: predica, confiesa, da catequesis, estudia. A partir de esta fecha se podría enumerar una larga serie de reveses y traiciones, fundamentalmente por parte de algunos obispos católicos británicos. Por uno de esos reveses tiene que abandonar la Universidad Católica de Irlanda, que había levantado a petición de los obispos. Diez años después, en 1859 está psicológicamente agotado, es acusado de herejía y sufre una serie de intrigas que lo desprestigian ante Roma.
Mientras tanto en el Oratorio quedan pocos sacerdotes y Newman tiene que hacer todo tipo de tareas. Aún así saca fuerzas para fundar el Oratory School. Inaugura el colegio con solo nueve alumnos y, a pesar de que Birmingham no es un lugar especialmente «distinguido» de Inglaterra, el colegio educará a algunos de los católicos más influyentes de finales del XIX y principios del XX. Entre ellos el duque de Norfolk , que llegará a tener una gran influencia en el laicado católico; Hilarie Belloc, escritor, polemista, amigo inseparable de G. K. Chesterton; y unos años después, J.R.R. Tolkien .
Pero en medio de toda la actividad cotidiana del Oratorio y del Colegio, Newman sufría, sobre todo desde ese 1859, una grandísima oscuridad. Las entradas de su diario y su correspondencia muestran un panorama espiritual desolador. Esta oscuridad llega hasta la publicación de su Apologia, en 1864.
Con la composición de la Apologia, la oscuridad fue desvaneciéndose y Newman afrontó años de tranquilidad. En esos años escribió, por ejemplo, la Gramática del Asentimiento, una de sus obras maestras.
En 1879 el papa León XIII le nombró cardenal de la Iglesia. Newman lo vivió como la confirmación de su pensamiento y de su trabajo. Del encuentro con el Papa escribe a un sobrino: «Se mostró conmigo tan extraordinariamente atento que todos se quedaron pasmados […] Durante veinte o treinta años, católicos ignorantes o fanáticos han dicho que yo era prácticamente un hereje» .
Las siguientes palabras, dignas de un hijo de san Felipe Neri, pueden indicarnos el sentir fundamental de su alma en los largos años de su vejez: «Mirando más allá de esta vida, mi oración primera, mi anhelo, mi esperanza ardiente es ver a Dios… Para la gente que quiero mi única oración es que ellos vean también a Dios. El pensamiento de Dios, su Presencia, su Fuerza, eso es lo que compensa todos los sinsabores y aflicciones» .
Murió el 10 de agosto de 1890. Fue enterrado bajo las palabras del epitafio que él mismo había redactado: «Ex Umbris et Imaginibus in Veritatem», «De las sombras y las imágenes a la verdad».
El 19 de septiembre de 2010 fue beatificado por Benedicto XVI en Inglaterra y el 13 de octubre de 2019 fue canonizado en Roma por el Papa Francisco.

III. ¿LUCHA ENTRE EL YO Y LA CONCIENCIA?
INMANENCIA Y TRASCENDENCIA DE LA CONCIENCIA
El esbozo biográfico era necesario para situar históricamente el pensamiento de Newman y entender su lucha intelectual y moral, que se salda con la victoria de la conciencia.
Pero al hablar de la victoria de la conciencia sobre el yo, estoy diciendo algo contradictorio para la comprensión moderna de la conciencia. Porque para los modernos, de nuestro tiempo y del tiempo de Newman, la conciencia viene a ser expresión del yo.
Para Newman es diverso. En 1830 dice en uno de sus Sermones Universitarios: «La conciencia implica una relación entre el alma y un “algo” exterior; “algo” superior a ella. Por esta relación queda supeditada a una bondad superior que ella no posee, y a un tribunal sobre el que ella no tiene poder» .
Newman no entiende la conciencia como el núcleo de diferenciación absoluta del individuo, que pudiera convertir al hombre en un ser incomunicable. Al contrario, la conciencia es el principio de relación más radical, relación con Dios. Y justo por la interlocución con Dios, el principio que da forma al yo.
En la Carta al duque de Norfolk, cuarenta y cinco años después, escribe:
La conciencia es la Voz de Dios, mientras que hoy día está muy de moda considerarla, de un modo u otro, como una creación del hombre […] [Pero no] La conciencia no es una especie de egocentrismo de largo alcance, ni un deseo de ser coherente con uno mismo; es un Mensajero de Dios, que tanto en la naturaleza como en la gracia nos habla desde detrás de un velo y nos enseña y rige mediante sus representantes. La conciencia es el primero de los vicarios de Cristo .
La conciencia habla del yo más íntimo, pero justo allí del Dios absoluto, distinto a mí, muy por encima de mí. Habla del yo, pero sobre todo de Dios. Por eso podemos hablar de lucha entre el yo y la conciencia, y de la victoria de la conciencia.
Vamos a fijarnos en el papel que juega la conciencia en el camino de las conversiones de Newman en su primera conversión y en la conversión a la Iglesia de Roma con cuarenta y cuatro años. Newman entenderá su conversión al catolicismo como un desarrollo de la primera y muestra esta lógica en la Apologia pro vita sua. Es una lógica de la razón, pero es vital y moral, en contraposición a la mera lógica de papel que él dice detestar.

IV. LA CONCIENCIA EN LA PRIMERA CONVERSIÓN DE NEWMAN
Newman cuenta que, aunque había leído la Biblia desde muy niño y conocía perfectamente el catecismo, no tuvo convicciones religiosas formadas hasta los quince años. Había llegado a pensar que el alma probablemente no fuese inmortal. La existencia de Dios no desempeña un papel esencial en su vida . Pero la conversión «Me llevó —dice— a aislarme de las cosas que me rodeaban, a confirmar mi desconfianza hacia la realidad de los fenómenos materiales y a hacerme descansar en el pensamiento de dos y solo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi Creador» . Y comenta Benedicto XVI: «En su conversión reconoce […] que Dios y el alma, el ser mismo del hombre a nivel espiritual, constituye aquello que es verdaderamente real, lo que vale. Son mucho más reales que los objetos que se pueden tocar. Aquello que hasta el momento aparecía irreal y secundario se revela como lo verdaderamente decisivo» . Este es el primer aspecto de la conversión de Newman.
El otro aspecto con el que se saldó su conversión es la identificación del Dios que se hacía evidente ante su alma con el Dios cristiano: «Caí bajo la influencia de un credo definido y recibí en mi intelecto la marca de lo que es un dogma, que gracias a Dios nunca se ha borrado ni oscurecido» . Empezó a creer en el Dios trinitario que se confiesa en los viejos símbolos de fe cristianos.
¿Qué le hizo reconocer que lo realmente decisivo es Dios y su alma ante él, el Dios Uno y Trino de los cristianos? Si hacemos caso a sus palabras , es la conciencia la que está en el principio de toda la secuencia de su conversión.
En un texto de 1833, describe la conexión entre conciencia y fe. Dice que la situación de partida es el hombre ignorante de lo verdaderamente real, de la existencia de su alma y de un mundo más allá del sensible:
Miramos desde nosotros mismos a las cosas que nos rodean y, en ellas, nos olvidamos de nosotros mismos […] No percibimos nuestra fuerza real» . Entonces, «cuando Dios nos visita […] se produce una conmoción en nosotros.
Se impone a nuestra mente la relatividad y debilidad de las cosas de este mundo; nos percatamos de que hacen promesas que no cumplen. Las cosas nos defraudan. Buscamos algo que no sabemos bien lo que es, pero estamos seguros de que el mundo no nos lo ha dado.
Sentimos que mientras el mundo cambia, nosotros somos uno y el mismo, y así, empezamos a comprender lo que significa nuestra inmortalidad y que somos “otros” con respecto a las cosas temporales. Si la desgracia nos alcanza —como ocurre a veces—, entendemos aún mejor la nada de este mundo, aprendemos a desconfiar de él y nos desengañamos de su amor, hasta que al final lo terreno se convierte para nosotros como en un velo superfluo que flota ante los ojos y que, a pesar de sus colores, no logra esconder lo que se ve más allá.
Comenzamos entonces a percibir, cada vez más, que solo hay dos seres en todo el universo: nuestra propia alma y el Dios que la hizo. ¡Sublime, insospechada y a la vez certísima verdad! .
Uno se percata de que ninguna otra realidad llega a acompañar verdaderamente el alma, ni siquiera la de los amigos y familiares:
Realmente, no alcanzan a nuestra alma ni penetran nuestros pensamientos ni son realmente compañeros nuestros […] Por eso los seres queridos se vuelven como humo ante la visión diáfana que tenemos, primero de nuestra propia existencia y, luego, de la presencia de Dios en nosotros como Gobernante y Juez que habita en nuestro interior mediante la Conciencia, que es su representante .
Según estas palabras, la conciencia pone el alma ante Dios, como una realidad personal que se convierte en una compañía realmente querida y que realmente nos acompaña.
Nos falta ahora mostrar la conexión entre la conciencia y el Dios cristiano, el dogma que marcó para siempre la inteligencia de Newman. Observa el británico una gran sintonía, una especie de parentesco y continuidad, entre el conocimiento real que de Dios trae la voz de la conciencia y el que trae la Palabra de la Revelación. Observa también una gran sintonía y continuidad entre la obediencia a la conciencia y la obediencia de la fe. Escribe con veintinueve años: «En virtud de su autoridad [la de la conciencia], toda obediencia a ella tiene la naturaleza de la fe».
Con treinta y tres años predica mostrando cómo la obediencia a la conciencia, prepara a la respuesta de la fe al Evangelio:
Una persona religiosa, antes o después de la venida de Cristo, tiene por hábito mirar hacia fuera y más allá de sí misma en lo que se refiere al Bien supremo. Porque persona religiosa es la que se atiene a la regla de la conciencia, que nace con él, que no está hecha por él, y a la que se siente obligado a someterse. Y la conciencia enseguida dirige sus pensamientos a un Ser exterior a sí mismo, que le dio la conciencia y que es superior a él, evidentemente. Porque la existencia de una ley implica que hay un legislador, y un mandato implica la existencia de alguien que manda. Así, el ser humano es inmediatamente lanzado fuera de sí mismo por la misma Voz que habla dentro de él, y […] gobierna su corazón y su conducta […] Ese sentido interior […] le impulsa a buscar fuera a Aquel que ha puesto su Palabra dentro de él. Mira y remira en el mundo, buscando a quien no es del mundo para encontrar, detrás de las sombras y engaños de esta escena cambiante de tiempo y sensaciones, a Aquel cuya palabra es eterna y cuya Presencia es espiritual. Busca fuera de sí mismo una Palabra Viva a la que atribuir ese eco que percibe en su corazón. […] [Este alma] acogerá y se entregará con alegría al poder de Dios cuando pueda descubrirlo en los evangelios. Esta es la fe que existe en la multitud de los creyentes, una fe que procede de su sentido de la presencia de Dios, que desde el principio les fue certificada por la voz interior de la conciencia .
Queda iluminada así la relación entre la conciencia y la fe en el Dios cristiano.
Newman consolidó su fe dominada por el dogma cristiano con algunas lecturas, entre ellas, los largos textos de los Padres de la Iglesia que encontró en un obra de Milner. Fue el primer contacto con los padres, a los quince años: «Los leí y los tuve como la religión de los primeros cristianos» .
Aunque su fe había sido impulsada desde lo más íntimo, desde la conciencia, el espíritu de Newman se lanza por completo fuera de sí mismo hacia la verdad que le llega del testimonio apostólico. No es una anécdota sin importancia que en los meses que siguieron a su conversión se dedicase a componer «una colección de textos de la Escritura» que apoyaba la fe en la Trinidad y, pocos meses después, otra colección del mismo estilo como apoyo de cada una de las afirmaciones del Símbolo Atanasiano, un credo trinitario del cristianismo primitivo. Y no es tampoco anecdótico que cuando escribe la Apologia, cincuenta y nueve años después, aún guardase esas recopilaciones de textos probatorios de las fórmulas de la fe .
Ahora hay que añadir algo sobre la primera conversión que suele pasar inadvertido en su peso vital y lógico. De la percepción de Dios en el alma y de la identificación de ese Dios con la fe dogmática cristiana se sigue un tercer aspecto: la exigencia de una vida religiosa seria y la búsqueda de la santidad. O dicho de otra forma: el sistema religioso, el camino por el cual el hombre escucha, obedece, adora, espera, etc.
La exigencia moral le llevó a usar lemas como: «Santidad en vez de paz» . La aspiración a la santidad se convirtió en un verdadero fundamento vital. Y consideró entonces como voluntad de Dios la elección de una vida célibe permanente. ¡Eso no era habitual en el mundo anglicano!
La exigencia religiosa se manifestó en el amor a la liturgia de su Iglesia, en el valor que da a la oración pública y privada, a la seriedad de su mortificación. E identifica esta exigencia moral y religiosa con el sistema de la Iglesia Anglicana.
En 1833, año importante porque Newman se pondrá al frente del Movimiento de Oxford, tiene la convicción «de la verdad de una doctrina religiosa precisa, basada en el fundamento del dogma: había una Iglesia visible con sacramentos y ritos que eran canales de la Gracia invisible» .
Hemos llegado así a la cuestión eclesiológica, el tercer eslabón de la concatenación que se establece en el espíritu de Newman movido por la conciencia: Dios que me concierne en el fondo del alma; la verdad de Dios, el dogma cristiano; y el sistema religioso, la Iglesia.
La cuestión de su conversión va a ser: ¿dónde se encuentra íntegra y viva la verdad que proclamaron los Apóstoles del Verbo hecho carne? ¿Cuál es la casa de Dios, donde el hombre y la verdad se encuentran? ¿Cuál es el verdadero canal de la Gracia de Cristo? Es una cuestión fundamental desde los quince años y el asunto que, al final, lo va a llevar a la Iglesia Católica.

V. LA CUESTIÓN ECLESIOLÓGICA, EL MOVIMIENTO DE OXFORD Y LA VÍA MEDIA
Newman parte de la visión eclesiológica anglicana, según la cual la Iglesia fundada por Cristo es como un árbol que se ha dividido en tres ramas: la griega, la latina y la anglicana. Cada una de esas ramas ha recibido plenamente (in solido) la realidad de la Iglesia Una y Católica. Es la eclesiología de las tres ramas.
Según eso, la Iglesia anglicana guardaba el testimonio apostólico, la fe verdadera definida dogmáticamente en los primeros siglos, y estaba en disposición de ofrecer a sus fieles el camino religioso seguro. Por el contrario, entiende que la Iglesia Romana, siendo también una de las ramas de la Iglesia, está comprometida con el mal, porque ha permitido corrupciones en la verdad y corrupciones en el sistema religioso. Corrupciones en la verdad añadiendo dogmas, como el de la transustanciación. Corrupciones en el sistema religioso, como su culto a los santos.
Pero la identificación de la Iglesia fundada por Cristo con la Iglesia Anglicana no significa que Newman esté contento con la vitalidad de su Iglesia. En 1828 se produce su primer acercamiento sistemático a los Padres de la Iglesia. Al contemplar en ellos el rostro de la Iglesia primitiva, Newman queda impresionado y escribe:
Yo comparaba la Iglesia, aquel poder lozano y vigoroso en los siglos primeros, con el establishment eclesiástico, dividido, amenazado e ignorante de su verdadera fuerza. En el celo triunfante de la Iglesia a favor de ese Misterio primordial hacia el que había sentido gran devoción desde mi juventud [se refiere a la Santísima Trinidad] reconocí el movimiento de mi Madre espiritual: «Incessu patuit Dea» . El triunfo de sus ascetas sobre sí mismos, la paciencia de sus mártires, la determinación inquebrantable de sus obispos. El alegre ritmo de su avance me encendían y me confundían a la vez .
La cuestión eclesial va a ser una motivación fundamental para que Newman se ponga al frente del Movimiento de Oxford, a partir de Julio de 1833. Se trataba de devolver a la Iglesia de Inglaterra esta vida que él contemplaba en la Iglesia Antigua.
Por un lado, había que rescatar a la Iglesia anglicana de las influencias protestantes que habían oscurecido su sacralidad; había que devolverle la libertad e independencia de la Iglesia Antigua frente al poder; había que devolverle el celo por la verdad apostólica y promover su santidad, rescatar el carácter sagrado de sus sacramentos…
Además, había que defender a la Iglesia anglicana de los ataques del espíritu del liberalismo en religión: «El liberalismo en el campo religioso es la doctrina según la cual no hay ninguna verdad positiva en religión: un credo vale lo mismo que otro» .
Dice Newman de sus propósitos y esperanzas:
Quería sacar, con toda solidez, una Iglesia de Inglaterra viva, con una posición propia y fundada en principios claros; todo, en la medida en que el papel impreso, una predicación seria y la influencia sobre otros, podían tender a convertirla en un hecho; quería una Iglesia viva, con carne y hueso, con voz, forma, movimiento, acción y voluntad propia. […]. No contaba con que la tarea llegara a completarse en mis días, pero sí pensé que podría lograrse lo suficiente como para continuarla en el futuro bajo circunstancias y perspectivas más propicias que las presentes .
Este intento de profundización en los propios principios anglicanos requería la confrontación no solo con el protestantismo, sino también con lo que llamaban el romanismo.

VI. CONFRONTACIÓN CON ROMA: APOSTOLICIDAD FRENTE A CATOLICIDAD
Centrémonos un momento en la confrontación de la Iglesia Anglicana con la Iglesia de Roma tal como la ve Newman hasta 1839.
El vínculo que mantiene unida a la Iglesia de Inglaterra con la fe apostólica es no haber introducido cambios en su doctrina. Eso y la sucesión apostólica les asegura ser una rama de la Iglesia Una. En cambio, la unión de Roma con la doctrina apostólica está en entredicho por haber introducido adiciones.
Intentando mirar las posiciones de las dos iglesias, entendía Newman que los romanos se hacían fuertes en la catolicidad: la Iglesia debía ser Una en todo el orbe. Y los romanos podían acusar a los anglicanos de haberse separado y de estar fuera de esta Iglesia Una y Católica.
Pero Newman seguía argumentando de la siguiente manera: en la Iglesia antigua la catolicidad radicaba en la caridad de las diversas iglesias entre sí y en la unión de unas y otras con la verdad apostólica; no era el producto de la supremacía e imposición de una Iglesia sobre otra. Por tanto, la comprensión que los romanistas tienen de la unidad y de la catolicidad «no es ni antigua ni apostólica […]; en la Iglesia antigua existía una gran independencia efectiva entre sus partes, aunque por dictado de la caridad había también una estrecha unión entre ellas» . Y veía en san Ignacio de Antioquía el testimonio de la Iglesia antigua de que el obispo en su lugar propio es la máxima autoridad de la Iglesia, sin ningún otro sobre él. Eso, decía, nos permitía condenar enfáticamente la novedosa pretensión romana de dominar a las demás iglesias, que eran en verdad sus iguales» . Mientras que por otro lado «podíamos acusarla del crimen intolerable de haber hecho adiciones a la fe» .
En ese caso, la separación no solo estaba justificada, sino que era una obligación moral, porque «La Iglesia —escribía— se fundamenta en una doctrina, el Evangelio de la Verdad. Es un medio para un fin […] La pureza de la fe es más preciosa para el cristiano que la unidad misma» .
La cuestión eclesiológica se mantiene en estos términos en la mente de Newman hasta 1839. Pero va a recibir dos golpes que van a socavar su idea de la cuestión eclesial. Un golpe le viene de san León Magno en su controversia con los monofisitas; y otro de san Agustín en su polémica con los donatistas.

VII. LOS GOLPES DE LA ANTIGÜEDAD: LEÓN MAGNO Y AGUSTÍN
No tenemos tiempo para explicar las controversias a las que respectivamente tuvieron que hacer frente san León Magno y san Agustín. Vamos directamente a las conclusiones que de ellas sacó Newman.
El caso de san León Magno, siglo V, es el de un representante de la antigüedad cristiana, que es además obispo de Roma y que tiene que defender la verdad apostólica de una falsa interpretación. Y lo hace de dos formas: primero, introduciendo una «novedad» en la formulación dogmática más antigua, una expresión nueva, cuyo fin era la mejor inteligencia de la fe antigua y su defensa de la falsa interpretación que hacía la herejía («Dos naturalezas», Concilio de Calcedonia); segundo, afirmando su autoridad, la de Roma, sobre toda la Iglesia Universal. Al final, Roma con sus «novedades» y con su «autoridad» había preservado la verdad apostólica.
Newman entrevé la posibilidad de que las supuestas adiciones y novedades de Trento no sean, en realidad, sino desarrollos de la fe apostólica que defendían la verdad apostólica de los errores protestantes. Y entiende, que ya en la antigüedad, Roma actúa con autoridad sobre toda la Iglesia, y que es así como preserva la fe antigua. Se le pasa por la cabeza por primera vez que la Iglesia Anglicana no había hecho sino aliarse con los herejes y separarse de la fe apostólica.
El caso de san Agustín es del de una de las voces más autorizadas de la Antigüedad que se enfrenta con un grupo cismático que dice ser la verdadera Iglesia Católica en el norte de África. Y el criterio de san Agustín para enjuiciar la situación no es el de la antigüedad, quien es verdadero heredero de los usos más antiguos, sino el de la catolicidad: «Securus iudicat orbis terrarum» , «El juicio de la Iglesia Universal es seguro».
San Agustín decidía cuestiones eclesiales sobre una base y una regla más sencillas que el criterio de la Antigüedad. Es más, dado que san Agustín era una de las principales voces de la Antigüedad, la Antigüedad estaba aquí condenándose a sí misma. […] El juicio expreso en que, al final, la Iglesia entera descansa y se muestra conforme, constituye una regla infalible y una sentencia inapelable contra las porciones de ella que protesten y se separen. […] Una simple frase, esas palabras de san Agustín, me golpearon con una fuerza que jamás antes había sentido […] La teoría de la Via Media había quedado absolutamente pulverizada. Me llené de excitación ante la perspectiva que se abría ante mí. […]. Pero después me tranquilicé y se fueron disipando las vívidas impresiones de mi imaginación […]. Tenía que determinar su valor lógico y su repercusión sobre mi deber .
Esta afirmación de Newman, «Tenía que determinar su valor lógico y su repercusión sobre mi deber», es importante. Nos da pie para considerar el camino de la conciencia de Newman y su doctrina.
Primero: el sentido originario de la conciencia newmaniana es el sentido del deber (sense of duty): juicios sobre los actos humanos o mandatos de hacer o evitar tales actos. A partir de estos juicios y mandatos la razón es capaz de conocer la ley moral (moral sense), el segundo sentido de la conciencia e inseparable del primero. Los juicios y mandatos sobre actos imponen en la mente que los escucha la verdad de la existencia de Dios, que deja oír en ella esos mandatos y juicios, la verdad del hombre como interlocutor de Dios, y la relatividad de todas las demás cosas.
Segundo: la conciencia no actúa de forma independiente al conocimiento que la razón tiene del ser de las cosas. No es algo así como una voz que va informando al hombre sobre la verdadera naturaleza de las cosas que lo rodean. En este caso concreto, la conciencia no informa a Newman de que la Iglesia anglicana puede estar, en realidad, en el lado de los herejes, sino que al descubrir la razón esta posibilidad, la conciencia le empuja a verificarlo (“determinar su valor lógico”) y a actuar conforme a ello (“repercusión sobre mi deber”). No es la conciencia la que le descubre a Newman la verdad de la Iglesia anglicana y la católica. Eso lo hace la razón. La conciencia le impone la obligación de seguir lo que es verdadero.

VIII. EL TRACTO XL Y LOS TRES GOLPES DE 1841: LA CONDENA DE LOS OBISPOS AL TRACTO XL, LA TRADUCCIÓN DE SAN ATANASIO, LA CUESTIÓN DEL OBISPO DE JERUSALÉN
Newman empezó a sospechar que el dogma y el sistema sacramental, aquello decisivo para él desde su primera conversión, «se encontraban mejor protegidos en Roma que en la Iglesia Anglicana» . Se ve en la necesidad de someter a prueba la catolicidad y la apostolicidad de la Iglesia anglicana: si la Iglesia anglicana seguía vinculada a la verdad o si, en realidad, estaba del lado de la herejía.
La prueba va a ser la composición del llamado Tracto XC. Se pone a ello en 1840 y se publica en 1841. En la Iglesia Anglicana existía un documento que tenía valor vinculante y normativo. Eran los llamados Treinta y Nueve Artículos (Thirty Nine Articles of Religion). La Iglesia Anglicana decía expresarse oficialmente en ellos. Habitualmente habían sido interpretados en sentido protestante. La prueba consistía en ver si podían ser interpretados igualmente con sentido católico y apostólico.
Newman hizo una interpretación católica de los Artículos. Al menos en teoría, parecía que podía seguir considerando que el Anglicanismo estaba vinculado a la verdad. Sin embargo las reacciones al escrito fueron tales que Newman entendió que la Iglesia Anglicana real no era compatible con la verdad católica y apostólica. Esta sacudida fue acompañada de otras dos. Fueron los tres golpes consecutivos de 1841.
El primer golpe llegó en el verano, cuando estaba tranquilamente traduciendo a san Atanasio y su polémica con los arrianos. Los viejos textos reavivaron en Newman la impresión recibida cuando se ocupo de la polémica de san León Magno con los monofisitas: «Vi con toda claridad que en la historia del arrianismo, los arrianos eran los protestantes, los semi-arrianos eran los anglicanos y Roma estaba ahora donde había estado entonces. La verdad no estaba en el centro, en la Via Media, sino en un lado, en lo que llamaban «el partido extremo» .
El asunto es claro: ¿dónde se reconoce la verdad apostólica a la cual la conciencia lo vinculó a los quince años? ¿Dónde se reconoce el sistema religioso que la guarda? Todo indiciaba que en Roma.
El segundo golpe fue la condena de los obispos al Tracto XC, es decir, a la interpretación católica que Newman había hecho de los Artículos. Si la Iglesia Anglicana rechazaba la verdad apostólica y el sistema religioso que dependía de ella, cada vez era más difícil reconocer en ella a la Iglesia de Cristo. De hecho la condena dio inicio a la conversión de algunos miembros de la Iglesia Anglicana a la Romana. No parecía que hubiese opción: o se abandona la verdad o se abandona la Iglesia Anglicana.
El tercer golpe fue la alianza de la Iglesia Anglicana con Prusia para crear un obispado conjunto en Jerusalén, que diese cobijo a anglicanos, luteranos y otros grupos heréticos orientales.
Este fue el tercer golpe que finalmente cuarteó mi fe en la Iglesia Anglicana. No solamente prohibía cualquier simpatía o convergencia con la Iglesia de Roma sino que buscaba activamente una intercomunión con la Prusia protestante y la herejía de los orientales . La Iglesia Anglicana podía tener la sucesión apostólica, como los monofisitas, pero los hechos que se estaban produciendo me llevaron a la más alarmante sospecha: no que pronto dejaría de ser una Iglesia, sino que desde el s. XVI no lo había sido jamás».

IX. EN EL LECHO DE MUERTE DEL ANGLICANISMO
A partir de 1843 Newman va a dar varios pasos, la mayoría de ellos tienen que ver con una de las ideas dominantes en su pensamiento de la que hemos dicho poco hasta ahora, la idea de desarrollo:
1. Remueve las dificultades que tenía con los romanos a causa del culto a Santa María Virgen y a los Santos, la doctrina popular romana.
Desde mi niñez yo había entendido con especial claridad que mi Creador y yo, su criatura, éramos los dos seres cuya existencia se impone de forma arrolladora, como la luz, in rerum natura […] Ahora sé con toda claridad algo que entonces no sabía: que la Iglesia Católica no permite que ninguna imagen material o inmaterial, ningún credo o formulación dogmática, ningún rito, sacramento o santo, ni siquiera la Santísima Virgen, se interponga entre el alma y su Creador. Es por completo un cara a cara, «solus cum solo», entre el hombre y su Dios. Solo Él crea, solo Él redime, ante su mirada imponente iremos a la muerte, en su visión consiste nuestra eterna felicidad .
Termina por reconocer que las doctrinas «modernas» romanas, es decir, las enseñanzas dogmáticas como la transustanciación, son los verdaderos desarrollos del Evangelio. Reconoce que la misma Iglesia Romana con todas sus enseñanzas religiosas se identifica con la Iglesia primitiva, mediante el principio del desarrollo.
2. Se da cuenta también de que en nuestra mente hay una secuencia que la lleva de forma concatenada desde la primera idea religiosa a la última. Al escribir la Apologia afirma que esta secuencia entre la primera idea religiosa y la última es la que lo ha llevado a Roma. ¿Cuál es la primera idea religiosa? La primera idea religiosa es Dios, su realidad y existencia. La segunda idea es la afirmación de la verdad del dogma cristiano. La última idea de esa secuencia es la identificación de la Iglesia Romana con el lugar donde se preserva la verdad del Dios revelado.
[El principio del desarrollo] me llevó a examinar con más cuidado lo que, sin duda, estaba ya de alguna forma en mi modo de pensar desde mucho antes: la concatenación de argumentos por el que el entendimiento asciende desde la primera idea religiosa hasta la final . Y llegué a la conclusión de que, filosóficamente hablando, no existe punto medio entre ateísmo y catolicismo y que, por tanto, una inteligencia realmente coherente, en las circunstancias en que nos encontramos los hombres aquí en este mundo, no tiene más salida que ser ateo o católico. Y mantengo esto con firmeza : soy católico porque creo en Dios ; si alguien me pregunta por qué creo en Dios, yo respondo que es porque creo en mí mismo, pues me parece imposible creer en mi propia existencia (y de este hecho estoy plenamente seguro) sin creer al mismo tiempo en la existencia de Aquel que vive en mi conciencia como un ser personal que todo lo ve y todo lo juzga . Por supuesto, reconozco que no me he expresado con corrección de filósofo, dado que no me he puesto a estudiar lo que los metafísicos han dicho sobre este asunto. No obstante, cuanto he dicho aquí responde a una verdad fuerte, capaz de resistir el más minucioso examen .
Y añade poco después: «De no ser por esta voz que tan claramente habla a mi conciencia y a mi corazón, al mirar a este mundo yo sería ateo, o panteísta o politeísta» .
A poco que se piensen, son palabras provocativas para la inteligencia y para nuestra posición moral en el mundo.
Es un texto clave para entender que la conciencia tiene, por encima de todo, un valor religioso, es decir, que nos hacen mirar y buscar a Dios, nos capacita para reconocerlo en su Revelación y someternos en el camino de su seguimiento en la Iglesia.
En ámbitos cristianos solemos entender la conciencia como un principio moral; y si tuviéramos que buscar la doctrina sobre la conciencia en algún tratado, iríamos a un tratado de moral. Para Newman también es el principio de la vida moral, aunque con condiciones, pero antes es el principio de la vida religiosa, de la percepción de la realidad de Dios. «La conciencia es como un eslabón entre la criatura y su Creador» . Si él hubiese tenido que elegir un tratado donde escribir allí sobre la conciencia, hubiese elegido en tratado de teología fundamental y el de teología natural. «Cuando se la cultiva y perfecciona es la norma de la moral. Pero en sí es esencialmente religiosa» . «Es —dice— el principio creativo de la religión» .
Es un texto clave para entender al mismo Newman y su lógica real y personal, el movimiento que pone en marcha la conciencia. Toda la Apologia es la descripción del desarrollo de esta lógica real y personal de Newman. De forma un tanto irónica, Newman dirá: «Si algún católico me dijera que me convertí por el camino equivocado, ya no puedo evitarlo» . La conciencia está en el principio de su fe en la existencia de Dios, de la identificación de este Dios con el Dios de los cristianos, y de la Iglesia católica como la Iglesia de Cristo.
3. El tercer paso es percatarse de que el proceso mental que poco a poco le lleva a reconocer a Roma como la verdadera Iglesia está en sintonía, primero, con el proceso mental que le lleva a reconocer a Dios a partir de los fenómenos de la conciencia (los mandatos y los juicios en los que se percibe a un Gobernante y Juez); segundo, con el proceso mental que le lleva a la fe en Dios cristiano, al Dios Uno y Trino que se ha revelado. Su forma de conocer o de reconocer que la Iglesia de Roma es la Iglesia de Cristo se parece a la forma con que reconoce a Dios en la conciencia y a la forma con que reconoce que ese Dios es el Dios cristiano.
Explico brevemente qué es este proceso mental o forma de conocer estas realidades. Newman desarrolla una suerte de fenomenología sobre el acto de fe que dice que el hombre da fe no por un proceso de estricta demostración, sino por una convergencia de múltiples probabilidades, a veces tan numerosas y sutiles que sería imposible hacer una descripción detallada de ellas. Ya hemos dicho que Newman entiende que la obediencia a Dios en la conciencia tiene una naturaleza igual o similar a la obediencia a Dios cuando se revela en el Evangelio, es decir a la fe. En los dos casos el hombre da fe a Dios, pero Dios permanece siempre más allá de sus sentidos externos o internos. En la conciencia el hombre no ve a Dios, no es directamente su Palabra eterna la que oye, sino su voz o el eco de su voz, pero su fe natural va más allá de su experiencia interior y alcanza un conocimiento real, no meramente nocional, de Dios. En la Revelación sucede lo mismo: el hombre ve signos y su fe sobrenatural va más allá de los signos sensibles. Pongo un ejemplo que no pone Newman, pero que creo pertinente: el apóstol Tomás, cuando tiene delante al resucitado, toca con su mano el cuerpo y confiesa su divinidad, tal como destaca San Agustín; porque con las palabras «Señor mío y Dios mío», confiesa lo que no puede ver con los ojos ni tocar con las manos. El reconocimiento de la verdadera Iglesia es análogo en su forma a los dos anteriores; no se alcanza por un proceso de la lógica formal, por una lógica necesaria, sino por una acumulación de probabilidades que deja espacio a la libertad, una lógica personal y real. Esto le da gran tranquilidad a Newman, porque se da cuenta de que se encamina hacia Roma, no por el resultado de una deducción, un razonamiento concreto y aislado, sino por una acumulación de pruebas y de probabilidades, de forma análoga a como reconoció a Dios en la Conciencia y decidió entregarse de por vida a la Verdad dogmática del cristianismo.
En 1870 Newman publicará una de sus obras maestras, la Gramática del Asentimiento, para desarrollar y esta idea del conocimiento propio de la fe natural, de la fe sobrenatural y de la adhesión religiosa; y para mostrar que se trata de un ejercicio de la razón tan legítimo, para estos asuntos, como lo es la deducción para los problemas lógicos y matemáticos, o como lo es la inducción para las ciencias empíricas.
Estos tres pasos ya los ha dado Newman en otoño de 1843, y está tranquilo. Espera a alcanzar certidumbre sobre estas verdades para actuar en consecuencia. Eso le llevará aún dos años.

X. LA COMPOSICIÓN DEL ENSAYO SOBRE EL DESARROLLO DE LA DOCTRINA CRISTIANA. RENDICÓN Y LLEGADA A PUERTO
Nada más tengo que decir sobre el asunto de mi cambio de ideas religiosas. Poco a poco me convencí de que la Iglesia Anglicana estaba formalmente en el error y que la Iglesia de Roma estaba formalmente en la verdad. Por tanto, no había razones que justificaran mi permanencia en la Iglesia de Inglaterra ni tampoco objeciones válidas para no entrar en la de Roma. Ya no había más que aprender; lo que faltaba para mi conversión no era un nuevo cambio de opinión, sino que la convicción intelectual llegase a ser claridad y firmeza .
En noviembre de 1844 escribe a su hermana:
Una convicción clara de la sustancial identidad entre cristianismo y sistema romano ocupa mi mente desde hace tres años. Hace más de cinco que tal idea se insinuó, aunque luché contra ella y de momento la vencí. Pienso que todos mis sentimientos y deseos están en contra de efectuar cambios. Nada accidental me atrae hacia fuera de donde me hallo. Apenas he asistido a cultos romanos; no conozco a católicos en el extranjero. No me atraen como grupo. Me dispongo, sin embargo, a dejarlo todo .
Y en la Apologia continúa:
A finales de 1844, tomé la resolución de escribir un ensayo sobre el desarrollo de la doctrina, y luego, si al acabarlo no se habían debilitado mis convicciones a favor de la Iglesia Romana, dar los pasos necesarios para ser recibido en su seno .
Pocos meses después alcanza esa certidumbre:
Había empezado mi Ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina a comienzos de 1845 y en él estuve trabajando a fondo todo el tiempo hasta octubre. A medida que avanzaba, mis dudas se iban disipando, de tal manera que dejé de hablar de «católicos romanos» para decir simplemente «católicos». No había llegado al final cuando decidí convertirme; el libro está hoy como quedó entonces, sin terminar.
Uno de mis amigos de Littlemore había sido recibido el día de san Miguel en la casa de los Pasionistas de Aston, cerca de Stone, por el Padre Dominic, que era el Superior. A comienzos de octubre, este pasionista iba de camino a Londres y Bélgica y, como yo no sabía qué tenía que hacer exactamente para ser recibido en la Iglesia, acepté la propuesta que se me hizo de que el buen sacerdote se detuviera en Littlemore, para hacer conmigo el mismo caritativo servicio que había prestado a mi amigo .
Y así llega el momento de la rendición de Newman ante la conciencia, ante Dios y ante su Iglesia. El pasionista padre Domenico Barberi, hoy beato, llegó a la casa de Littlemore el 8 de octubre, empapado de agua, tras horas de viaje bajo la lluvia: «Me coloqué junto al fuego para secarme. Se abrió la puerta y ¡qué espectáculo para mí ver a mis pies a John Henry Newman rogándome que le oyera en confesión y que le admitiera en el seno de la Iglesia Católica! Allí, junto al fuego comenzó su confesión general con gran humildad y devoción» .
Interrumpieron la confesión de Newman para descansar durante la noche. A la mañana siguiente la retomaron. Después hicieron lo mismo otros del grupo. A las 6 de la tarde —según escribe el pasionista—: «Pronunciaron su profesión de fe, tal como se acostumbra, uno después de otro, en su oratorio privado, con tan gran fervor y piedad que casi no cabía en mí de alegría» . Era el 9 de octubre. Al día siguiente el padre Domenico celebró misa en el pequeño oratorio de la casa. Sirvió de altar el escritorio donde Newman había compuesto el Ensayo , testigo no de una lógica de papel, sino del compromiso moral con la verdad, o lo que es lo mismo, del amor a Dios.
«El camino de las conversiones de Newman es un camino de la conciencia, no un camino de la subjetividad que se afirma, sino, por el contrario, de la obediencia a la verdad que paso a paso se le abría» . Son Palabras de Benedito XVI pocos días después de beatificar a Newman.
Tras dar noticia de su conversión, Newman dice en la Apologia:
Desde el momento en que me hice católico, por supuesto, se acabó la historia de mis ideas religiosas; ya no tengo nada que relatar. No quiero decir con esto que mi mente haya estado ociosa o que haya dejado de pensar en asuntos teológicos, sino que no ha habido cambios de los que dar cuenta, ni ansiedad alguna en mi corazón. He permanecido en perfecta paz y contento. No he vuelto a tener una sola duda. Al convertirme no me percaté de ningún cambio interior, intelectual o moral. No me percaté de una fe más firme en las verdades fundamentales de la Revelación o de un mayor dominio de mí mismo. No empecé a tener más fervor. Sin embargo, fue como llegar a puerto dejando atrás el mar agitado; y la felicidad que alcancé en ese momento ha permanecido sin interrupción hasta hoy .
Ninguna emoción especial le empujó a dar el paso y ninguna emoción especial se apoderó de él una vez que se consumó la conversión. Obró por amor a la verdad y por sentido del deber ante Dios soberano, que desde los quince años fue el objeto de su fe. Entrar en la Iglesia Católica fue llegar a puerto definitivo y alcanzar la felicidad. Pero no pensemos en un estado emocional o en un sentimiento, sino más bien en la sustancia de la fe, una sustancia que es real y al tiempo intangible. Newman sufrió muchísimo como católico, sobre todo hasta la composición de la Apologia, pero sabía que había llegado a la casa donde el Dios hecho carne habita y dialoga con el hombre, a la Iglesia fundada por Cristo, la misma Iglesia de san Ignacio de Antioquía, de san Atanasio, de Clemente y Orígenes, de san Agustín, de san León Magno. Incluso en los momentos de mayor sufrimiento, cuando cree que su vida no ha servido humanamente para nada y que va a morir, en el mismo año de la Apologia, escribe en su diario con la certeza de que muere en la Iglesia de Cristo, invocando a los santos de la antigüedad tan amados para él y al santo que se había convertido en su afectuoso padre al hacerse católico, san Felipe Neri.
Termino con estas palabras de Newman ya católico:
¡Oh casa largamente buscada, encontrada tardíamente, deseo de los ojos, alegría del corazón, verdad después de muchas sombras, plenitud que sigue a muchos anticipos, hogar hallado después de muchas tormentas.
Venid pobres caminantes, porque ella es la única que sabe descubrir el sentido de vuestro ser y el secreto de vuestro destino! Sólo ella puede abriros las puertas del cielo y poneros en camino de alcanzarlo. «Levántate y brilla, Jerusalén, porque tu luz ha llegado, y la gloria del Señor se alza sobre ti. Pues he aquí que las tinieblas cubren la tierra y una espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece el Señor y brilla su gloria» (Cf. Is 60,2ss).

ANOTACIONES POSTERIORES A LA CONFERENCIA
SOBRE LA CONCIENCIA NEWMANIANA
Al inicio de la conferencia dije que la pregunta sobre Dios está directamente relacionada con la vida que se abre ante el hombre como una posibilidad para su libertad. En la conciencia esa pregunta adquiere un tono palpitante y vivo, porque en ella Dios se hace a sí mismo pregunta para el hombre, dejando oír el eco de su voz. Dios se hace pregunta para el hombre y el yo del hombre queda comprometido. «Cor ad cor loquitur». En la conciencia se anticipa, primero, y se asienta, después, la pregunta que conmociona a Pedro: «Pedro, ¿me amas?», con la cual el Verbo encarnado se hizo pregunta para Pedro golpeando sobre su corazón una, dos, tres veces; con la cual él queda comprometido, esta vez ya hasta el final. La conciencia es el vicario originario de Cristo.
La conciencia no es una capacidad espiritual aislada de las demás capacidades del espíritu humano. No sería de esa forma el principio creativo de la religión, como dice Newman que es. La conciencia empuja el deseo natural de Dios y la razón entera del hombre en la búsqueda de Dios. Conforma el deseo de infinito del hombre convirtiéndolo en la llamada de Alguien, el que me acompaña secretamente, sin el cual la eternidad y el infinito no sería sino hastío. Ya no es solo el reconocimiento de que todo es pequeño e insuficiente para la capacidad del alma; ya no es solo el deseo de que exista algo que sacie el alma. La conciencia convierte ese deseo en la llamada de Alguien y en la espera de Alguien que venga gratuitamente de lo alto y me salve. Convierte la búsqueda de la razón en la búsqueda de Alguien. Hace que, al buscar la verdad, busquemos al Verdadero. Hace que sepamos que la búsqueda de la verdad debe llevar a Uno, no a una fórmula o a un ser sin libertad, sino al ser verdaderamente libre, a Dios. Solo ella prepara el desiderium naturae para olvidarse de sí en el reconocimiento y el seguimiento del Verbo Encarnado. Solo ella prepara la razón para considerar con reverencia a la verdad, para amarla y así adentrarse en su verdadero conocimiento.
La conciencia hace que el obrar conforme a la ley moral sea obediencia a Alguien querido, que concierne al alma. Exactamente como la fe es respuesta a Alguien, en la conciencia se responde a Alguien, no a un código. La fuerza de la conciencia para configurar la posición moral de un hombre no está en la correspondencia de la ley moral con la naturaleza humana, aunque no pueda dejar de corresponderse. Su fuerza primaria estriba en que es la voz de su Creador. El sentimiento de fracaso y tristeza por la incoherencia con la ley que uno dice reconocer, no viene de la conciencia; de ella sí viene, en cambio, el dolor de haber defraudado al Bueno. El dolor que nace de ella es como el dolor de quien mira el rosto del amigo a quien ha defraudado. El dolor que nace de la conciencia es el arrepentimiento, que mira más allá de sí mismo y más allá de la ley, hacia el que da la ley y el mandato. El dolor que nace de la conciencia va acompañado del deseo de reparar el daño; y buscará su perdón, en cuanto sospeche que Aquel a quien ha ofendido quiere darlo. El sentimiento de satisfacción por los propios logros morales no viene de ella; de la conciencia viene, más bien, la alegría semejante a la del niño que ve sonreír el rostro de su Padre. En la conciencia reconocemos la existencia de una ley natural, pero justo después de reconocer a quien la promulga, al Bueno, al que es amable.

Padre Enrique Santayana Lozano C.O.
Congregación del Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares