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Corpus Christi
23/ VI /2019 

El relato de san Lucas nos muestra, en un primer momento, a Jesús frente a la multitud, enseñando y curando, para luego entablar un diálogo con sus discípulos y terminar con el gran milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que nos introduce en la fiesta del Corpus Christi. Quiero referir brevemente lo que san Lucas ha narrado antes, porque encierra una gran enseñanza con relación al milagro de la multiplicación y con la fiesta del Corpus.
Jesús había dado instrucciones a los Doce y los había enviado a predicar el Reino de Dios y a curar: «llamó a los doce y les dio poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades. Los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos». Conforme al poder y al mandato de Cristo, los Doce habían realizado su misión: «Se marcharon y pasaban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes». Al volver donde Jesús «le contaron todo lo que habían hecho». Entonces Jesús «los tomó consigo y se los llevó secretamente». Da la impresión de que Jesús está satisfecho de los suyos y decide llevárselos a ellos solos, «secretamente», dice el evangelista. Emprendiendo el camino a un lugar apartado con solo los Doce, Jesús suscitaría en ellos la idea de que disfrutarían del descanso y de la amistad de Cristo, quizá de alguna revelación de su alma.
Sin embargo, la gente se dio cuenta, fue detrás del grupo y Jesús los acogió. Nada se le escapa al Señor. Él acoge a la multitud que lo busca y continúa la misma tarea que había mandado hacer a los Doce: «Hablaba a la gente del Reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación». Esto hay que subrayarlo. Jesús les había mandado a predicar y a curar. Ahora Jesús sigue predicando y curando. Pero va a hacer algo más: un milagro con el que va a saciar a los que le han seguido hasta allí, a los Doce y a todos los demás, a los que le buscan. «Comieron todos y se saciaron», dice san Lucas. Con la multiplicación de los panes y los peces, Jesús anticipa el milagro de la Eucaristía. Ahora quiero subrayar tres cosas del milagro:

Primero:
con él Jesús enseña a los Doce, y a la Iglesia hasta el fin de los tiempos, que la predicación y la curación que él trae solo llega a su fin en el sacrificio, por el cual él se entrega como alimento en la Eucaristía.
Los Doce habían sido enviados a predicar y a curar. Me puedo imaginar que después de haber predicado algo tan grande, la cercanía del Reino de Dios, y al experimentar el poder de curar se habían llenado de euforia. Si yo hubiera sido uno de ellos, seguramente habría vuelto pensando que todo era hablar, convocar masas, convertir multitudes y hacer milagros. ¡Creían que ya habían hecho algo importante! Aún no habían entendido casi nada. Quedaba lo más importante por hacer, quedaba la muerte de Cristo, su entrega, el sacrificio de la cruz, el sacrificio de la Eucaristía. Sin esto, todo lo demás queda en nada.
Toda la predicación y todo el trabajo de la Iglesia tienen el fin de llevar a los hombres a la comunión con Cristo, comunión que se realiza en la Eucaristía acogida con fe. En la Iglesia habrá que hacer muchas cosas, pero o conducen a la Eucaristía o es un camino errado.
¿Cuál es el fin de los esfuerzos de un padre en la educación de sus hijos? No otro que llevar a su hijo a la comunión con Cristo, aquí en la Eucaristía, que es el principio de la comunión con Cristo para la eternidad. Tendrá que hacer otras muchas cosas: trabajar por su hijo y darle alimento y vestido; tendrá que jugar con él y enseñarle a comportarse en público; tendrá que ayudarle a estudiar… Tendrá que hacer muchas cosas, pero si todos sus esfuerzos no conducen a su hijo a Cristo, habrá fracasado como padre, aunque su hijo llegue a ser celebrado por este mundo. ¡Lo mismo el sacerdote! Tendrá que predicar y curar en el confesionario, luego tendrá que hacer otras muchas cosas. ¡Ahora los sacerdotes tienen que hacer tantas cosas! ¡Hay que ver qué es realmente lo que forma parte del camino por el cual se lleva a los hombres a la comunión con Cristo! ¡Porque a lo mejor estamos trabajando en vano!
En la Iglesia, entre nosotros, todo debe llevar a Cristo, a la comunión con él. Y él ha querido que esa comunión no sea meramente espiritual. No. Él se ha hecho hombre, ha tomando una humanidad verdadera y ha querido permanecer en el Cuerpo de la Iglesia y en el Cuerpo de la Eucaristía, en el pan y en el vino consagrados. Él se entrega en la Iglesia, en su Cuerpo y en su Sangre. La comunión con Cristo pasa por la participación con fe en la Eucaristía: «quien coma de este pan, vivirá para siempre».

La segunda enseñanza de este milagro es que el descanso y la intimidad de los Doce, y de cualquier cristiano hasta el fin de los tiempos, está en acoger el don de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre y unirse a su propia entrega.
Los Apóstoles habían abrigado la idea de descansar en la intimidad de Cristo, de adentrarse en el conocimiento de su misterio. ¡Aquí está la oportunidad! Quien quiera participar de la intimidad de Cristo no tiene sino que acoger el don de la Eucaristía y con ella entregarse con Cristo que se entrega, amar con Cristo que ama, morir con Cristo que muere.
Jesús multiplica el pan y los peces y sacia con ellos a los que le siguen. Fue un milagro real que anunciaba un milagro más grande, el de la Eucaristía. Y en la Eucaristía Cristo nos lo da todo. El milagro de la Eucaristía ya no es símbolo de otro más grande, porque en la Eucaristía lo tenemos ya todo, toda la intimidad de Cristo, Cristo entero. En este pan se nos da el Hijo de Dios con su humanidad y con su divinidad, con la vida trinitaria. En este pan tenemos al Hijo hecho hombre: con su cuerpo, con su alma, con su corazón y con todo lo que ha vivido. Está Cristo con toda su vida. Este pan es Cristo que nace de María. Es Cristo que crece en estatura y en gracia, que va al Jordán y que se enfrenta en el desierto al demonio. Es Cristo que habla y exhorta, que enseña y amenaza, que consuela y perdona, que se estremece por el dolor de la viuda y resucita a su hijo, que llama a Leví para que le siga, que proclama las bienaventuranzas, que acoge las lágrimas de la pecadora cuando lava con ellas sus pies. Todo lo que Jesús es, todo lo que hizo y todo lo que padeció está aquí presente en el pan y en el vino consagrados. Está Cristo, llorando sobre Jerusalén porque no le reconoce. Está Cristo, que agoniza en el Huerto de los Olivos. Está Cristo siendo juzgado en el sanedrín, llevando el peso de los pecados de todos, siendo clavado en la cruz y entregando su alma. Está Cristo muerto. Está Cristo que resucita. Está el alma de Cristo que vuelve a unirse al cuerpo para resucitar con una vida nueva. Está Cristo, hombre y Dios, con su cuerpo y su alma, que asciende al cielo e irrumpe en alabanza a su Padre. En la Eucaristía está todo Cristo, Cristo entero. Quien quiera compartir la intimidad de Cristo no tiene más que tomarlo con fe. Verá entonces que Cristo le permite también participar de su sacrificio, entregándose con él.

Por último, en tercer lugar, con la multiplicación de los panes y los peces Jesús sacia a la multitud y sobran doce cestos repletos. Queda dicho así que para siempre, hasta el fin de los tiempos, la Eucaristía es el verdadero alimento del hombre.
Después de la predicación y de la curación de los enfermos, los Doce le habían dicho a Jesús que despidiera a la gente para que buscasen qué comer. Aquí Cristo nos sorprende de nuevo: «¡Dadles vosotros de comer!» ¿Cómo es eso posible? Solo tenemos unos pocos peces y unos panes. Las palabras de Cristo siguen vivas y debemos escucharlas como una orden que se dirige a nosotros como Cuerpo: «dadles vosotros de comer». A los que buscan y se acercan, a los que escuchan el Evangelio y piden ser curados, dadles vosotros de comer. ¿Cómo lo haremos, si somos pobres y también nosotros necesitamos ser alimentados? Desde hace más de 2000 años, los cristianos sabemos cómo dar de comer a todo el que lo pide con sinceridad. Sabemos que el alimento que sacia es Cristo, que se nos entrega en la Eucaristía. Aunque a veces ocurre que sufrimos una especie de pérdida de memoria. De repente olvidamos que aunque seamos pobres y pecadores, aunque seamos ignorantes o estemos mal vistos, somos la luz del mundo. Olvidamos que llevamos en nosotros, como en vasijas de barro, el tesoro precioso de la Eucaristía. De vez en cuando en la historia olvidamos la enseñanza de este milagro: que tenemos a Cristo, el pan de la vida que sacia al hombre. Nos olvidamos de alimentarnos nosotros de este pan. Dejamos de confesarnos y dejamos de recibir la comunión. O nos acercamos a él rutinariamente, como si fuera una cosa de poco valor. De una u otra forma despreciamos el pan de la vida y nos olvidamos de que este pan es nuestro verdadero alimento. Volvamos siempre a Cristo, volvamos a alimentarnos de Él. No podemos esperar algo más grande y, al tiempo, no podemos saciarnos con menos. Hemos sido creados para alimentarnos de Aquel que es nuestro Creador y nuestro Redentor. Esto es lo que se nos da y lo que podemos ofrecer a todos.
 
Jesús, abre nuestros ojos ante el don de tu Cuerpo, sácianos con él, permite que lo tomemos con fe y con amor, para que nos sumerjamos en el conocimiento de tu misterio y también nosotros nos unamos a tu sacrificio. Culmina así tu obra en nosotros y en todos los que creen en ti.
 
Alabado sea Jesús, en el Santísimo Sacramento del altar.

 P. Enrique Santayana Lozano C.O.

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Homilía en la fiesta del Corpus Christi del 2019
Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
P. Enrique Santayana
Fecha 2019-06-28
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