Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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EL CONTENIDO DE LA LIBERTAD

XXXI Domingo T.O. – B (4 - XI - 2018)

«¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Hay preguntas que tienen un valor incalculable. Un escriba, un entendido en la Escritura, se acerca a Jesús a preguntarle por el mandamiento principal de la ley: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Jesús va a responder directamente: «El primero es…». Y enseguida añadirá: «El segundo es…».
Iremos luego al contenido, pero pensemos qué significa la pregunta del escriba. En el libro del Éxodo, Dios da los mandamientos en el marco de la Alianza. Primero, Dios ha sacado a Israel de la esclavitud de Egipto, le ha hecho cruzar el Mar Rojo, lo ha llevado por el desierto, lo ha alimentado con el maná, le ha proporcionado agua, una nube que lo protegía del sol por la mañana y que por la noche les daba luz… ¡Esto es lo primero: la acción de Dios! Acción con la que salva a su pueblo y lo cuida, acción que nace de su amor, amor gratuito, no motivado por un mérito especial de Israel. Luego, en medio de la marcha por el desierto, Dios llama a su pueblo en el Sinaí a hacer Alianza, a hacer un pacto. Que consiste básicamente en un pacto de amor: tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios. Estas palabras —tomadas casi literalmente— son un calco de una alianza matrimonial. Parece que Dios quiere expresar un amor definitivo, exclusivo e incondicional hacia Israel y parece que demanda a Israel un amor similar.
Tenemos, por tanto, en primer lugar, la acción salvífica y amorosa de Dios; en segundo lugar, una alianza amorosa. En este contexto de la Alianza Dios da a Israel los Mandamientos: los mandamientos responden a la lógica del amor. No son la imposición de un Dios poderoso que oprime con una ley caprichosa, bajo la amenaza del castigo; lejos de eso, responden a la lógica del amor: Dios ama al hombre y quiere elevar al hombre hasta el amor con él. El amor de Dios solo puede llegar a cumplimiento si el hombre acoge este amor y responde a él; de no ser así, el amor queda frustrado. Así llegamos al primero de los mandamientos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo su ser; que se desglosa en los tres primeros mandamientos del Decálogo.
 
Sin embargo, en una relación de amor es necesario que los dos términos del amor se encuentren en un nivel moral similar. Ya lo decía Aristóteles en relación con la amistad: que no es posible sino entre iguales. Es claro que Dios está en un nivel mucho más alto que el hombre, él es el tres veces santo y nosotros estamos muy lejos de esa santidad. El camino de los Mandamientos responde al camino de perfeccionamiento del hombre, el que Dios ha previsto desde el principio para elevar al hombre hasta sí y hacerle un verdadero interlocutor de su amor, alguien que no solo reciba la misericordia de Dios, sino que también le ame de veras. Este camino de perfeccionamiento es el amor al prójimo. El hombre se perfecciona y se eleva por encima de su propio ser en el ejercicio del amor. Se envilece hasta degradar su ser en la negación de este amor, cuando se cierra más y más sobre sí mismo. Los siete restantes mandamientos del Decálogo son la concreción del amor al prójimo, el camino por el cual el hombre se perfecciona a sí mismo y se hace capaz de responder al amor de Dios, que es el primero de los mandamientos.
 
Pero para entender el valor de la pregunta del escriba hay que decir algo más: que ambos mandamientos, el del amor a Dios y el del amor al prójimo, responden a nuestra naturaleza más profunda: Dios nos ha creado libres para el amor. Esto es: nos ha dado memoria para poder recordar las obras de su amor por nosotros; nos ha dado inteligencia para comprender que él nos ama y el valor de ese amor; nos ha dado voluntad para amarle a él y entregarnos a él. La libertad, el don más grande que Dios nos ha dado, está hecha para el amor. Nosotros estamos hechos para este amor a Dios, que incluye al prójimo, porque el prójimo es también amado por Dios.
«Nuestro bien —dice san Agustín— […] no es otro que unirnos a él: su abrazo incorpóreo […]. Se nos manda amar este bien con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. A este bien debemos llevar a los que amamos y ser llevados por los que nos aman. Así se cumplen los dos mandamientos en que consiste la Ley y los Profetas: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente", y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" […]. Este es el culto a Dios; ésta, la verdadera religión; ésta, la piedad recta; ésta el servicio debido solo a Dios».
Por tanto, para resumir, la pregunta del escriba es la pregunta sobre el fin del hombre, sobre el para qué de la vida del hombre, sobre el camino vital de cada uno de nosotros. ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? ¿Cuál es el camino de la vida? ¿Cuál es el contenido de la felicidad? ¿Cuál es el contenido de la libertad? Y concretando más: ¿cómo puedo responder al amor de Dios, que me precede? ¿Cómo puedo llegar a ser interlocutor de ese amor? La respuesta es el doble mandamiento del amor, el amor a Dios sobre todo, como primer mandamiento; el amor al prójimo como a uno mismo, como segundo mandamiento. Nada vale más que este amor, este es el verdadero sacrificio que nos conduce y nos une a Dios. Solo este mandamiento nos da la verdadera luz sobre nuestra vida.
 
Ahora, cuando un hebreo se enfrentaba con los mandamientos, lo hacía espoleado por la memoria de las obras del amor de Dios, por el amor de Dios, que había precedido a cualquier amor por parte de Israel. Nosotros volvemos sobre estos mismos mandamientos, pero los recordamos dichos por Jesús, los oímos de sus labios, de los labios del Dios que se ha hecho hombre por nosotros, de labios de quien nos ha amado hasta el extremo, hasta la muerte; como si fuésemos cada uno de nosotros únicos y exclusivos, porque él nos amado con esta característica propia solo del amor esponsal, que es la exclusividad. Lo escuchamos de labios de quien nos ha amado definitivamente, de una vez para siempre. No veréis a Cristo desdecirse de su amor, ni retroceder de él un ápice, ¡no se bajará de la cruz! Y un amor presente: que ha vencido la muerte y se renueva en la Eucaristía. De los labios de Cristo escuchamos el doble mandamiento del amor. Y ahora la pregunta se vuelve sobre nosotros: ¿qué responderemos a este doble mandamiento que escuchamos de sus labios? Ahora, y mañana y al otro.
Recordad que el contenido de nuestra libertad es el amor. Se nos ha dado la vida para este amor, se nos ha amado para llamarnos al amor.

 

Alabado sea Jesucristo.

Siempre sea alabado.

Enrique Santayana C.O.