Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
0
0
0
s2smodern

escudo congregación

Homilías


 

 

Domingo 07 de Febrero de 2010

Domingo V tiempo ordinario

Isaías 6, 1-2a. 3-8

Aquí estoy, mándame

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.

Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo: "¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!"

Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.

Yo dije: "¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos."

Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: "Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado."

Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: "¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?"

Contesté: "Aquí estoy, mándame."

 

Salmo responsorial: 137

Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;

delante de los ángeles tañeré para ti,

me postraré hacia tu santuario. R.

Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. R.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande. R.

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos. R.

 

1Corintios 15, 1-11

Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe.

Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yoesto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

 

Lucas 5, 1-11

Dejándolo todo, lo siguieron

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Rema mar adentro, y echad las redes para pescar."

Simón contestó: "Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes."

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador."

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres."

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

Homilía

 

Hermanos, sentaos un poco. Vamos a atender directamente a las lecturas sin más preámbulos para no alargarme yo luego y haceros la misa muy larga y pesada. Mirad la primera lectura, Isaías, es, ya sabéis, un profeta que vive casi mil años antes que Jesús y esas cosas. Y hoy lo que nos narran las lecturas, en lo que Dios quiere hoy que pongamos la mirada es en la llamada al profetismo de Isaías. Isaías tiene la vocación de profeta, yo de cura, tú de casado y empresario, la otra maestra. Bueno, pues, Isaías, profeta. Y ¿cómo lo llama Dios? Fijaos, pues él dice que está… es de buena familia, es una familia noble de Jerusalén, y estas cosas. Y él dice que está rezando, está rezando en el templo y tiene una visión, o sea, se le aparece Dios, y lo describe, dice que lo describe. Dice que lo ve sentado en majestad, dice que la punta… el borde del manto, el borde del manto da... llena, el borde del manto llena el Templo de Jerusalén, o sea, que era una de las maravillas del mundo, que era inmenso. Dice Isaías que lo ve sentado en gloria, en majestad, que el manto llena el Templo de Jerusalén, rodeado de serafines, es la única vez que aparece en la Biblia esa categoría de ángeles, serafines, con seis alas. Dos alas que cubren su desnudez, que están desnudos delante de Dios; otra, que les cubre la cara, y otra, que les mantiene. Pues rodeado de serafines, dice que acompañan a Dios, es como el cortejo de Dios y que están continuamente cantando y alabando la gloria y la santidad de Dios. Lo que nosotros hemos copiado en la liturgia, el Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo… están continuamente los serafines así. Isaías te cuenta, cuando él ve esta visión, pues su experiencia, lo que él siente, se aterra, dice, se aterra, por qué. Porque delante de Dios, delante de él tiene a Dios y Dios es… él nos lo describe como nos lo escribe, no tenemos categorías para imaginar esas cosas. Él es el Santo entre los santos. Dios es la perfección suma. En Dios no hay defecto. Dios es el Santísimo, por eso decimos el Santo entre los santos. Dios es el más puro. Dios es lo perfecto. Y cuando él se ve delante de Dios, dice, que se estremece. Primero también porque ellos tenían una idea, y era que nadie podía ver a Dios y seguir viviendo, tenía que morir. Se estremece porque cree que va a morir. Y luego porque nota la distancia que hay entre Dios y él, Dios es lo bueno, lo mejor, y yo soy un hombre que pertenece a un pueblo impuro y mis labios están impuros. O sea, soy un hombre pecador. Dice, quisiera cantar –dice Isaías-, quisiera cantar con Dios, perdón, con los serafines, la santidad de Dios pero es que no me atrevo ni a eso, o sea, la distancia que hay entre Dios y yo es infinita, es insalvable, dice, que queda ahí en eso. Y se nota un hombre de labios impuros, y… Con esa conciencia, cuando él hace como esa confesión, él dice que ve a uno de  estos serafines, ya os digo, que no vuelven a aparecer, que no se vuelve a hablar de ellos en la Biblia, que están delante de Dios. Dice, que coge del altar del Templo el fuego sagrado, donde ellos tenían y ponían sus panes y sus cosas, dice, que le acerca una brasa y le quema la boca, la lengua y le dice: “ya estás puro, ya estás purificado. Ciertamente tú eres indigno de estar delante de Dios”.

Fijaos, santa Catalina de Siena, santa Catalina de Siena, ella decía una cosa. Ella tenía, vio una vez también… Era una mujer cristiana del año 1400 ó 1300, por ahí. Ella también vio a Dios y a ella se le quedó grabada esa distancia que había entre ella y Dios. Y ella decía que los hombres, qué es lo que somos nosotros, somos la nada más el pecado frente a Dios que es la belleza absoluta y el Todo perfecto. Bueno, pues el serafín le dice has quedado purificado. Dice, Dios ha perdonado tus culpas, tus pecados. Y dice Isaías, cuando eso queda así. Oye a Dios hablar, entonces oye a Dios hablar y eso queda como con aquellos serafines, como con aquella corte que tiene. Y que Dios dice: ¿A quién mandaré? Dice ¿quién irá en mi nombre? O sea, él entiende, Isaías qué es lo que entiende. Entiende que hay una situación dramática, que hay que mandar un mensaje, que hay que llevar un mensaje de Dios al pueblo elegido, un pueblo ingrato, ¿veis? Yo no me invento nada, Dios me librara de inventar nada o añadir o quitar a la Palabra de Dios. O sea, hay que llevarle un mensaje al pueblo de Dios, al pueblo de los judíos. Un pueblo ingrato, desagradecido con Dios, pero un pueblo celoso. Y Dios quiere mandarles un mensaje de aliento, de salvación, de ánimo. Y Dios está diciendo a  aquellos ángeles, a quién mandaré, quién irá en mi nombre, quién será el embajador. Necesito a alguien apto. Dios como que está hablando con ellos pero quiere que Isaías lo oiga. Y a Isaías le sale de dentro: “He aquí, Señor, mándame”. Esa es, Isaías a raíz de ahí, carga sobre su vida, a partir de entonces una carga pesadísima. Y cuál es, la de llevar siempre la Palabra de Dios a la gente.

Y fijaos, todos nosotros los cristianos somos profetas, unos un poquito más. O sea, mi oficio es hablaros en nombre de Dios continuamente, todos los días, a  todas horas, aquí o cuando vais al confesionario. Y la experiencia que yo tengo, es que a la gente, incluso a los cristianos, les cuesta mucho acoger la Palabra de Dios. Cogen, pues como cuando vais al supermercado, que tenéis cuatro o cinco marcas de detergente. Está desde la más buena hasta la peor, y la del medio. Pues con las personas, les dices lo que Dios dice, si les conviene bien, si nos les conviene pues no. Si la Palabra… eso ya está muy anticuado, ahora hay que modernizarse… Pues Isaías, a raíz de ese encuentro con Dios y de decirle heme aquí, mándame, voy yo, Señor, a raíz de ahí, Isaías carga sobre sus espaldas un peso terrible, que es el de anunciar continuamente, es de llevarle al pueblo judío, un pueblo rebelde. Y Dios dirá, con otras palabras, pero para que lo entendáis, un pueblo “cabezón”, dice, de dura cerviz, o sea un pueblo testarudo. Dice, tiene la frente de bronce, dice Dios, no les entra mi Palabra. E Isaías cargará con esa misión y nunca jamás se quejará. Leéroslo, son sesenta capítulos, pero leéroslo, que sois cristianos y tenéis que hacer uso de la Palabra de Dios. Jamás se quejará Isaías de la misión a la que Dios le envía, le manda. Atended ahí, o sea, Dios llama, Dios llama. Dios está continuamente, según nuestra fe, lo que nos ha enseñado Jesús, lo que nosotros… Dios llama al hombre y a la mujer. Dios no llama y nos envía, nos da una vocación. Te toca ser esposa y te toca ser madre. Te toca ser madre de tres, uno detrás del otro. Al otro le toca ser empresario, al otro le toca ser enfermo, al otro le toca… Dios te llama y pone sobre nuestras espaldas, a veces una carga pesada, o sea Dios es exigente. Pero fijaos una cosa, Dios no es… (no sé cuál es la palabra) un dictador. O sea, Dios respeta en demasía nuestra libertad. ¿Quién irá en mi nombre? ¿A quién mandaré? Él no lo impone, Él se te insinúa, te lo dice, te lo susurra… ¿Quieres ser cura? No te engaño, sin mujer toda la vida. El hombre ha sido creado para la mujer, y la mujer para el hombre. ¡Eh! ¿Quieres ser cura? Sin mujer. ¿Quieres ser sacerdote, quiere ser como mi Hijo? Sin dinero, sin dinero… sin dinero en la alforja (sin dinero). Pobre, como mi Hijo. ¿Quieres ser cura? Obediente, hasta la muerte. Vas a tener que obedecerme, y no me voy a aparecer. Vas a tener que obedecerme a través de un obispo, que a lo mejor, ni te puede ver. Porque los obispos son hombres y no son impecables, porque impecable sólo fue ella. ¿Quieres ser cura, Julio? Si quieres esto es lo que hay. Y Julio hace ya muchísimos años dijo: sí, Señor, quiero, aquí estoy.

¿Quieres casarte? Fíjate que te vas a casar con un hombre que es libre, y que Yo respeto su libertad, y que a lo mejor deja muy pronto de quererte. Y a lo mejor se va con otra, o a lo mejor nunca se va y está ahí siempre contigo, pero no te quiere como tú necesitas. ¿Quieres ser madre? Mira bien porque es muy bonito verlos en la tripa de las otras y es muy bonito verlos pequeñitos, pero es que van creciendo, y son libres. Y a lo mejor te los mando uno detrás del otro. ¿Quieres ser madre? ¿Quieres ser monja? ¿Quieres ser monja? Tienes que dejar a tu padre y a tu madre a un lado. Tienes que dedicarte sólo a mi Hijo, a atenderlo. El Señor llama a todos y a cada uno le confía una misión y nos da libertad. Cuantas que estaban llamadas a monjas, me encontrado yo en la vida, a una hace bien poco ahí abajo, que luego me lloraba y me decía, dígalo usted bien alto, padre, dígalo usted bien alto que es verdad, que a mí el Señor me llamó y estuve en un convento, me cansé, me salí a fuera, creyendo que se podía servir al Señor casada y con hijos, y ha sido la peor desgracia de mi vida. Porque este hombre nunca me ha querido y los hijos tampoco. Dice, mi sitio estaba en el convento. Cuantas personas me he encontrado yo que Dios los llamaba a una cosa y le dijeron que no. ¿Se salvarán, van al cielo? Claro que irán al cielo y estas cosas. Ahora, si Dios te llama así, recto ven a Mí, dice, sí, pues irá recto. Pero si tú le dices no, pues ven a Mí,  tendrás que dar una vuelta mucho más larga y mucho más cansada. Pues quedaros con eso, Dios como a Isaías, a todos nos llama, a todos nos llama, pero a nadie obliga, a nadie obliga. Y Dios no mata a nadie. Ese temor reverencial, sí, o sea, respeto, sí, respeto, sí… O sea si tenemos respeto a hombre que han parido mujeres, como a Juan Carlos y a Sofía, no vamos a tener respeto a Dios cuando entramos en su casa, que es el Santo entre los Santos, el Rey de reyes como dice la Escritura. Respeto, temor reverencial, amor porque es un Dios que da la vida. Pues esa es la primera lectura, o sea, Isaías que se encuentra con Dios y Dios le habla, Dios de su grandeza. Y Dios le llama, y Dios no lo engaña… una carga pesada, hijo, pesada…

Y después veáis al Evangelio, y el Evangelio (me salto la segunda lectura), porque es también un encuentro, pues fijaos Dios es tan bueno, si pensaseis un poco, si lo meditaseis un poco, es tan bueno con nosotros. Es tan terriblemente bueno que es que no sabe ser otra cosa. Que ya para evitar ese miedo, ese temor reverencial (¿no?), a vernos, pues se ha hecho carne, se ha hecho hombre. Para que le oigamos hablar a través de cuerdas vocales, pues como las mías. Para que veamos que tiene un corazón, que cuando se le muere un amigo como Lázaro llora. O cuando dudan de Él: Y este que podía resucitar a los muertos y no vino a atender a Lázaro, y llora. Pues para que no le tengamos miedo, Dios se ha hecho hombre, y se ha hecho hombre en la persona de Jesús. Y fijaos, dice el Evangelio, que está Jesús predicando, o sea, en el centro… si Jesús es nuestro modelo hay que aprender. En el centro de la vida del hombre y de la mujer tiene que estar Dios. Esto es una cosa que no gusta, veis, cuando un cura lo predica, que no el gusta  a las personas, que no le gusta ni oírlo a los cristianos. Cómo va a estar en el centro de mi vida Dios al que no veo, y no va a estar mi marido y mis hijos… Pues tiene que estar Dios. Búscate las mañas, anda el camino, que los caminos de Dios se conocen andándolos. En el centro de la vida de Jesús, Dios. Y qué es lo que está haciendo. Predicando. Y lo hace bien. Y habla, no como los otros, sino que habla y les llena el corazón. Habla desde su Corazón al corazón de la gente. Y dice que la gente se agolpaba y que querían estar con Él. Así que no le queda más remedio que subirse a una barca de pescadores que acababan de llegar. Para qué. Para alejarse un poquito más de tierra y que lo vean más. Y Él sigue hablando de Dios. Jesús sólo habla de Dios. A Jesús no le preguntéis por los números de la Bonoloto o cuándo se va a curar el cáncer. A Jesús preguntarle por el Amor de Dios y os lo indicará bien. Y después de eso le dice a Pedro, que es la barca donde se ha montado, dice, rema mar adentro, dice, rema mar adentro y echar las redes. Y aquí está, ya Jesús había dicho: el que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, o sea, que su razón la crucifique, o sea, que deje de pensar en sus razones, dice, que muchas son de peso, y que se fíe de mi Palabra que coja su cruz y que eche a andar. Rema mar adentro y echa las redes. “Maestro, hemos estado toma la noche breando, hemos sudado, se pesca de noche, Maestro, nunca de día, dice, pero cómo me dices vamos a pescar. Pero mira porque me lo dices Tú, porque cuando hablas me llega al corazón, porque sé que cuando hablas me lo dices desde tu Corazón y acaricias el mío. Porque me fío de tu Palabra, a pesar de que la razón me dice: imposible, si se pesca de noche, si he estado toda la noche, si es que no hemos cogido nada… Porque me fío de tu Palabra voy a remar mar adentro, voy a remar más adentro y voy a echar”. Se fío de su Palabra, y el milagro, y el milagro. Y qué es lo que ocurre, qué es lo que le pasa a Pedro. Pues como a Isaías, que tiene unas palabras que nadie las usa y hace cosas que escapan, a qué, al hacer humano, al hacer de los hombres, “Este es más que hombre”, dice. Se lleno de temor, se sintió pecador, además fijaos que Pedro debía tener una… un genio… Se sintió pecador, se puso de rodillas: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y Jesús no se aparta de Pedro. Hombre de labios impuros, como Isaías, y que camina en un pueblo de hombre y hermanos impuros. No se aparece, no. “No temas, no tengas ningún miedo, Pedro, ningún miedo. Ni a la muerte, ni a la carga que te voy a poner encima, ni a nada. Tú serás pescador de hombres”.

Y luego cogéis la segunda lectura, os vais un poquito y en San Pablo, hablando, pues, como Cristo. De qué habla San Pablo, de qué habla, continuamente, de Jesús y Jesús crucificado. De Jesús y Jesús crucificado. Y fijaos, y te lo dice: “Yo he aprendido esto: que nació, que vivió, que murió en una cruz, que lo enterraron y que al tercer día resucitó. Y lo vio Pedro y lo vio Santiago, y lo vieron las mujeres, y lo vieron quinientos hermanos juntos. Y el último lo vi yo, dice, como un aborto, dice, también lo vi yo. Yo que había sido perseguidor, yo que aguanté los mantos cuando estaban asesinando a pedradas a Esteban, o sea, que asesino. Yo indigno, hombre impuro, a mí Dios me ha llamado a anunciar el Evangelio”. Pues atendiendo a  todo esto, reconozcamos, hay que… primero, porque a todos hoy nos dice lo que le dice a Pedro, dice, “rema mar adentro”, remad mar adentro. Alguna de aquí puede decirle, “Señor estoy cansada, estoy cansada de mi marido, estoy cansada de mi marido. No me quiere, no me habla, estoy en casa con él como si no estuviera. Llega cuando quiere, no cuento para él, no. Qué me dices, Señor, rema mar adentro, que me empeñe un poquito más en él”. “Estoy cansado, Señor, estoy cansado de estar enfermo. En dos años no sé cuántas veces me han operado. Estoy cansado de ir al médico siempre con alguna esperanza, Señor, y cada vez me dice, pues tiene usted que hacerse otra prueba. Pues tiene usted no sé que, pues tiene usted no sé cuanto. Estoy cansado, Señor, estoy cansado. Qué me dices de que reme mar adentro, que me meta más adentro”. “Estoy cansada, Señor, de no tener trabajo, y de andar dependiendo de mi padre, y de mi madre, y de que me ayude a criar a los hijos, y de no tener un minuto para mí. Qué me dices, Señor, que reme mar adentro y que me meta más”. Pero como nosotros somos hijos de la palabra, nosotros somos hijos de Dios, ahí tenemos al bueno de San Pedro, que hoy el Señor nos dice: “rema mar adentro, ya sé que estás trabajando continuamente, ya sé que has estado toda la noche, entre comillas, pescando y no has pescado nada, pero fíate de Mí, que te lo digo hoy en misa, fíate de Mí y rema mar adentro y echa las redes”. Y qué hay que hacer. Como San Pedro: “Señor, las razones muchas tengo, pero me fío de tu Palabra, así que voy a seguir luchando por mi marido, voy  aseguir luchando con mis hijos, voy a seguir humillándome delante de mis padres que me están criando a mis hijos porque no tenemos trabajo, voy a seguir, Señor, con los dolores encima, pero voy a seguir, Señor, porque me fío de tus Palabras”. Y el Señor, cuando Él lo disponga hará el milagro, hará el milagro comos se lo hizo a Pedro. Porque es bueno, porque es bueno y porque como dice San Pablo, porque ha resucitado, porque en Jesús nos encontramos con la grandeza de Dios. Ahora, ahora, tenemos que encontrarnos con Él. Antes de mandarnos, antes de hacernos “pescadores de hombres” debemos dejar que nos pesque, tenemos que fiarnos de su Palabra. Tenemos que hacerle caso cuando venimos a misa y caminar por donde Él camina y cómo Él camina. Entonces cuando caminamos por donde Él camina y como Él camina y descubrimos la grandeza de Dios y el Amor inmenso de Dios, la vida se hace más fácil, la vida se hace más fácil. Y cuando Él nos ha pescado le oímos decir “y ahora ven, te hago pescador de hombres, tienes que llevarle un mensaje mío a tu marido que ya sé todo lo taciturno y lo indolente que es contigo. Y a tus hijos tienes que llevarles un mensaje de salvación, Tú serás pescador de hombres. No sólo los curas, y tú en tu casa, a tu padre que tiene ochenta años y está más cerca del cielo que de seguir viviendo aquí, y ni se confiesa, ni va a misa, ni se prepara”.

Tenéis que ser “Pescadores de hombres”. Y cómo hay que hacerlo (y ya termino). “Papa confiésate que te vas a morir”. No, hombre no. O “papa reza que…”, así no se hacen las cosas, no. Que te vean, que nos vean. Que nos vean felices de haber encontrado a Jesucristo. Felices con un marido en tal condición, felices con una situación de falta de trabajo, felices. Felices con dolores. Que os vean así. Y cuando nos vean así que miren y entonces preguntarán… Es Dios, es Dios el que lo hace en ellos, es Dios. Porque sin Dios no podría llevar esa vida. Yo entiendo que estas son las lecturas, que me aplico a mí y lo pido a Dios también para vosotros. Es un Dios bueno, un Dios que nos ama, un Dios que nos da la vida, que nos ama… que nos ama y que quiere pescarnos porque somos de Él, somos de Él. Sin Él no tiene sentido nuestra vida, es que nada. Y un Dios que necesita, que necesita llegar a muchos que no se acercan nunca a la Iglesia, que hacen más caso a la tele o los políticos o al dinero o a quien sea. Pero que también son de Él, son como los hijos pequeños que se han ido de casa y Él está desde la azotea -como decía Jesús- mirando a ver si vuelven, pero para eso necesita de nosotros. Hoy el Señor nos dice: “Rema mar adentro”, o sea, si me has dicho que sí carga con tu cruz, la que sea, vente conmigo y Yo haré de ti pescador de hombres. Venga, anda ánimo.

{jcomments on}