Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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«Bienaventurados los pobres»
VI Domingo T.O. C
17 de febrero del 2019
En el domingo pasado vimos a Jesús enseñando a orillas del lago de Genesaret, la pesca milagrosa, el asombro de Simón Pedro y sus palabras: «Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador»… Estamos en los primeros capítulos del Evangelio según san Lucas. Lo que se transmite es que los hombres de aquellos pueblos de Galilea están realmente asombrados ante Jesús: su enseñanza, sus milagros, su persona… Una frase recoge bien este estado de ánimo que Jesús provoca en la gente: «El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor decían: “Hoy hemos visto cosas maravillosas”» (Lc 5,26).
Tienen ante los ojos algo realmente nuevo que viene del cielo, de Dios, y que trae la vida del cielo, una dicha antes desconocida. Incluso a hombres como Leví, el publicano, llega esta corriente de vida nueva y el que era traidor y ladrón lo deja todo con muestras de una dicha que no es de este mundo y se convierte en discípulo (Cf. Lc 5, 27-31).
Uno de esos momentos sorprendentes acaece cuando Jesús le dice a un paralítico: «Tus pecados te son perdonados» (Lc 5,24). El Dios de Israel era el único que tenía poder para perdonar pecados. Los escribas fariseos, algunos venidos desde Jerusalén para ver qué estaba ocurriendo, se sienten escandalizados: ¿quién puede perdonar pecados, sino solo Dios? Justamente aquí estaba la novedad: en Jesús estaba Dios reconciliando el mundo consigo. «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 1,68).
En otra ocasión, san Lucas nos cuenta que Jesús se presenta como el esposo que viene a celebrar sus bodas. El profeta Oseas había prometido una alianza nueva entre Dios y su pueblo que dejase atrás los pecados; una alianza de amor, que había comparado con los desposorios: «Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor y misericordia. Te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás al Señor» (Os 2,21-22). Y Jesús se presenta como el Esposo. Cuando aparecen los escribas de los fariseos reclamando el cumplimiento de la penitencia y preguntan a Jesús por qué sus discípulos no ayunan, la respuesta de Jesús es: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Ya vendrán los días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquellos días, ayunarán» (Lc 5,34-35). Ni siquiera la incredulidad y las críticas de los escribas fariseos enturbian la alegría de los que han sido convidados por el Esposo al banquete de bodas del Cordero (Cf. Lc 5,34), de los que siguen a Jesús y contemplan con asombro y gozo el surgir de una vida nueva.
Los primeros capítulos de san Lucas dan cuenta de este hecho: de la vida nueva y la alegría que Jesús trae del cielo, una vida y una alegría desconocida hasta entonces en la tierra.
Éste era el ambiente que precedía al momento en el que Jesús va al monte con sus discípulos y pasa la noche en oración, elige de entre los discípulos a los Doce, baja del monte y ante un número grande de discípulos pronuncia las bienaventuranzas y los ayes.
Las palabras de Jesús parecen continuar con aquel estado de gozo: «Bienaventurados», dichosos. Sin embargo, lo que hace Jesús es poner una encrucijada ante todo el que se acerca a él, una encrucijada que sirve para separar a todos los que lo escuchaban entonces y a todos los que lo escuchamos hoy. Las bienaventuranzas sirven para separar ¡a quienes lo escuchan! Allí no estaban “los malos”, ni los pecadores irredentos, ni los fariseos que sospechaban de él…, sino los que lo escuchaban con gusto, como nosotros. Las Bienaventuranzas de hoy sirven para cribar a quienes lo escuchamos.
Pronuncia cuatro bienaventuranzas y cuatro ayes. Las primeras se refieren a los pobres, los que pasan hambre, los que lloran y los que son perseguidos por su causa. Los ayes, a los ricos, los que están saciados, los que ríen y los que tienen el aplauso de todos.
¿Por qué son bienaventurados los primeros? Porque en su pobreza, en su hambre, en sus lágrimas y en el desprecio que sufren por Cristo, experimentan que nada definitivamente bueno pueden esperar de esta vida humana marcada por el pecado. Dios nos ha rodeado de cosas buenas y llenas de belleza de las que nos es lícito gozar: el amor de los esposos o de los hijos, los bienes todos de la creación… ¡Sí! ¡Todo eso está ahí para nuestro bien! Dichoso quien no para en ellos, sino que por ellos aspira al bien del que todo procede y es el único definitivo. Dichoso el que entiende que, al final, nada puede esperar ni de sí mismo ni de los otros, y reconoce en Jesús su bien, «su inseparable vivir» —por usar las palabras del mártir san Ignacio de Antioquía—. Dichosos quienes reconocen su bien definitivo en Jesús, pobre, que está ante ellos y que camina hacia la cruz.
¿Por qué son desgraciados los segundos? Porque en su riqueza, en su saciedad, en su diversión y en la alabanza que reciben de todos —quizá también de sí mismos— están tan pagados de lo humano, que al escuchar a Cristo, aun cuando puedan reconocer en él algo verdadero y bueno, no lo abrazarán como a su único bien. Puede que lo abracen, pero no más que a sus pocas o muchas riquezas, no más que al gozo mayor o menor de la vida, no más que a la imagen que se han hecho de sí mismos, no más que a la alabanza y los afectos de unos u otros.
La primera lectura da la clave para interpretar así el evangelio: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa…. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua…». Jesús marca la división. Tomarle como el único bien o no es la causa de que a unos se les anuncie la dicha y a otros la desgracia. Con Cristo, todo; sin Cristo, nada. En esto se resume todo.
La segunda cosa importante de las bienaventuranzas es que tanto la dicha como la desgracia que anuncian es la dicha y la desgracia definitiva: la dicha del cielo, la desgracia de los que se pierden. Desconfiad de los pastores que prometen la felicidad de este mundo. San Agustín alerta a los sacerdotes: no prometáis la vida feliz en esta tierra. Si hacéis eso, mentís, porque Cristo para este mundo promete la cruz a los que le siguen. Sí, también promete la dicha, perfecta y para siempre, pero no en este mundo. Solo en el cielo se manifestará plenamente esta justicia por la cual el hombre tendrá aquello que libremente ha escogido aquí: la Vida, que es Cristo; la muerte, que es la lejanía de Cristo.
Ahora, las palabras del Evangelio que hemos escuchado y la explicación que he intentado hacer solo serán útiles para quien se plante delante del Señor y se pregunte: «¿en qué parte estoy yo?».
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo […]
¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!».
Oh Jesús, haznos pobres. ¡Benditas las lágrimas que nos hacen reconocer nuestras miserias! ¡Bendita el hambre que ninguna criatura sacia! ¡Benditas las críticas y los desprecios con los que los hombres nos decepcionan! Oh Jesús, sé tú «nuestro inseparable vivir», nuestro único, definitivo y eterno bien.
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del 17 de febrero de 2019 en la Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Correspondiente al Domingo VI del TO ciclo C
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-02-19
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