Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilías


 

Primera lectura: Jeremías 17, 5-8

Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor

Así dice el Señor:

"Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor.

Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien;

habitará la aridez del desierto,

tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.

Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces;

cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde;

en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto."

 

Salmo responsorial: 1

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos;

sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. R.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. R.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal. R.

 

2ª Lectura: 1Corintios 15, 12. 16-20

Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido

Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan?

Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.

¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

 

Evangelio: Lucas 6, 17. 20-26

Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas."

 

Homilía

Bueno, pues, contemplamos un domingo más, nos reunimos en el nombre del Señor, celebramos que está resucitado, actualizamos nuestra fe que nos dice que la forma excelente, eximia, como dice el Concilio, de la presencia de Cristo entre nosotros es la Eucaristía, Él está realmente presente allí, nos lo dice la fe y actúa en nosotros, como lo que Él era, Hijo de Dios, que viene a nosotros, que viene a darnos la vida como Maestro que nos enseña el camino del cielo, el camino de casa. Porque nosotros por más que tengamos casas aquí, nos lo pasemos bien o mal aquí, esta nos es nuestra casa, esta nos es nuestra casa. Aquello de Juan Pablo II cuando se estaba muriendo, que le decía aquellos que le estaban atendiendo en la agonía: “Dejadme ya ir a casa, dejadme ir a la casa de mi Padre”.

Bueno, pues atendemos a la Palabra. La Palabra otra vez es el profeta Jeremías. Ya os he contado muchas veces de Jeremías. Jeremías era… ya os lo dije el otro día, hice referencia a los divorciados, ya sabéis que los divorciados no pueden comulgar, están fuera de nuestra comunión, pero tienen la misma obligación que nosotros de venir a misa, de rezar y de ser buenos. Ya Dios hará en su vida lo que tenga que hacer, pero tienen la misma obligación. O sea nadie, por una situación legal, en la Iglesia o donde sea, que se sienta como fuera de la comunión, no puede comulgar, pero eso no quiere decir que no sean objeto del Amor de Dios. Por eso os puse ese ejemplo a propósito del profeta Jeremías que es un profeta que pertenecía a una familia de sacerdotes, él era sacerdote, pero había tenido un lío. Habían querido matar al Rey Salomón y estaban excomulgados. Llevaban 300 años excomulgados, su pueblo Anaton. Y este Jeremías recibe la Palabra de Dios, que tiene que anunciar… Y es un profeta de desgracias. Es un profeta que tiene que hablar en nombre de Dios a un pueblo donde hay muchos profetas y dice cosas muy bonitas y él tiene que anunciarle al pueblo desgracias. Es un hombre, que si cogéis la Escritura, es un hombre que sufre lo indecible, un hombre de un corazón muy sensible, que a veces se enfada con Dios y llega a decirle a Dios: “me voy, ahí te quedas”, pero luego dice a dónde voy, no puedo, dice… no puedo estar sin Dios. Y se dedica a eso, a anunciarle al pueblo pues que sin Dios, que viven de espaldas a Dios, les va a ir muy mal.

Y hoy ya veis lo que dice, lo dice a propósito de…, es una situación en la que ya os lo conté, el reino de David se ha dividido, se ha partido por la mitad por culpa del pecado de Salomón que le gustaban mucho las mujeres e hizo barbaridades, el reino se dividió y el reino del norte ya ha sido destruido y queda el reino de Judá, y él está allí. Y tienen líos porque es un reino “pobrecito” y es un reino débil… Y está ahí el rey Joaquín, (y qué hace), busca alianzas con unos reyes, con otros reyes, que son los reyes de Asiria, los reyes de Egipto, para que no le destruyan a él la nación. Y Jeremías se le planta delante y le dice: “no hagas eso, hombre, no hagas eso. Confía en Dios, centra tu vida en Dios. Pon a Dios en el centro de tu vida, escucha a Dios que habla, (dice) no te fíes de ti ni de los que tienes a tu alrededor, fíate de Dios, clámale a Dios, llámale a Dios. Y Dios te socorrerá”. ¿Creéis que Joaquín (el rey Joaquín) le hizo caso? No le hizo ni caso. Se alió con unos y con otros, a Jeremías lo metieron en la cárcel, yo no sé cuántas palizas le dieron los sacerdotes, los otros profetas. Su misma familia.: “Ya bastantes líos tuvimos con el rey Salomón, no nos metas tú en más líos, cállate y dile al rey lo que quiere escuchar”. Y Jeremías en esa situación en que está hablando en nombre de Dios, (él es profeta, habla lo que Dios le inspira, lo que Dios le dice), que se fíen de mí, que dejen de fiarse de sí… Lo que nosotros entendemos, lo que nos ha dicho Jesús: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo”, que deje de razonar él y de pensar esto es lo mejor. Visteis lo de Pedro el domingo pasado (¿no?): “Ala hijo, métete en la barca y vamos a remar… rema mar a dentro, vamos a pescar”. Y Pedro no le dice: mira que es de noche, que yo sé más de pesca que tú. Le dice me fío de tu Palabra, como me fío de tu Palabra…

Pues Jeremías es lo que le dice al rey Joaquín y a todos aquellos, y nada… Y deja esto dicho, que es Palabra de Dios y lo habéis oído, además palabras fuertes, dice: “Maldito (además, habéis visto como ha empezado)”, “Así dice el Señor: maldito el que confía en el hombre, y en la carne”, en la carne, ya sois bastante listos, no se refiere sólo a la sexualidad, sino a toda la persona humana. “Maldito el que se fía del hombre y su carne busca su fuerza. Apartando así su corazón del Señor, (dice), ese (el que vive así), el que se fía sólo de sí, el que sólo se escucha a sí mismo y cree que lo que él dice es lo mejor y no consulta, ni se acuerda de Dios, y esquina a Dios, orilla a Dios, y echa a Dios de su vida… ese será como un cardo, como un cardo en la estepa. Anda que no hay cardos por aquí en el verano, miradlos. “Será como un cardo en la estepa, dice, no verá nunca llegar el bien, habitará en la sequedad del desierto (dice) tierra salobre e inhóspita”. Y les dice Jeremías a aquellos, aquel rey Joaquín y a todos aquellos: hay otra forma de vivir y es la que yo os indico y es el que confía en Dios, el que pone en el centro de su vida a Dios, el que sirve primero a Dios, ese, pues mira, bendito el hombre que confía en el Señor y pone en el Señor su confianza y su esperanza, (dice), ese, a qué se parecerá a un cardo, no, se parecerá a un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces que, cuando llegue el verano y el calor del verano, él no lo sentirá, su hoja seguirá estando verde y cuando llegue la sequía por años, no se inquietará, ese no deja de dar fruto.

Atendiendo a esto, y en este contesto histórico, la Palabra de Dios, la primera que Dios nos dirige, nos dice Él que hay dos formas de vivir y que tenemos que elegir. Y es así de sencillito como yo os lo explico, si os explican otra cosa y no lo entendéis es que entonces la Palabra de Dios no os ha llegado, es así de fácil. O se vive centrado en Dios, atendiendo a Dios, escuchando a Dios, dejándose llevar por Dios. O se vive centrado en sí mismo, fiado de sí mismo. Sólo hay esas dos formas, no hay una intermedia, una vela a Dios y otra al diablo. Eso no lo hay. O uno se entrega a Dios, o uno se sirve a sí mismo. Jesús dirá: o estáis conmigo o estáis contra mí. Y además fijaos, por qué, y esto hay que pensarlo, y esto lo tenéis que pensar, y yo también, todos, tenemos que decir: mi vida hasta aquí, estos cuarenta y siete años que tengo, mi vida en quién está centrada, en quién está fundamentada. Si está en Dios, si cuentas con Dios, si has contado con Dios para casarte, si cuentas con Dios para tus trabajos, si le rezas a Dios, si pides por tu mujer, por tus hijos, si le pides a Dios que te mande el Espíritu Santo para que te dé sus dones, el dominio de sí, porque eres iracundo y te enfadas por cualquier cosa. Si cuentas con Dios, y Dios está en el centro de tu vida, (dice) bendito seáis. Bendito eres, hombre, no te preocupes, vendrán desgracias, vendrán cruces, pero tú sabrás llevar todas esas cosas porque es Palabra de Dios, no porque lo diga el cura. Ahora si resulta que sólo te fías  de ti, que no escuchas, ya no sólo a Dios, ni tan siquiera a tu mujer, que es lo más íntimo de ti, que es como el alma de ti mismo. Si sólo te escuchas a ti, si sólo vives centrado para ti y para tus cosas, en tus comodidades y en tus gustos. Te conviene, te conviene porque lo dice Jesús, cambiar de vida. Te conviene cambiar de vida. Fijaos, a mí me gusta siempre poner ejemplos para que los chavales entiendan. Fijaros el meridiano de Greenwich, que divide el este del oeste, o el ecuador que divide el norte del sur, eso es inamovible, eso no se mueve. Los que están en el norte, están en el norte y los que están en el sur, están en el sur, y los del este, en el este, y los del oeste, en el oeste. Eso no se mueve. Pero es que resulta que el Evangelio es un camino, una línea, y es verdad, que nos indica quién vive centrado en Dios y quién vive centrado en sí mismo. Pero es que el Evangelio es... no es como estos meridianos inamovible. Es movible… nos conviene, si estamos viviendo centrados en nosotros idolatrando el dinero, el placer, la comodidad, lo que sea. Nos conviene dar el salto y ponernos a vivir con Dios. Que si os habéis dado cuenta es lo dice la oración colecta. Lo habéis escuchado, que siempre os digo: esto es lo Dios quiere darnos. Fijaos lo que dice: “Señor Tú que te complaces (esto es de fe, son verdades de fe) Tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón (o sea que Tú que te complaces en habitar en los que son como estos niños que los veis aquí tranquilamente bostezando, no se cortan, pues dice) Tú que te complaces en eso, concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros”. Señor concédenos la gracia de descentrarme y centrarme en ti.

Y esto por qué. Porque lo ha dicho Jesús. Jesús puso una parábola, ¿os acordáis? Dice, el que escucha mis palabras y las pone por obra, el que viene a misa y escucha el Evangelio, abre su corazón. Porque abrirse a la Palabra de Dios es escucharla y salir por la puerta diciendo eso tengo que vivirlo y voy a intentarlo, aunque caiga a la hora pero me levanto y sigo intentándolo. Y eso es estar abierto a la Palabra de Dios. Bueno pues dice Jesús: el que escucha mi Palabra y la pone por obra, (dice)… bueno mejor por el otro lado, que empiece así. El que escuche mi Palabra y no la pone por obra, ese se parece al que edificó su casa sobre arena, ese no se cansó nada, no sudó. El que construye su casa sobre arena apenas suda, a apenas tiene que cavar cimientos profundos. Pero amigo, el que cava, el que escucha las palabras de Jesús, (dice) y las pone por obra, se parece al que edificó su casa sobre roca, cavó bien, sudó, se cansó. Dice Jesús que nos conviene edificar sobre roca, que nos conviene centrarnos en Dios porque cuando llegue la desgracia… Y que levante la mano aquí a ver quién, quitando a estos pequeños que no han tenido… quién no ha sufrido alguna desgracia en su vida, o sea, quién está dispensado de la cruz, o de sufrir. Porque cuando llegue la desgracia, en forma de lo que sea, de enfermedad tuya o de los tuyos, de desastre económico, se te hundirá la casa, se te hundirá la vida, no sabrás afrontarlo.

O sea que hoy viene Dios a decirnos que hay dos formas de vivir, o con Dios, contando con él, como un hijo cuenta con su Padre, porque los niños no saben hacerlo todo, o sin Dios. Dice Jesús, os conviene, os conviene vivir cerca y junto a Dios, para que cuando aparezca la tormenta, (dice) no se os caiga la casa. O sea no se os hunda la vida, como le pasa a muchos. Yo os he puesto muchas veces muchos ejemplos muy concretos. Y fijaos, vivir centrado en Dios, vivir como Dios quiere, cómo es esa vida. Pues mira, mirad la cruz, mirar a Jesús crucificado, (yo me escondo), mirarlo porque vivir centrado en Dios y contando con Dios, y Dios el primero es vivir como vivió Jesús. Dolores por todos los lados, penas, angustias, soledades, quebrantos, injusticias por todos los sitios. Ahora con la conciencia de sentirse, de saberse muy amado por el Padre. Yo alguna vez os lo he contado, creo, ya sabéis que me repito, la síndole de Turín, la Sábana Santa de Turín que la estudiaron mucho, ya sabéis la NASA, los americanos y toda esa gente. Hicieron hasta la prueba el carbono, primero dijeron que no era del siglo I, luego dijeron que sí. Todas esas cosas, a mí lo que más me llamó la atención es que decían éstos que había una posibilidad entre trillones, de que aquel hombre que aparecía allí, golpeado por todos los lados, no fuera Jesús de Nazaret, porque todo coincidía con los Evangelios. Pero también, lo que más me llamó la atención, era que decían que aquel hombre que aparecía ahí retratado en esa sábana por delante y por detrás, (dice) que no tenía parte ilesa, o sea, parte sana en su cuerpo. Pero en su cuerpo tenía una expresión de paz y de tranquilidad en la cara que no era normal. Entre otras cosas porque, nosotros sabemos como se entregó Jesús a la muerte, confiado en las manos del Padre, lo último que Jesús dice: “A tus manos encomiendo mi espíritu”, con la conciencia de que nadie le quita la vida, de que Él la entrega y de que Dios lo resucitará de entre los muertos, y lo hizo. Vivir centrado en Dios es vivir como vivió Jesús.

Y ahí tenéis las Bienaventuranzas, lo que dice Jesús, que nos choca porque nosotros somos hijos de este mundo, de esta época. El sufrimiento, pues, no nos gusta, ni a nadie le gusta, ni tampoco a Dios le gusta. “Dichosos los que lloran, dichosos los pobres”. Fijaos, para entender hay un cuento, creo que es griego ortodoxo, que dice que venía un señor del mercado y venía con sus dos mulos, los dos mulos cargadísimos, uno cargado de sal, de kilos de sal. El otro cargado de esponjas, el otro dice que venía cargado de esponjas. Que el que iba cargado de sal, (dice) que iba sudando por todos los lados, cansado y casi a rastras. El que iba cargado de esponjas, dice que iba al trote y muy contento él. Pero es que resulta que casi al final del camino, antes de llegar a casa, dice el cuento que había que atravesar un gran río, y allá que los metió el amo a los dos mulos, y las cosas se tornaron, cambiaron. El que iba cargado de sal empezó a sentirse cada vez más ligero, y el que iba cargado de esponjas empezó a sentirse cada vez más cargado, hasta que se ahogó, no pudo con la carga. Y el río se lo llevó. Y contaba, decía el cuento también, que cuando iban, el burro cargado de sal, todo sudado y que no podía, casi arrastrándose. Y el mulo cargado con las esponjas al trote, dice, venía un buen hombre de camino que le dijo al burro, casi las bienaventuranzas, dichoso tú que te cambiará la suerte, dichoso tú que descansarás. Y ay de ti lo que te espera. Eso es lo que casi hace Jesús con nosotros, eso es lo que hace Jesús con nosotros. A muchos de vosotros, de nosotros nos toca caminar hacia el cielo y vamos cargados como este mulo con kilos de sal encima. Y el que no lleva la carga de una enfermedad, lleva la carga de la enfermedad de los hijos. Y el que no lleva la carga de una falta de trabajo, lleva el sufrimiento que le ocasionan los hijos o el marido enfermo. Y lo que nos espera al final nosotros eso no lo sabemos, pero hay uno que sí que lo sabe, y ese es Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. Y ese nos dice: “Dichosos los pobres”, benditos de vosotros lo pobres que nos fiáis de nadie más que de Dios porque vuestro es el cielo. Dichoso tú que lloras y que no tienes consuelo por tu hijo, por tu marido, por tu enfermedad, por tu falta de trabajo, de salud… porque tú serás consolado, al final del camino te encontrarás con Dios que te consolará.

Y ya veis en Lucas, Lucas sólo tiene cuatro bienaventuranzas y cuatro maldiciones. Mateo sí tiene ocho bienaventuranzas. Dice ay de vosotros, ay de vosotros los ricos, ay de vosotros los que ahora tenéis de todo, ay de vosotros lo que ahora vivís y construís sobre arena y apenas sudáis y apenas os cansáis y apenas… ay de vosotros. Ay de vosotros los que ahora reís, que os va todo tan bien y estáis saciados, no tenéis hambre de nada, ni de felicidad, ni de comida, ni de bebida, ay vosotros porque pasaréis hambre. Sólo Jesús es el que sabe lo que hay en este camino de nuestra vida y a lo mejor nos ve cargados como este borrico y nos dice lo que nos dice. Dichosos los pobres, dichosos los que lloráis, dichosos los que tenéis hambre y sed de justicia porque estáis cansados, porque a vosotros Dios al final os está esperando para hartaros. Para hacer que recojáis hasta las sobras de vuestros hartazgo como hizo con la multiplicación de los panes y de los peces. Y esta son la primera y la segunda lectura, Dios habla de eso. Y uno llega  a misa, y esto o me lo creo y me da la vida o sigo en mis penas y con mis cargas y así. Pero fijaos, nos anima todavía Dios más porque nos pone al bueno de San Pablo y le escribe una carta a los corintios. Ya sabéis que los corintios eran griegos. Y los corintios, sí, han aceptado a Jesucristo. Jesucristo es Dios, sí, es el Hijo de dios que se ha hecho hombre, sí, y no le choca por qué, porque ellos tenían tantos dioses… Estaba ahí Júpiter capitolino que cuando se cansaba, se encarnaba de hombre, se acostaba con una mujer y engendraba hijos. Hércules era hijo de Júpiter. Acordaos de todas esas cosas, o sea que a ellos no les cuesta creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, que ha muerto y ha resucitado. Lo que no les entraba en la cabeza, por eso Pablo les escribe, como nos puede pasar a muchos de nosotros, es que resucitaban, iban a resucitar. Lo que nos pasa a muchos de nosotros. Podemos creer que Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y lo creemos, pero cuando uno piensa en la propia resurrección se encuentra con la triste realidad y frialdad del cementerio. Que he dejado a mi madre y lleva allí cuarenta años muerta y de allí no vuelve. Y san Pablo les dice lo que les dice: si Jesús no ha resucitado tampoco vosotros resucitaréis, dice, si Jesús no ha resucitado entonces todo lo que creemos y todo lo que rezamos es vano, dejad de hacerlo. Pero Él dice y yo os digo, yo soy testigo de eso, que Jesús de Nazaret fue clavado en la cruz, murió en la cruz, lo enterraron y al tercer día resucitó. Y eso lo hizo por y para nosotros. O sea, a mí lo que me indica que es verdad, que bendito el que vive centrado en Dios. Y desgraciado, insensato y pobre que vive centrado en sus cosas, en lo que él cree, a mí quien me garantiza y me dice que es verdad y merece la pena que yo me fíe de esa Palabra: es que Jesús de Nazaret está vivo y está resucitado. Es lo que yo os decía al principio, dice nuestra fe católica, nuestra fe católica, de eso nos diferenciamos de los protestantes. Los protestantes no creen esto, pero nosotros sí, que Jesucristo está realmente presente, ahí detrás, en la Eucaristía, en las Especies Eucarísticas, en el pan y dentro del vino. Pues a este Jesús que está vivo hagámosle caso, hagámosles caso. Saltemos el meridiano este, sino estoy… si ni vida no está centrada aun en Dios, céntrala, te conviene centrarla en Dios porque al final del camino, al final del camino Dios te está esperando. O para liberarte de tus cargas, o para hacer que te hundas con las que encuentres tú. Pensad estas cosas, escuchadlo os guste o no os guste lo que yo os digo, pero rezarlo y meditarlo y dialogarlo con Dios. Venga, ánimo.

Padre Julio González Pozo C.O.

(Transcrito Vanesa Olmedo)

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