Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Domingo XIII TO - C
30/ IX /2019

«Tomó la decisión de ir a Jerusalén»
La primera frase que nos encontramos hoy en el Evangelio señala un momento definitivo en la vida de Jesús. Hasta aquí san Lucas nos ha presentado a Jesús en los pueblos y ciudades de Galilea, predicando, curando, formando en torno a él al grupo de los Doce. Pero justo esta frase indica el inicio del camino de Jesús hacia Jerusalén: «Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo». Esos días se refieren a los días en que había de sufrir su pasión y muerte, su resurrección y su ascensión al cielo. Aún quedaba bastante camino por delante, pero a partir de este momento es como si todo en la vida de Jesús condujese ya de forma recta hacia la muerte.
En este momento «Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén». El texto original esconde matices imposibles de verter en una simple traducción. Ese «tomar la decisión» esconde la imagen de dirigir el rostro hacia algo y enfrentarse con ello con una determinación absoluta. Jesús mira la muerte de frente, endurece el rostro, y se dirige hacia ella. Pero el texto original esconde también el sentido del juez que ha de arrostrar un juicio y una sentencia. Jesús se dirige a Jerusalén como juez, va a dictar sentencia. ¿Qué sentencia? Una sentencia de culpabilidad, pero la pena la va a pagar, no el reo, sino él, el juez.
Pero aún hay que decir lo más importante sobre esto. Se dirige de frente hacia la cruz libremente. Es un acto de total libertad de Jesús. ¿Qué libertad es esta que en plenitud de fuerzas y de expectativas humanas se dirige a la muerte? Daos cuenta de esto: Jesús no es un pobrecito enfermo cansado de la vida; no es un hombre depresivo que busca la muerte; no es un enfermo mental que se complazca en el dolor, un masoquista. ¿Entonces? Entonces es que ama; ama y quiere llevar su amor hasta el final. Encara la cruz de frente, sin bajar la mirada, no como  un reo llevado a la fuerza, sino libremente. Él es el juez que va a soportar la pena libremente por amor.
¿A quién ama? ¿Por quién realiza este acto de amor, que le lleva lentamente, pero de frente, paso a paso, hasta la muerte? Por cada hombre, por todos los hombres y por cada uno en particular, por cada uno de nosotros. Nosotros vivimos por este acto de libertad y de amor de Jesús.
Eso nos enseña también algo muy importante sobre la libertad. El mundo de hoy considera que ser libre es tener siempre la posibilidad de hacer o de ser cualquier cosa: hoy quiero ser un hombre casado y mañana quiero estar soltero; hoy quiero ser padre y mañana quiero no tener que cuidar de un hijo. Jesús nos enseña algo muy distinto: la libertad es para el amor y el amor es definitivo, aunque en este mundo dañado por el pecado, sea doloroso. Cuando en la cruz Jesús escuche «Baja, y creeremos en ti», Jesús mostrará su libertad, yendo hasta el final en su acto de amor. El sí de Jesús a la cruz, entre otras muchas posibilidades, es la realización de su libertad. La libertad se nos ha dado para ser capaces de este amor que se entrega de una vez por todas. Un acto libre que compromete todo el ser y toda la existencia. Esto es lo que hace Jesús cuando «toma la firme decisión de ir a Jerusalén».
La vida de millones de cristianos se ha construido sobre este sí definitivo de Jesús que se prolonga durante toda su vida terrena y que permanece tras la muerte y la resurrección. Los mártires adultos o niños, las vírgenes, los esposos… a lo largo de siglos han vivido sobre el suelo seguro de un amor inmerecido, pero dado de una vez para siempre, el amor de Cristo. Y todas las cosas hermosas que durante siglos hemos construido los cristianos están cimentadas sobre una libertad y un amor que participa de la libertad y del amor de Cristo, que se da de una vez para siempre. ¿Y qué es lo más hermoso que hemos construido los cristianos? Familias estables, donde el esposo o la esposa no necesita estar preguntándose si aún contará con el sí de su cónyuge, donde los niños vienen al mundo en el contexto de un amor estable y crecen en ese contexto. Hombres y mujeres que, en el sacerdocio o en la vida religiosa, se entregan libremente y de una vez para siempre a Cristo y al servicio de los hombres. No hay catedral, ni universidad, ni obra misionera tan grande, entre todas las cosas grandes que la Iglesia ha hecho durante más de veinte siglos, que esta «civilización del amor», del amor de las familias y del amor de los consagrados.
Dios no nos ha dado el don de la libertad, para estar siempre sin decidirnos, o tomar decisiones pequeñas, de las que podamos echarnos para atrás. Dios nos ha dado la libertad para amar, de una vez por todas, y entregarnos, quemando las naves: libertad para poder acoger el amor de su Hijo en la cruz, luego para amar nosotros con ese mismo amor para el que él nos capacita. Este es el amor que vence la muerte y esta la libertad que alcanza la vida.
 
Jesús ha encarnado este amor definitivo que ha vencido a la muerte, le ha dado carne. De repente apareció Jesús en la historia de hombres pobres y limitados. Apareció él y amó. Nunca antes había aparecido un amor así. Amó hasta la muerte y más allá de la muerte, venciendo la muerte. Este amor es irrepetible. Él lo hizo. Él dio carne humana a este amor divino, voluntad humana, cuerpo humano, corazón humano, el Corazón de Jesús. ¡Lo grande es que, además, permanece! Ahora, ante un amor así se entiende la exigencia que muestra hacia nosotros cuando nos dice cómo debemos seguirlo. Cuando este amor aparece en la vida de uno, cuando Cristo aparece, uno ha de abrazarlo del todo o dejarlo escapar. Así se entiende perfectamente la fuerza de las palabras de Cristo, que no han de ser tomadas literalmente, sino en su radicalidad más profunda:
Le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». El Hijo de Dios ha dejado todo bien atrás para hacer de nosotros su único bien. No tiene nada, tiene menos que los pájaros o los zorros, solo en la cruz reposará su cabeza, solo la cruz será suya. ¿Cuál será, por tanto, el bien de los que le siguen? Solo él. Quien no descubra que Jesús es su bien definitivo, no podrá ser cristiano (cura, padre, esposo… da lo mismo).
A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Los judíos entendían que era un deber sagrado enterrar a los muertos. Pero cuando aparece ante nosotros un amor así, el amor que sostiene la existencia y le da sentido y dirección, el amor que sostiene la creación, ¿habrá alguna obligación mayor que acoger y anunciar este amor?
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios». Es normal despedirse de los de casa. Lo hizo Eliseo, cuando lo llamó Elías. Pero estas palabras de Jesús expresan justamente que con él ha llegado algo que nunca antes había caminado sobre la tierra, ni siquiera con el gran Elías.

Las palabras de Jesús no son duras, solo expresan la grandeza y la novedad del amor que nos ofrece. Repito lo que os he dicho antes: Cuando este amor aparece en la vida de uno, cuando Cristo aparece, uno ha de abrazarlo del todo y correr tras él, o dejarlo escapar.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo c
Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
30 de junio de 2019
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-06-30
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