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«Vamos alegres a la casa del Señor»
 
¿Qué podemos esperar de la vida? Hemos venido a la existencia, hubo un tiempo en que no éramos en absoluto, pero empezamos a existir y ahora tenemos una vida. ¿Qué podemos esperar de esta vida?
 
El Adviento responde a esta pregunta. No dándonos una idea o una teoría, sino poniéndonos en pie y haciéndonos caminar hacia Dios: «Venid, subamos al monte del Señor […]. Venid, caminemos a la luz del Señor», decía el profeta. Y luego el salmo: «Vamos alegres a la casa del Señor». Tener que levantarnos y caminar indica que esperamos algo real, algo hacia lo que podemos caminar. No se camina hacia una idea, hacia una ilusión, hacia un sentimiento o hacia una teoría. Uno se levanta y se pone en camino cuando se dirige hacia un sito, cuando se dirige hacia alguien. La esperanza del Adviento es Dios, el mismo Dios que nos llamó de la nada a la existencia. El Adviento nos enseña que Dios es a quién podemos esperar. Por tanto, ¿qué podemos esperar de la vida? Podemos esperar a Dios, que viene. Por eso nos ponemos en pie, nos levantamos y también nosotros nos ponemos en camino. Esta es la primera afirmación importante: el objeto de nuestra esperanza es Dios, ninguna otra cosa más pequeña que él. Sin Dios no hay esperanza, porque sin él todas las cosas hermosas y buenas que podemos esperar en la vida pasarán. Y aunque personas y cosas permaneciesen, se mostrarían pobres para nuestra alma, que solo puede descansar en Dios. Sin Dios, el horizonte es la miseria, el vacío de las cosas y de los hombres, y, al final, la desaparición de todo. Por eso el adviento nos enseña a esperar a Dios, sin él no hay esperanza. ¡Esperar a Dios!
 
¿Pero cómo podríamos nosotros esperar a Dios, si Dios no nos esperase a nosotros? Hubo un momento en que no existíamos en absoluto y Dios nos dio el ser y la vida, porque esperaba algo de nosotros. Hizo el universo entero, esperando al hombre. Se hizo hombre esperando al hombre. Legó a la cruz esperando al hombre y lanzó allí su grito, «tengo sed», esperando al hombre. Cualquier espera nuestra de Dios y cualquier deseo nuestro de Dios no es más que un reflejo de su deseo y de su espera. Dios nos espera. San Pablo dice: «ya es hora de despertaros del sueño, porque la salvación está más cerca… la noche avanza, el día se acerca». Si podemos esperar y levantarnos es porque viene nuestra salvación. Cristo se acerca. Si en medio de la noche podemos esperar es porque Cristo se acerca: él es el día y la luz, «el sol que viene de lo alto». Es él quien viene. No podríamos aspirar a Dios si Dios no nos hubiera amado, es así de sencillo. Clama la Escritura: «¡Oh Dios! ¿Quién como tú?» (Ex 15,11; Dt 33,29; Sal 35,10; 71,19; 89,9). No podríamos aspirar a él y esperar si no fuese él quien viene a nosotros. Eso significa la palabra “adviento”, el hecho de que Dios viene. Esta es la segunda cosa importante: Dios me espera y viene. Se ha puesto en camino porque me ama.
Solamente el amor, el de Dios por nosotros, puede sostener nuestra esperanza. Por eso la liturgia de estos días nos hace esperar a Dios preparando la Navidad. Aprendemos a esperar que nos dé su vida, celebrando que ha querido compartir la nuestra. En el Dios que se hace hombre, que nos habla y nos llama, que muere en la cruz y que resucita, contemplamos el rostro de Dios y su verdadero amor por nosotros y así aprendemos a esperar su venida gloriosa. Esperamos a un Dios a quien conocemos bien, tiene el rostro de Cristo y ha dejado claro cuál es su amor por nosotros. Y volviendo los ojos a aquel acontecimiento de la Navidad, levantamos nuestro ánimo y esperamos que vuelva glorioso, conforme a su promesa: «Volveré y os llevaré conmigo». El Adviento mira a estas dos venidas de Dios: la de la Navidad, que ya se ha dado; y la de la parusía, la venida gloriosa de nuestro Salvador. Nuestra esperanza no es vana. Conocemos a nuestro Dios y su amor por nosotros. Por eso esperamos. Esta es la tercera cosa importante: esperamos a quien se hizo hombre por nosotros y por nosotros afrontó la cruz y abrió el camino de la vida eterna.
 
Ahora, la esperanza del Adviento es también vigilancia, que es una espera especial: esperar con una cierta advertencia en el ánimo. Indica un peligro, una amenaza. No se trata solo del pecado. A la necesidad de dejar atrás el pecado hace referencia san Pablo: «dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias». Pero la vigilancia no se refiere solo a lo que es pecado. En el Evangelio Jesús nos exhorta a esperar su venida con esta advertencia: «Cuando venga el hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé: … la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, … y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos. Lo mismo sucederá cuanto venga el hijo del hombre» ¿Qué quiere decir Jesús? Que él volverá mientras estamos ocupados en nuestras cosas: cubriendo las necesidades de nuestro cuerpo o empeñados en nuestros trabajos, afanados en amores o en preocupaciones de todo tipo. No dice Dios que no disfrutemos de las cosas según el orden de lo que es bueno; o que no trabajemos por los que amamos y por las cosas que son justas. Pero hay un peligro: que nos olvidemos de él. Podemos, por ejemplo, ocuparnos de los peligros que se ciernen sobre nuestra Iglesia o sobre nuestra patria y, al final, olvidarnos de él. He aquí el peligro: que en medio de nuestras cosas nos olvidemos y dejemos de esperarle a él.
Haciendo las mismas cosas, unos hombres pierden la memoria del amor de Dios y así pierden también la esperanza; otros mantienen la memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros y así también siguen esperando en él. Mientras trabajan por Dios o gozan de los dones de Dios, no dejan de esperarle a él. Por eso, unos serán tomados, tomados para el Reino, y otros dejados: «Dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán».
 
«Por lo tanto —dice Jesús— velad». Existe el peligro del olvido. A la esperanza de Dios debe responder nuestra esperanza y vigilancia. «Por tanto, —dice Jesús— estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor […] Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Esta es la cuarta cosa importante: debemos esperar con la advertencia de que existe el peligro de olvidarnos, debemos vigilar sobre nuestro propio corazón. «Si me olvido de ti —dice un salmo— ¡que se me paralice la mano derecha! ¡Que se me peque la lengua ala paladar ni no te tengo a ti como la cumbre de mis alegrías!».
 
El adviento nos llama a preparar el nacimiento de Cristo, para acrecentar el amor y hacernos salir a su encuentro. Él viene, que nuestro corazón esté en camino también hacia él: «Vamos alegres a la casa del Señor».

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía del primer domingo de Adviento, ciclo A, "Adviento y esperanza"
1 de diciembre de 2019
en la iglesia de las Bernardas
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI DE ALCALÁ DE HENARES
Fecha 2019-12-08
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