Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilías


 

 

Lecturas Domingo I Adviento, ciclo A

Isaías 2,1-5

 

El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor." Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

 

Salmo responsorial: 121

 

Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron: / "Vamos a la casa del Señor"! / Ya están pisando nuestros pies / tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, / las tribus del Señor / según la costumbre de Israel, / a celebrar el nombre Señor; / en ella están los tribunales de justicia, / en el palacio de David. R.

Desead la paz a Jerusalén: / "Vivan seguros los que te aman, / haya paz dentro de tus muros, / seguridad en tus palacios". R.

Por mis hermanos y compañeros, / voy a decir: "La paz contigo". / Por la casa del Señor, nuestro Dios, / te deseo todo bien. R.

 

Romanos 13,11-14

 

Nuestra salvación está cerca

Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.

 

Mateo 24,37-44

 

Estad en vela para estar preparados

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

 

HOMILIA DEL PRIMER DOMINDO DE AVDIENTO

Decía el Santo Cura de Ars que, una misa, una Eucaristía diríamos hoy, bien participada, bien celebrada, tiene en sí la virtualidad suficiente de cambiarnos la vida para siempre. Dios quiera. Es mi deseo para vosotros y para mí que esta sea esa Santa Misa para nosotros. Esta Misa en la que participamos, la primera del Adviento, la primera del año litúrgico otra vez, sea para nosotros esa que nos cambie la vida y que nos de la vuelta para siempre, nos ponga frente a Dios de una vez por todas. Antes de entrar un poco con las Palabras, con la Palabra que Dios nos ha dirigido, os voy  a leer un trocito de esto, no me voy a alargar mucho, no tengáis miedo, la Misa durará lo que dura todos los Domingos. Es un fragmento del Libro de las Confesiones de San Agustín. Ya sabéis quien fue. Es Obispo, Doctor de la Iglesia, un Santo de los más grandes. Y esto que os voy a leer es en torno al año trescientos ochenta y algo, ochenta, ochenta y cinco y es su conversión., justo el momento en el que él se convierte. A lo mejor lo habéis oído, pero siempre es mejor escucharlo de ellos mismos aunque otro lo lea, como lo vivió él. Sabéis que él vivió pues, un poco desordenadamente. Tenía una pasión que le dominaba y era la lujuria. Si, un Santo, parece que esas cosas quedan para la gente, como para los peores. No, no. El pecado nos da a todos, nos da a todos por igual. El pecado ha tenido la osadía de ofrecerse y de tentar a Jesús. Cómo no va a darnos a todos. Pues este hombre vivió… pues eso, en la esclavitud de la lujuria y cuando él decide, harto ya de unas cosas y de otras, de dinero, de mujeres, de fama, de haber recorrido el mundo y tal, pues él decide caminar detrás de Cristo y ve que no le resulta fácil, que no le resulta fácil. Porque aquellas cosas a las que estaba acostumbrado y aquellas cosas de las que estaba esclavo y sobre todo era que, le gustaban las mujeres, no podía escapar, no podía salir de eso. Y cuando lo intentaba montones de pensamientos le golpeaban, se dice en el contexto este de lo que os voy a leer y le decían… pero ¿tú cómo vas a poder vivir sin las mujeres? ¿cómo vas a poder vivir sin las cosas que has hecho hasta ahora? ¿vas a poder estar sin nosotras? Dice que, las pasiones se le levantaban dentro ¿y ya no nos vas a hablar nunca más? Dice él: “una tarde estando con su mejor amigo, Alipio, lloraba. Y cuando no me veía, me tiraba de los pelos, pidiéndole al Señor… cámbiame ya, conviérteme ya ¿por qué hay que seguir esperando, por qué tiene que ser mañana y no hoy? Hazlo ya porque yo no puedo. San Agustín será el que haga famoso lo que ya decía Jeremías: “conviérteme y me convertiré” porque yo no puedo. Pues fijaos, en ese contexto, llorando, mal, él escribió muchos años después, cuando era viejo, lo que llama él El Libro de las Confesiones. Y lo escribe confesando su vida para que nosotros tambien aprendamos. O sea, da un testimonio de la Misericordia de Dios, lo que Dios hizo con él. Y ahora después de leerlo os digo por qué os traigo a colación esto. Cuenta él. Está en una casa, con su amigo, una casa de campo, lo está pasando mal… Mirad, dice, pero cuando de mis más arcanos fondos sacó mi consideración, toda la mole de mis pecados y me la plantó delante de mis ojos, se desencadenó en mí una inmensa tempestad que produjo un torrente de lágrimas. Esto es lo más difícil de entender. Dice que cuando él, estando allí con su amigo, empezó a pensar en todo lo que había pecado, lo que surgió fue tal arrepentimiento, tal dolor, tal desesperación que se puso a llorar pero, torrentes dice él, torrentes de lágrimas. Y para poder soltarlas libremente y para poder llorar a gusto con todas sus voces y alaridos, con todos los gritos, como cuando uno llora con ganas y ahora hasta con gemidos que se oyen, con todo eso y para poderlo soltar libremente, con todas sus voces y alaridos me aparté de Alipio, su mejor amigo. Para llorar era preferible la soledad. Pues aún en su presencia tan grata como me era, la sentía yo como un estorbo. Yo era ya Tuyo, Dios mío y él yo no sé que sintió. Pienso que algo debí decir, con la voz ya cargada y rota por el llanto. Y en esa situación me levanté y me fui. El lleno de confusión, permaneció sentado en el mismo lugar y yo fui a tumbarme, no recuerdo como, debajo de una higuera. Allí di rienda suelta a las lágrimas y de mis ojos salieron ríos enteros de lágrimas. Y muchas cosas te dije, no en estos precisos términos, pero sí con éste sentido ¿hasta cuando Señor seguirás olvidándome? ¿vas a estar enfadado conmigo para siempre? Olvídate y haz que me olvide yo de mis pecados porque me sentía aún amarrado a todas mis pasiones. Y lanzaba gemidos llenos de miserias ¿cuándo acabaré de decidirme, Dios mío? ¿lo voy a dejar siempre para mañana? ¿por qué no dar fin ahora mismo en este momento a la torpeza y tristeza de mi vida? Esto decía con lágrimas de amarga contrición y verdadero dolor y mientra tanto se oyó una voz de niño o de niña, no lo sé, que desde la casa vecina y desde el patio decía y repetía cantando: “toma y lee, toma y lee” Al punto se cambió mi ánimo y comencé a preguntarme con mucha atención si había oído alguna vez cantar a los niños semejante canción. Y aguantando las lágrimas, me levanté enseguida, seguro, convencido de qué en aquella voz había para mí un  Divino mandato, Tuyo Dios mío, de tomar el Libro de las Cartas de San Pablo y leer lo primero que vieran mis ojos. Él tenía ese libro allí al lado. Y ¿esto por qué? Porque Antonio, cuando él habla de Antonio se refiere a San Antonio Abad que era contemporáneo suyo y vivía en Egipto; este vivía en lo que hoy es Túnez, San Agustín, Antonio vivía en Egipto. Porque de Antonio acababa de oír yo, que una Lectura del Evangelio le había amonestado, como si con palabras le hubiera hablado el mismo Dios, diciéndole; Antonio, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, con lo cual tendrás un tesoro en el cielo y luego ven y sígueme. Y Antonio siguió esta voz, escuchó esta Palabra, obedeció esta Palabra y se convirtió a Ti. Volví entonces yo apresuradamente al lugar en el que estaba sentado Alipio, mi amigo, pues allí había yo dejado el Libro del Apóstol San Pablo, lo tomé, lo abrí y leí en silencio el capítulo en el que habían caído mis ojos. Decía, si habéis estado atentos a la Segunda Lectura, es la Segunda lectura, que como está aquí escrita, tal cual, yo os la leo, dice: “Daos cuenta del momento en el que vivís, ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima, dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la Luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujurias y desenfreno; nada de riñas y de pendencias. Revestíos del Señor Jesucristo”. Esto es lo que escuchó, lo que leyó San Agustín. No quise leer más, ni me era necesario, porque al terminar de leer la última sentencia una luz segurísima penetró en mí corazón, disipando de golpe las tinieblas de mis dudas. Cerré entonces el libro señalando el pasaje, no recuerdo si con el dedo o con otra señal y sereno y ya sin lágrimas le conté a mi amigo Alipio cuanto me había pasado. El me contó entonces lo que tenía en su alma y que yo ignoraba. Quiso ver lo que yo había leído, lo vio y fue más allá, siguió leyendo él desde donde yo me había quedado y lo que seguía, decía: “Recibid al que es débil en la fe” El se aplicó estas palabras a sí mismo y me dijo el por qué. Y con esta monición quedó confinado en su propósito, que era bueno y conforme con la compostura de su vida, con lo cual desde mucho antes, me superaba en santidad y me dejaba atrás. Sin turbación alguna ni tardanza, se adhirió a mí. Fuimos enseguida a ver a mi madre Mónica, ¿os acordáis de Santa Mónica? , siempre todo el mundo habla de ella por lo que lloraba por su hijo, por su hijo. Fijaos, fuimos enseguida a ver a mi madre, Mónica, le contamos nuestra resolución y se alegró. Pero cuando le relatamos al detalle como había sido aquello, su alegría fue desbordante y se puso, Dios mío ella a bendecirte, a Ti que eres poderoso. Para darnos más allá de lo que alcanzamos a pedir y entender. Porque claro, veía ella, que le estabas concediendo mucho más de lo que ella con gemidos y lágrimas acostumbraba a pedirte para mí, todos los días. Y en tal forma me convertiste a Ti, que no busqué nunca más mujer y abandoné todas las esperanzas de este mundo. Esta es…, esto no es mío, ni esto es de Benedicto XVI, ni esto es de…, esto lo escribió un hombre hace, estamos en el dos mil, pues hace mil setecientos años. Un hombre que vivió como muchos en el mundo y que buscaba con sincero corazón a Dios y porque nada de este mundo le llenaba. Y que se notaba y se veía de muchas pasiones. El era por las mujeres, otros tendrán la pasión del juego, otros la pasión el dinero, otros la pasión del miedo a perder la salud, otros… yo que sé. Pero buscaba con sincero corazón a Dios, con lágrimas en los ojos, con la locura del dolor interior que le llevaba a tirarse de los pelos y a golpearse el pecho. Y Dios le salió al encuentro, fijaos como, en su llanto, en unos niños o niñas “toma y lee, toma y lee”, vaya cosa más absurda, verdad. Pero es que Dios se sirve de todo, “toma y lee” y él supo, porque se acordó de un Santo, de Antonio, que se había convertido leyendo la Escritura. Que Dios le estaba diciendo: “abre la Escritura y lee”. San Agustín será luego el que nos diga: “cuando rezáis, cuando rezamos a Dios, sois vosotros los que le habláis, `pero cuando leéis la Escritura, le escucháis, porque El habla”. Pues él, acordándose de un Santo, entendió que aquél “toma y lee”, era la Palabra que Dios le estaba diciendo lo que tenía que hacer. Abrió y le salió esto y esto le cambió la vida para siempre ¿Por qué os cuento esto? ¿Por qué os digo esto? Porque ahí tenéis el testimonio de Agustín, que la Palabra le cambió la vida. Ahí tenéis el testimonio de Antonio, San Antonio Abad, que la Palabra le cambió la vida. Ahí tenéis el testimonio de San Francisco de Asís, que también un episodio así, le cambió la vida. Decís, bueno Julio, es Domingo ¿Qué tienes que ver tú con nosotros? Pues que, resulta queridos, que hoy en la Iglesia no cantamos el Gloria, nos viste el Ambón, el Altar y a mí de morado. La Iglesia quiere deciros que ha empezado algo distinto, ha empezado algo nuevo. Yo os decía el Domingo pasado, se acabó el año. Para nosotros los cristianos, no hay que esperar a noche vieja, se acabó el año, hoy es Año Nuevo. Yo os decía el año pasado, si el año pasado, el Domingo pasado, hemos dado una vuelta Domingo tras Domingo. No hemos hecho nada más que mirar a Cristo. Hemos repasado, la Iglesia nos ha puesto delante, nos ha puesto delante de los ojos y de los oídos, todos los Misterios de la Vida de Cristo. Y Dios en su Iglesia nos dice: “Todos esos Misterios han de reproducirse en tú vida, como El vivió has de vivir, como El murió has de morir, como El amó así has de amar, como El se entregó así te has de entregar ¿hasta la injusticia Señor?, sí, hasta la injusticia. Y perdonar hasta… hasta al que te arranca… si, si, si, si. No s lo a tu hermana que se enfada contigo porque no la saludas o porque no le mandas una lotería, ahora que estamos… y que te has olvidado. Hasta al que te arranca la vida. Bueno pues, decía eso, fijaos, hoy Domingo, empieza un tiempo nuevo, es Dios, el buen Dios que irrumpe otra vez en nuestra historia y nos da como una…, es la ocasión…, El nos brinda la ocasión por si hemos perdido el año pasado ¿de qué? De que se reproduzca la Vida de Cristo en la mía. O sea, El me pone frente a unos hechos y a unos dichos, que es lo que decía el Cura de Ars y lo que pasó con San Agustín, que tienen en sí mismo la fuerza de si yo la acojo, cambiarme la vida. Decía el Cura de Ars: “una Misa bien vivida, una sola, os puede cambiar la vida” San Agustín con su testimonio: una Palabra bien escuchada y acogida puede cambiarnos la vida. Pues hoy que empieza el Adviento, que empieza el Año Nuevo otra vez, en el que vamos a hacer lo mismo, mirar y escuchar la Palabra de Dios que se ha hecho carne y que esa Palabra acogida se hace carne, como se hizo en el vientre de la Virgen. Esa Palabra que bien acogida nos da a nosotros la vida. Vamos a contemplar otra vez durante todo un año, eso que os digo muchas veces: que hay que perder el tiempo, de verdad, pensadlo, porque uno lo piensa y termina como San Agustín, llorando ese Misterio inmenso del Amor de Dios. No me entra en la cabeza que Dios me quiera tanto. No me entra en la cabeza ni me entra en la cabeza ni lo comprende tan siquiera mi corazón. Vamos a entrar, vamos a contemplar de aquí a Diciembre del año que viene, otrta vez, el Amor inmenso que tiene Dios por mí, por mí, o sea, dítelo a ti, que va a entregar lo más preciosos que tiene que es a su Hijo a la muerte por mí, para que yo alcance un día la Vida Eterna. Voy a contemplar otra vez el amor inmenso de Hijo, que no le va a negar nada al Padre y que no me va a negar nada a mí y que no se va a acordar de el ni un solo momento. Y vamos a contemplar continuamente al Espíritu Santo que ¿qué es lo que hace?, recordarme que Dios habló en los Santos, recordarme las palabras de Jesús, recordarme que esto es verdad, recordarme que Dios tiene poder y ganas de hacerme feliz. Esto es lo que empezamos con el Adviento. Está todo el mundo preparándose y adornándose, con velas, con luces, y comprando ya la comida, porque como ha subido tanto y eso… la leche y todas esas cosas, pues hay que comprarlo ahora, porque luego subirán más. Pues el Señor viene a decirnos, que nos preparemos de otra manera. Fijaos, cogéis las Lecturas, la primera es de Isaías, ¿qué viene Isaías a decir? Que ha habido muchos problemas allí entre los judíos, mucha idolatría, mucho… Y él viene a decir: “llegará un día al final de los tiempos… el final de los tiempos, hijos, es este. El principio de los tiempos era hasta que Jesús llegó, la plenitud de los tiempos, o sea, el centro de la historia, es la Encarnación, o sea la vida de Jesús. Y el final de los tiempos es la Asunción de Jesús y el tiempo del Espíritu Santo. Al final de los tiempos desde el Monte Sión, donde está levantado, edificado Jerusalén, pero el Monte Sión ahora es la Iglesia. Desde el Monte Sión saldrá la Palabra de Dios y ese es Jesús, la Palabra hecha carne. Y a quien la acoge, dirá Isaías, pues ¿qué es lo que pasará? Dice de las lanzas ¿para que sirven las lanzas? Para partirles el corazón a las personas, como hicieron con el de El en la Cruz. De las lanzas forjarán arados para cultivar la tierra, para vivir en paz, para dar la vida,. De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas, no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor. La plenitud de los tiempos es esta, el tiempo de la Iglesia. En esta plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios se ha desbordado y esa es Jesús, es una Palabra hecha carne. Y a quién acoge esa Palabra, Jesús tiene el poder y el amor suficiente para cambiarle la vida y hacer de ti, esclavo de tus pasiones, un Santo, un Doctor de la Iglesia, mejor, para hacerte feliz y vivir en paz. Y mientras llega ese momento definitivo, dice Jesús, cogéis el Evangelio y lo que dice Jesús, dice: “no os equivoquéis, no andéis como andaban en tiempos de Noé antes del Diluvio, se casaban ¿cómo dice=, comían bebían, se casaban, como si nunca hubieran de morir, como si nunca se fuera a acabar. Creyendo que nunca iba a venir el Diluvio. El Diluvio llegó y se los llevó a todos. No viváis despistados, no viváis dormidos, no viváis…, no permitáis que las preocupaciones o las pasiones, que es peor, os encadenen y no podáis salir de ahí. Este es el tiempo de revestirme de Cristo, vestíos del Señor Jesucristo. Eso tuvo el poder y tiene el poder, tuvo el poder de cambiarle el corazón a San Agustín y tiene el poder de cambiárnoslo a nosotros. Un Año Nuevo empieza para nosotros, el Adviento. Jesús viene, viene otra vez, viene en la Misa, en los Sacramentos, en mi mujer que me trata con cariño, como el “toma y lee”, en mi hijo, en mi pariente… Jesús viene, acojámosle, dejémonos… hemos perdido mucho el tiempo en tonterías. Hemos perdido mucho el tiempo en muchas tonterías. Como dice no, dice, despertaros del sueño, espabilemos, espabilemos, que el Señor viene y cuando venga, que nos pille de pie, con fe. Lo que pasó a los Santos, Dios lo quiere hacer con nosotros, basta con querer y creer. Otro, no yo, otro, siempre os lo digo y termino, San Juan de Ávila decía: “No vendrá Dios a ti si no tienes hambre de Él”. Fijaos a ver de qué tenéis hambre, si de turrón de champanes, de cordero… seguiréis teniendo hambre. Si tenéis hambre de Dios, Dios vendrá y quedaréis saciados para toda la eternidad. Venga, ánimo.

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