Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Iniciación cristiana de niños San Felipe Neri. 

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Homilías


 

 

HOMILÍAS

 

Isaías 25,6-10a

 

El Señor invita a su convite y enjuga las lágrimas de todos los rostros

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: "Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte."

 

Salmo responsorial: 22

 

 

 

Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo: / tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término. R.

 

 

 

 

 

 

Mateo 15,29-37

Jesús cura a muchos y multiplica los panes

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino." Los discípulos le preguntaron: "¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?" Jesús les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?" Ellos contestaron: "Siete y unos pocos peces." Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

HOMILÍA DEL MIERCOLES I DE ADVIENTO

Sé que hace frío, pero bueno, el frío nos conserva, evita que nos arruguemos y esas cosas. Mirad, pensaba yo anoche un ratito, lo poco que pude rezar…hay que ver lo que se pierde la gente, la gente sencilla por no ir a Misa todos los días. Porque todo el mundo lleva su historia personal encima, acuestas sus problemas y a parte de sus cosas personales pues también cómo somos, hombres, un animal social que vive en sociedad, pues también nos afectan los problemas de los otros. Se ha enterado que fulanito de cuarenta años de edad le ha dado un infarto y está en la UVI, o que en Barcelona están abortando niños con muchos meses en el vientre de sus madres, las cosas nos van así afectando. Y en este vivir así nuestro que somos adultos y esas cosas, aparece la Palabra de Dios y además en este tiempo en Isaías. Desde que entramos en el Adviento, no hace Dios más que… como infundirnos ánimo, la lectura de la esperanza. Nos está hablando de lo que es nuestra fe, de lo que el catecismo confiesa. Hay un punto en el catecismo, no me ha dado tiempo a buscarlo luego lo miráis en casa, donde El dice que: “Al final, al final de los tiempos, cuando parezca que todo se hunde, que no hay salvación para el hombre, Dios, El, directamente intervendrá en la historia y todos seremos sanados y salvados”. De eso hablan las lecturas de Isaías todo este tiempo. Fijaos, las lecturas de hoy: el habla de una  fiesta final, de un banquete, cuando los enemigos sean vencidos, pero es que habla de nosotros porque Dios no tiene…, no hay quien le pueda hacer frente. Cuando todos nuestros enemigos, cuando todos aquellos, entre comillas, que nos hacen sufrir y no digo personas sino enfermedades, necesidades, pobrezas, obsesiones, depresiones. Cuando todos esos enemigos nuestros sean vencidos, que serán vencidos por Dios, no por mí, o sea por Dios, al final se celebrará una Fiesta inmensa. Dios preparará cuando todos nuestros enemigos sean vencidos, un festín de manjares suculentos. Como en toda fiesta, como en todo banquete, pues Dios hará unos regalos, Dios se acercará y nos regalará lo primero su presencia, El estará en medio de nosotros. Enjugará las lágrimas de nuestros ojos, todos los sufrimientos, todo aquello que nos ha hecho sufrir, todo eso se acabó. Aniquilará la muerte, el gran miedo que nosotros tenemos, fuera. Nada de las cosas que nos han hecho sufrir, de las que hemos vivido esclavos, todas esas preocupaciones, nada de eso nos afectará ya. O sea, y termina diciendo una cosa que la han leído bien clarito, o sea, “Lo ha dicho el Señor”. O sea, no es una obra mía, no es fruto de mis manos, de mis esfuerzos, de mis oraciones de rodillas o con los brazos en cruz, o de mis ayunos…No. Es la Obra de Dios. Y esto es de fe. O sea, llegará un día, llegará un día del que yo participare… No sé si hay vida detrás de la muerte, pero que yo participare… Que todo eso que me ha llevado a la muerte, todo eso que a mí me ha preocupado, que me ha hecho sufrir, todos esos enemigos míos serán puestos como estrado de sus pies, a los pies del Señor. Y El a mí me hará, ¿El qué? A mí me hará feliz. Con su presencia, quitándome a mí todos esos miedos, apartándome del pensamiento la muerte mía o la de los demás, todas aquellas cosas que me han hecho sufrir. De eso, de ese final que todavía no ha llegado, ya hay un anticipo. Dios ya nos ha dado un anticipo, nos lo ha dado en Jesucristo, ese es Jesús. O sea, Jesús es ese Dios que está preparando un banquete. Anticipo de ese banquete, anticipo de esa tranquilidad, de esa paz que todos andamos buscando es la Eucaristía, es la Santa Misa. Veis a Jesús, dice aquí, entre los judíos dicen que las grandes enfermedades eran esas, andar cojos o lisiados, que te faltara un brazo o los dedos o así, ciegos y mudos, esas eran las grandes desgracias para ellos, pues lo dice Mateo: Y le seguían y los hablaba y se presentaron muchos de estos, muchos, permitidme la expresión, muchos desgraciados, o sea, muchos que sufrían, en aquél entonces era por ser cojo, hoy no. Hoy hasta un ciego casi vive mejor que nosotros porque vende los cupones y gana un montón de dinero, Entonces los que sufrían eran esclavos, esos desgraciados eran los que le buscaban, El se da cuenta, los cura a unos y a otros. Pero ya no solo eso, fijate, El, este amor de Dios, esta locura, es que no nos entra en la cabeza y como no  nos entra en la cabeza, pues no perdemos el tiempo tratando de pensarlo, tratando de meditarlo. Este amor inmenso que Dios nos tiene y que no tiene razón, porque hay poco en mí por lo que yo sea digno de ser amado por todo un Dios. Que todo un Dios entrega a un Hijo al único que tiene a la  muerte, para que yo viva Su misma vida. Pues este Jesús ya no solo atiende a esto. Si no que su misericordia, su amor por los hombres dice que hay muchos allí pues que no están cojos, lisiados o ciegos y que tienen grandes necesidades y El prepara también un banquete. El también les da de comer. El también les quiere alegrar un poco, al menos ese momento y los quiere con locura. Les abre los ojos a los Discípulos: “no tienen que comer, llevan tres días conmigo, se tienen que ir, no quiero que se vayan por el camino en ayunas no vaya a ser que encima se desmayen”. No quiero que sufran, no quiero verlos tristes, hay que darles de comer ¿de dónde, de dónde vamos a sacar nosotros para comer? Le podemos decir nosotros al Señor… yo lo que tengo son problemas con mis hijos, con mi marido o con mi cuerpo que no responde… ¿Señor, de donde vas a sacar tú para darme la felicidad, para alimentarme, para darme esa paz que ando buscando? ¿Qué quieres, qué te dice? Dos panes y cinco peces. Y El, ¡El! No los Apóstoles hace el milagro. Y ¿qué quieres? Pues Señor tengo unos deseos inmensos de ser  bueno y de hacer las cosas bien. Deseos inmensos Señor de vivir en paz, yo y todos los que quiero y conozco, de los que oigo hablar en los telediarios, tengo estos deseos Señor. El hará el milagro. Y es que mirar, cuando contempláis un poco el Evangelio mirar que muchos de estos mudos, de estos cojos, de estos ciegos, somos nosotros. Hay una frase de San Juan, buscarla luego, creo que es en la primera carta de San Juan, si no es la primera es la segunda, además no hay más, una primera carta y la segunda cortita. Pues en el capítulo tres o cuatro hay una frase de San Juan que es lapidaria, dice San Juan: “El que no ama está muerto” Así lo dice San Juan, es la Palabra de Dios, o sea, el Espíritu Santo inspiró al Apóstol San Juan eso: “El que no ama está muerto” . El que no ama está cojo, el que no ama está ciego, el que no ama está tullido, el que no ama está mudo, está sordo. “El que no ama está muerto” Y eso, eso, en nosotros, lo ve Jesús, lo ve San Pablo, os acordáis, a lo lejos, lo tiró del caballo, para quitarle unas escamas de los ojos porque no veía. Andaban ciegos y sordos, os acordáis? También se o dice a los Apóstoles: andáis ciegos, sordos,  ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? ¿no entendéis lo que os hablo, no veis lo que tenéis delante? Pues eso nos pasa también a nosotros. El nos da en la Eucaristía un anticipo de ese final. El que acoge esta Palabra de Dios hecha carne, esta Palabra que viene Crucificada, que viene Crucificada, partida de dolor para que nadie diga, yo tengo mucho dolor y tú no lo entiendes y El pueda decirte… mira, mírame bien, en las palmas de mis manos te llevo tatuado, eso también lo dice Isaías. Pues el que acoge este,  este Don de Dios, que es su Palabra hecha carne que es Cristo resucitado, este aprende a vivir, aprende a amar, este resucita, este ve, este sabe andar, este deja de cojear, pero hay que hacerlo y acogerlo, como hacía San Agustín, que se tiraba de los pelos y lloraba porque quería dejar de ser el que era. Y la Palabra de Dios, aquello que cogió, escuchó y leyó, le cambió la vida y se la cambió para siempre. Lo mismo quiere hacernos a nosotros. Una Palabra pues de Esperanza. Todas mis penas, todos mis dolores, todas mis limitaciones, todo lo que me preocupa y me ocupa y que no es Dios, todo eso será puesto como estrado de sus pies, del Señor. Todos esos enemigos míos, que por serlo míos son de Dios, serán derrotados para siempre y el Señor llegará un día en que me mandará, me sentará a su mesa y me dirá todo eso que ansía mi corazón y que no puedo alcanzar. Pero que un anticipo de eso ya hay en la Eucaristía. Termino. Cuando os quiero hablar me acuerdo de las palabras de la Escritura, me acuerdo de lo que decía también San Pablo a los Corintios, empieza a hablarles y a decirles… “No celebráis la Misa bien, los ricos os ponéis para un lado, los pobres para otro” En aquél tiempo la Misa se celebraba en el contexto de una cena, como un ágape de estos que llaman ahora en las parroquias, cada unos lleva un poquito, se pone allí y todos comen. Pues en ese contexto, llevan todos un poco de comida y allí San Pablo, consagraba el pan y el vino. Pues les decía San Pablo… “Celebráis mal la Misa, os ponéis unos a un lado y otros a otro, no compartís lo que tenéis, lo hacéis mal”. El que hace eso así, el que no vive el amor, el que no vive en Caridad fraterna, está comiendo y bebiendo su propia condenación. Y les señala otra cosa y les dice: Además miraos, hay entre vosotros muchos ciegos, muchos enfermos ¿Por qué? Porque no celebráis bien la Eucaristía. Este anticipo del banquete eterno que Dios nos tiene preparado, tiene en sí mismo la virtualidad, el poder de cambiar mi vida si yo me acerco a el dignamente y hay de aquél que escucha Misa tras Misa y sigue muerto, sin querer amar al hermano que tiene más cerca. Eso significa también como dice San Juan en la Apocalipsis, a ese le tocará en surte la “Segunda muerte”, la muerte eterna. Bueno pues, ánimo. Que el Señor nos conceda la gracia de vivir alegres. Alegres en su servicio, porque el Señor lo ha dicho, el Señor lo hará. Venga ánimo.