Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilías


 

1Juan 2,12-17

 

El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre

Os escribo, hijos míos, que se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al Maligno. Os repito, hijos, que ya conocéis al Padre. Os repito, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo.

Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo -las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero-, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

 

Salmo responsorial: 95

 

Alégrese el cielo, goce la tierra.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, / aclamad la gloria y el poder del Señor, / aclamad la gloria del nombre del Señor. R.

Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, / postraos ante el Señor en el atrio sagrado, / tiemble en su presencia la tierra toda. R.

Decid a los pueblos: "El Señor es rey, / él afianzó el orbe, y no se moverá; / él gobierna a los pueblos rectamente." R.

 

Lucas 2,36-40

 

Hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

HOMILÍA 30 DE DICIEMBRE EN LA OCTAVA DE NAVIDAD

 

Sigue San Juan con el tema de ayer, la Luz, las tinieblas y esas cosas. Y nos deja clarito, con claridad y con sencillez lo que él quiere comunicarnos. Los que son de la Luz, los que viven en la verdad, los que viven en la Luz, los que han acogido la Luz, los que han acogido la Verdad, pues, estos han vencido al mundo, han vencido al mundo y con todo lo que hay en el mundo. Lo deja bien clarito: las pasiones de la carne, la codicia de los ojos, la arrogancia del dinero. Los que viven en la Luz han vencido al mundo con todo lo que hay en el mundo: la avaricia, la envidia, la lujuria, todas las pasiones de la carne y los ojos. Y venciendo al mundo, dice San Juan, han vencido también al demonio y han sometido también a la carne. Y recuerda San Juan y nos lo dice también a nosotros, se lo dijo a aquellos y nos lo dice a nosotros: no podéis amar lo que hay en el mundo. Si amáis lo que hay en el mundo es señal de que las tinieblas, la luz, de que Dios todavía no ha tomado aposento en lo más profundo del corazón. Y es lo que nosotros ya sabemos pero que vivimos como olvidados de esas cosas. El mundo con sus pasiones pasa ¿Qué es lo único que permanece? Permanece el que hace la voluntad de Dios. Pues teniendo en cuenta estas cosas uno tiene que mirarse ¿Qué es lo que domina, lo que predomina por decirlo de alguna manera en uno? Yo vivo en la Luz ¿O vivo todavía pendiente de las pasiones que hay en el mundo? Mirad todas estas cosas y no olvidéis lo que dice: ¿Quién es el que permanece? El que hace la voluntad de Dios. Y tenéis ahí la sencillez del Evangelio. Aparece una mujer, pues yo pensaba, pues… muy parecida a San José, aparece también pero no dice nada. Aparece una mujer de la que se nos dice: muy vieja, de jovencita casada, yo echaba cuentas las casaban con catorce años o una cosa así, siete años casada, catorce y siete veintiuno, hasta los ochenta y cuatro años viuda, sesenta y tres años sola, haciendo qué, sirviendo en el Templo con ayunos y oraciones. Una mujer que ha estado sesenta y tres años haciendo… ya lo hizo antes, pero toda su vida haciendo la voluntad de Dios, pasando desapercibida, pero viviendo en la Luz. ¿Por qué digo eso? Porque cuando aparece el Niño, ella reconoce en aquél Niño sin que nadie la diga nada “ese es el que tenía que venir al mundo”. O sea, hoy podríamos decir: esa es una vidente, o sea, ve lo que los demás no ven. Ven ahí un camino un camino que nosotros también tenemos que andar y recorrer. Un camino bien sencillo pero bien martirial, bien martirial, porque levantarse uno y hacer todos los días lo mismo y así año tras año, día tras día, siempre haciendo lo mismo casi sin recompensa, sin paga, sin nada. Había un… el Hermano Gárate es un lego Jesuita, un hermano Jesuita, fijaos, es Santo. ¿Qué es lo que hizo de extraordinario en su vida? Estar cuarenta años, creo que en la Universidad de Deusto, en el País Vasco, cuarenta años atendiendo a los estudiantes. Todos los días de su vida estuvo haciendo eso, desde que entró en la Compañía de Jesús, es Santo. Pues el Señor nos abre un camino, nos recuerda, nos recomienda, que hemos de andar en la Luz, que hemos de tener bien claro donde hemos de poner los pasos. Que si todavía en mí siguen dominando las pasiones, me traen y me llevan y esas cosas, la Luz todavía no me ha iluminado del todo. Que otro poco más de luz, para luchar contra ellas, para liberarme de ellas, a parte de pedir la Gracia es saber que todo eso pasa, que lo único que permanece, que lo único que queda es el que hace la voluntad de Dios. Y nos pone el ejemplo de esta mujer, se nos pega, estamos en el mundo y no queremos más que el aplauso, sufrir cuanto menos y que todo el mundo diga: que santo, que bueno. Y nos pone en el camino de esta pobre mujer. No hizo nada de extraordinario, nada de extraordinario, más que hacer durante todos los días de su vida la voluntad de Dios. Y eso la hizo vivir en la Luz. Y cuando tuvo delante al Mesías lo reconoció. Y fijaos que dice el Evangelio: “Cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de Sabiduría y la Gracia de Dios lo acompañaba”. Nadie más, dicen los Evangelios, nadie más lo señaló y lo reconoció. Es aquello de: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron y vino a la Luz y las tinieblas no quisieron saber de la Luz”. Y el Niño iba creciendo… Y de aquél misterio, de aquél Niño, solo sabían José y María y solo lo supieron aquellos dos ancianos. Ayer era Simeón, hoy es Ana. Ese es el camino, ese es el camino, hacer lo que hay que hacer. Hacer la voluntad de Dios todos los días, Hacerlo con toda sencillez y con conciencia de mártir porque no es nada fácil alcanzar el Cielo. Ya lo decía el Señor, es de los que se hacen violencia. Venga ánimo

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