Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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NAVIDAD – 2019
 
A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios
 
En este día nuestros ojos se dirigen al hijo de María Virgen, al niño que ha llevado en su vientre y ahora lleva en sus brazos. No dejemos que nada ni nadie, ni bueno ni malo, nos impida hoy centrar la mirada de nuestra alma en el Hijo de María.
 
¿Qué vemos en él? Vemos a Dios que busca al hombre. Sí, este Niño es Dios. Dios se ha hecho pequeño. Muchos han dicho que eso es imposible, que Dios no puede hacerse tan pequeño, que Dios no puede hacerse un niño, un niño concreto, este que nació de María. Sin embargo, el poder de Dios se manifiesta justamente en que puede hacerse lo más pequeño. Solo el Todopoderoso, el que es realmente libre, el que no tiene más límite que el bien, puede hacerse pequeño. Este niño es Dios. Y añadimos: es Dios que busca al hombre. Algunos dicen que esto tampoco es posible, porque el hombre es un «mal bicho», que somos malos con Dios, que somos malos entre nosotros, que somos malos con la creación. ¿Puede buscarme Dios? ¿Puede Dios desear mi compañía? ¿Puede Dios amarme? Aquí hay que afirmar dos cosas: por un lado, que el amor de Dios es gracia: no podemos presentar méritos que justifiquen el amor de Dios por nosotros, más bien al contrario, nuestros pecados, reiterados, nuestra pobreza, parecerían un repelente al amor del que es Santo, Bueno y Eterno. Así que su amor es gracia, puro don gratuito: «Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia», decía san Agustín.
 
Pero hay que añadir: el hombre ha sido creado por Dios a su imagen. En medio de su miseria y de su fragilidad, hay en nosotros algo grande que nos hace capaces de Dios, capaces de acoger el amor de Dios y de amar a Dios. Es lo que la Biblia ha descrito como «la imagen de Dios»: «a imagen de Dios los creó». Esa capacidad solo la tiene el hombre. Uno solo de nosotros, pequeño y lleno de miserias, es más grande que todo el universo, con todos los seres maravillosos que lo llenan, porque solo nosotros podemos albergar a Dios y solo nosotros estamos hechos para ir más allá de todas las cosas, más allá incluso de la muerte, y adentrarnos en el ser de Dios. «Imagen de Dios». Así pues, sí, es posible que Dios busque al hombre, porque él nos creó grandes y ahora nos busca haciéndese él mismo pequeño. En el Hijo de María, el Niño que ella lleva en sus brazos, vemos a Dios que se ha hecho pequeño para buscarnos; vemos al Dios eterno que ha nacido en el tiempo para buscarnos a cada uno en nuestro hoy.
 
Jesús es Dios que busca al hombre. Pero es más: es también el hombre encontrado y tomado. En el seno de María Dios encontró nuestra humanidad, la hizo suya, la tomó como propia. En este niño no se esconde Dios, como si hubiese tomado un disfraz o una forma externa con la que acercarse y manifestarse a nosotros. ¡No! Este Niño es el hombre que ha sido buscado y tomado por Dios y es Dios. Es la gran afirmación del evangelio: «El Verbo se hizo carne». Dios nos ha tomado como cosa suya, se ha hecho hombre y es hombre, ¡para siempre! Jesús: Dios y hombre unidos para la eternidad. En Jesús nos busca a cada uno, para unirnos a él eternamente.

Al mirar este misterio del amor de Dios: Dios que busca, el hombre que es encontrado y tomado, la carta a los hebreos dice algo precioso: «Que lo adoren todos los ángeles de Dios». La carta a los hebreos toma una afirmación de la versión griega del Antiguo Testamento, del Deuteronomio, y lo aplica a este misterio. De ahí que mucha iconografía antigua haya representado el misterio del nacimiento rodeado de ángeles que se asombran y adoran al que es Dios y al que es hombre: al Niño de María Virgen. Los ángeles adoran al hombre en Jesús, como adoran en el cielo a la Trinidad.

En el hijo de María Virgen, Dios busca y el hombre es buscado y tomado. Ni los mares, ni los cielos, ni la tierra fueron objeto de este amor divino, solo tú, hombre. Reconoce tu dignidad. En el universo no hay nada más grande que un solo hombre. Uno solo de nosotros es más grande que el universo entero. No nos dejemos engañar. A pesar de nuestros pecados y de nuestras miserias somos el único ser que Dios amó por sí mismo al crear. Todo lo hizo para nosotros. Y solo por nosotros se hizo hombre. Nada vale lo que vale un solo hombre, aunque esté enfermo o sea moralmente perverso. Nada vale lo que un solo hombre. Dios se hizo hombre. El hombre es sagrado, su vida es sagrada. Es infinitamente valiosa desde que es engendrada hasta que muere. Su dignidad no se la da la comodidad o la falta de sufrimiento. La vida del hombre no deja de ser digna cuando llega la enfermedad o el dolor. Es mentira que una vida sufriente no sea una vida digna. No nos dejemos engañar. No es lo mismo traer hijos al mundo que criar un perro, por fiel que sea el perro. No nos dejemos engañar: no hay nada más valioso que traer vida humana al mundo y acompañarla, desde su nacimiento hasta la muerte. Hoy parece que la naturaleza es más importante que el hombre. Es una mentira diabólica, que nos quiere hacer olvidar nuestra dignidad, que quiere que olvidemos que el hombre es imagen de Dios y que Dios se hizo hombre. Cuando el Niño está en brazos de su madre, los ángeles adoran al hombre que es Dios.

Decía san Bernardo: «¡Maravilloso el amor de un Dios que busca! ¡Incomparable la dignidad del hombre buscado!»

Pero para entender nuestra dignidad hace falta fijarse en algo muy importante que dice el Evangelio. Antes hemos subrayado ya una de sus afirmaciones: «el Verbo se hizo carne». Dios se ha hecho hombre. Pero esta afirmación es solo como una de las caras de la misma moneda. Antes el Evangelio ha dicho: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Que a partir de este Niño, que es Dios, cada hombre es llamado a unirse a él por la fe y unido a él llegar a ser hijo de Dios y Dios. Si cree en él, si da fe, recibe el poder de llegar a ser hijo de Dios, a participar del ser y de la vida del Hijo Eterno de Dios. Los Padres de la Iglesia, admirados por lo que aquí se decía, expresaron con unas fórmulas que luego llamamos fórmulas de intercambio: «el hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegásemos a ser hijos de Dios»; «Dios se hizo hombre para hacer a los hombres Dios»; «el Eterno se ha hecho temporal, para hacer eterno al hombre temporal»; «El Rico se ha hecho pobre, para enriquecernos con su pobreza», etc.

Nuestra dignidad se manifiesta en nuestro origen: «imágenes de Dios»; se manifiesta en el misterio de la Navidad: Dios que se hace hombre; y se manifiesta en nuestro destino: participar del ser de Dios, ser hijos verdaderos de Dios. Y es aquí donde cada uno de nosotros es llamado e interpelado por Dios. Porque alcanzar este destino requiere nuestra fe y nuestro amor. Requiere que reconozcamos la grandeza del amor de Dios, que nos conmovamos por este amor, que nos dejemos seducir por él y nos decidamos a amar a quien nos ama tanto. De ahí el Evangelio: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Decía san Agustín, mezclando sus palabras con las de san Pablo: «Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre». Despertemos, Dios se ha abajado, se ha puesto por debajo de nosotros y en nuestras manos, nosotros debemos levantarnos y ponernos en las suyas.
 
En el hijo de María Virgen,
Dios que busca y el hombre que es buscado y tomado.
Ni los mares, ni los cielos, ni la tierra
fueron objeto de este amor divino,
solo tú, hombre.
Reconoce tu dignidad
Levántate, rey de la creación,
Dios te ha tomado para siempre y eres eterno.
 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía, día de Navidad, 2019
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2019-12-27
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