Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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II Dom. TO A – 19, I, 2020
Oratorio de san Felipe Neri

Este es el Hijo de Dios

Juan el Bautista siempre aparece referido a Jesús, siempre en relación a Jesús. Pero esta idea se subraya mucho más en el evangelio de san Juan. Allí el Bautista es el que da testimonio de Jesús; y si uno eliminase este testimonio, el Bautista prácticamente desaparecería. La primera vez que habla del Bautista dice: «Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz» (Jn 1,6-8) Y la segunda: «Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”» (Jn 1,15). La tercera ocasión viene introducida así: «Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?”» (Jn 1,19) Del Bautista solo interesa «su testimonio». Y el propio Bautista parece dar muy poca importancia a quién es él y qué hace. Los hombres enviados desde Jerusalén le preguntan y él solo dice «yo no soy»: yo no soy el Mesías (Jn 1,19), yo no soy Elías, yo no soy el profeta (Jn 1,20). Y al final del diálogo solo le arrancan este testimonio: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: “Haced recto el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías […] Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia».
Todo queda preparado para que el testigo ofrezca su testimonio. Al día siguiente Juan testificará de forma solemne. Es lo que hemos escuchado hoy.

Primero, dice de Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». En esta sola frase el Bautista declara de forma profética lo que Jesús va a hacer por nosotros. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el cordero redentor, el cordero inocente que carga con el pecado de los culpables, el cordero cuya sangre preciosa será derramada para lavar nuestra culpa. Este es Jesús para los hombres, para nosotros, para mí, lo que él es «para».
Lo mismo que dice el Batista a la orilla del Jordán lo decimos nosotros al pie del altar de la Eucaristía: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Con ello decimos el sorprendente servicio que nos hace Jesús: llevar nuestras cargas, asumir las consecuencias de nuestros pecados y conseguir nuestra santificación; ese servicio que nunca podremos pagar; el servicio que nos avergüenza, como me avergonzaría que un amigo tuviese que afrontar una pena de cárcel por un delito mío; el servicio, que por otro lado, nos llena de orgullo, porque indica en qué grado altísimo nos ama. Es el servicio que nos llena de confusión, al descubrir las consecuencias reales de nuestro pecado; pero que también nos llena de gozo al ver un amor más fuerte que la muerte. Es el Cordero que ofrece su sangre preciosa para santificarnos. Es el cordero manso que vence la muerte y vive para siempre, ante cuya visión gloriosa los ángeles claman: «Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5,12).
Todas esas cosas que Jesús es para mí, que Jesús ha hecho por mí y por amor a mí, se expresan en estas palabras que dijo Juan en el Jordán y que nosotros repetimos a los pies del altar: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Y sin embargo con estas palabras el Bautista aún no ha dicho lo decisivo. Porque el valor de la obra de Cristo, que su vivir y su morir sean fuente de salvación para nosotros, que nos den la salvación, dependen de una cosa: de quién es él. Y él se define por su relación única con el Padre, él es el Hijo eterno, el Hijo de Dios. La eficacia de su obra depende de quién es él.
Los evangelios nos muestran que ante la persona de Jesús, ante sus milagros y ante su autoridad, la gente se pregunta: «¿Quién es este?» Los discípulos también se lo preguntan y el propio Jesús se los pregunta a ellos: «¿Quién decís que soy yo?». La vida de los discípulos consiste en aprender quién es Jesús. Es muy curioso que al final del evangelio de san Juan, cuando narra la última aparición del Resucitado a orillas del lago de Genesaret, se dice lo siguiente: «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor» (Jn 21,12). Después de tanto tiempo con él, al final saben por fin que «es el Señor». Es una afirmación con un doble sentido: identifican al resucitado con su Señor, con el Jesús con el que habían convivido durante tres años; pero también identifican a este hombre con Dios. Esto es, que era Jesús y que era Dios. La vida de los Apóstoles ha consistido en aprender quién es Jesús.
Volvamos al evangelio de hoy. Después del Bautismo de Cristo, Juan ha comprendido, con la luz que solo Dios puede poner en la inteligencia, quién es aquel a quien antes «no conocía»: es el que ha recibido y sobre el que permanece el Espíritu de Dios. Este Espíritu es el amor de Dios; por tanto, éste es el amado del Padre. Y llega al testimonio supremo: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Son palabras decisivas. Cuando Jesús pregunte a los suyos «vosotros, ¿quién decís que soy yo», Pedro responderá: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». «El Hijo de Dios vivo», significa «el Hijo de Dios». Esta es la verdad decisiva sobre Jesús. Y por esto cuando Pedro afirma esto, Jesús responde: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo».
Con esta afirmación, que Jesús es el Hijo de Dios, se cambia la imagen que los hombres tienen de Dios; a partir de ahora Dios ya no es un ser solitario, sino Trinidad. Se cambia la imagen de lo que el hombre puede esperar de Dios… Pero no quiero entrar en todo eso ahora, lo que me interesa subrayar es que con esta afirmación se indica quién es Jesús, el misterio de su persona. Al decir que es el «Hijo de Dios» expresamos lo que es en sí mismo, el misterio insondable del ser divino de este hombre singular y único, vivo y real. No lo que es para…, sino lo que es en sí mismo. Es un misterio de amor, porque la filiación divina pertenece al misterio de amor que es la Trinidad.
Pues bien, nuestro aprendizaje cristiano consiste en adentrarnos en el conocimiento amoroso de Jesús, en conocer a Cristo y participar de su misterio, de su ser Hijo Único. Por eso la pregunta sobre quién es él recorre todo el Evangelio. No es la pregunta sobre una teoría, es la búsqueda del conocimiento de alguien real y vivo, la búsqueda del rostro de Cristo. Conocerle a él es el gran objetivo de la vida. Solo se puede aprender en el seguimiento, en la compañía, en la amistad de Cristo. Conocerlo es amarlo y participar de su vida. San Pablo no buscaba otra cosa, y cuando escribe desde la cárcel, se expresa así: [Solamente quiero] «conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,10-11).

El testimonio de Juan: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios», es la indicación que se nos hace para que lo sigamos y nos adentremos día a día en el conocimiento de su persona. Sí, porque él trae el perdón y la salvación, pero al final, la salvación es él mismo, su propia persona, Él mismo es nuestra salvación. No existe otro cielo, otro paraíso, otra vida eterna, que la persona de Jesús, que nos introduce en el Misterio de la Trinidad. El testimonio de Juan es una indicación a poner nuestra atención en Él, a levantar nuestra mirada de nuestro propio yo para adentrarnos en el misterio de la persona de Jesús, el Hijo de Dios.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del segundo domingo del 19 de enero de 2020
II del tiempo ordinario ciclo A
Congregación del Oratorio de san Felipe Neri de Alcalá de Henares
P. Enrique Santayana C.O.
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2020-01-30
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