Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilía del II Domingo de Cuaresma
17 de marzo 2019

«Moisés y Elías … hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén»

 Así describe san Lucas la transfiguración de Jesús: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor».
Ante todo hay que tener en cuenta que este fenómeno acontece en la oración. Lo que aquí vemos es la oración entre el Hijo hecho hombre, Jesús, el Padre, que deja oír su voz, y el Espíritu Santo, que se expresa en esta luz que irradia el mismo Cristo y en la nube que envuelve el diálogo entre el Padre y el Hijo. Diálogo trinitario, oración trinitaria.
En la intimidad de la relación entre el Padre y el Hijo, la humanidad del Hijo manifiesta la gloria de la Trinidad. El Hijo deja ver su gloria, y su gloria es aquel Espíritu con que el Padre le unge, le ama, desde toda la eternidad y que ahora envuelve también la humanidad, que es humanidad del Hijo, humanidad divina. La gloria del Hijo es la vida de comunión con el Padre, es el vínculo del amor del Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo. En la oración, la gloria.
Ahora bien, ¿qué encontramos en el centro de esta oración de Jesús? El diálogo sobre la cruz, que Jesús percibe como el designio eterno de Dios, manifestado en la Escritura, en la Ley y los Profetas: «Moisés y Elías … hablaban de su éxodo» —esto es, de su salida de este mundo, de su muerte— «que él iba a consumar en Jerusalén». Moisés y Elías, las Escrituras, son testigos del designio eterno de Dios, de lo que Dios había determinado para la salvación del hombre, de la cruz. Y este contenido es el centro del diálogo, de la oración de Jesús, de esa oración en la que se manifiesta en la luz de la transfiguración. En la oración, la gloria, en el centro de la oración, la cruz que tenía que afrontar.
Así llegamos a algo que a nosotros nos parece contradictorio: la cruz de Jesús es el corazón de esa gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo que se manifiesta en la transfiguración: la cruz en el corazón de la gloria. Y no por lo que tiene de humillante o de sufrimiento, sino por lo que tiene de amor, de amor al hombre. Así, la conocida afirmación de san Ireneo adquiere una nueva profundidad: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Dios ha hecho del hombre su gloria. Dios ha amado tanto la obra de sus manos que la ha puesto en el centro de su designio eterno y por eso desde antes de que acontezca, la cruz es el centro de Dios, es su gloria, sencillamente porque ella es su amor al hombre. No es mera manifestación externa de su amor, la cruz está en el corazón mismo de Dios antes de que llegue a ser en la historia. La cruz se ha convertido, por amor, porque Dios lo ha querido, en su gloria. La cruz, el amor al hombre, está en el corazón mismo de Dios. El hombre ha venido a ser la gloria de Dios.
Así pues, si cuando al ver la gloria de Dios que se manifiesta en la transfiguración, lo que vemos en el corazón, en el centro mismo de esta gloria, es la cruz de su Hijo, cuando dentro de pocos días veamos a Jesús, humillado, roto, destruido por nuestros pecados, ¿qué estaremos viendo? Sí, estaremos viendo la gloria de Dios, que es su amor por nosotros. En la gloria eterna de Dios está la cruz. En la cruz que se realizará en la historia está la gloria de Dios. Esta es la consecuencia de lo que venimos diciendo. Si lo pensáis es una cosa tremenda.
Ahora nos quedan dos cosas por decir.
Pedro, sin saber muy bien qué es lo que ve, se da cuenta de que se trata de algo extraordinario. Percibe que este misterio es algo donde el corazón descansa: «¡Qué bueno es que estemos aquí». Sí tenía razón, el corazón de Dios, este corazón que tiene como centro el amor al hombre, es el hogar donde el hombre puede hallar descanso. No hay otro. «Nos hiciste, Señor, para ti… ». Así que con toda sencillez dice: «Haré tres tiendas». Sin embargo la cruz aún no ha tenido lugar y es necesario que tenga lugar, porque ella no es mera expresión externa de lo que hay en el corazón de Dios, sino que por ella llega a estar en el corazón de Dios su amor al hombre realizado humanamente, realizado en Jesús. Pedro percibía una verdad, pero no se daba cuenta de que era necesario aún que el Hijo padeciese en la cruz y se cumpliese el plan de Dios, que atestiguaba la Ley y los Profetas. Sí, la «vida del hombre es la contemplación de Dios»[1], del misterio de Dios, cuyo centro es su amor por nosotros, la cruz de su Hijo.
Llega el final que nos encara con el misterio que vamos a vivir en las próximas semanas: «Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”». ¿Qué significa esta voz de Dios para los Apóstoles? Lo mismo que para nosotros: la gloria de Dios está aún por realizarse en la historia y vamos ser testigos de ella. Todo lo que tenemos que hacer es fijar nuestros ojos y nuestros oídos en Cristo: su humanidad es la palabra definitiva de Dios con la que crea un mundo nuevo por el cual el hombre puede acceder al corazón de Dios, a la gloria de Dios. Eso es lo que hará en el Hijo en la cruz. Lo que se nos pide es que centremos en esto nuestra atención, porque aquí sí, bajo el árbol de la cruz, bajo los brazos extendidos de Cristo, bajo su costado abierto, aquí sí encontramos nuestra casa, aquella que Pedro quería construir en el Tabor, la Casa de Dios donde somos recreados en el Bautismo y alimentados en la Eucaristía. Estemos atentos a esto, no se nos pide otra cosa, atentos a la realización del prodigio del amor de Dios: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Las últimas palabras del Evangelio son sumamente expresivas. Dice san Lucas que después de escuchar la voz —tremenda, imagino, del Padre, no sabemos si escuchada con los oídos del cuerpo o del alma, pero tremenda en todo caso—, dice: «Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio». Sí, el centro es Jesús, este hombre que esconde la gloria de Dios y que camina a Jerusalén para cumplirla. ¿Qué podemos hacer? Escuchar, contemplar, esperar, ir tras él y guardar silencio.

Alabado sea Jesucristo

Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.

[1]
 La segunda parte de la afirmación de san Ireneo a la que antes hemos hecho referencia.

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Homilía en el II Domingo de Cuaresma, ciclo C
17 de marzo de 2019
Oratorio de san Felipe de Alcalá de Henares
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-03-17
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