Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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IV DOMINGO CUARESMA C
31/ III /2019

«Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde»

[Tomo y rehago libremente una homilía de Benedicto XVI (Roma, 18 de marzo de 2007), ¡Es que vivimos en la misma Casa!]

Queridos hermanos:
En la celebración eucarística es Cristo mismo quien se hace presente en medio de nosotros; viene a iluminarnos con su enseñanza, en la liturgia de la Palabra, y a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre, en la liturgia eucarística. De este modo, primero, nos enseña a amar, luego, nos capacita para amar, para vivir una vida que sea verdadera vida. ¿De qué amor nos hace capaces? ¿qué vida nos enseña? Volvamos al evangelio de hoy para aprenderlo allí.
En este evangelio aparecen tres personas: el padre y sus dos hijos. Tras la imagen del padre, está Dios, que es Padre y que genera una vida de comunión, la vida que se da en su casa. Luego están los hijos, tras ellos aparecen ideas bien distintas de lo que es la vida. Los dos hijos viven en paz, son agricultores ricos, tienen con qué vivir, su vida parece buena. Pero hay otra imagen que hay que considerar: la casa, que es la imagen de la vida común, de obligaciones de unos con otros; es la casa de Dios, donde rigen sus Mandamientos.
Vamos a lo que ocurre en la parábola. El hijo más joven siente poco a poco que esta vida es aburrida, que no le satisface. Piensa que no puede vivir así toda la vida: levantarse cada día temprano; después, según las tradiciones de Israel, una oración, una lectura de la Escritura; luego, el trabajo y, al final, otra vez una oración. Así, día tras día. Piensa: no, la vida debe ser algo más, debo encontrar otra vida, en la que sea realmente libre, en la que pueda hacer todo lo que me agrada; libre de esta disciplina y órdenes de mi Padre, libre de los mandamientos de Dios; quisiera estar solo, ser independiente y que mi vida sea totalmente mía, con todos sus placeres.
Así, decide tomar su patrimonio y marcharse. El padre respeta la libertad de su hijo y el joven se va a un país muy lejano. Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico, pero también desde un punto de vista interior, porque quiere una vida totalmente diversa. Su idea de vida verdadera es hacer lo que le agrade, no reconocer las normas de Dios, no estar bajo la disciplina de la casa, vivir la vida con todo el brillo y el placer que le ofrece.
En un primer momento —quizá durante algunos meses— todo va bien: cree que es estupendo haber alcanzado finalmente ¡LA VIDA!, se siente feliz. Pero después, poco a poco, también aquí empieza el aburrimiento, también aquí es siempre lo mismo. Sigue un vacío cada vez más inquietante; percibe cada vez con mayor intensidad que esa vida no es la vida; más aún, se da cuenta de que, continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Al final, también el dinero se acaba y el joven se da cuenta de que la vida que ha conseguido es peor que la vida de los cerdos que cuida. El brillo que la vida autónoma le prometía ha desaparecido y ahora experimenta el vacío que escondía.
Comienza a recapacitar y se pregunta si ese era realmente el camino de la vida: una libertad interpretada como hacer lo que me agrada, vivir solo para mí, no sujeto a la vida común de la casa, no sujeto a la Ley de Dios. Así comienza un camino interior: Él era mucho más libre en su casa, siendo hijo, bajo la obediencia de su Padre. ¡Allí incluso los siervos tienen una vida mejor! La vida verdadera está en la casa común, en el trabajo por el bien común, en la relación por la que él era hijo y participaba con su trabajo en el bien común. Se da cuenta de que ha perdido algo precioso. Más aún, se da cuenta de que ha despreciado y ofendido a su padre, de que ha pecado. Se dice a sí mismo: debo volver, aunque no mereceré ya participar de los bienes de la casa como hijo.
Y llega a la casa del padre, que le dejó su libertad para darle la posibilidad de comprender interiormente lo que significa vivir y lo que significa no vivir. El padre, con todo su amor, lo abraza, le ofrece una fiesta, y la vida puede comenzar de nuevo partiendo de esta fiesta, que es el abrazo del padre.
El hijo puede comprender ahora que precisamente el trabajo, la humildad, la disciplina de cada día crea la verdadera fiesta y la verdadera libertad. Ha llegado a comprender lo que significa vivir. Ciertamente, en el futuro las tentaciones volverán, pero él ya sabe que una vida sin Dios, fuera de esta relación filial de obediencia a su Ley, fuera de la comunión de vida de su Casa, no funciona. El joven comprende que los mandamientos de Dios no son obstáculos para la libertad y para una vida buena, sino que indican el camino que hay que recorrer para encontrar la vida. Comprende que también el trabajo, vivir no para sí mismo, sino para los demás de la Casa, hace la vida más grande.
El otro hijo permaneció en casa, pero por su reacción de envidia vemos que interiormente también él soñaba que quizá sería mucho mejor disfrutar de todas las libertades. También él en su interior debe "volver a casa" y comprender de nuevo qué significa la vida; que solo se vive de verdad con Dios, bajo la obediencia a su palabra, en la comunión y el trabajo de la gran familia de Dios.
Es muy posible que nosotros hayamos ya experimentado lo que se dice del hijo pequeño. Para los que están lejos, la parábola es una invitación a volver y a rendir nuestra vida ante Dios misericordioso. Pero también podemos experimentar este alejarnos de la casa, sin movernos de ella, obedecer queriendo en el fondo alejarnos, no haber descubierto la grandeza de la comunión con Dios y de la comunión que él genera en la Iglesia.
Sea como sea, el Evangelio nos empuja a volver a Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama sin medida. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no menoscaban la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Confesión podemos recomenzar siempre de nuevo, ¡siempre de nuevo!: él nos acoge, nos devuelve la dignidad de hijos suyos. Por tanto, redescubramos este sacramento del perdón, que hace brotar la alegría en un corazón que renace a la vida verdadera.
 Volvamos a Dios y volvamos a la Casa del Padre, a la casa común, trabajemos en el bien de esta comunión que el Padre nos regala. Es una mentira que el hombre es libre cuando decide por sí y para sí. La comunión es aquello que en el cielo despreció Luzbel, aquello que le condenó a la soledad eterna. Luzbel inició la falsa libertad de la autonomía: del juicio propio, de la vida propia. Por el contrario, la libertad es la capacidad de darnos, la capacidad para el amor de Dios, es un trampolín para lanzarnos al mar infinito de la bondad divina.
Volvamos al Padre, a la comunión que genera su amor, volvamos a ser hijos y hermanos.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.

Enrique Santayana C.O.

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Homilía del IV DOMINGO DE CUARESMA, ciclo C
en el Oratorio de san Felipe Neri de Alcalá de Henares
31 de marzo de 2019
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-04-01
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