Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilías


Génesis 17,3-9

 

Serás padre de muchedumbre de pueblos

En aquellos días, Abrán cayó de bruces, y Dios le dijo: "Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino que te llamarás Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. Mantendré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios."

Dios añadió a Abrahán: "Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones."

 

Salmo responsorial: 104

 

El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Recurrid al Señor y a su poder, / buscad continuamente su rostro. / Recordad las maravillas que hizo, / sus prodigios, las sentencias de su boca. R.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; / hijos de Jacob, su elegido! / El Señor es nuestro Dios, / él gobierna toda la tierra. R.

Se acuerda de su alianza eternamente, / de la palabra dada, por mil generaciones; / de la alianza sellada con Abrahán, / del juramento hecho a Isaac. R.

 

Juan 8,51-59

 

Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: "Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre." Los judíos le dijeron: "Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: "Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre"? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?"

Jesús contestó: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: "Es nuestro Dios", aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: "No lo conozco" sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría." Los judíos le dijeron: "No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?" Jesús les dijo: "Os aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo." Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

 

HOMILÍA

 

El libro del Génesis nos presenta el momento del Pacto que Dios hace con Abraham, es decir, el momento de su presentación y su petición. En este pacto encontramos lo más puro del interés de Dios con nosotros, descendientes de Abraham por la fe en Jesucristo. Dios le dice a Abraham los términos sencillísimos del pacto: El Señor le asegura que de él saldrán muchedumbre de pueblos y reyes y que la tierra que pisa pertenecerá a su descendencia; a cambio Abraham debe ser fiel a Dios, guardar su alianza con Él al igual que sus descendientes para siempre.

Abraham escuchó la voz amorosa del Dios que le prometía realizar lo que ni hombres ni dioses habían conseguido en toda su vida y Abraham creyó y acepta el Pacto. Comienza a vivir en obediencia a Dios, sirviendo a su dios como se servía en aquella época (sacrificios de animales, oraciones, etc.). Pero esa fidelidad al Pacto de Dios pasa por el amor que implica la libre obediencia. A Dios no le importa que le sirvamos con las fórmulas concretas de cada época (en nuestra época ya no hay sacrificios de animales, sino oraciones, ayunos, acudir a los actos religiosos, ayudar a los pobres, etc.) porque todo ello sirve para mantener la llama del amor encendida por Él, pero por encima de ello está la obediencia a lo que nos mande. Pronto mandará a Abraham la circuncisión para sus descendientes y Abraham obedecerá; después el sacrificio de su propio hijo Isaac y Abraham obedecerá; más adelante dará las Tablas de la Ley del amor a los descendientes salidos de Egipto, etc.

Dios amó primero a Abraham dándole sus promesas y Abraham debe responder con amor. Lo esencial de la relación con Dios desde el principio es amar a Dios, es tener encendida la llama del amor a Dios, de la conciencia de pertenencia al Dios que tanto nos ha amado. Todo lo que es costumbre religiosa de nuestra época es bueno si mantiene vivo este fuego, pero por encima siempre estará lo que Dios nos mande, porque “nuestro Padre celestial sabe lo que nos conviene antes de que se lo pidamos”.

Por último, enganchando con el Evangelio, hay que decir que los judíos de tiempos de Jesús hacían lo contrario a Abraham: cumplían con sus tradiciones y formas religiosas de su época por encima de la obediencia a Dios. Por esto, aunque Dios dejaba claro por medio de los profetas, de Abraham, de Moisés y de las obras que Cristo hace que el hombre Jesús de Nazaret  era su Hijo, Dios mismo encarnado, el Dios de Abraham hecho hombre, al que se le debía el Pacto de fidelidad amorosa como ya hizo Abraham ellos no querían creer y obedecer. Por esto, cuando el evangelista hable de ellos ya no los llamará los descendientes de Abraham o los herederos de la Promesa sino que los llamará “los judíos”, es decir, simplemente los habitantes de Judea, porque al no querer aceptar a Cristo como Hijo de Dios ni amarle ni obedecer su palabra rompen el Pacto perpetuo hecho con Abraham y sus descendientes.


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