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II Domingo de Pascua
28/ IV /2019

«Señor mío y Dios mío»

El otro día un padre de esta casa, el p. Julio, me comentaba cómo debían de estar turbados los discípulos después de la muerte de Cristo. Siempre había pensado yo en la turbación de la falta de fe. Pensar que todo había acabado, que las palabras de su Maestro, se habían perdido con la muerte. «Mis palabras no pasarán», había dicho con vida, pero ahora ¿quién podía repetir esas palabras? Parecía que Jesús, como cualquier hombre, como otros grandes hombres de la antigüedad, judíos o no, había sido sepultado por la muerte y ya no volverían más que en el recuerdo. Las palabras que había dicho sobre su resurrección: «al tercer día resucitaré», ¿cómo podían ser verdaderas? Con esta falta de fe es claro que tenía que venir la tristeza. Esa tristeza se deja ver un poco en los discípulos de Emaús, pero tuvo que ser terrible: todo acabado y su maestro muerto. Pero el padre del Oratorio me hizo caer en la cuenta de otra tristeza aún más terrible en el alma de los suyos: la tristeza de no haber permanecido a su lado, de haber sido cobardes, de haberle negado, de haber corrido de su lado. ¿Os imagináis la vergüenza de Pedro al ver de nuevo a Santa María Virgen? ¿O la tristeza de Santiago, al ver que la Magdalena, una pecadora, había permanecido al pie de la cruz y que él había escapado? ¿Os imagináis la tristeza al ver de nuevo los sitios donde se escondieron o desde donde miraban de lejos? ¿O la tristeza de tener que permanecer aún escondidos porque no podían superar el miedo que tenían? 

Pues bien, en un nuevo gesto de amor, Cristo quiso arrancar esta tristeza y esta incredulidad del corazón de los suyos. Cristo no resucitó para sí mismo. En la vida del Señor todo es «para nosotros» y su resurrección también es «para nosotros». Desde el inicio, Jesús se muestra como el que no retiene nada para sí. Ni lo más sagrado que los hombres suelen tener como suyo, la voluntad, ni eso retuvo Jesús como propio: «No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad de mi Padre». Se había hecho hombre para hacer esa voluntad. Era la voluntad de su Padre que salvase a los hombres haciéndose hombre y entregándose a los hombres. Y eso hizo: «no retuvo con avidez el ser igual a Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo». Olvidado de su gloria se hizo hombre, «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo» —dice el credo— y se entregó. Se vació por entero en la cruz, amando a cada hombre y a todo hombre. Todo lo hizo por nosotros, nada se reservó para sí, ni un instante de su vida, ni un trabajo, ni una oración, ni siquiera el corazón de su madre. Tampoco la resurrección se la reservó. Él resucitó para nosotros, para darnos la vida de Dios.

Es cierto que en su humanidad se llenaría de gozo al elevarse de entre los muertos. Nadie como Cristo en el momento de la resurrección podía rezar las palabras del salmo: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti», expresando el deseo ardiente de contemplar con sus nuevos ojos humanos el rostro de Dios. Y nadie como él al resucitar podría expresarse así: «me saciaré» —tal como sigue el salmo—, «me saciaré como de enjundia y de manteca». Pero ni siquiera esta nueva gloria, esta gloria divina con la que resplandecía tras la resurrección su cuerpo humano y su alma humana, ni siquiera eso retuvo para sí. No olvidó su amor en la cruz, su amor al hombre.

Se empeñó en plantar su victoria, su nueva vida en el ama de aquellos a los que ama. Quiso curar la incredulidad y la tristeza; y plantar en el corazón la fe y la esperanza. No bastaba con hacer una demostración de la nueva gloria que había adquirido en su humanidad resucitada. Porque la certeza de la fe no es la certeza de una demostración —una demostración de fuerza es lo propio del anticristo—. La certeza de la fe nace de la confianza en su palabra, la confianza en la palabra de quien nos ama. 

Para arrancar la incredulidad y la tristeza, se presentó ante los apóstoles con su cuerpo victorioso, pero no como quien viene para sojuzgar a los enemigos y castigar a los traidores y los cobardes, sino con los signos de su amor más manso. Su saludo es: «la paz con vosotros» y les muestra las marcas de la pasión: «les enseñó las manos y los pies». ¿Qué son esas marcas? Son las marcas de que no ha abandonado su humanidad en el sepulcro. No se había hecho hombre para luego abandonar al hombre en el sepulcro. Más aún, son las marcas de que su amor es eterno: «mira, en las palmas de mi mano, te llevo tatuada». Entonces —dice san Juan— «los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor». Su Señor estaba vivo. El amor y la misericordia que le habían llevado a la cruz no habían dejado paso a otra cosa. Su Señor resucitado y glorioso seguía herido por su amor. Él es, y será ya para siempre, la Divina Misericordia. 

Jesús vuelve a repetir el saludo de la paz y, no contento con ello, dejando atrás el pecado de los suyos, la traición y la cobardía, dirige su atención a la misión de la reconciliación del mundo entero: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Este «soplar» es hacer partícipe a los suyos de su aliento vital, del Espíritu Santo. Es el aliento que el Hijo recibe del Padre desde toda la eternidad y con el que él ama al Padre. El domingo de Pentecostés volveremos sobre todo ello.

Ahora solo quiero subrayar cómo el Señor, con su presencia llena de mansedumbre, a pesar de su victoria y de su gloria, cura la incredulidad de los suyos y la tristeza, y cómo los llena de alegría mostrándoles que él es la Divina Misericordia; que quien vive glorioso es el mismo que por ellos murió en la cruz, que no ha olvidado su amor, que el amor de la cruz permanecerá siempre. Este amor es el verdadero límite al mal, el verdadero triunfo de todo mal. La misericordia ha vencido la muerte, la misericordia es la vida del resucitado y la vida de los que viven con él. La misericordia de Dios es nuestra vida. Hoy hay elecciones y España se juega mucho, pero no nos equivoquemos, no nos librará del mal este o aquel político. Hay un único Salvador, Cristo, el que ha vencido la muerte. Y su misericordia es el único verdadero límite del mal. El pecado es vencido por su gracia. Nada hay tan poderoso como esta gracia, esta misericordia. España debe volver a Cristo, deben volver a él sus costumbres y sus leyes, nuestras familias deben volver a él, nosotros debemos volver a él.

Pero sigamos con los Apóstoles. Tomás no estaba con ellos. Como nosotros no estábamos tampoco allí. Y no creía; no era capaz de creer o no quería creer, no sabemos. La resistencia que muestra Tomás para creer es la muestra de que la incredulidad y la tristeza habían echado raíces en el alma de los apóstoles. Los otros diez le debieron de hablar a Tomás de cómo lo habían visto resucitado con las heridas de la cruz, pero Tomás había dicho que no creería, si él mismo no veía y no tocaba las heridas del resucitado.

El Señor, que no había resucitado para sí mismo, sino para aquellos a los que ama, al octavo día vuelve a buscar a Tomás, para curar su incredulidad y su tristeza. Lo hace de nuevo con mansedumbre: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». No arrolla con su poder divino a Tomás, no lo aplasta con su gloria. Dice la Escritura que cuando Moisés volvía de hablar con Dios, el resplandor de su rostro era tal que hacía temblar a los judíos y que por eso se cubría el rostro con un velo. ¡Cuánto no más tremendo debía ser el resplandor y el poder de Cristo resucitado! Pero él se aparece mansamente y ofrece a Tomás el testimonio de su amor: las heridas de la Pasión, las llagas en las manos y en el costado. ¡El día de la reconciliación permanece! Cristo no olvida su amor por nosotros, no deja atrás la misericordia. Al contrario, la resurrección ha hecho que la misericordia y la reconciliación permanezcan hasta el fin del mundo.

Tomás toca las marcas de la pasión en el cuerpo del Resucitado, reconoce que es Jesús, el mismo Jesús que vivió con ellos y que murió en la cruz. Es herido por las heridas de Cristo, es vencido por su amor y confiesa algo que no puede tocar, la verdadera identidad de Jesús: «Señor mío y Dios mío». Toca su humanidad resucitada, pero su fe confiesa su divinidad: «Señor mío y Dios mío». Por fin, la incredulidad da paso a la fe y la tristeza a la alegría.

Nosotros, para dar fe y para alegrarnos, tenemos el testimonio de los Apóstoles: «Esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». El testimonio de los Apóstoles, el testimonio de Tomás y la presencia de la Eucaristía: Jesús resucitado y vivo, que actualiza su entrega en la cruz, porque no ha olvidado su amor, porque no ha dejado atrás su misericordia, porque él es la Divina Misericordia. No esperemos una demostración de poder, eso solo nos lo ofrecerá el anticristo. Busquemos el testimonio de Cristo en su misericordia, en la Eucaristía. El costado de Cristo sigue herido por nuestro amor, dejemos que su amor hiera nuestro corazón. Busquemos la presencia mansa y humilde del que es Dios y Señor del mundo, su presencia en la humanidad de la Iglesia, llena de debilidad, y en la Eucaristía: «Señor mío y Dios mío».

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.

P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del segundo domingo de Pascua, de 2019 en el Oratorio de san Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-04-30
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