Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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III Domingo de Pascua
5/ V /2019

«Es el Señor»

San Juan narra cuatro apariciones de Jesús resucitado: a María Magdalena, en la mañana del domingo de la resurrección; la primera aparición a los Apóstoles, en el atardecer del mismo domingo, en la que faltaba Tomás; una segunda a los Apóstoles, al domingo siguiente, cuando tiene lugar aquel inolvidable diálogo con Tomás; y, por último, la que acabamos de oír, la tercera vez que se aparece a los Apóstoles.

Las apariciones anteriores habían tenido lugar en Jerusalén, en el mismo lugar donde Jesús había muerto; la de hoy tiene lugar en Galilea. Hay que suponer que los Apóstoles habían dejado Jerusalén y habían vuelto a su tierra. No sabemos si habían vuelto todos juntos o no. En el lago están siete de los once Apóstoles que quedaban. Nos es difícil ponernos en su situación, después de que hubiesen vivido hechos tan desconcertantes. Muchas de las cosas vividas les parecían oscuras e ignoraban aún mucho de lo que tenían por delante. Pero sabían ya, a ciencia cierta, que Jesús había resucitado y que ellos tenían una misión. Se habían mantenido unidos y, en esta unión, Simón Pedro aparece como el jefe. Los demás se unen en torno a él. En Galilea, en el lago, Pedro hace lo que ha hecho toda su vida: va a pescar y los demás se unen a él. Pasan la noche sin conseguir nada y al rayar el alba aparece Jesús. Como en otras ocasiones, no lo reconocen hasta que se produce el milagro y Juan dice aquellas palabras maravillosas: «es el Señor». Esas palabras rompieron la oscuridad de la noche con más eficacia que los primeros rayos del sol.

Pedro había vivido una situación muy parecida tres años atrás, cuando conoció a Jesús. Habían llegado a la orilla del lago sin pesca, después de pasar la noche faenando. Jesús se había subido a la barca y desde ella se había puesto a enseñar a la gente. Luego, había dicho a Pedro: «remad mar adentro y echad las redes». Se había producido una pesca milagrosa, Pedro se había postrado a los pies de Jesús y éste le había dicho: «a partir de ahora, serás pescador de hombres». Imaginad lo que pasaría por la mente de Pedro ahora, cuando se repite el milagro y escucha de Juan: «es el Señor».

El evangelio está lleno de detalles. Pedro estaba desnudo y cuando escucha «es el Señor» se viste rápidamente, imagino que por respeto al que es uno con Dios. Pero no solo hay respeto en Pedro, vemos también en él un afecto ardiente, que le impulsa a no esperar el avanzar de la barca y se tira al agua para llegar a nado más rápido hasta Jesús. Los comentaristas de este evangelio siempre han destacado que es el discípulo que más ama al Señor, es decir Juan, el primero que lo reconoce, porque el amor llega más lejos que la vista. Es cierto, pero también conmueve ver la mezcla de respeto y de afecto que muestra Pedro. Este respeto a quien «es el Señor» y este afecto a quien ha amado hasta la muerte serán importantísimos en adelante para Pedro, como veremos.

Cuando llegan todos a la orilla, Jesús ha preparado unas brasas, un pez y pan. El pan indica al mismo que había dicho: «yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo». Y el pez es también expresión de la misma persona de Jesús. Con los años, los cristianos se reconocerán con el símbolo del pez. Las brasas hacen referencia al sacrificio, porque las ofrendas de los sacrificios judíos se quemaban en las brasas. Así que la comida que Jesús les ha preparado hace referencia al sacrificio de sí mismo, a la cruz, a la Eucaristía. Jesús resucitado les remite a la Eucaristía. A partir de ahora, la Eucaristía será el signo eficaz de su presencia. Sin embargo, el texto griego dice que el pez que está sobre las brasas era un pez pequeño. Eso en la traducción no se puede apreciar. Jesús pide que traigan de los peces que ellos mismos han pescado. La Eucaristía exige que al don que Cristo hace de sí se una también el sacrificio de los suyos. Solo entonces el sacrificio es la ofrenda del Cristo completo: de Cristo y de la Iglesia.

Pedro arrastra la red que no se rompe a pesar de la pesada carga. Es la Iglesia, capaz de albergar a toda la humanidad. El número de 157 peces grandes es un número simbólico, un número de plenitud. Toda la humanidad está allí representada, el fruto del sacrificio de la Iglesia a lo largo de los siglos, que Pedro une al sacrificio de Cristo. Es entonces cuando Jesús les invita a comer y él mismo les da del pan y de los peces. Pero hay unas palabras que sorprenden. Dice que estando alrededor de esta comida, delante de Jesús, «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor». Jesús está vivo, el mismo Jesús que caminó con ellos junto al mismo lago donde están ahora. Su cuerpo es el mismo. Y, sin embargo, está envuelto en el misterio, porque resucitado vive ya inmerso en el misterio de Dios. Se aparece a los suyos desde ese misterio. No viene de la muerte. La muerte ya ha quedado atrás, viene de Dios y está envuelto en el misterio de Dios. Por eso, aunque saben que es él, entienden que hay algo distinto. Es lo que Juan expresa con genialidad: «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor».

Tras la comida viene el diálogo de Jesús con Pedro. No puedo detenerme. Solo decir lo que han dicho ya otros tantas veces: que Jesús cura el corazón de Pedro. Pedro había negado tres veces a Cristo y eso había dejado en él un pesar, un dolor, indecible. Jesús lo cura de forma muy sencilla. Por tres veces le pregunta si le quiere, si le ama. Pedro responde que sí: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero»; «Sí, Señor, tú sabes que te quiero»; «Sí, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». La triple confesión de amor, le hace descender a Pedro hasta su triple negación, pero ese mismo amor, que Jesús conoce, cura la herida del pecado que Jesús había ya perdonado antes de morir. Sin embargo, Jesús abre y dirige este amor hacia el cuidado de su Iglesia. La triple confesión de amor es dirigida por Jesús hacia sus ovejas: «apacienta mis ovejas».

Vayamos ahora a la primera lectura. Es un momento distinto: Jesús ya ha ascendido a los cielos y Pedro está cumpliendo el encargo que le ha dado su Señor, de nuevo en Jerusalén. Muchos judíos escuchan la predicación de Pedro y de los otros, muchos se convierten, hay milagros. El sumo sacerdote mete en la cárcel a los Apóstoles y un ángel los libera de la prisión. Pero los Apóstoles no se esconden, ni se van lejos, vuelven al templo y continúan predicando. El sumo sacerdote manda a la guardia a por ellos y, cuando los tiene delante, les pregunta: «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».

La respuesta de Pedro es muy importante para nosotros. Tiene dos partes y hay que prestar atención a ambas. En un primer momento dice: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Yo me pregunto si los cristianos podemos seguir diciendo esto hoy. No hay duda de que deberíamos obedecer a Dios antes que a los hombres, antes que a nosotros mismos, ¿pero lo hacemos? En las últimas elecciones generales muchos de los que hemos votado somos cristianos. Pues bien, el resultado es que van a implantar nuevas leyes que atentan directamente contra la ley de Dios. Implantarán la ley de la eutanasia. Al menos tres partidos —que yo sepa— anunciaron que apoyarían dicha ley: Podemos, PSOE y Ciudadanos. Los cristianos lo han oído y, aún así, muchos han votado a los que van a implantar una ley que atenta directamente contra la ley de Dios. Este voto es un pecado grave contra el quinto mandamiento: «No matarás». Podemos luego discutir si algunos quieren la eutanasia con buena intención, por compasión con los que sufren; o, como pienso yo, porque es más económico y menos sacrificado matar a los enfermos que acompañarlos y cuidarlos. Sea como sea, atenta contra la voluntad de Dios. Un pecado que se suma al pecado del adulterio generalizado de los divorciados que vuelven a casarse; que se suma al crimen abominable del aborto; y que se suma a la corrupción humana que promueve la ideología de género. Lo repito: quien haya votado a los que promulguen una ley que promueva o facilite la eutanasia ha cometido un pecado mortal.

Pero hay una segunda parte en la respuesta de Pedro. El sumo sacerdote había dicho: «nos queréis hacer responsables de la sangre de ese hombre». No, no es eso lo que hace Pedro. Pedro les ha dicho: «vosotros lo matasteis, colgándolo de un madero», sin embargo no les quiere hacer responsables de su sangre; es decir, no pide que paguen con su sangre la sangre inocente. Lo que Pedro dice es que se conviertan: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados». El pecado de aquellos hombres tenía remedio: reconocer que Jesús era más grande que ellos, que es «el jefe», a quien hay que seguir y obedecer. Reconocer que Jesús es jefe y salvador, que ofrece la posibilidad de conversión y el perdón de los pecados.

Quien haya votado a los que traerán la eutanasia ha pecado mortalmente, pero aquí no pedimos que paguen con su sangre la muerte de los inocentes que vendrá por su pecado, lo que pedimos es que reconozcan a Cristo como único Señor y Salvador, que se conviertan y pidan perdón. Sin embargo tengo poca esperanza de que esto suceda. Sé lo que ocurrió con Jerusalén. Poco antes del año 70, los cristianos dejaron Jerusalén, advertidos por lo que el mismo Cristo había anunciado, advertidos por alguna visión profética… no se sabe bien por qué. Lo cierto es que los cristianos abandonaron Jerusalén. Y en el año 70 Jerusalén fue destruida por el ejército romano de Tito. Solo la providencia sabe lo que ocurrirá ahora.

Yo vuelvo la mirada a Pedro, que negó a Cristo, pero que cuando escuchó «es el Señor», se vistió reconociendo a quien era más que él y corrió a nado hasta él movido por un afecto sincero, que confesó su amor por él y cumplió el encargo de dicho amor: «apacienta mis corderos». Cumplió el encargo con fe, poniendo solo en Cristo su salvación, y con la caridad: diciendo la verdad a quien quiso escucharle. Vuelvo la mirada a Pedro: solo hay un jefe y salvador, aquel que ha sido crucificado por nuestros pecados y que Dios ha resucitado de entre los muertos.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.

P. Enrique Santayana C. O.
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Homilía del 5 de mayo de 2019, III domingo de Pascua
en el Oratorio de san Felipe Neri de Alcalá de Henares
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-05-05
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