Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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«Cuando salió Judas del cenáculo»

 19/V/2019.
V Domingo de Pascua

«Cuando salió Judas del cenáculo»; éste es el momento dramático en el que Jesús pronunció las palabras que acabamos de escuchar. Para los Apóstoles era el momento en el que se percibía un drama cuyo desenlace no podían imaginar del todo. Pero para Jesús era un momento de claridad: conocía con toda nitidez la oscuridad en la que debía sumergirse, la oscuridad y la soledad de la cruz, la negación de todo amor. Todo amor hacia él iba a ser negado. El amor de los suyos, a los que amaba tierna y fuertemente, le iba a ser negado. Le iba a ser negado incluso el amor de su Padre. La oscuridad de la cruz es la negación de todo amor, del amor humano y del amor divino.

¿Pero qué misterio es este? El Verbo se había hecho hombre y ésta era la última consecuencia. Se había hecho hombre para tomar sobre sí el peso de la humanidad tal como existe. No tomó sobre sí al hombre bellísimo tal como Dios lo creó, sino al hombre que había pecado, al hombre que se había separado de Dios, que había negado a su Creador. Así pasó por la negación del amor del Creador, de su Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Jesús cargó con una larga historia de pecado. Él, que no cometió pecado, tomó sobre sí el pecado de todos y experimentó las consecuencias de este pecado hasta el fin, sin ahorrarse nada: la terrible soledad de Dios, su lejanía, su abandono.

Expliquemos un poco esto, porque nos pone de lleno en nuestra actualidad. Cuando la criatura niega al Dios Creador, cuando niega su obediencia al Creador, rompe el único vínculo real que le une a Dios. Entonces, el hombre se condena a la soledad: aislado del que es la Vida y la Luz, de quien es la fuente de toda Belleza y de todo amor. Desgraciadamente éste es el pecado de nuestro tiempo. No lo es la lujuria, como algunos creen, la ambición o cualquier otro. El gran pecado de nuestro tiempo es no reconocer que no nos damos la vida a nosotros mismos, que no somos dueños de ella, que no somos nuestros dueños. El pecado de nuestro tiempo es que no estamos dispuestos a obedecer a Dios. No consideramos que tengamos que hacerlo. Estamos seguros de que no debemos obedecer sino a nuestra razón y a nuestra voluntad. Hemos hecho de nuestra razón y de nuestra voluntad el gran ídolo; y lo confundimos y lo llamamos “conciencia”, cuando la conciencia es algo radicalmente distinto: el testigo en nosotros de que debemos obediencia a uno que no somos nosotros, a un Dios que está por encima de nosotros, al Dios verdadero.

Nuestra desobediencia al Creador no es la propia de la debilidad humana. Hay una desobediencia que, en gran medida, se asienta en la debilidad: uno quisiera seguir las indicaciones divinas que escuchamos en el Evangelio, pero luego no es capaz; quisiera ser generoso, pero no es capaz, es un avaro; quisiera ser casto, pero no es capaz, es lujurioso; quisiera ser manso, pero no es capaz, es soberbio… Esta desobediencia tiene mucho de debilidad. Pero la desobediencia de nuestros días no es la del hombre débil que se ve incapaz de una vida virtuosa demasiado exigente. La desobediencia de nuestros días no tiene origen en la debilidad, sino en la creencia de que somos poderosos. Nos negamos a obedecer. No reconocemos que debamos hacerlo. No reconocemos a Dios como nuestro Señor. No nos consideramos criaturas. Creemos que somos dueños de nosotros mismos. Cuando escuchamos nuestro nombre, ya no podemos decir: «servidor».

Sin embargo, aunque nos pese, la obediencia y el servicio es el vínculo original entre Dios y el hombre. Dios es creador, el hombre es criatura; Dios es Señor; el hombre es siervo. Cuando santo Tomás reconoce que Jesús resucitado es Dios, le llama Señor: «Señor mío y Dios mío». Y cuando la Virgen María escucha lo que Dios quiere de ella, responde: «He aquí la esclava del Señor». Nosotros nos hemos negado a esta relación, hemos negado el vínculo original que soporta toda la obra que Dios ha querido hacer con el hombre. Hemos dicho: no seremos ya criaturas, no obedeceremos, no seremos siervos, seremos dioses. ¡Si entendiésemos que solo la humildad y la obediencia nos introducen en la vida de Dios y nos hacen dueños de su gloria! ¡Si entendiésemos que solo los que se hacen siervos pueden escuchar de Dios: «Ya no os llamo siervos, vosotros sois mis amigos»!

La ruptura del vínculo con el Creador ha hecho que el hombre de hoy sea el más triste de toda la historia, porque un hombre sin Dios es solo miseria, un ser sin esperanza. Un síntoma de esta tristeza es la bajísima natalidad que sufrimos. ¡Tanto que, de seguir así, no tenemos futuro como pueblo! Las causas son muchas, pero la primera de ellas es la tristeza y la falta de esperanza. Nuestros abuelos esperaban algo bueno cuando engendraban a sus hijos, aunque viviesen pobremente. Nosotros hemos dejado de esperar, porque estamos solos. Hemos aprendido a separar sexualidad y procreación y nos hemos creído dioses. Hemos negado a Dios. ¿Quién es Dios? Nuestros sentimientos. ¿Quién es Dios? Lo que a nosotros nos parece bueno o verdadero. ¡Pero ese no es Dios! Dios es más grande que nosotros. Dios es siempre más. «Deus semper maior». Dios es aquel que nosotros no podemos comprender porque es más grande que nuestra razón y muchísimo más grande que nuestros sentimientos vanos y volubles. ¡Estamos solos! ¡Nos hemos quedado solos! No queríamos ser siervos, no queríamos vivir bajo la autoridad de un Señor y ahora no tenemos nada, salvo nuestra miseria.

Salió Judas del cenáculo y Jesús veía con perfecta claridad la oscuridad que debía afrontar en la cruz, la negación de todo amor. Veía el pecado de todos los hombres, veía el pecado de nuestros días y quiso tomarlo sobre sí, para salvar a los pecadores, para salvar también al hombre de nuestros días, para salvarnos a nosotros. Pero Jesús habla de gloria, no de oscuridad ni de humillación sino de la luz de la gloria: «Ahora es glorificado el hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará». Tan claro como que ha de ser abandonado por todos, tan claro como que ha de pasar por la oscuridad, es para Jesús que esa es la voluntad de su Padre y que por ella su humanidad será glorificada y Dios mismo será glorificado. ¿Pero qué significa que su humanidad es glorificada? Significa que su humanidad va a llegar a ser partícipe de la gloria de Dios. Sí, obedeciendo hasta la muerte restablecerá el vínculo de la obediencia propio de la criatura, más aún, el vínculo de la obediencia que es también propio del que es Hijo, y así vencerá la negación de todo amor, que es la muerte, y alcanzará la victoria. En la cruz Cristo vence. Con la humildad, con la obediencia, con el amor de siervo y de Hijo, vence todo pecado y alcanza la vida de Dios, la resurrección. En la humillación el hombre Jesús es glorificado, en la muerte alcanza la vida, en la negación de todo amor alcanza la fuente del amor, la vida trinitaria. También el hombre de hoy, que ha negado al Creador, puede acogerse a Cristo y ser salvado. También nosotros podemos reconocer en este acto de amor a Dios y de amor al hombre la verdad de nuestra condición humana: que somos criaturas, no dioses, que estamos equivocados y que aquel que ha obedecido y nos ha amado cargando con la negación de todo amor es nuestro Salvador. Podemos confesarlo con humildad y decir sencillamente: «Señor mío y Dios mío». Así es glorificado Jesús y es glorificado Dios, porque Dios creó todo bueno, para que subsistiera, y creó al hombre a su imagen para hacerle partícipe de su vida. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él».

Toda la vida de Jesús, desde el momento mismo en que tomó carne en el seno de María, desde los días dichosos de la vida en Nazaret, tenía como fin este momento. Y en la vida de Jesús todo se encamina a este momento. Cuando está a punto de alcanzarlo dice a los suyos: «Hijitos, me queda poco de estar con vosotros». El amor de Cristo es fuerte: llegará sin vacilar y sin ahorrarse ningún sufrimiento hasta la negación de todo amor, hasta la muerte. Pero no es solo fuerte, como si se tratase de un héroe antiguo, es también tierno: «hijitos, me queda poco de estar con vosotros». Y les da un mandato: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

San Agustín reflexionó sobre la novedad del amor mandado por Cristo. En sus primeros años como obispo de Hipona creyó que la novedad era que se trataba de un amor más fuerte, más profundo, el amor que llega a dar la vida. No le faltaba razón. Pero con los años se dio cuenta de que la novedad de este amor es que se trata del amor de Cristo y que solo el que se une a él puede amar con su amor. La novedad de este amor radica en unirse a Cristo por la fe y los sacramentos, unirse a él por la oración y dejar que él nos haga partícipes de este amor suyo. El amor nuevo es su amor, el amor por el cual él ha asumido todo pecado, toda oscuridad, toda negación del amor de los hombres y de Dios, el amor con el que se ha entregado a los hombres y se ha puesto en manos del Creador de todos, que es su Padre: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».

Debemos empeñarnos en el camino del amor, del amor a Dios y del amor mutuo. Se anda ese camino adentrándonos en la comunión con Cristo, alimentándonos de su amor. Eso es la Eucaristía: no solo ejemplo, sino sacramento, signo eficaz del amor de Cristo. Es Cristo quien construye la Iglesia, su unidad. Es la Eucaristía la que hace la Iglesia, la que fortalece los vínculos de la caridad, la que hace posible el amor nuevo, una novedad en la relación de los matrimonios y de los hijos, de los amigos…, la que hace posible el amor de los santos, la que hace posible que Cristo sea reconocido en el amor de los cristianos.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.

Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía del V domingo de Pascua, ciclo C, de 1019
en la Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Autor Enrique Santayana
Fecha 2019-05-28
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