Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Ascensión del Señor (2/VI/2019)

«Una nube se lo quitó de la vista»

 

Dos cosas debemos comprender en este día: primero, el hecho que celebramos; segundo, su significado para nuestro Señor y para nosotros, que somos su Cuerpo.

 «Al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos». Así habla el Credo de la ascensión del Señor. Primero afirma la resurrección, luego la ascensión y, por último, el juicio futuro. Resurrección, ascensión y juicio futuro son tres hechos que están íntimamente vinculados.

El Hijo eterno, con su cuerpo humano y su alma humana, resucitó no a la misma vida de antes, sino a la vida de Dios. Durante cuarenta días, se les aparece a los Apóstoles, come y bebe familiarmente con ellos y les instruye sobre el Reino de Dios (Cf. CCE 659). En la última de sus apariciones ocurre algo más: asciende a los cielos. Se trata de la entrada definitiva de Cristo en la gloria de Dios, simbolizada por la nube. Desde el Antiguo Testamento, la nube simboliza esa gloria de Dios, inaccesible al hombre hasta ese momento. Esa gloria es la vida trinitaria, lo que el Credo llama «el cielo». Desde ese momento Jesús ocupa la derecha de Dios: «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso». Cristo resucitado ascendió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y muertos, un juicio universal, del que nadie podrá sustraerse.

El significado es que la humanidad de Cristo ha vencido la muerte y el pecado definitivamente y ha superado la distancia entre la humanidad creada y su Creador. Cuando se hizo hombre, el Verbo unió su destino al destino de su humanidad. Por eso el Hijo Inmortal murió una verdadera muerte: permaneció con el cuerpo en el sepulcro y descendió con el alma a los infiernos. Pero el lugar propio del Hijo eterno y de su humanidad no era ni el sepulcro ni el infierno, sino la vida de Dios. Resucitó con su cuerpo humano y con su alma humana y ascendió a los cielos. La misma humanidad que creció en el seno de María, que sufrió en la cruz, vive gloriosa en la Trinidad y juzgará el mundo cuyo peso soportó en la cruz.

Así nos muestra también el único fin del hombre creado a imagen de Dios. Él lo creó todo para el hombre, al hombre lo hizo a su imagen, para que su Hijo pudiese tomar al hombre como algo propio y para que, al fin, pudiese hacerlo partícipe de su gloria. Estamos hechos para esta gloria, cualquier otro fin es perdición. La única morada digna del hombre es aquel lugar donde Cristo ha introducido nuestra humanidad, la Trinidad. Para el hombre no existe ni descanso definitivo, ni casa permanente, ni felicidad verdadera, ni satisfacción plena, que no sea el lugar que nos ha ganado y nos indica Cristo, cuando asciende a la diestra de Dios.

Nosotros esperamos alcanzar esta gloria porque somos miembros de Cristo, miembros de su Cuerpo por la fe y el bautismo, porque nos alimentamos de su Cuerpo y somos asimilados por él. Pero estos dones no nos eximen de responsabilidad personal: sabemos que aún seremos juzgados y separados unos de otros, como en el principio fue separada la luz de la oscuridad.

Dicho lo fundamental, quiero comentar algunos detalles del relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde la Ascensión de Jesús se pone en conexión con una comida y con el mandato reiterado de esperar el don del Espíritu Santo.

1º.       Vayamos con la comida. La traducción decía: «una vez que comían juntos». En ese marco de la comida Jesús les habla de la espera del Espíritu Santo y luego asciende al cielo. La escena de Cristo resucitado comiendo con los suyos se repite en varias ocasiones: los discípulos de Emaús reconocen a Jesús resucitado cuando bendice y parte el pan de la cena. San Lucas cuenta que Jesús come un trozo de pescado cuando se aparece resucitado por primera vez a los Apóstoles. Y cuando se les aparece en el lago de Genesaret, según san Juan, al llegar a la orilla ven que Jesús ha preparado unas brasas y sobre ellas tiene un pez y al lado pan. En todas esas ocasiones la comida indica la amistad, la familiaridad y la cercanía de Cristo. En la nueva vida que inaugura su resurrección, Cristo sigue estando cerca de los suyos y los trata como amigos. Pero, por encima de eso, se hace referencia a la Eucaristía. Tanto el pez como el pan hacen referencia a la Eucaristía. Las brasas hacen referencia al sacrificio de sí, que es la Eucaristía. Jesús resucitado indica una y otra vez la Eucaristía como lugar de su presencia.

El libro de los Hechos vuelve a mostrar al resucitado «una vez que comían juntos». El texto griego dice literalmente: «una vez que compartían la sal». Compartir la sal es una expresión hebrea para decir que compartían los alimentos, que comían juntos. La traducción es correcta, pero san Lucas podría haber usado otra expresión para decir que comían juntos. En el mundo de la Biblia, la sal compartida en la mesa es la forma de sellar un pacto y es también símbolo de incorrupción, de inmortalidad. La Eucaristía es el Pacto de la Nueva Alianza, la Alianza Nueva y Eterna y es el alimento de la inmortalidad: «quien coma mi cuerpo no morirá para siempre». Cuando san Lucas usa la expresión «una vez que compartían la sal» está indicando la Eucaristía, es el lugar de la presencia de Cristo y el lugar donde enseña familiarmente.

La primera indicación que se nos da es clara: hemos de perseverar en la asamblea eucarística donde Cristo se hace presente, come con los suyos, se hace cercano a ellos, les ofrece el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, hace Alianza eterna con ellos y da como alimento el pan de la inmortalidad, el viático para la vida eterna. Es el mismo marco en el que nos encontramos ahora, es el corazón de la Iglesia. Aquí está Cristo, aquí se nos da, aquí nos enseña.

2º.       ¿Y qué les dice a los Apóstoles? Que han de esperar al Espíritu Santo. Les ordenó que no se alejasen de Jerusalén y les dijo: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Ser bautizados es lo mismo que ser sumergidos. Ser bautizados con el Espíritu Santo es ser sumergidos en ese Espíritu, cuya íntima esencia es el amor con el que el Padre ama al Hijo y con el que el Hijo ama al Padre. Ser bautizado en el Espíritu Santo significa sumergirse en la Vida, en el amor trinitario. Esta vida está por encima de la muerte, nadie la puede arrebatar a quien la posee.

Los apóstoles aún no saben muy bien de qué les habla Jesús y le preguntan si será así como restaurará el reino de Israel. Piensan en la soberanía de Israel, pero sin saberlo hablan de un Reino que un día se manifestará en esta tierra, porque esta tierra creada buena por Dios, para ser testigo del diálogo de amor entre Dios y el hombre, que sin embargo ha visto tanto pecado y tanto dolor, verá a Cristo reinar no solo sobre las almas, también sobre los cuerpos, sobre todos los hombres y sobre toda la creación. Cristo reinará e impondrá su Ley en la creación salida de sus manos. Muchos entonces se asombrarán: Se asombrarán los extraños, los que quieren impedir que la verdad del Evangelio ilumine las relaciones del matrimonio, las relaciones sociales, las leyes humanas, la economía y la vida entera del hombre. Se asombrarán también muchos cercanos, que han perdido de vista que no existe nada humano que no tenga que ser iluminado por Cristo, nada creado que no haya recibido orden y fin del Verbo creador, cristianos que han renunciado al reinado de Cristo en este mundo que él creó y que ha regado con su sangre.

Jesús indica que la manifestación definitiva de este Reino está en manos de Dios. Mientras eso llega, lo que a ellos les toca es ser testigos de lo que han visto y oído: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». El Espíritu Santo es también el fuego que capacita a los Apóstoles, a la Iglesia, para dar testimonio de Cristo, esto es: ser portadores no de una idea, o de una noticia lejana, ser portadores del mismo Cristo. El Espíritu Santo capacita, por ejemplo, a una madre cristiana para que con su propia vida entregue a sus hijos la vida de Cristo, para que con su propia muerte, haga entrega a sus hijos de la entrega de Cristo. El Espíritu Santo nos hace testigos de Cristo porque nos une interior y realmente a Jesús y nos hace vivir cada instante de su vida, de su vida terrena y de su vida en la gloria. Nos da todo lo suyo. La traducción habla de fuerza: «recibiréis una fuerza», se trata de un dinamismo, el dinamismo de la vida nueva de Cristo, que nos hace testigos de Cristo con nuestra vida o con nuestra muerte, que nos hace llevar en nuestra vida y en nuestra muerte la vida y la muerte de Cristo, 

3º.       A continuación, el libro de los Hechos nos sitúa en las afueras de Jerusalén, en el Monte de los Olivos. Allí Cristo resucitado ascendió a la gloria de Dios y los Apóstoles dejaron de verlo: «una nube se lo quitó de la vista» y ellos seguían mirando el cielo. No es posible que un cristiano no mire hacia el cielo. El Señor, que desaparece de sus ojos, atrae la mirada del deseo de los que ama, y no puede dejar de ser así. Los que se saben tan amados tienen fijo el deseo allí donde no alcanza su mirada. Él está con nosotros en la Eucaristía, está con nosotros íntima y realmente por el Espíritu Santo que es derramado y nos hace participar de su vida. Pero aún hay una separación entre nosotros y Cristo. Y el cristiano no puede no aspirar a que esa separación se elimine. ¡Jesús!, el deseo de ti encontrará el camino que tomó tu cuerpo, cuando subía del abismo al cielo. El deseo de ti encontrará las puertas que quedaron abiertas cuando volviste a tu Padre, tras haberme herido tus heridas.

«¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?», les dicen los ángeles a los Apóstoles. Acaso es posible imaginar que no ocurriese así. Pero es cierto, todo tiene su tiempo y los Apóstoles deben volver a Jerusalén, deben esperar el don del Espíritu y, luego, dar inicio a la misión de la Iglesia. También a nosotros nos toca eso: volver a Jerusalén, volver al cenáculo, es decir, perseverar en la Eucaristía y escuchar allí siempre de nuevo su Palabra, suplicar siempre el Espíritu Santo y empeñarnos en que nuestro trabajo y nuestro descanso, nuestras palabras y nuestra vida entera sea la vida de Cristo, que se muestra y se da a los hombres en nuestra vida y en nuestra muerte. Y así, mantener siempre vivo el deseo de alcanzar a Cristo en el cielo.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.

 Enrique Santayana C.O.