Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilías


 

Hechos 5,17-26

 

Los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo enseñando al pueblo

En aquellos días, el sumo sacerdote y los de su partido -la secta de los saduceos-, llenos de envidia, mandaron prender a los apóstoles y meterlos en la cárcel común. Pero, por la noche, el

ángel del Señor les abrió las puertas de la celda y los sacó fuera, diciéndoles: "Id al templo y explicadle allí al pueblo íntegramente este modo de vida."

Entonces ellos entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con los de su partido, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos israelitas, y mandaron por los presos a la cárcel. Fueron los guardias, pero no los encontraron en la celda, y volvieron a informar: "Hemos encontrado la cárcel cerrada, con las barras echadas, y a los centinelas guardando las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro." El comisario del templo y los sumos sacerdotes no atinaban a explicarse qué había pasado con los presos. Uno se presentó, avisando: "Los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el templo y siguen enseñando al pueblo." El comisario salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

 

Salmo responsorial: 33

 

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, / su alabanza está siempre en mi boca; / mi alma se gloría en el Señor: / que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, / ensalcemos juntos su nombre. / Yo consulté al Señor, y me respondió, / me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, / vuestro rostro no se avergonzará. / Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha / y lo salva de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa / en torno a sus fieles y los protege. / Gustad y ved qué bueno es el Señor, / dichoso el que se acoge a él. R.

 

Juan 3,16-21

 

Dios mandó su Hijo para que el mundo se salve por él

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

 

 

HOMILÍA TRANSCRITA

 

Atendiendo a estas lecturas que son las que Dios nos presenta hoy. Ya veis que se cumplen las palabras que Jesús había dicho a sus apóstoles (que recogen los Evangelios para nosotros): “a causa de mi Nombre os harán comparecer ante tribunales y reyes; no os preocupéis, porque el Espíritu Santo hablará por vosotros”. Los apóstoles comprueban que las palabras de Jesús se cumplen.

Es ya la segunda vez que a ellos los meten en la cárcel simplemente por anunciar a Jesucristo y recordar las palabras de los profetas que se cumplen con Él. Ellos desde la cárcel rezan a Dios y el Señor envía a su Ángel a liberarles tal y como dice el salmo que hemos recitado: “si el afligido invoca al Señor Él lo escucha y lo libra de sus angustias”.

Este Ángel del Señor les transmite una orden de Dios: “id al templo y explicadle allí al pueblo íntegramente este modo de vida”. Es decir, que desde el Cielo nos llega una palabra diciéndonos que nuestra fe no es la realización de actos solamente como la misa de todos los días y la comunión, el rosario diario, la confesión frecuente, etc., pero luego vivir como viven los que no tienen fe. No, nuestra fe es un modo de vida, un estilo de vida, una forma de vivir. Como nos decía Jesús, aun estando en el mundo nosotros no somos del mundo.

Atendiendo a esto, cada uno tendría que preguntarse si efectivamente su fe conforma toda su vida o no. ¿Yo soy cristiano en todo momento? Alguno responderá con otra pregunta: ¿qué es ser cristiano?

Si cogemos el Evangelio, la conversación de Jesús con Nicodemo, queda muy clara la respuesta a esto. Jesús habla de dos elementos: primero, por parte de Dios, el amor; Dios es Amor, es decir, que Dios ama, que lo propio de Dios es amar y perdonar, porque el perdón es una expresión inmensa e intensa del amor. No sólo eso. Según las palabras de Jesús, a nosotros Dios nos ha demostrado históricamente que nos ama. ¿Cómo? entregando a su Hijo al mundo para que el mundo haga con él lo que quiera, o bien llevarlo a la cruz o bien, acogerlo, acoger su palabra y vivir conforme a lo que él ha enseñado. Lo propio de Dios, por tanto, es amarme, en lo que Dios se goza es amándome, lo que más le gusta a Dios es perdonarme y acogerme y ese amor Dios a mí me lo ha demostrado. Cada vez que yo veo una imagen de Jesús crucificado me encuentro con la expresión más tierna del Corazón de Dios.

Dios me quiere y me lo ha demostrado. Frente a esto, el segundo elemento es mi respuesta. Frente al amor de Dios, que se me declara, que se me ofrece, que se me entrega. Todos poseemos el don tan terrible de la libertad que me pone en la perspectiva de acogerlo o no. Así lo dice Jesús cuando dice “Dios no condena a nadie”. Dios no aparta a nadie de sí, se aparta uno cuando no acoge la Luz que ha venido al mundo, cuando uno no acoge la palabra de Jesús ni a un persona. Al rechazar a Jesús rechazamos al mismo Dios, le decimos “no te quiero ni quiero quererte, no me interesa”.

Fijaos, cuando avancemos más la Pascua y lleguemos al final del año litúrgico leeremos el libro del Apocalipsis, ese libro inspirado por Dios que da tanto miedo a la gente. En él leeremos los mensajes del Señor a las grades iglesias fundadas por los apóstoles, entre ellas, Laodicea a la que el Señor corrige por ser tibia, ni fría ni caliente. No rechaza a Jesucristo pero tampoco le ama y ni le dice que sí. Por eso -dice- te vomitaré de mi boca, de mi corazón.

La fe es una vida nueva, un nuevo modo de vida. Esto es lo que Jesucristo ha venido a traernos. Nosotros, cristianos del siglo XXI, tenemos la seria obligación de anunciarlo, de ser testigos de esto. Nunca se nos ha dicho que tengamos que tener éxito, que nos vayan a aplaudir o alabar, a la hora de ser testigos de este amor de Dios que está demostrado históricamente en Cristo crucificado. Lo que tengo que hacer es entrar en mí mismo y preguntarme a mí mismo ¿lo he acogido?

El Papa ha hecho unas consultas expertos sobre la situación  actual en cuanto a la fe y vida de los cristianos del mundo con vistas a la nueva evangelización. La situación en el primer mundo, principalmente Europa, es de iglesias vacías y de escasez de vocaciones. El problema –comentan los expertos en su repuesta al Santo Padre- no está en la gente (si son más mundanos y pecadores que antes o si hay un movimiento anticatólico); el problema no está tampoco en los métodos (unos libros u otros, unas actividades u otras, un orden en la administración de los sacramentos u otro, etc.); el problema está en el corazón del testigo, en el corazón del que tiene que anunciar a Jesucristo pero que tristemente no le ha entregado el corazón a Él. No se puede transmitir lo que no se vive. Al no ser los testigos verdaderos testigos, hijos de la Iglesia con la mentalidad de ser miembro de un cuerpo vivo, de una familia, que fue lo que vino a hacer Jesús, reunir a todos los hijos de Dios dispersos, las nuevas generaciones no llegan a conocer a Jesús y convertise.

Atendiendo a todo esto, lo que debemos hacer cada uno de nosotros es entrar dentro de sí mismo con toda humildad, acoger la luz que ha venido al mundo y preguntase: ¿amo o no amo a Dios? ¿Jesucristo es el centro de mi vida? ¿vivo conforme a lo que él vivió y enseñó o no? ¿soy testigo de esta Buena Noticia?.

Mi hermano tuvo muchas novias, pero cuando conoció a la que es ahora su mujer, de la que se enamoró, se le notó claramente.  Por eso, cuando una persona tiene fe y esperanza, si sabe que lo propio de Dios es amar, si se siente amado, si su fe no se tambalea por cualquier tontuna, cualquier adversidad, se le nota claramente: está alegre y  convencido. Pero si el tener que amar a Jesucristo te lleva a vivir continuamente amargado y triste, dime tú a mí que Buena Noticia estás anunciando.

Pidamos al Señor el don del Espíritu Santo que nos abra el entendimiento para comprender las palabra de Dios y lo que quiere Dios que vivamos. Ánimo.