Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilías


 

Lecturas

Primera lectura: Sabiduría7, 7 - 14.

Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos. Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la Sabiduría los trae, aunque ignoraba que ella fuese su madre. Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico; no me guardo ocultas sus riquezas porque es para los hombres un tesoro inagotable y los que lo adquieren se granjean la amistad de Dios recomendados por los dones que les trae la instrucción. Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche.Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos.Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la Sabiduría los trae, aunque ignoraba que ella fuese su madre. Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico; no me guardo ocultas sus riquezas porque es para los hombres un tesoro inagotable y los que lo adquieren se granjean la amistad de Dios recomendados por los dones que les trae la instrucción.

 

Salmo: 62.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

Pero los que buscan mi perdición

bajarán a lo profundo de la tierra;

serán entregados a la espada,

y echados como pasto a las raposas.

Y el rey se alegrará con Dios,

se felicitarán los que juran por su nombre,

cuando tapen la boca a los traidores.]

 

Segunda lectura: Filipenses 4,4-9.

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.  Que vuestra mesura sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias.  Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros.

 

Evangelio: Juan 15, 1-8.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Homilía

Todo lo que enseña la primera lectura del Libro de la Sabiduría se cumplió en la vida de San Felipe Neri. Desde bien pequeño comprendió que la verdadera sabiduría no se hallaba en las cosas que el mundo tanto perseguía: la riqueza, la honra y los títulos, el gozar de lo sensible, tener un patrimonio y hacerlo crecer, ser alguien valorado y estimado por los hombres, el disfrutar de los placeres que la vida te ofrece cada día, etc. Escuchando y reflexionando en su corazón las enseñanzas de los padres dominicos del convento de San Macos de Florencia, donde su padre lo llevaba para que recibiera su formación cristiana, comprendió que la verdadera sabiduría se hallaba más arriba de las cosas del mundo, de esas cosas de las que dirá que son todas “vanidad de vanidades”. Deseó la verdadera sabiduría, la pidió y la buscó y la verdadera Sabiduría se le reveló en Cristo crucificado.

Cuando el joven Felipe cumplió los diecisiete años, su padre lo envió a casa de su tío Rómulo, en San Germán, cerca de Montecasino, a buscarse un porvenir en los negocios de su tío. Fue en el trabajo del comercio donde descubrió en la propia experiencia que el vivir solamente dedicado al dinero no podía hacerle amar más a Jesucristo sino más bien lo contrario.

Cuando salía del trabajo buscaba la soledad para poder estar a solas con Dios en el silencio y, movido por la Providencia, encontró una pequeña capilla en la costa cercana a Gaeta, construida dentro de la grieta abierta por un terremoto en el mismo momento en que el Señor moría en la Cruz y en el que el velo del Templo se rasgaba. En el interior de esta capillita sólo se encontraba un crucifijo, pero allí encontró Felipe su Cielo. Es posible que se imaginase que esa grieta era el costado abierto del Señor y que la capillita fuera su Sagrado Corazón. Quizá estar allí fuese para Felipe como estar escondido en el Corazón de Dios. Lo que está claro es que allí pasaba largas horas en soledad meditando la Pasión de Jesús y que allí fue donde tomó la decisión de consagrarse a Dios apartándose totalmente de las vanidades del mundo. Un amor tan grande como el de Jesucristo en la Cruz era lo único consistente de la vida y el responder a ese amor de la misma manera el único sentido de la misma.

San Felipe se dejó guiar por la sabiduría escondida en Cristo crucificado aprendiendo en Él a amar: amando lo que Cristo amó dese la cruz y despreciando lo que Cristo despreció desde la cruz.

La sabiduría se le insinuó atrayéndole hacia ella, pero Felipe sabía que si quería que la Sabiduría abriese el cofre de sus misterios divinos debía amarla y desearla más que a nada y a nadie en este mundo, que por ella debía dejarlo todo. Esta sabiduría se llama Jesucristo, por quien dejó atrás la vida de riqueza, honra, bienes y amor familiar que podría haber tenido (mujer e hijos, la herencia de su tío, la honra del honorable apellido de su padre, etc.) Todo lo juzgó de valor insignificante comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, aquél que le amó y se entregó por él.

En esta capillita de Gaeta siente la llamada de Dios de dejarlo todo atrás y marchar a Roma a vivir como un eremita.

En Roma encontró a su paisano Galeotto Caccia, que le acogió en su casa. Se dedicó totalmente a la oración, las peregrinaciones por Roma, la penitencia y la educación de los hijos de su anfitrión.

Tras diez años viviendo así, hallándose en las catacumbas de San Sebastián, la noche de Pentecostés de 1944, recibió en su pecho el Fuego que arde en el Corazón de Dios.

Habiendo conocido la grandeza del amor de Jesucristo crucificado en la capillita de Gaeta, pidió poder responder a ese amor amando de la misma manera. Diez años insistió en su oración ardiente hasta que El Señor le envió su Espíritu Santo para hacer realidad sus ardientes deseos. El Señor siempre escucha las peticiones buenas que le hacemos desde el corazón, con verdaderos deseos, no escucha lo que son sólo palabras. El día que San Felipe más lo deseaba, que más ensanchado tenía su corazón por el deseo de recibir los dones del Espíritu Santo y amar así más, el Señor se lo concedió. Una llama del Corazón de Dios que entró en su pecho y le transformó.

Felipe había alcanzado del Espíritu Santo su misma fuerza para poder amar con perfección como él había pedido muchas veces. Tenía la fuerza que le ardía en el corazón. Pero en sus años de eremita por Roma había descubierto una cosa: “no se está totalmente entregado a Dios si no le entregamos también nuestra voluntad por medio de la obediencia; “la obediencia es el verdadero holocausto que se sacrifica a Dios en el altar de nuestro corazón”.

Por ello buscó obedecer siempre. Primero a Dios y después también a los hombres en lo bueno.

Un ejemplo de la obediencia de Felipe fue el siguiente. Cuando habían fundado la cofradía de la Santísima Trinidad de los Peregrinos y Convalecientes y tenía un grupo de discípulos a su alrededor que crecía cada vez más el Padre Persiano Rossa, confesor de Felipe, le manda ser sacerdote para atender mejor a la gente. Felipe obedeció sin rechistar, a pesar de que no entraba en sus planes de futuro el Orden sagrado.

Siendo sacerdote deseó ardientemente ser misionero en las Indias y allí morir mártir por Cristo. Pero en contra de su voluntad supo de Dios que sus Indias serían Roma. Igualmente obedeció, llevando un sacerdocio muy distinto al que hubiera imaginado.

Tampoco quiso fundar ninguna congregación en la Iglesia, pero los planes de Dios eran diferentes y él humilde Felipe obedeció.

También obedeció cuando tuvo que abandonar la habitación que tenía en San Jerónimo, toda ella llena de recuerdos y experiencias, para marchar a la Vallicella con los demás padres del Oratorio.

También tuvo que aceptar y ver con mirada sobrenatural la decisión del Papa de elegir a su querido Francisco María Tarugi obispo de Avignon, alejándole de él tanto que ni siquiera pudo estar presente en los últimos momentos de su vida, cuando se hallaba en el lecho de muerte. murió sin poderle decir adiós.

Toda la vida de Felipe estuvo dirigida por la obediencia, incluso cuando por falsas acusaciones y sospechas por parte del Cardenal Vicario de Roma, Mons. Rosario, recibió de éste la prohibición de confesar a nadie, realizar la Visita a las siete Iglesias con gente y tener las celebraciones del Oratorio, lo que nosotros llamamos “la Palabra” o “Ejercicios de los sábados”.

Obedeció al ser elegido Superior perpetuo de la Congregación, cosa que no deseaba en absoluto y de la que sólo al final de su vida, por influencia del Papa, pudo librarse. Siendo ya anciano y sabiendo que le quedaban sólo uno o dos años de vida prefirió que otro le sustituyera en el gobierno, pues sabía que la manera mejor de prepararse para morir era vivir en obediencia.

Pero sobre todo obedeció a la Palabra de Dios. La Palabra es la que nos injerta en Cristo, escucharla, creerla y vivirla. La acogió él primero desde bien pequeño y la hizo vida en sí; después la predicó y enseñó. La Palabra, algo tan sencillo, tan simple a primera vista y, en cambio, vivirla nos une a Cristo y nos hace vivir con su misma Vida divina. Es la obediencia a la Palabra la que nos hace estar verdaderamente vivos.

La Palabra nos limpia los pecados, renueva las fuerzas y la ilusión por vencerlos y nos mantiene unidos a Cristo, sincronizados con Él en un mismo latir de corazones y en un mismo ritmo de acciones.

Podríamos seguir mucho más tiempo hablando de la obediencia de San Felipe. Él quiso ser todo de Dios, porque Dios era todo de él y la manera más perfecta la encontró en la obediencia. Como un sarmiento injertado en Cristo, recibió la sabia del Espíritu Santo y se dejó limpiar y mejorar por la mano del Padre a través de la santa obediencia.

Que el Espíritu santo al que esperamos reproduzca en nosotros el mismo milagro de santificación que realizó en San Felipe.

 

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