Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Homilía VII Dom. TO A – 23-II-2020

 Sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo

Hemos escuchado en el Evangelio palabras que, por muchas veces que las escuchemos, nos sorprenden, porque parecen no ser de este mundo. En efecto, no lo son, son la expresión de una vida que viene de Dios. Es la vida nueva que ha traído Cristo a los suyos.
Lo primero que es necesario decir es que no se trata de un programa de orden social o político. En este mundo el padre debe guardar la justicia entre los hijos, y los gobernantes deben asegurar la justicia en la sociedad. El crimen debe ser perseguido y castigado, para defender a los débiles y para que no surja la tentación de la venganza, porque donde los que tienen el poder no aseguran la justicia, surge la venganza. La justicia humana debe estar fundamentada en la verdad del hombre, en lo que es bueno, y eso significa que no está al margen de la Ley de Dios, que habla de qué es bueno para el hombre, siempre y todo lugar, para todo hombre.
Pero el Evangelio de hoy no habla de eso. En este mundo que corre en la historia con sus propias leyes naturales —las que vienen del orden creado—; en este mundo en el que el hombre debe organizarse socialmente conforme a estas leyes naturales, Dios invita a los suyos a algo más alto, a participar de su propia vida. Es la invitación que ya aparecía en la primera lectura: «Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». Pero solo Tú eres el Santo. ¿Cómo, Señor? ¿Cómo podemos alcanzar esa vida que a ti te pertenece en exclusiva?
Jesús es Dios que se ha hecho hombre y ha introducido en este mundo esta vida de Dios. Ahora, desde que Cristo entró en el mundo, desde ese momento, en paralelo a la historia de la vida natural nacida de la creación y a la historia de la sociedad que el hombre organiza bien o mal, en paralelo a esa vida y mezclada con ella, corre la vida que Cristo ya ha introducido en nuestra historia y que algún día asumirá por completo y será perfeccionada. Es la vida que despunta en los mártires, en los confesores, en las vírgenes, en los santos. Es la vida nueva que ha traído Cristo y que se expresa en estas palabras del Sermón del Monte, que tanto nos desconciertan. Es la vida de la santidad de Dios entre los hombres.
El lugar donde esta vida nueva, la santidad de Dios, muestra su verdadero rostro es la cruz de Cristo. Allí muestra el rostro del amor. A la luz de la cruz, aprenderá san Juan que Dios es amor y es Trinidad, que es comunión de amor; a la luz de la cruz, aprenderán los hombres de todos los tiempos que Dios ama al hombre. Este es el rostro de la santidad de Dios.
Y el Sermón del Monte es la invitación de Cristo a que andemos con él este camino que le lleva a la cruz. Pero no se nos propone para imitarlo, ¿quién podría? Lo que nos propone es que lo andemos con él. Está en el monte con los que han ido a escucharlo. ¡Son los suyos! No está en la ciudad hablando a todos, no habla a los que no quieren oírle; habla a los suyos, a los que se complacen en su compañía y en escuchar su palabra. Y a los suyos les propone que vayan con él, que compartan su vida.
«No hagáis frente a quien os agravia». Él es Dios, le agravian los pecados, ¿qué hace? Carga con ellos.
«Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra». Él ha sido despreciado muchas veces, pero aún así se hizo hombre sabiendo que moriría. Y ya a las puertas de la muerte, ¿no vio él las veces que le negaríamos? ¿No vio él la negación de Pedro antes de que llegara? ¿No vio la traición de Judas? ¿No vio de antemano las burlas? ¿No vio de antemano la frialdad de nuestra alma? ¿Qué hizo? Ofreció todo su cuerpo al escarnio, y no solo el cuerpo, también dejó que entrase el oprobio en el alma.
«A quien te quiera quitar la túnica, dale también el manto». Y él ha dejado que lo desnuden y lo despojen por completo y lo expongan en la cruz, sufriendo la vergüenza de la desnudez.
«Quien te requiera para andar con él una milla, acompáñale dos». Él ha compartido todo nuestro camino, hasta la tumba, hasta el hades; por eso rezamos en el credo: «y descendió a los infiernos».
«Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen». Lo hizo en la cruz y en esa misma cruz siempre presente en el sacrificio de la Misa sigue amando a los lo odian y sigue ofreciendo su sangre por la salvación de los hombres, por nuestra salvación.
Cuando a nosotros nos propone este camino no nos dice que lo imitemos sin más. Eso no podríamos hacerlo. Nos dice que vayamos con él. Él está con nosotros, se nos da como alimento, lo comulgamos, recibimos su gracia en los Sacramentos, recibimos su Espíritu, el Espíritu Santo, «El Espíritu de Dios habita en vosotros», ha dicho san Pablo. Lo hemos recibido realmente en el bautismo y en la confirmación. Es decir, estamos unidos a él y él nos regala su vida. Nos invita no a que le imitemos, sino a que participemos de la vida que nos trae y andemos con él su camino.
Por otro lado, ¿cómo podremos estar unidos a quien nos ama si no compartimos su vida? Porque una cosa es ser espectador de su vida y otra, bien distinta, compartirla. ¿Qué queréis vosotros? ¿Qué quiere la esposa? ¿Qué quiere el amigo? ¿Ser espectadores? ¿Qué quiero yo? ¿Queréis ser espectadores de la vida de Cristo o queréis estar con él? Esta es la pregunta que debo responder: ¿quiero ser espectador del amor de Cristo o participar de ese amor? ¿Quiero ser espectador de la vida de Cristo o participar de su vida y estar con él?
Antes he dicho que se nos da el Espíritu Santo en el bautismo y en la confirmación, ¿sabéis para qué? Para participar de la Eucaristía, y la Eucaristía es comunión con la muerte de Cristo, esto es, con el amor de Cristo. Vuelvo a la pregunta: ¿Qué quieres: ser espectador de la vida de Cristo o estar con él?

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del 23 de febrero de 2020
VII Domingo del TO, cilco A
En la iglesia de las Bernardas
P. Enrique Santayana
Oratorio de san Felipe Neri
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2020-02-24
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