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 XXVII Dom. TO A – 4, X, 2020
Homilía para los de casa

«La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular»

«Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña»; «voy a cantar por mi amigo el canto de su amor por su viña». La traducción del primer versículo de Isaías es algo incierta, pero tras todas las posibilidades del texto aparece con claridad el amor como el principio de una historia: el amor de Dios por su Pueblo. Este amor origina una historia y el canto narra los cuidados del que ama y los desprecios del que es amado. Es lo primero que querría destacar: en el principio de todo está el amor de Dios, nada precede a este amor originario.
En el planteamiento del canto hay también un artificio literario destacable. Comienza como si hubiera varios personajes: por un lado, el dueño de la viña y la viña misma; por otro lado, quien canta el amor y también aquellos que escuchan la canción, a los que se les pide un juicio: «Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mi viña y yo». Pero ya aquí se desvela el artificio, porque en realidad solo hay dos personajes, uno frente al otro: Dios y su Pueblo. Dios, que habla de su amor originario y de las obras que este amor ha desarrollado en la historia; y el Pueblo amado, a quien se dirige directamente, su interlocutor, los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, que han despreciado el amor y ahora se ven convocados en juicio. Tras el artificio literario inicial, solo quedan dos personajes: Dios y su Pueblo, frente a frente.
 
La vida, como este artificio, nos lleva a este momento ineludible, nos enfrenta con nuestro Creador y Redentor. La Iglesia como Cuerpo y cada uno de nosotros personalmente estamos ante Dios. Y esta es una verdad religiosa fundamental. He aquí los principios de la Religión: el del amor que es inicio y origen de todo, y la verdad de que estamos ante él. En esta vida que tiene como origen su amor, Él es nuestro verdadero interlocutor, no hay otro. Tras el velo de las cosas, tras el ajetreo y la inquietud de  los acontecimientos, solo Dios permanece como nuestro interlocutor. Estamos ante él. Y el amor que nos ha creado y nos mantiene ante él es la única verdad que da consistencia a las cosas y a la historia. Nada existiría sin este amor, la historia no iría adelante sin este amor. El diálogo en el que nuestro Creador nos ha puesto es la única justificación de la existencia del universo y de la historia. Podemos darnos cuenta o no de esta verdad durante la vida, pero al final todo será claro: Dios y su Pueblo frente a frente; Dios y la Iglesia frente a frente. Dios y cada hombre frente a frente.
 
El tercer elemento fundamental del canto de Isaías es el juicio. El amor que requiere al hombre es también un juicio. A veces imaginamos el amor de Dios como un amor sin interlocutor, como si el amado fuese solo un espectador. ¡Eso no es un amor real! ¡No es una verdadera relación de amor! De las relaciones marcadas por el amor que conocemos ninguna es así. Al contrario, requieren respuesta y son dinámicas: la amistad se ofrece y se acoge y se hace crecer o lo contrario; el amor paterno suscita el amor filial; el amor del esposo requiere el amor de la esposa. De igual forma, el amor de Dios ha creado al hombre como su interlocutor entre todos los seres del universo y requiere respuesta. Así, el amor con que es amado se convierte en el juicio del hombre. El destino del hombre se decide ante este amor: «Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Jn 3,19). El amor mismo se convierte en juicio y dicta sentencia al ser correspondido o al ser olvidado. Y la sentencia del olvido del amor es la incapacidad para generar vida, la esterilidad, la muerte. Por eso, el presente de la Iglesia y el presente de cada uno es un juicio anticipado. Isaías iluminó con este juicio el presente de Israel que él vivió. Nosotros debemos mirar nuestra situación con esa misma luz. La esterilidad de la Iglesia o de nuestra propia alma son una sentencia: «Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, […] sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial».
 
Vamos al Evangelio. Continúa la polémica entre Jesús y los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, que Mateo sitúa después de la entrada mesiánica de Jesús a Jerusalén y de la purificación del Templo.
Cuando Jesús inicia la parábola, «había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…», hace resonar el canto de Isaías. Sus oyentes lo conocen, saben bien que en aquel canto es Dios quién se enfrenta con Judá y Jerusalén. Por tanto, es un momento cargado de seriedad. Jesús sigue el mismo artificio de Isaías y empieza una parábola con varios personajes, pero, al final, quedan solo los jefes de Israel que le escuchan y él mismo que se presenta como hijo.
Todo confluye en él, no ya el hijo de un propietario ficticio, sino el Hijo de Dios, presente ante ellos. La narración de la parábola dirige la atención sobre el Hijo y la decisión que madura en el corazón de los interlocutores: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». El amor de Dios llega a su plenitud en la entrega de su Hijo y el desprecio de Israel llega a la aniquilación de todo amor, a la muerte de Dios. La gran diferencia de la parábola de Jesús con el canto de Isaías es que aquí el drama se va a realizar muy pronto en la carne de Cristo, el amor de Dios llega a un extremo y a un «realismo inaudito»[1]. En la humanidad de su Hijo, en la cruz, el amor llega hasta el final, pero también llega hasta el final el desprecio de quien es amado. Y ese realismo de su entrega y del juicio que provoca se prolonga ahora para nosotros en el sacrificio de la Eucaristía, que es el mismo y único sacrificio de la cruz.
Antes he dicho que el amor mismo dicta sentencia al ser correspondido o despreciado. Ante la imagen del Hijo de Dios muerto entregado realmente en la cruz esto se hace aún más evidente. El mismo amor que nos redime, que nos eleva y que nos convierte en interlocutores suyos, es el que nos juzga. Desde luego que el desprecio total del amor tiene su condena: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Pero aquí aparece la segunda gran diferencia de las palabras proféticas de Jesús con respecto al canto de Isaías. Ante la ingratitud, Isaías solo contemplaba la condena. En el Evangelio la condena también está, pero se perfila una nueva creación que va adelante porque el amor que se entrega a la muerte es demasiado grande y se ha convertido, conforme a la providencia de Dios, en un nuevo principio, en la oferta del amor más grande que permanece tras la resurrección: la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular.
«¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
 
Ahora estamos nosotros ante este amor, como Iglesia, como Congregación, y como un yo personal que no puede evadir una respuesta ante este amor. El amor está en el origen de la creación y de la historia salvífica que llega hasta nosotros, se nos ofrece como nuestro verdadero bien y, al tiempo, nos juzga. No estamos ante una ley, no estamos ante unas obligaciones morales, ni ante unos trabajos que debemos hacer por Dios durante la vida. Estamos ante aquel amor que da valor y juzga nuestra vida. Más allá de toda circunstancia política, más allá de toda contingencia, lo verdaderamente real y decisivo es que estamos ante el Hijo de Dios hecho hombre y crucificado que nos ama, que concierne nuestro corazón, el Único que realmente lo conoce y lo toca, que nos llama y requiere la respuesta de nuestra libertad: el asentimiento de la fe y la entrega del corazón. El fruto de nuestra vida depende de la respuesta al amor que nos precede y nos llama. Pero no busquemos el fruto, busquemos a Aquel que nos ama. El fruto nace del amor, como los hijos nacen del amor.
 
 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.

Archivos:
Homilía del 4 de octubre de 2020
para los de casa
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares.
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2020-10-06
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[1] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 12