Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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Hora  Santa: Modelo 1

Señor mío y Dios mío,

bajo la mirada amorosa de mi Madre,

me dispongo a acompañarte

por el camino del dolor,

que fue precio de mi rescate.

Quiero sufrir todo lo que Tú sufriste,

ofrecerte mi pobre corazón, contrito,

porque eres inocente y vas a morir por mí,

que soy el único culpable.

Madre mía, Virgen dolorosa,

ayúdame a revivir aquellas horas amargas

que tu Hijo quiso pasar en la tierra,

para que yo, hecho de un puñado de lodo,

viviese al fin

en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

 

1º. La oración en el huerto

Jesús, el Señor, después de la "Ultima Cena", desciende con sus apóstoles, llenos de miedo, desde Jerusalén, por el valle de Josafat, hasta el torrente Cedrón y desde allí sube hasta el monte de los Olivos, lugar donde solía pasar la noche con sus discípulos cuando acudían a Jerusalén, lugar, por tanto, bien conocido por ellos, también por Judas, que los había dejado después de la cena para ir a vender a su Maestro. Deja a ocho de sus apóstoles en el huerto de Getsemaní y les dice: "Sentaos aquí mientras que voy allá a orar", "pedid que no caigáis en tentación", y se aleja un poco del grupo.

Y, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, puesto de rodillas, comienza su oración sintiendo pavor y angustia. Por tres veces ora a su Padre diciendo: "Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya", refiriéndose a los sufrimientos que, por amor a los hombres, habría de soportar.

Tanta angustia llega a sentir que les dice a Pedro, Santiago y Juan: "Mi alma está triste hasta el punto de morir: quedaos aquí y rezad conmigo", pero los tres se duermen. Y añade S. Lucas: "Sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra." Se levanta y ve que sus discípulos no han podido velar con Él ni una hora y se han dormido.

Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: "Sentaos aquí, mientras yo hago oración."Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: "Mi alma está triste hasta el punto de morir: quedaos aquí y velad." Y adelantándose un poco caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de Él aquella hora. Y decía "¡Abba, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú." Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: "Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu  está pronto pero la carne es débil." Y alejándose de nuevo oró diciendo las mismas palabras. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle. Viene por tercera vez y les dice: "Ahora ya podéis dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡vámonos! Mirad, que el que me va a entregar está cerca."

 

Meditación:   Jesús ora en el huerto: ¡Padre mío, Abba, Padre!

Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimientos. Me ama con ternura, aún hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre ... Y yo que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

Constituirá una señal cierta de que soy hijo suyo, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: ¡Padre mío, Abba, Padre, ... hágase lo que tú quieres!

 

Canto: Déjame estar contigo, déjame estar aquí,

y echar en el olvido todo lo que viví.

Déjame estar contigo, y descansar al fin,

que tu presencia amigo, es vida para mi.

Déjame estar contigo, así quiero vivir,

que tengo por perdido lo que pasé sin ti.

Déjame estar contigo, para llorar y reír,

las piedras del camino no me podrán herir.

Déjame estar contigo, quiero quedarme aquí,

tu corazón y el mío serán sólo un latir.

Déjame estar contigo, así quiero morir,

que tú eres mi destino y tengo sed de ti.

Déjame estar contigo, aunque haya que sufrir,

que ya probé tu vino, y de tu pan comí.

Déjame estar contigo, y hacerte sonreir,

que es tarde y hace frío, déjame estar aquí.

Déjame estar contigo, quiero olvidarme a mí

y quedarme dormido, sentado junto a ti.

 

2º. El prendimiento

Cuando todavía está hablando Jesús, llega Judas con los guardias enviados por los sumos sacerdotes,  los escribas  y los ancianos con antorchas, espadas y palos. Jesús se deja besar por Judas y prender  por los guardias como un vulgar ladrón.

San Pedro entonces saca una espada y hiere al siervo del Sumo Sacerdote, llamado Malco, y le corta la oreja. Jesús reprende a Pedro y cura la herida del siervo.

Todos los Apóstoles huyen corriendo y Jesús, abandonado por todos los suyos, es llevado atado otra vez hacia Jerusalén:  ladera abajo hasta el torrente Cedrón y luego cuesta arriba hasta la casa de Anás, ya dentro de la ciudad, para ver qué hacían con Él. Pedro y Juan le seguían de lejos.

Todavía estaba hablando cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: "¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!" Viendo los que estaban con Él lo que iba a suceder, dijeron: "Señor, ¿herimos a espada?" y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: "¡Dejad! ¡basta ya!" Y tocando la oreja le curó.

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra Él: "¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo con vosotros no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas."

 

Meditación:  "Llega la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores."

Entonces, ¿el hombre pecador tiene su hora? ¡Sí, y Dios su eternidad! ... ¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner.

- Atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille...  Porque (no hay término medio) o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne.

 

Canto:

Era un árbol quemado

y partido por un rayo

que no sirve para nada,

ni de madera, ni de llama.

Era un bosque incendiado

y dormido para siempre

en la arena y la ceniza,

así era mi Señor.

Sin voz, ni belleza;

clavado y despreciado;

derrotado e impotente;

crucificado.

Como agua derramada

o flores pisoteadas

que no sirven para nada,

así era mi Señor.

Quién creerá la noticia,

Él era nuestro regalo

se nos marchitó en las manos,

despreciado y olvidado.

Azotado, indefenso;

sin brillo, desfigurado;

humillado, escupido;

crucificado.

 

3º. El juicio de Jesús.

Llega Jesús, atado y custodiado por los guardias, a la casa de Anás. Pedro, acompañado por Juan, llega detrás y entra en el patio de la casa. Pedro niega, por primera vez, ser discípulo de Jesús. A Jesús le hacen un primer interrogatorio y lo abofetean.

De la casa de Anás lo llevan a la casa de Caifás, suegro del anterior y el Sumo Sacerdote aquel año. Allí le vuelven a interrogar. Se burlaban de Jesús, le golpeaban, le cubren a cara, le dan bofetadas y le dicen con mofa: "Adivina quien te ha pegado". Mientras tanto, Pedro, fuera, ha vuelto a negar a su Maestro dos veces más. A Jesús le sacan fuera de la casa para llevarlo hasta el procurador romano, Poncio Pilato, entonces Jesús mira a Pedro, canta el gallo y Pedro llora amargamente. Ya era de madrugada.

Ante Pilato, los judíos acusan con mentira a Jesús. Pilato lo examina una y otra vez pero no encuentra culpa en Él, digna de algún castigo. Pilato, enterado de que Jesús era de Galilea, queriendo eludir su responsabilidad, lo manda a Herodes, tetrarca de Galilea.

Herodes después de burlarse largamente y despreciar a Jesús, que no responde a ninguna de sus preguntas y burlas, lo devuelve a Pilato.

Mientras tanto, ya entrada la mañana, los jefes de los judíos, escribas, ancianos y sacerdotes, han soliviantado al pueblo para que se reúna alrededor del pretorio, donde Pilato ha de dar sentencia, y pida la muerte de Jesús. Pilato intenta contentar a los judíos mandando azotar a Jesús. Los soldados lo atan a la columna, lo desnudan, lo azotan con látigos, hacen una corona de espinas y se la encajan en la cabeza, le ponen una caña en la mano y le cubren con uno de sus viejos y sucios mantos de color púrpura, se ríen de Él, le cogen la caña de la mano y le golpean en la cabeza, haciendo que la corona de espinas se clave aún más en la cabeza del Señor.

Pilato saca fuera a Jesús coronado de espinas y vestido de grana y, en presencia de todos, dice: "Ahí tenéis al hombre." Los sacerdotes y los guardias gritan: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" Pilato hace entrar a Jesús en el pretorio y continúa el interrogatorio. De nuevo hace salir a Jesús y dice a todos: "Aquí tenéis a vuestro Rey." Pero el pueblo vuelve a responder: "¡Fuera, fuera! ¡crucifícalo, crucifícalo! ... ¡No tenemos más rey que el César!" Entonces Pilato se lo entrega para que lo crucifiquen.

 

A) Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la ajustaron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: "Salve, Rey de los judíos." Y le daban bofetadas.

Volvió a salir Pilato y les dijo: "Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él." Salió entonces Jesús fuera llevando una corona de espinas y el manto de púrpura. Les dice Pilato: "Aquí tenéis al hombre."

Meditación:  "Aquí tenéis al hombre."

El  corazón  se  estremece  al  contemplar  la  Santísima  Humanidad  del  Señor hecha una llaga.

"Y entonces le preguntarán: ¿qué heridas son esas que llevas en tus manos? Y él responderá: son las que recibí en la casa de aquellos a los que amo."

Mira a Jesús. Cada desgarrón es un reproche: cada azote es un motivo de dolor por tus ofensas y las mías.

 

Canto:

Oveja perdida ven, sobre mis hombros

no sólo tu pastor soy, sino tu pasto también.

Por descubrirte mi amor cuando balabas perdida,

dejé, en un árbol mi vida.

Donde me subió el Amor, (bis)

donde me subió el Amor, a tu Vida.

Si quieres prenda mayor,

mis obras hoy te daré,

pues tuyo soy, hoy al fin, sin medida. (bis)

Cuál dará mayor asombro

que el traerte yo en mi hombro

o el llevarme en tu pecho hecho tu vida. (bis)

Prenda son de mi amor loco,

y aún los más ciegos lo ven,

mírame, mírame.

 

B) Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" Les dice Pilato: "Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él." Los judíos le replicaron: "Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios."

Cuando Pilato oyó estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: "¿De dónde eres tú?" Pero Jesús no le dio respuesta. Le dice Pilato: "A mí no me hablas? ¿no sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?" Respondió Jesús: "No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado desde arriba; por eso el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado."

Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: "Si sueltas a ese no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César." Al oír estas palabras, Pilato hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: "Aquí tenéis a vuestro Rey." Ellos gritaron: "¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!" Les dice Pilato: "¿A vuestro Rey voy a crucificar?" Replicaron los sumos sacerdotes: "No tenemos más Rey que el César." Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

 

Meditación:  "Este es vuestro Rey"

Está para pronunciarse la sentencia. Pilato se burla: ¡Aquí tenéis a vuestro Rey! Los pontífices responden enfurecidos: "No tenemos más Rey que el César."

¡Señor!, ¿dónde están tus amigos?, ¿dónde, tus súbditos? Te han dejado. Es una desbandada que dura ya veinte siglos ....  Huimos todos de la Cruz, de tu Santa Cruz.

Sangre, congoja, soledad y una insaciable hambre de salvar almas ... son el cortejo de tu realeza.

 

Canto: No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

clavado en esa cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera

que, aunque no hubiese cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera infierno, te temiera,

y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Amén.

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