LLAMADA Y COMUNIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo III
III Domingo TO A
25-I-2026
«Venid en pos de mí» (Mt 4,19)
Cuando los descendientes de Abraham vinieron de la esclavitud de Egipto y se establecieron en la tierra de la promesa, el territorio se distribuyó entre las doce tribus de Israel, los descendientes de los doce hijos de Jacob. Pasados los siglos, tuvieron su primer rey, Saúl, luego David y luego Salomón. Pero el pecado dividió en dos el reino de las doce tribus. El pecado, que nos separa de Dios, siempre conlleva división: en una nación, en una familia, entre los amigos. Debilitados y divididos, las tierras del norte, que correspondían a las tribus de Zabulón y Neftalí, fueron las primeras en sufrir las invasiones y las deportaciones de los asirios. Y, al ser “vaciadas” de su población hebrea, pueblos extranjeros las ocuparon, por eso Isaías la llama «Galilea de los gentiles»[1]. Antes del nacimiento de Jesús, Galilea había recuperado bastante el carácter israelita. Pero a los ojos de los de Judea, Galilea seguía siendo un pueblo poco recomendable, «Galilea de los gentiles».
En el tiempo siguiente a las deportaciones sufridas en los territorios de Zabulón y Neftalí, Dios hizo surgir al profeta Isaías. Era un sacerdote culto y aristócrata del templo de Jerusalén, donde aún se guardaba el arca de la Alianza, el corazón de lo que había sido un único reino. Desde allí, Isaías, convertido en la voz de Dios, se dirigió a sus hijos desgraciados del norte y les anunció una luz: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Con esas mismas palabras, Mateo presenta a Jesús: él es la luz divina que viene a iluminar a los que viven en tinieblas a causa de sus pecados, que brilla para los que habitan en tierra y en sombras de muerte. Jesús comienza su vida pública justamente allí, en Galilea, en la tierra donde había comenzado el olvido de Dios, en aquella tierra que se había separado de Judá, la primera que había experimentado las deportaciones, la tierra donde hay hijos de Abraham, sí, pero también gentiles, extraños al pueblo de Dios. Allí, en Galilea, «comenzó Jesús a predicar: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”». Allí mismo donde se había iniciado la destrucción del Pueblo de Dios, inicia Cristo su restauración. Y lo hace no por la fuerza de la violencia, no por la seducción del poder o de la riqueza, sino con la sola fuerza del amor que llama al corazón: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Jesús viene de ser bautizado en el Jordán, de ser ungido por Dios con el Espíritu Santo, como el Mesías Rey. Como rey, pero con el solo poder de su amor y de su palabra. ¡Un corazón que llama al corazón! Aquí está toda la debilidad y, a la vez, toda la fuerza de la obra de Cristo, y aquí el momento en el que nuestra decisión se hace protagonista, en el que todo depende de nuestra respuesta, de mi respuesta. Aquí está el Salvador y el hombre, libre, ante él.
Todo tiene como fundamento una llamada, la primera palabra para establecer un diálogo, la primera palabra para establecer una relación de amistad. Pues bien, esta llamada, que se dirige a todos, se convierte para algunos en una llamada muy particular. Hemos escuchado cómo Jesús llama a Simón y a su hermano Andrés, a Santiago y a su hermano Juan, para que lo sigan. Dejan todo, su trabajo con la barca y sus proyectos y van, ¿dónde?, ¿a hacer qué? Por ahora, todo lo que saben y todo lo que tienen que hacer es seguir a Jesús. Ese va a ser a partir de ahora el contenido de sus días y de sus horas: seguir a Cristo, ir detrás de él. Nosotros sabemos que estos cuatro serán los primeros de los doce apóstoles. ¡Doce, por las doce tribus de Israel! De forma consciente, Cristo está reconstruyendo la unidad del Pueblo de Dios, está reuniendo a los hijos de Israel, dispersos por el pecado. Empieza en Galilea, porque en Galilea había empezado la destrucción de la unidad. Empieza en Galilea, porque desde el principio tiene la voluntad de injertar en el viejo pueblo de Dios a los gentiles. Empieza allí y termina en Jerusalén, la ciudad del Templo y del Mesías. En Jerusalén, se renovará la alianza que había constituido a Israel como Pueblo, pero ahora será una alianza nueva, porque es siempre actual, y una alianza eterna, que nada podrá arruinar, y una alianza universal: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados». Lo que empieza en Galilea se lleva a término en la cruz. Y desde allí, la comunión amorosa establecida por Cristo en la cruz, se extenderá por el mundo entero: la Iglesia Universal, el nuevo Israel.
Hay tres cosas importantes en lo que venimos diciendo. En primer lugar, todo nace y todo se sostiene en una llamada personal, de corazón a corazón. En la vida cristiana nada se interpone entre Cristo y yo, entre Dios y el alma. Cristo se acerca, llama a cada uno, uno por uno, y cada uno responde.
En segundo lugar, es una llamada universal. Todos son llamados. Solo la negativa personal a escuchar a Cristo, la negativa a su llamada, nos excluye.
Y, en tercer lugar, es una llamada a la unidad de un único pueblo. Ya lo he dicho: la vida cristiana es una relación personal: Cristo y yo, Dios y yo, pero en el interior de un pueblo que él se ha esforzado por formar y de estructurar sobre los apóstoles. La comunión con Cristo es una vida de comunión en la Iglesia Una, en la Iglesia Apostólica. Y la ruptura de la unidad es un pecado contra Dios. Y los atentados contra la unidad son pecados contra Dios. Las tentaciones de romper la unidad son constantes en la historia de la Iglesia, y hoy parecen más fuertes que nunca. San Pablo no hizo más que extender esta unión personal con Cristo, que es lo mismo que la comunión en la Iglesia, pero las tentaciones contra la caridad y contra la unidad siempre acechan. Hasta Corinto, una ciudad griega, había llevado Pablo esta comunión, ve que el pecado contra la unidad acecha, y ruega a los corintios, se lo suplica, en nombre de Cristo, en nombre de quien en su sangre ha establecido la nueva Alianza: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?»
Quiero terminar con esto: las debilidades que vemos unos en los otros, los pecados o los errores que vemos unos en los otros, no pueden ser excusa para romper la unidad de la única Iglesia fundada por Cristo sobre los apóstoles, con Pedro a la cabeza. El pecado de mi esposo no es excusa para romper el matrimonio, ni el pecado de un obispo, de un sacerdote, de un laico, o de una familia, es excusa para romper la comunión. No hay excusa contra la ruptura de la unidad. Pecar contra la unidad y la comunión eclesial significa pecar contra Cristo. Igual que pecar contra Cristo es siempre una herida en la comunión de la Iglesia.
Esforcémonos en lo contrario. Esforcémonos por fortalecer nuestros vínculos personales con Cristo, con lo oración y los sacramentos. ¡Nunca la oración ni la frecuencia de los sacramentos es excesiva! Dejemos que él penetre en nosotros hasta nuestra propia y particular Galilea, allí donde se mezcla el germen divino y nuestras propias debilidades. Y, al tiempo, esforcémonos por favorecer la vida común. Lejos de escandalizarnos de los errores o los pecados de los otros, soportemos y llevemos unos los pecados de los otros por amor, por amor de aquel que soporta y lleva el pecado de todos y a todos llama a él.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del III domingo del tiempo ordinario, ciclo A,
25 de enero de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
25 de enero de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
[1] La expresión vuelve a aparecer en la Biblia siglos después, con un tono despectivo, cuando Galilea se alía con los enemigos de Judá (Cf. 1 Mac 5,15).
EL CORDERO, EL HIJO
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo II
II Dom. TO A
18-I-2026
«Es el Hijo de Dios» (Jn 1,34)
En los evangelios, Juan el Bautista siempre aparece en relación con Jesús, referido a Él, lo que se acentúa aún más en el cuarto evangelio. El Bautista es el que da testimonio de Jesús. La primera vez que aparece dice: «Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz» (Jn 1,6-8) La segunda vez: «Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”» (Jn 1,15). La tercera ocasión viene introducida así: «Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?”» (Jn 1,19). Y el propio Bautista dando muy poca importancia a quién es él y qué hace, solo dice «yo no soy»: yo no soy el Mesías (Jn 1,19), yo no soy Elías, yo no soy el profeta (Jn 1,20). Es la negación del «yo». Y al final: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: “Haced recto el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías […] Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia». Tras estas palabras dará su testimonio definitivo, lo que da razón de su existir y de su ministerio. Vayamos a ese testimonio definitivo y solemne del Bautista.
Primero, dice de Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». En esta sola frase el Bautista declara de forma profética lo que Jesús va a hacer por nosotros. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el cordero redentor, el cordero inocente que carga con el pecado de los culpables, el cordero cuya sangre preciosa será derramada para lavar nuestra culpa, el cordero que se va a ofrecer en sacrificio, la víctima eucarística. Este es Jesús para:para los hombres, para nosotros, para mí. El testimonio del Bautista junto al Jordán resuena en nuestros labios junto al altar de la Eucaristía: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Con ello decimos el sorprendente servicio que nos hace Jesús: llevar nuestras cargas, asumir las consecuencias de nuestros pecados y conseguir nuestrasantificación. Es el servicio que nunca podré pagar. Es el servicio que me avergüenza, como me avergonzaría que un amigo tuviese que afrontar una pena de cárcel por un delito mío; y, al tiempo, es el servicio que me llena de orgullo, porque indica en qué grado altísimo me ama. Es el servicio que me llena de confusión, al descubrir las consecuencias reales de mi pecado; pero que también me llena de gozo al ver un amor por mí más fuerte que la muerte. Es el cordero manso que vence la muerte y vive para siempre, ante cuya visión gloriosa los ángeles claman: «Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5,12). Es Cristo en la cruz, Cristo en la Eucaristía.
Pero con esta afirmación sobre lo que es Cristo para nosotros, el Bautista aún no ha dicho lo decisivo. Porque el valor de la obra de Cristo, que su vivir y su morir sean fuente de salvación para nosotros, dependen de quién es él. Los evangelios nos muestran que, ante la persona de Jesús, ante sus milagros y ante el poder y la autoridad con la que actúa, la gente se pregunta: «¿Quién es este?» Los discípulos también se lo preguntan, y el propio Jesús se los pregunta a ellos: «¿Quién decís que soy yo?». La vida de los discípulos consiste en aprender quién es Jesús. Es curioso que al final del evangelio de san Juan, en la última aparición del Resucitado, se dice lo siguiente: «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor» (Jn 21,12). Después de tanto tiempo con él, por fin saben que «es el Señor». Es una afirmación con un doble sentido: identifican al resucitado con su Jesús, su maestro, y a este Jesús con Dios. El resucitado es Jesús, con el que hemos convivido, al que hemos visto morir, y es Dios. La vida de los Apóstoles ha consistido en aprender quién es Jesús.
Volvamos al evangelio de hoy. Juan comprende, con la luz que solo Dios puede poner en la inteligencia, quién es Jesús para nosotros, el que viene a morir en nuestro lugar, el cordero. Pero, sobre todo, comprende el misterio más profundo de su ser, quién es: Jesús ha recibido el Espíritu de Dios y este Espíritu permanece en él. Este Espíritu es el amor de Dios y, por tanto, Jesús, que lo recibe, es el amado del Padre, es el Hijo: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios». Estas son las palabras decisivas que dicen quién es Jesús. Cuando Jesús pregunte a los suyos «vosotros, ¿quién decís que soy yo», Pedro responderá: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Es la verdad decisiva sobre Jesús. Adentrarnos en este conocimiento de la persona de Cristo es adentrarnos en la bienaventuranza, en el Misterio de Dios, el misterio de un amor trinitario, para el que hemos sido creados. Y por esto Pedro recibe esta respuesta: «Bienaventuradoeres tú, Simón, hijo de Jonás porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Al decir que es el «Hijo de Dios» expresamos el misterio insondable del ser divino de este hombre singular y único, vivo y real. Es un misterio de amor, porque la filiación divina pertenece al misterio de amor que es la Trinidad.
Pues bien, nuestro aprendizaje cristiano consiste en adentrarnos en el conocimiento amoroso de Jesús, en conocerlo a él, participar de su vida y su misterio, de su ser Hijo Único. Por eso la pregunta sobre quién es él recorre todo el Evangelio. Es la búsqueda no de la inteligencia sola, sino de la inteligencia, de la voluntad, del afecto… del corazón, del hombre entero. Es el conocimiento amoroso de alguien real y vivo. Conocerle a él es el gran objetivo de la vida. Y solo se le conoce siguiéndolo, pasando el tiempo con él mientras le escuchamos y le contemplamos, mientras nos esforzamos en seguir su paso cuando perdona, cuando reza, cuando deja atrás el cansancio para seguir adelante y llevar la salvación a otro pecador. Se le conoce siguiéndole, suplicando su ayuda cuando nos quedamos atrás, dejando que su amor nos recree y nos una a él en su entrega, un día tras otro, hasta llegar al final en la cruz. Conocerlo es amarlo y participar de su vida. San Pablo no buscaba otra cosa, y cuando escribe desde la cárcel, se expresa así: [Solamente quiero] «conocerle a él […] y participar de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,10-11), porque alcanzar la resurrección significa estar con él para siempre, estar con Cristo.
El testimonio de Juan: «Este es el Hijo de Dios», es la indicación que se nos hace para que lo sigamos y nos adentremos día a día en el conocimiento de su persona. Porque él trae el perdón y la salvación; porque, al final, la salvación es él mismo, su propia persona, Él mismo es nuestra salvación. No existe otro cielo, otro paraíso, otra vida eterna, que la persona de Jesús, que nos introduce en el Misterio de la Trinidad. El testimonio de Juan es una indicación a poner nuestra atención en Él, a levantar nuestra mirada de nuestro propio yo para adentrarnos en el misterio de la persona de Jesús, el Hijo de Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 18 de enero de 2026, en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares.
II Domingo del tiempo ordinario, ciclo A
II Domingo del tiempo ordinario, ciclo A
Venerable José Rivera - Vida y doctrina III
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Venerable José Rivera - Vida y doctrina III
Mons. Demetrio Fernández González, Obispo emérito de Córdoba
| Ejercicio de los Sábados | |
Tercera charla de Mons. Demetrio Fernández sobre la vida y doctrina del venerable don José Rivera.
Pinche aquí para ver las fotos
Primer día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina I
Segundo día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina II
EL SIGNO DEL ESPÍRITU SANTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: El bautismo del Señor
Bautismo del Señor
11 de enero de 2026
«Se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16)
Jesús es bautizado por el Bautista en el Jordán y en ese momento sucede algo extraordinario. Pero partamos del bautismo que practicaba el Bautista a quien escuchaba su llamada a la conversión, miremos la materialidad del «rito» del Bautista: Juan, metido en el río, sumergía en él a los que se acercaban. Sumergirse, ser abrazado y rodeado por las aguas, nos habla de algo que implica toda la vida y todo el ser de quien se sumerge, desde las cosas más importantes a las más insignificantes. Todo el hombre se sumerge, todo el hombre se entrega. Es verdad que ese sumergirse expresa otras realidades importantes, pero hoy quiero limitarme a esto: el que se sumerge se entrega a esas aguas. Pero, ¿a qué se entrega? Este es el segundo paso: se trata de una entrega por entero, pero ¿a qué? ¿qué simbolizan estas aguas? La palabra que lo resume es “penitencia”. El bautismo «con agua» significa penitencia: reconocimiento del pecado, súplica de perdón, petición de una fuerza divina que nosotros no tenemos para cambiar de vida, más aún, para cambiar el corazón. ¡Eso era el bautismo de Juan! Pero estos aspectos de la penitencia, sobre todo los dos últimos, la súplica del perdón y petición de una fuerza divina que nos salve, que cambie el corazón, es claro que reclama algo más, que no está ni en las aguas, ni en el Bautista, ni en el que se sumerge, algo que está más allá de la penitencia: un don del cielo, un don de lo alto, un don de Dios. Así se muestra que el bautismo de Juan, el bautismo de agua, es preparación, necesaria, pero preparación, de algo más grande. A eso más grande se refería ya el propio Bautista en las palabras que escuchamos el domingo pasado: «El que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”». De estas palabras deducimos dos cosas: que el bautismo de agua preparaba el bautismo de Espíritu Santo. Y que aquel que recibe el Espíritu Santo en plenitud como propio (bajar sobre él y posarse, quedarse) es quien puede bautizar con Espíritu Santo.
Ahora, si el agua ya hemos dicho que significa básicamente penitencia. ¿Qué es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es el amor divino. Un amor que es de Dios, que viene de él y que es, por tanto, perfecto. No hablamos aquí de una imagen humana del amor divino, una participación humana del amor divino, sino del amor divino en cuanto tal, la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, es el vínculo de amor eterno entre el Padre y el Hijo. Ser bautizados, sumergidos por entero, en él, significa ser abrazados e introducidos en el amor de Dios, en el vínculo de amor eterno entre el Padre y el Hijo. ¿Quién puede «tomar» a un hombre y bautizarlo con el Espíritu Santo? Aquel que lo posee como algo propio, y ese es Jesús. «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse [“permanecer”] sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». Jesús no solo recibe el Espíritu Santo, sino que lo posee, permanece sobre él. El Hijo eterno es el poseedor de este Espíritu desde toda la eternidad, pero con la unción de ese mismo Espíritu en el Jordán se expresa la participación de la humanidad de Cristo en la unción eterna del Hijo. Al final, la humanidad de la única persona del Hijo, se convierte en la fuente del Espíritu Santo para los otros hombres. De su humanidad, recibimos los hombres el Espíritu divino.
Consideremos ahora, cómo ha querido la providencia divina hacer que la carne de Cristo, su humanidad, se convierta en la fuente de la efusión del Espíritu para todos los hombres: sometiéndose al bautismo de agua, esto es, a la penitencia. Es lo que vemos en el relato del Evangelio: que Jesús, el Hijo de Dios, se somete al bautismo de Juan. La resistencia del bautista nos muestra lo desproporcionado de este hecho, que el Hijo eterno haya querido hacer penitencia. Pero es que así hace suyo el pecado del hombre, y muestra que el amor divino, eterno entre las personas divinas, se convierte, en la historia, en amor al hombre. Jesús se hace uno con el hombre histórico, con el hombre que existe, el hombre pecador. Jesús se confiesa pecador porque me ha hecho suyo, ha hecho suyo mi pecado, suplica perdón por mí en su propia persona, y espera por mí y para mí el don de lo alto, de su Padre, porque todo lo suyo viene del Padre. Y Dios le da a Jesús, que lleva en él al Adán caído, a todos los hombres, el don de lo alto: el Espíritu Santo. «Apenas bautizado, Jesús salió del agua, se abrieron los cielos y vio que el Espíritu Santo bajaba sobre él en forma de paloma y se posaba sobre Él». Así Jesús une el Espíritu Santo al agua. Une el amor a la penitencia. El amor divino, la vida divina, a la penitencia humilde del hombre pecador.
Por el bautismo de Cristo, por su súplica en nuestra carne, por su virtud, nosotros hemos recibido el perdón y el don sobreabundante de su Espíritu, de la vida divina. Por él, la súplica de perdón por nuestros pecados se convierte en don del amor de Dios, un amor que no muere, un amor que nos lleva al cielo, un amor que nos introduce en la vida de la Santísima Trinidad.
Ahora quiero volver de nuevo a las palabras del Bautista: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». El signo para identificar al Mesías es el Espíritu Santo: «Aquel sobre quien veas bajar…». El amor divino, no cualquier amor bueno, sino el divino, el perfecto, ese amor es el signo que identifica a Cristo. Lo identifica en el Jordán bajo la forma de la paloma, pero lo identifica en el camino de caridad —«pasó haciendo el bien»— que es toda la vida de Cristo, hasta llegar a la Eucaristía y a la cruz. En ese amor nuestro corazón reconoce lo que es más grande que el universo. En el amor perfecto de la Eucaristía, de la cruz, se reconoce a Dios. Casi instintivamente, cuando nuestro corazón se centra ante él, reconoce a Dios. Así no nos extraña que cuando el centurión romano ve morir a Jesús en la cruz dijese en un acto de fe: «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios». Todo amor verdadero tiene algo de divino, pero este amor del Hijo entregado hasta el final por nosotros es la manifestación plena de Dios. Después de recibir este Espíritu, el Padre deja oír su voz desde el cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Y después de morir, la resurrección de Cristo es también la declaración por parte del Padre de que aquel hombre que había muerto en la cruz destrozado y habían enterrado en la fosa era realmente quien decía ser, su Hijo, y había hecho lo que decía que iba a hacer, ser el salvador del mundo entregando su vida, «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», el que daba su vida «en rescate por muchos».
Este misterio de amor es para nosotros. Llega a nosotros y nos envuelve. Tanto en cuanto nos entregamos a una verdadera penitencia, —verdadera por sincera y humilde, no porque sea tremenda en sus exigencias—, nos unimos a Jesús en su bautismo de agua y recibimos de él también el bautismo de Espíritu Santo. Al recibirlo, también nuestra vida queda dirigida con Cristo a la Eucaristía y a la Cruz: para alimentarnos de este amor y para entregarnos con él. Para las dos cosas, que son una. El bautismo y la confirmación preparan para la Eucaristía y el martirio, el testimonio de Dios. Al Hijo se le reconoce por su amor divino, perfecto, hasta la cruz. A los cristianos se les reconoce por la participación de este amor. Alimentar nuestra alma del amor que vence la muerte es una sola cosa con entregar nuestra vida con Cristo, con ser testigos de Dios.
Nuestros hijos, nuestros amigos, los hombres de este mundo que buscan a tientas a Dios a veces sin saberlo, esperan el signo de la presencia de Dios: un amor que llega a la muerte, un amor más fuerte que la muerte. Los que no esperan ni buscan solo podrán ser despertados por la manifestación de ese mismo amor: el amor de Cristo en la cruz, el amor de los mártires, de los santos. Que Dios nos conceda gozar de este amor y vivir y morir amando con Cristo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del Domingo 11 de enero de 2026
Fiesta del Bautismo del Señor
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Fiesta del Bautismo del Señor
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
San John Henry Newman sobre San Pablo
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

San John Henry Newman sobre San Pablo
Padre Enrique Santayana
| Ejercicio de los Sábados | |
Aquí os dejamos las dos homilías completas de san John Henry Newman de las que se habló en los Ejercicios del Oratorio. Están tomadas de la revista NEWMANIANA (nº 60. Julio 2013)”