LEY PERFECTA
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo VI
VI Domingo TO A
15-II-2026
«Una sabiduría que no es de este mundo» (1Cor 2,6)
«Dichoso el que camina en la ley del Señor». El salmo expresa lo que los oyentes de Jesús, judíos, habían aprendido desde niños y llevaban grabado en el alma como gran certeza: que la ley dada por Dios a través de Moisés era perfecta, eterna e inmutable, y la luz más segura para guiarse en la vida. El libro del Eclesiástico hace referencia a este carácter de luz decisiva que tenía la ley: «Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera». Cualquier judío sabía que elegir la obediencia a la ley era elegir la vida, y olvidarla era elegir la muerte. Por eso la ley regía todos los aspectos de la vida y era también el centro de su culto a Dios. El culto giraba en torno al templo de Jerusalén y el corazón del templo guardaba el arca de la alianza; y, hasta que Nabucodonosor destruyó el templo, dentro del arca no había más que las tablas de la ley (1Re 8,9; Cf.: 2Cro 5,19). Después del exilio de Babilonia, al reconstruir el templo, con el arca perdida, allí solo quedaba el recuerdo de las tablas. Ya solo su recuerdo hacía de aquel sitio el Sancta Sactorum, el lugar más sagrado, lugar de la presencia de Dios, separado del resto por un velo que se rasgó cuando Cristo murió en la cruz. Así mostró Dios que su ley, testimonio de la alianza, ya no se guardaba en el templo de Jerusalén, sino en la Eucaristía: memorial de la muerte y de la resurrección de Cristo, el memorial de la nueva alianza, que lo será hasta el fin del mundo: nueva y eterna alianza. Desde entonces, la Eucaristía, celebrada en cualquier lugar, pequeño o grande, pobre o solemne, y llevada en el alma de los fieles que la comulgan, sustituye el arca de la alianza. En cada altar donde se celebra, en cada sagrario, y en cada corazón que la comulga, está presente el sacrificio amoroso, el de Cristo, que inaugura la nueva alianza, centro del culto de la Iglesia, que ordena la vida moral y religiosa de los cristianos. Cuando comulgáis sois más grandes que el templo de Jerusalén, lleváis en vosotros el testimonio de la alianza eterna y la norma que ha de guiar vuestra vida.
Volveremos enseguida a la Eucaristía, pero, para entender el Evangelio, quedaos con la importancia que tenía la ley para los judíos, asumida desde niños como luz de los ojos. Y daos cuenta de lo que hace Jesús en el evangelio de hoy: presentarse como un nuevo Moisés; más aún, como un Moisés más perfecto; más aún, como el Señor de Moisés, es decir, como el mismo Dios del Sinaí que había dado la Ley a Moisés. Mirad cómo ocurre esto: Moisés recibió la Ley de manos de Dios en el monte Sinaí y, después de recibirla, bajó del monte y se la transmitió al pueblo (Cf.: Ex 34,32). Cristo no recibe de Dios la Ley porque él mismo es Dios, y con autoridad divina la proclama a sus discípulos, germen del nuevo Israel, la Iglesia.
Su primera afirmación es que él ha venido no a anular la ley antigua, sino a llevarla a su plenitud. Algunos, falseando el Evangelio, dicen que, frente a la Ley del Antiguo Testamento, dura y exigente, Jesús ha promulgado la ley evangélica, más suave. No es verdad. Él dice: «No he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos».
Cristo no destruye la ley antigua, la perfecciona con la exigencia del amor, que en realidad es una exigencia mayor, la exigencia que nace de la cruz: «amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,14). No hay nada más exigente que este amor que tiene como medida el de Cristo.
Si atendemos a sus mandamientos concretos, vemos con más claridad que lleva hasta el extremo la ley antigua. Así, a propósito del quinto mandamiento, dice: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego». Jesús no solo no aligera el quinto mandamiento, sino que lo lleva hasta el extremo: condena no solo el homicidio, sino la cólera, la ira, las palabras hirientes. Y daos cuenta de esa forma de expresarse: «Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo…». Es lo mismo que decir: «Dios os dijo en el pasado, pero yo, que soy Dios, ahora perfecciono la ley y os digo…». Los judíos que escuchaban esta forma de hablar estaban atónitos viendo a un hombre que hablaba como si fuera el Dios del Sinaí.
Lo mismo ocurre con el sexto mandamiento: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Lleva a su extremo el mandamiento no solo condenando el adulterio, sino la impureza en la mirada y en el deseo que ya concibe el adulterio en el corazón. Y, desde luego, condena como adulterio eso que parece que nosotros toleramos como normal. Condena como adulterio un segundo matrimonio de los divorciados: «y el que se casa con la repudiada —con la divorciada o con el divorciado, diríamos nosotros— comete adulterio». Y lo hace de nuevo con esa fórmula con la que expresa su autoridad divina: «Habéis oído que se dijo, pero yo os digo…».
¿Os parece duro lo que dice Jesús? ¿Es demasiado exigente? «Enseñamos una sabiduría que no es de este mundo», decía san Pablo. ¡Y tanto! El mundo nos invita a dejarnos llevar por nuestros instintos, por la ira con nuestros enemigos, por el motivo que sea, ¡el político, por ejemplo! Nos invita a dejarnos llevar por la lujuria: a no dar por estable el matrimonio y dejarnos llevar, ¿dejarnos llevar por qué?, ¿por el amor? No. El amor es una decisión libre por la que yo me entrego a alguien para siempre. No seamos hipócritas: ¡Dejarnos llevar por la lujuria! Entonces, en este mundo que nos invita a la ira y a la violencia, a la lujuria y al adulterio, a la avaricia y al egoísmo, ¿cómo podemos nosotros entender y vivir la ley de Cristo? En el fondo, ya lo he dicho antes: la exigencia de la ley solo puede entenderse desde la perfección del amor de Cristo, desde la cruz. Solo quien sigue a Cristo y contempla el sacrificio de su amor en la cruz, su donación total, su obediencia total, su despojo total, su total veracidad, la pureza de su amor, su gratuidad, puede entender todo lo demás.
Para entender la perfección de la ley hay que contemplar el amor de Cristo en la cruz, amor actual y presente en la Eucaristía. Y para vivir esta ley hay que participar del amor que llevó a Cristo hasta la cruz, y ese amor nos lo da también la Eucaristía. La Eucaristía alimenta nuestra alma con Cristo mismo y con su amor. La Eucaristía nos da el amor como la clave para entender el sermón de la montaña; nos da el impulso para amar con esta perfección, el deseo de hacerlo; y nos da a Cristo mismo y su Espíritu, para que, íntimo a nosotros, podamos amar con su amor, incluso a los enemigos; ser fieles con su fidelidad, a nuestro esposo, a nuestra esposa, a nuestros amigos; veraces junto a él, que es la Verdad; obedientes a Dios, con él que es el Hijo obediente; compasivos con él, que se ha inclinado hasta la pobreza de nuestra alma para llenarla de su amor; perdonar con él, que no deja de perdonar cada día nuestros pecados; y vivir y morir con él.
Quien aprende la ciencia de la cruz en la Eucaristía y en esa misma Eucaristía se alimenta del amor de su Señor, entiende la perfección de la ley del Sermón de la Montaña y aprende a vivirlo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
SAL Y LUZ. VERDAD Y SANTIDAD
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo V
V Domingo T.O. A
8-II-2026
«Que vean vuestras buenas obras
y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16)
Queridos hermanos:
¿Os acordáis del evangelio del domingo pasado? Jesús se dirigía a nosotros, diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos y los perseguidos por buscar la justicia [la divina]. Exponía así el programa de su vida y de los que ha llamado a seguirle. Las bienaventuranzas se pueden concretar en formas diversas dependiendo de la vocación particular de cada cual, si al matrimonio o al sacerdocio, dependiendo de las circunstancias en las que a cada uno pone el Señor, si madre de familia numerosa, o virgen consagrada o responsable en la vida pública, etc. Pero este es el programa de Cristo y de los suyos. No hay otro: una vida consagrada a Dios. Una vida consagrada a Dios significa renuncia a la falsa alegría terrenal: los cristianos deben ser pobres de espíritu, desapegados de todo, para conservar en el corazón la aspiración a Dios, para ser señor de la riqueza, no su esclavo, y someterla al servicio de Dios. Sea su posición en la sociedad una u otra, han de intentar conquistar los hombres para Dios, y eso solo pueden hacerlo sacrificando su vida por ellos, con la fuerza de la mansedumbre, no de la violencia, ni de la soberbia, ni de la prepotencia. Lloran, pero son consolados porque saben que, antes o después de su muerte, su sacrificio dará frutos para la vida eterna en sus hijos, en sus amigos, en su patria… Deben vivir cada día con hambre y sed de justicia divina, esto es, de que Dios sea glorificado y de que los hombres conozcan a Dios, de que los pecadores sean levantados de sus miserias por la misericordia de Dios. Deben aspirar a un corazón casto y puro, para gozarse de la belleza de Dios. Han de llevar la paz de Cristo al corazón de los hombres, a las familias y a la sociedad. Y han de vivir no como dueños y señores de sí mismos, sino como hijos, que aman y se complacen en obedecer a su único Padre. Unidos a su Maestro, afrontan toda persecución, toda injusticia, toda injuria, perdonando de corazón y llevando sobre sí el pecado de los otros, con la mirada fija en Cristo, que es su meta eterna.
Esta es la llamada a ser santos. Y llama Aquel cuya palabra tiene poder para crear de la nada, como cuando en medio de la nada dice: «Hágase la luz», y dar inicio a la obra maravillosa de la creación. Llama Aquel cuya palabra tiene poder para sacar de la muerte al amigo que ya se pudre, y clama: «Lázaro, sal fuera». La santidad es la llamada de su palabra amorosa y poderosa.
En el evangelio de hoy, Cristo nos da la razón de por qué él ha de alcanzar esta santidad en su humanidad y por qué quiere que la alcancemos con él. Porque tenemos una gran responsabilidad respecto a los hombres: «Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo». Debéis, con vuestra virtud, como la sal en el alimento, hacer accesible y asimilable la Verdad, y debéis brillar como lámparas en el candelero, sin ocultaros, sin ocultar a los demás vuestra dignidad de hijos de Dios y seguidores de Cristo. Los hombres necesitan esta luz para ser guiados. «Sois la sal de la tierra y la luz del mundo»; y si os volvéis insulsos u oscurecidos, os convertiréis en el hazmerreír de todos, Cristo no os reconocerá como suyos y seréis rechazados por el Señor.
Esto que se dice de todos los cristianos, se ve muy bien en el sacerdote. Un sacerdote infiel a su deber, relajado en la piedad, insípido, termina siendo objeto de desprecio y hace vana su misión. El mundo es conquistado por la virtud sacerdotal cuando esta es plena. Al mundo no le importan los sacerdotes que son humana y mundanamente eruditos, artistas, estadistas. ¡Ni sabe qué hacer con ellos! Los hombres necesitan sacerdotes santos. Esto que se ve de forma especial en el sacerdocio, vale para todos los cristianos, porque seguidor de Cristo y santidad son dos cosas inseparables.
Partiendo de este sentido general del Evangelio, es necesario concretar dos cosas: primero sobre la sal, luego sobre la luz. La sal en la Biblia es expresión de la sabiduría, que permite entender la vida, qué somos, dónde nos dirigimos, etc. La sabiduría sazona la vida. Los cristianos recibimos la sabiduría de Dios. Antes era uno de los ritos del bautismo para expresar que Dios nos da esta sabiduría para vivir como hombres, no como animales que no saben dónde los llevan. Y el Apóstol dice en cierto lugar: «Nosotros hemos recibido la mente de Cristo», es decir, la comprensión que Cristo tiene de la vida, la muerte, del hombre… Por tanto, la sal tiene que ver con la verdad de la fe: que nos dice qué es el hombre, quién es Dios, cuál es el fin único del hombre… Esa sabiduría, la verdad de la fe, no podemos no darla constantemente, no podemos no mostrar la verdad, con humildad, con paciencia…, pero no podemos callarla. Si la callamos, acabamos perdiéndola. Acabamos siendo sal que no sazona y no puede ya ser sazonada, sal para ser tirada y pisoteada en la calle.
Y la luz, y una luz puesta en el candelero, tiene que ver con las obras, con lo que uno hace o deja de hacer con su vida y todos ven. Cuando un cristiano vive conforme a los Mandamientos, más aún, conforme a la interpretación que Cristo hace de los Mandamientos, es luz para el mundo, empezando por los más cercanos. No hay forma más grande de caridad que esta, porque así, caminando nosotros hacia Dios, ayudamos a los demás a caminar hacia él. Y porque en esa vida evangélica hay una belleza que atrae a todos, lo sigan luego o no. Pero cuando un cristiano, un matrimonio de esos que se enorgullecen, con razón, de ser un “matrimonio cristiano”, luego obra en contra de los Mandamientos, ¡cuánta oscuridad difunde a su alrededor! ¡Cuánto mal! O ¡cuánto mal hace un cura amante de los aplausos! ¡O un cura que va detrás de las mujeres o del dinero! ¡Cuánto mal hace un padre o una madre que no es fiel a su esposo o a su esposa! ¡Cuánto mal hace un cristiano que miente para ascender! Si vive como como cualquier otro, oculta la única luz que hay en este mundo, se mete en el celemín y se confunde con el resto, como si ser cristiano no significase nada. Y su hijo le dirá: ¿para qué quieres que sea yo cristiano, si tú, que lo eres, no te diferencias en nada de los que no lo son? Palabras terribles formuladas muchas veces en el interior, aunque no sean pronunciadas.
Mis hijos, mis amigos, mis hermanos, mis compatriotas, ¡el mundo!… necesitan la sabiduría, la sal de Cristo, la verdad revelada por Dios. Y necesitan la luz de la vida de los santos. El mundo necesita santos. Lo escucharemos, creo, en pocos días: «sed santos porque yo soy santo». No temáis ante estas palabras. Cristo hace santos por la fuerza de su amor a quien se deja. Ha hecho santo a Mateo que era un ladrón amante del dinero. Ha hecho santo a Agustín, que, entre otras cosas, era un lujurioso. Y a tantos otros. No temáis, poneos en las manos de crea la luz y saca a su amigo de la podredumbre de la fosa.
Oh Jesús, concede a tus fieles, a los que son tuyos y quieren serlo, el gusto de la inmensa y profunda felicidad de ser santos; reúnelos en tu Corazón; hazles saborear la belleza del amor divino y conviértelos en verdadera sal y luz del mundo.
Siempre sea alabado
V del Tiempo Ordinario, ciclo A
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares, Madrid
N.B.: Esta homilía es casi una paráfrasis del comentario de Dolindo Ruotolo a Mt 5,13-16. Cf.: DOLINDO RUOTOLO, Los cuatro evangelios (Casa Mariana Editrice, Frigento 2019), 147-149.
BIENAVENTURADOS VOSOTROS
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo IV
IV Domingo T.O. A
1-II-2026
«Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan
y os calumnien de cualquier modo por mi causa» (Mt 5,12)
Queridos hermanos:
IV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
LLAMADA Y COMUNIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo III
III Domingo TO A
25-I-2026
«Venid en pos de mí» (Mt 4,19)
Alabado sea Jesucristo
25 de enero de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
[1] La expresión vuelve a aparecer en la Biblia siglos después, con un tono despectivo, cuando Galilea se alía con los enemigos de Judá (Cf. 1 Mac 5,15).
EL CORDERO, EL HIJO
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo II
II Dom. TO A
18-I-2026
«Es el Hijo de Dios» (Jn 1,34)
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
II Domingo del tiempo ordinario, ciclo A