¡El día del Señor, Dies Domini, Domingo! Este es el nombre que recibió el día en el que Jesús resucitó. Los apóstoles, hebreos, tenían como día sagrado el sábado, el sabat. En su mentalidad judía no cabía cambiar ese día sagrado. Solo un hecho incontestable, con el que se dieron de bruces, una acción de Dios más grande que la misma creación del cielo y de la tierra, más grande que la liberación de Egipto, hizo que dejasen a un lado el sabat, para afirmar este día como día sagrado. Ese hecho incontestable fue la resurrección de Jesús. El domingo grita al mundo que Cristo ha resucitado, y el mundo quiere acallarlo, haciendo que lo vivamos como cualquier otro día. También Pedro lo grita ante los judíos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, […] entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó».
Cuando los cristianos celebramos el Domingo anunciamos que Cristo ha resucitado. Cuando dejamos de trabajar para dedicar este día a Dios, les decimos a los hombres que hay un amor eterno que nos hace eternos, el amor de Cristo, porque ha resucitado. Este es el hecho que nos convoca: más grande que la creación del cielo y de la tierra, la más grande de las maravillas obradas por Dios.
El evangelio, hoy de san Lucas, nos lleva de nuevo al primer domingo, a la mañana de la resurrección, y dirige nuestra mirada a dos discípulos de los que apenas sabemos nada.
Llama la atención que no reconociesen a Jesús cuando se acercó a ellos. No fue cosa de un instante: se acercó, caminó con ellos, habló durante un largo trecho, les enseñó que lo ocurrido con Jesús era lo que mucho antes habían anunciado la Escritura. ¡Y aún así no lo reconocieron! Hay otros casos similares: María Magdalena, por ejemplo, que confunde al resucitado con el hortelano. Pero Cristo resucitó con su cuerpo, con su entera humanidad, alma y cuerpo. Entonces, ¿por qué no lo reconocen? Lo que ocurre es que Jesús, a voluntad, se deja reconocer o lo impide. Su cuerpo ha vencido la muerte, y ha vencido también los límites que impone al cuerpo esta primera creación en la que vivimos: entra en una sala sin necesidad de abrir las puertas, aunque su cuerpo es verdadero; y de la misma forma se adentra en el alma de sus fieles, para habitar en ellos. Nosotros escuchamos su palabra y en su palabra se nos da, pero no podemos adueñarnos de él. Siempre es posible que escuchemos sus palabras, pero no a Él; que memoricemos y estudiemos sus palabras, pero que él se nos escape. Por el contario, es también posible que otros, que guardan sus palabras con humildad, sean agraciados por su presencia íntima y por el conocimiento que solo la cercanía íntima da. Igual cuando nos acercamos a le Eucaristía: comulgamos su cuerpo, pero no nos convertimos en sus dueños; y él, interiormente, se comunica a quien quiere. Desde la resurrección, su cuerpo glorioso y su alma no están limitados por las leyes que condicionan nuestra humanidad.
Esto nos lleva a considerar cómo es la presencia de Cristo resucitado entre nosotros. Caminaba Cristo con los de Emaús, como caminan, dialogan y comparten sus pensamientos los amigos, aunque ellos no se percataban. Cristo resucitado camina con nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta. De las palabras de los dos de Emaús se deduce que habían perdido la esperanza. ¡Y la falta de esperanza es un pecado! Un pecado que no fue capaz de mantener lejos a Cristo de los suyos. Aunque habían perdido la esperanza, lo cierto es que volvían hablando de Jesús: mantenían el amor por él. Era un amor pobre, insuficiente para conocer de verdad a su maestro. Pero iban hablando de él, aún lo amaban. Eso le bastó al Resucitado para entablar conversación y acompañarlos recorriendo la Escritura: «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras». ¡Qué importante mantener la memoria de Cristo en el alma! ¡Y qué importante recorrer la Escritura para conocer el rostro de Cristo! Por eso la Iglesia incluye la escucha de la Palabra de Dios y su explicación en la celebración de los sacramentos. No para que los sacerdotes, sin preparar la homilía, salgan del paso como puedan; ni para que los fieles no hagan lo posible para escuchar y que los otros también puedan escuchar: con su silencio, con su postura, con el cuidado de los niños, con su atención. El caso es que basta mantener la memoria de Cristo, un mínimo amor a él, para que él se acerque, camine y dialogue con nosotros. En ese diálogo, él nos abre el corazón. Abrió el de los dos discípulos de Emaús y le invitaron a entrar en su casa para pasar la noche. Y él, sin que ellos supieran aún que se trataba de su maestro, «entró para quedarse con ellos». Hay aquí una verdad muchas veces confirmada en el Evangelio: ¡que él quiere quedarse con nosotros! Como cuando les dice a los suyos antes de ascender al cielo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Estas palabras las recoge san Mateo y suenan como más institucionales, pero las que hemos escuchado en el evangelio de hoy suenan como palabras que hablan de los amigos: «entró para quedarse con ellos».
Aquí viene el momento culminante. Puestos a la mesa, quiso que lo reconocieran. Es el momento en el que él consagró y partió el pan: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron». Cuando, más adelante, los dos de Emaús cuenten lo que les ha ocurrido, hablarán justo de este momento: «Se pusieron a contar lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». La narración subraya la importancia de este momento. Pero, cuando lo reconocieron, él desapareció de su vista. Vuelvo a leer: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista». Atención, porque no dice: «se fue»; sino: «desapareció de su vista». Desapareció de la vista, ¡permaneció en la Eucaristía! Permaneció, porque había entrado para quedarse con ellos. Esta es la presencia y la compañía de Cristo resucitado: la Eucaristía. No es sensible, pero sí real, presencia sustancial. Os lo dije el domingo pasado: la Pascua es la fiesta del Resucitado, y así de la Eucaristía, y así también de la Iglesia. Porque donde está la Iglesia, está la Eucaristía, está Cristo vivo, presente, en cuerpo y alma, aunque no sea visible. Quiere quedarse con nosotros: no solo caminando al lado, quiere más, habitar nuestra alma: «entró para quedarse con ellos». Los dos de Emaús, que se alejaban de la comunión práctica y real de los Apóstoles y de sus hermanos, vuelven a ellos enseguida, aunque es de noche. —En la pascua todo el mundo corre—. Vuelven donde sus hermanos, donde los apóstoles, donde Pedro, y reciben la confirmación de los hechos: «Es verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón —Simón Pedro—».
Domingo, Resurrección, Escritura, Eucaristía, comunión con la Iglesia, con los Apóstoles, con Pedro. He aquí los elementos de la vida de los cristianos, que esperan el Domingo sin ocaso. Mientras tanto, el Crucificado que vive, el que nos ama, cumple su promesa: se queda con nosotros.
En la mañana de Pascua, el Evangelio nos mostraba la tumba vacía. El alma de Cristo «descendió a los infiernos», pero el infierno no pudo retener un alma humana habitada por Dios. Su cuerpo había sido dejado en la tumba fría, pero tampoco la corrupción pudo hacer suyo el cuerpo que ya Dios había hecho suyo para siempre. La tumba vacía fue el primer signo que llamaba a la fe y al amor de Pedro y Juan. Y el amor de Juan, guiado por la fe de Pedro, creyó: «vio y creyó». Así concluía el relato de la tumba vacía que escuchábamos el domingo pasado. Hoy no se nos pone ante la tumba vacía, sino ante el mismo Cristo, que resucitado, se muestra a los apóstoles. En dos momentos: en la tarde del primer día de la resurrección; y ocho días después, tal día como hoy, cuando Tomás tocó las llagas de Cristo.
Quiero empezar recordando algunas cosas básicas de nuestra fe.
No hablamos de la resurrección como un símbolo, sino como una realidad que atañe a la persona de Jesús. Ante los ojos atónitos de los apóstoles, Jesús «les enseñó las manos y el costado», como diciendo —entre otras cosas—: «soy el mismo que visteis en la cruz». Nuestro Señor, el que nos amó, el que murió en la cruz, el que tuvo sus pies clavados, el que murió desangrado en la cruz, es el que resucitó. «Resucitó de veras mi amor y mi esperanza». No creemos en la victoria de un ideal, de una ilusión, de una moral, de una causa… Creemos en la victoria de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Solo eso nos llena de alegría, como los apóstoles, también ellos se llenaron de alegría al darse cuenta de que era realmente él.
Cristo es una sola persona, el Hijo de Dios, con dos naturalezas plenas y verdaderas, que no se confunden ni se separan: la divina y la humana. La resurrección de Cristo significa que la muerte no ha podido separar esta unidad de Dios y hombre en Cristo. Cristo resucitado sigue siendo Dios verdadero y hombre verdadero, sigue teniendo un alma humana y un cuerpo humano, que ahora han llegado a su perfección, han sido divinizados. El Resucitado es el hombre pleno. Lo veremos mejor cuando celebremos la Ascensión del Señor, aunque una sola frase del Credo lo resume: «subió a los cielos».
Así llegamos a otro dato que nos ofrece el relato evangélico de hoy: que la humanidad de Cristo resucitado ya no está sometida a las limitaciones de la primera creación. Puede penetrar en el cenáculo sin abrir las puertas, puede estar aquí, realmente presente en la Eucaristía, mientras está realmente presente en el seno de Dios. Y puede penetrar en el santuario interior del alma de cada uno de nosotros. Cristo en nosotros y nosotros en él. La victoria de Cristo es también esta victoria sobre los límites del amor humano. Con su humanidad y su divinidad, Cristo rompe todos los límites… Él puede estar presente realmente en su Palabra, puede estar real y sustancialmente presente en el altar, puede penetrar y habitar realmente nuestra alma.
Ahora quiero llamar la atención de otro detalle sobre el que vuelvo cada año: el hecho de que en el cuerpo del resucitado permanezcan las llagas de su pasión. ¿Por qué este cuerpo glorioso mantiene esta memoria viva, quizá doliente, de la Pasión? La respuesta tiene que ver con la fiesta que el Papa Juan Pablo II quiso unir a este II Domingo de Pascua: la fiesta de la Divina Misericordia. Uno de los autores de la antigüedad cristiana, Orígenes, dijo que la resurrección había hecho que el sacrificio de Cristo por los hombres, permaneciese eternamente. ¡Qué verdad más grande supo ver este autor! La resurrección de Cristo significa que nada de su humanidad queda sepultado por la muerte ni por el tiempo. Todo lo que él es, todo lo que dijo y todo lo que él hizo, es realmente eterno y vivo. ¿Qué es la Eucaristía sino la actualización entre nosotros del sacrificio que una vez ofreció Cristo en la cruz? No es su recuerdo, como si ahora no fuese real; ni tampoco es su repetición, como si el único sacrifico de la cruz no tuviese el valor suficiente para redimir a todos los hombres de todos los tiempos. Es su actualización: se hace actual entre nosotros lo que una vez ocurrió y ahora es presente y vivo en la eternidad de Dios. Por la resurrección, permanece el día de la reconciliación, permanece su sacrificio por nosotros, permanece ese acto de amor que ni los hombres ni los ángeles habrían podido nunca imaginar, y del que dice san Juan: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Este amor se manifiesta como amor misericordioso: se entrega a los miserables, entra en ellos, y por la fuerza misma del amor, los redime, los recrea por dentro, los hace criaturas nuevas. La misericordia de Dios llega a nosotros por la resurrección.
El evangelio de hoy está lleno de detalles en los que se nos muestra esta voluntad de Cristo de hacer que su misericordia llegue y salve a todos. El primero de esos detalles es el saludo: «La paz con vosotros». Viene de la muerte sufrida por el pecado, pero anuncia la paz de Dios: la deuda del pecado ha sido pagada, Dios ha puesto paz entre él y el hombre: «Paz a vosotros». Por dos veces Jesús reitera ese saludo —desde ese momento es el saludo de los obispos en la liturgia—. Y con el segundo saludo, como efusión de esa paz que ha de llegar a todos, añade: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Y he aquí que los apóstoles, con toda su pobreza, reciben la capacitación y el mandato de reconciliar a los hombres con Dios, es decir, de perdonar los pecados. El sacerdocio es instituido para llevar el perdón a cada hombre. El sacerdocio no es un título humano, sino una participación, primero de la intimidad, y por eso también del poder que solo Cristo tiene de salvar al hombre del pecado. Mirad lo que ha dicho el Señor a los apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El don del Espíritu Santo está vinculado a la resurrección de Cristo, lo veremos con el paso de los domingos hasta Pentecostés. Pero ya aquí Cristo da de su Espíritu a los apóstoles. Y el Espíritu es su vida más íntima, su vida de unión con el Padre; y dándoles parte en esta intimidad les hace capaces de dar su perdón; o de no darlo, si el hombre no tiene las disposiciones necesarias.
Hablar del resucitado, de la misericordia y del sacerdocio de los apóstoles nos lleva a otro detalle. Las dos apariciones que nos narra san Juan son apariciones a los apóstoles que permanecen juntos. Sí, como siempre con sus miserias, aquí con miedo, pero se mantienen juntos. ¡No os equivoquéis! No existe vida cristiana fuera de la comunión apostólica. Y esta comunión no es una cosa de ideas, sino de vida real común, con miserias incluidas. Tomás, que no está con todos en el primer momento, debe reunirse con ellos para poder ser también beneficiario de los dones de la resurrección. Y esto ocurre el primer día de la semana, que para los cristianos se convirtió en el «día del Señor», «dies Domini», el Domingo, el día de la Eucaristía y día de la Iglesia.
Con la resurrección de Cristo, con los Apóstoles constituidos como ministros y sacerdotes de la misericordia divina, con la vida común, el domingo y la Eucaristía, se establece la Iglesia, como una comunión que es comunión con Dios, que permite que la vida de Dios corra por nosotros, como una nueva sangre por nuestras venas. Mirad la noticia que nos daba el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Los hermanos —¡los llama ya hermanos!— perseveraban en la enseñanza de los apóstoles —la fe apostólica—, en la comunión —la vida común—, en la fracción del pan —la Eucaristía— y en las oraciones». Así empezó a extenderse el don del perdón, añadiendo uno a uno nuevos miembros a la vida común: «Día tras día, el Señor iba agregandoa los que se iban salvando».
Así es como la misericordia de Dios llega a nosotros. Busquémosla pidiendo perdón por nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. Perseveremos en la fe recibida de los apóstoles, en la vida y la oración común, en la Eucaristía: Cristo en nosotros y nosotros en él.
El Viernes Santo terminábamos la lectura de la Pasión con el cuerpo de Cristo en el sepulcro. Hasta allí había llegado Cristo en su afán por salvarnos, movido por un amor que nosotros no podemos apenas entender. Conviene tener esto vivo en la inteligencia: ha muerto por mis pecados, que ha muerto en mi lugar, que ha muerto para darme vida.
Después de morir, su cuerpo fue dejado en el sepulcro. Allí quedó un cuerpo de hombre muerto, sin alma, pero ¿solo? Aquí se encierra un gran misterio. Cuando un hombre muere, su cuerpo, ya sin alma, vacío de vida, es un despojo y solo la muerte es su dueño. ¿Quedó así el cuerpo de Cristo? Aparentemente sí. Cristo sufrió una muerte real, así que su alma no estaba allí. Pero, ¿quedó abandonado ese cuerpo? Para responder a esa pregunta os hago otra: ¿De quién era ese cuerpo?, ¿de un hombre?, ¿o de un hombre que, además de ser verdadero hombre era también verdadero Dios? Esto segundo. Era el cuerpo de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, era el cuerpo humano de Dios. Y Dios, una vez que formó y tomó el cuerpo del seno de María, nunca más lo abandonó. Por tanto: en la tumba estaba el cuerpo de Jesús, abandonado del alma humana, pero no abandonado de Dios. El Verbo eterno, el Hijo eterno permaneció en el cuerpo muerto, en el sepulcro frío, sin que nadie pudiera percatarse de ello. Así que podríamos decir que Dios «gustó la muerte»(Hb 2,9), porque no se alejó de ese cuerpo muerto, sino que permaneció con él.
¿Y el alma? Dice el Credo que «descendió a los infiernos». Descender a los infiernos significa descender al lugar donde no está Dios. Ahora os hago la misma pregunta que os he hecho antes sobre el cuerpo: ¿descendió hasta el infierno el alma de Cristo abandonada a sí misma, es decir, en soledad? La respuesta es no. Su alma era un alma humana, pero lo era de Dios, del Hijo de Dios. Y una vez que el Hijo eterno tomó alma humana nunca más la abandonó. El alma humana descendió hasta donde no está Dios, pero descendió con Dios. Y allí alcanzó a las almas de todos los hombres que habían sufrido la muerte y habían esperado y llorado del cielo un Salvador. Y el Salvador llegó hasta ellas para librarlas de la muerte y elevarlas con él hacia el seno de su Padre. El Catecismo (CCE 663) enseña que Cristo no destruyó el infierno, ni libró a los condenados, sino que libró «las almas santas que esperaban a su Libertador» (Catecismo Romano 1,6,3). Y «almas santas» no significa «almas sin pecado», porque sin pecado solo María. Aquí «almas santas» son las almas de los pecadores que esperaban un Salvador, que esperaban de Dios el perdón.
De tal forma que Dios, el Verbo eterno, no se separó del cuerpo muerto en el sepulcro, ni del alma en su descenso a los infiernos. El Hijo de Dios «gustó la muerte», en su cuerpo humano y en su alma humana, y, al alcanzar el tercer día, dio una vida nueva al alma y al cuerpo, dio vida divina al hombre entero, alma y cuerpo. Sacó su alma humana de los infiernos, eso es lo que significa la expresión que repite el Nuevo Testamento: «resucitó de entre los muertos» (Cf.: Hch 3,15; Rm 8,11; 1Co 15,20), y sacó su cuerpo del sepulcro, lo dejó vacío.
Así volvemos al sepulcro con el evangelio de hoy. Allí va la Magdalena y lo encuentra vacío. ¡Qué gran signo: vacío! El primer gran signo de que la muerte de Cristo en cruz ha ganado una vida nueva, para él y para nosotros, es que el sepulcro está vacío. Así lo encuentra María Magdalena, que va allí al amanecer, cuando todavía está oscuro. Por el Evangelio sabemos que amaba a Cristo muchísimo, y aunque el amor es indispensable para entender, porque quien no ama no conoce, no entiende, le faltaba una clave necesaria para comprender lo que veían sus ojos. Es la clave de Pedro, de Juan, de los Apóstoles, la clave de la fe apostólica. Que es una clave que necesitan todos los cristianos para entender la obra de Dios. La Magdalena, sin esta clave, ve el sepulcro vacío y piensa que quizá alguien se lo ha llevado de allí. Y corre donde los Apóstoles: «Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba», es decir, Juan, el que escribe. Con la resurrección todo el mundo corre. Pedro y Juan corren al sepulcro, los dos juntos. Hay que entender bien que los Apóstoles son un cuerpo, un cuerpo vivo en el que no todos son iguales, son personas concretas, cada uno con su sensibilidad, con sus capacidades, con sus propias debilidades y fortalezas. El Señor los eligió conociendo las diferencias naturales entre ellos, para unirlos en un cuerpo sobrenatural, del que él es la cabeza, el cuerpo apostólico. En ese cuerpo, Juan es el amor inocente y puro, el corazón de ese cuerpo apostólico. Simón es la fe y por eso la piedra, el cimiento del cuerpo apostólico y de toda la Iglesia. Juan, más joven, se adelanta en la carrera: «se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró». Vio lo mismo que había visto la Magdalena, miró solo desde fuera y esperó que llegase Pedro. Juan sabe que no es nada sin Pedro, que su amor no es nada sin la guía de la fe verdadera, y espera humilde a que llegue Pedro. Pedro llega más tarde quizá, sencillamente, a causa de sus años, con un amor menos inocente y refinado que el de Juan, pero con el encargo y, por tanto, con la capacidad que Cristo le había dado. Poco antes de la Última Cena, Jesús le dijo a Simón Pedro: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). Ver a Cristo crucificado va a ser una prueba durísima para la fe de los Apóstoles: Más allá de la cobardía, del abandono o de las negaciones, estaba la gran prueba de la fe: ¿Cómo es posible que el Mesías muera así, como un maldito de Dios? Jesús había anunciado esta prueba a Pedro, le había dicho que había rezado por él, y le había encargado: «Tú, cuando te hayas convertido, —una vez que hayas pasado por la prueba—, confirma a tus hermanos», dales la solidez de la fe. Teniendo esto en cuenta se entiende mejor lo que pasa en la tumba vacía. Pedro llega a la tumba y entra. Entonces, entra también Juan, y con Pedro allí a su lado, con la fe de Pedro guiando su amor, entiende lo que ven sus ojos: «vio y creyó. Pues hasta ese momento no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos».
El evangelio nos enseña el valor de la comunión de la Iglesia. Dentro de esta comunión, el amor está guiado por la fe auténtica, y la fe auténtica tiene maestros, el primero Pedro y sus sucesores. Ni nuestra piedad personal, ni ninguno de nuestros dones naturales o sobrenaturales, ni siquiera el amor puro e inocente de Juan, son nada fuera de esta comunión, cuyo principio es Pedro y sus sucesores. Por torpe que pueda llegar a ser Pedro o algunos de sus sucesores, los dones de los hijos más santos de la Iglesia, serían inútiles separados de Pedro.
Lo más importante de todo esto es que Cristo ha resucitado. Que el que murió por mí vive. Que su amor ha vencido la muerte. No es que viva su idea, o su causa, o su recuerdo en nosotros, no, no es eso, sino que él vive: el mismo que nació de María, el mismo que predicó e hizo milagros, el que pasó haciendo el bien, el que me amó y murió en la cruz. Él vive y la tumba está vacía. El próximo domingo lo contemplaremos resucitado. Esto es lo fundamental.
Alegrémonos con Santa María Virgen, con María Magdalena, con Pedro, con Juan y con todos los miembros de la Iglesia triunfante; alegrémonos con la Iglesia que se purifica en el purgatorio; alegrémonos con toda la Iglesia que peregrina en la tierra: Cristo ha resucitado. Nuestro Señor, el que murió por nosotros, en nuestro lugar, y para nosotros, ha vencido la muerte.