PARÁBOLA DE LOS DOS HIJOS
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- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXVI
Dom XXVI A
(27.IX.2026)
«Antes de la muerte no alabes a nadie,
porque solo en su final se conoce a la persona» (Si 11,28)
El Señor nos propone en el libro de Ezequiel dos casos: un inocente, un justo, que obedece la ley de Dios, pero que termina apartándose de esa ley, y como consecuencia, muere. Y, luego, el caso contrario, un malvado que recapacita, abandona su maldad, se convierte y salva la vida. El primero se condena él mismo apartándose del bien y cometiendo la maldad. El segundo se salva él mismo apartándose de la maldad y obrando el bien.
Son dos casos que Jesús tiene delante a lo largo de su vida, y de eso habla hoy. Estamos en el capítulo 21 de San Mateo, Jesús ya ha hecho su entrada triunfal en Jerusalén y encara la etapa final de su vida, caracterizada por un fuerte enfrentamiento con los fariseos, los sacerdotes principales y con los miembros del Sanhedrín, estos últimos son llamados también «los ancianos». Jesús ha expulsado a los mercaderes del Templo y los sacerdotes y los ancianos rechazan la autoridad de Jesús para obrar así. Entonces él, allí mismo, en el Templo, con una parábola, les hace una advertencia —resuena la enseñanza de Ezequiel—. Tenemos un padre y dos hijos. El padre manda a los dos hijos a trabajar a su viña. Uno comienza mal, se rebela, no quiere ir a trabajar, pero al final, recapacita y va. El otro comienza con buenas palabras, quizá con buenas intenciones, pero al final desobedece y no va. ¿Cuál de ellos hace la voluntad de su padre? Jesús está poniendo un espejo ante los ancianos y los sacerdotes, que no pueden sino decir lo que diría cualquiera: que el hijo que se mostraba rebelde es el que hace la voluntad de su padre, mientras que el hijo que parecía sumiso es el que desobedece. Dicho esto, Jesús aplica la parábola: los hijos desobedientes, los malvados que iban por el camino del mal, escucharon la predicación del Bautista, y recapacitaron. Ellos os llevan ahora la delantera: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, —es decir, a pesar de ver el milagro de la conversión de estos que iban por el camino de la perdición— vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis —no creísteis a Juan—». Hasta aquí llega lo que hemos escuchado del Evangelio. Ya sabéis que estos mismos a los que Jesús estaba advirtiendo colmaron la medida de su maldad y lo llevaron a la cruz.
Muchos, o algunos, que iban por el camino de la perdición, con la predicación del Bautista se convirtieron y acogieron al que anunciaba Juan: a Jesús. Muchos, o algunos, se convirtieron ante las palabras y los milagros de Jesús. Muchos, o algunos, se convirtieron ante la muerte y la resurrección de Jesús. Y otros, que parecían buenos hijos, desoyeron la predicación de Juan, despreciaron la enseñanza y los milagros de Jesús, despreciaron su cruz, rechazaron el anuncio de su resurrección. Ante Jesús se cumple lo que el anciano Simeón había profetizado de él cuando entró en ese mismo templo donde ahora habla en los brazos de María cuarenta días después de nacer: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción […] para que se pongan de manifiesto los corazones de muchos» (Lc 2, 34-35).
Ahora hemos de volver la mirada sobre nosotros. Hay dos cosas importantes: Lo importante es, en primer lugar, no cómo comencemos, sino cómo terminemos: si ya hacemos el bien, perseverando en él más y más; si vivimos mal, convirtiéndonos. El que vive bien ha de vigilar para no enorgullecerse y terminar cayendo. El que vive mal no ha de perder la esperanza porque Cristo espera y llama, solo ha de volver a él. Lo importante es el final. Ya dice el Eclesiástico: «Antes de la muerte no alabes a nadie, porque solo en su final se conoce a la persona». (Si 11,28). Lo importante es cómo terminemos la carrera de la vida. Hemos de vigilar hasta el fin, sabiendo que podemos caer, y hemos convertirnos cada día, con confianza en la misericordia de Dios, hasta el fin.
Y en segundo lugar, lo importante de esta carrera no está en las buenas palabras, en los buenos sentimientos, en la buena apariencia, sino en la obediencia real a Dios. Él nos ha salido al paso en Cristo y marca el camino para que lo sigamos, para que vayamos con él, para que, al final, nuestro corazón sea el suyo; y en nosotros Dios vea la imagen de su Hijo, la imagen de Jesucristo, el verdadero hijo, obediente, que viene a este mundo para hacer la voluntad de su Padre y que nos llama a seguirlo. Hasta aquí nos trae san Pablo con la segunda lectura. Habla de Cristo y dice de él que, siendo Dios, se despojó de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose hombre. Y ya hombre, se humilló más aún, obedeciendo hasta la muerte, la muerte terrible y vergonzosa de la cruz. Aquí se revela la verdad de su corazón de Hijo: en una obediencia perfecta hasta el final, y no de palabra o con buenos sentimientos, sino de verdad, aunque sus sentimientos iban en contra y en el huerto había dicho «si es posible, que pase de mí este cáliz». Pero dejó de lado sus sentimientos e hizo suya la voluntad de su Padre para obedecerlo hasta el final. Y termina el himno: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre». En su final se conoce a la persona: su corazón filial y también su gloria.
Nosotros hemos de seguir a Cristo, perseverando en su camino o convirtiéndonos a él, da igual, pero hasta el final, hasta que nuestro corazón sea el suyo, corazón de hijo obediente. Las palabras que san Pablo dirigía a la comunidad de Filipos para llamarles a la humildad, al amor mutuo y la fidelidad a Cristo, son las que Dios nos dirige a nosotros: «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús: el cual, siendo Dios…».
Conversión, perseverancia, obediencia real a Dios, comunión de corazón y de vida con Cristo. Ese es nuestro camino.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía del 27 de septiembre de 2026 (XVI TO-A) Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares. Madrid
EL VINO BUENO
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- Escrito por: P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: otras homilías
NUESTRA SEÑORA DEL VAL
20-IX-2026
Alcalá de Henares
«No tienen vino» (Jn 2,3)
Desde hace muchos siglos, la fiesta propia de nuestra ciudad es la que también hoy celebramos: la Virgen del Val, una fiesta en torno a la imagen de la Virgen María que presenta a su hijo Jesús. Esta tradición es como una voz que nos llega de nuestros antepasados y que, en el fondo, nos dice lo mismo que esta Palabra que nos viene de lo alto en el Evangelio: que el hombre encuentra su gozo al encontrarse con Jesús; que de este gozo nace la verdadera fiesta; y que María nos da a Jesús.
En el primer capítulo del libro del Génesis, la obra creadora de Dios culmina con la creación del hombre. De todas las criaturas se dice: «y vio Dios que era bueno», pero solo del hombre se dice que fue creado a «imagen de Dios». Él es la culminación de creación. Nuevas ideologías, sin ningún fundamento racional, quieren mostrar al hombre como un elemento más de la naturaleza, como si fuera el producto del azar; o peor, como si fuera un error: «La naturaleza estaría mejor si este hombre no hubiera aparecido nunca sobre la tierra, la naturaleza estaría mejor si el hombre se extinguiese». Pero el libro del Génesis muestra al hombre como culmen de la creación. Todo ha sido creado en función del hombre, todo ha sido creado para el hombre: «Creced. Multiplicaos. Llenad la tierra y sometedla». Esta verdad tiene importantes consecuencias, pero no quiero pararme aquí.
El mismo relato del Génesis muestra a Dios creando todas las cosas con un ritmo preciso: «pasó una noche, pasó una mañana, día primero», «pasó una noche, pasó una mañana, día segundo…». Y con ese ritmo, con ese orden, se llega a la última obra creada, el hombre, en el día sexto, y queda concluida la obra creadora. Sin embargo, aunque la creación ha sido concluida, hay un día más, el día séptimo, un día en el que Dios no crea nada. ¿Qué hace el día sétimo? Descansa y consagra ese día. La creación tiene una dirección intrínseca escrita en su ser: el descanso, el gozo de Dios. Toda la creación es para el hombre y el fin del hombre es entrar en el descanso, en el gozo de Dios. No se trata solo del necesario descanso físico o psicológico, el hombre necesita mucho más que eso: necesita entrar en el gozo de Dios para que su corazón sea satisfecho. Pero, ¿cómo alcanzar este descanso?, ¿cómo alcanzar a Dios?
Nuestros conciudadanos y también nosotros seguimos buscando gozo y descanso sin saber que buscamos a Dios. Muchos rechazan a Dios, sin saber que así rechazan el gozo que ansían. Necesitan el gozo y por eso hacen fiesta, pero no tienen aquello que llena de gozo el corazón y da sentido a la fiesta. Buscan mil cosas para hacer fiesta, unas buenas y otras malas, pero, al final, vacías todas si no está Aquel que creó el corazón del hombre para él. Yo no tengo intención de acusar a nadie de perversión cuando buscan hacer fiesta en la bebida, en la droga, en el sexo desordenado, o en cualquier otra cosa. No es mi intención acusar, solo quisiera decir: os equivocáis. Y me pregunto si los cristianos no ayudamos a confundir a los demás, justamente por hacer lo mismo que ellos: buscar la fiesta antes que buscar el gozo verdadero del que nace la fiesta, el gozo que nace de la adoración a Dios. Al final, de ellos y de nosotros, María puede decir: «No tienen vino». Sí, el hombre sin Dios es como una boda sin vino. Y nosotros, los cristianos, hemos escondido el vino bueno con nuestro olvido de Dios, relegando a Dios al puesto de una criatura, al dejar de tender a él como a nuestro único fin, lo hemos escondido a los ojos de nuestros contemporáneos y también nosotros nos hemos quedado sin vino.
Pero, ¿dónde buscar a Dios? A muchos les parece una búsqueda imposible. Y ¡sin embargo es tan sencilla! Es él quien nos ha buscado, quien se ha hecho hombre para encontrarnos. Y es su madre la que le insta a verter su vino bueno en nuestro corazón: «No tienen vino». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para encontrar al hombre perdido, al hombre que busca donde no puede encontrar, que quiere extraer gozo de unas criaturas que no pueden darle lo que pide. El hombre violenta a las criaturas exigiéndoles lo que no tienen, y el Hijo se ha hecho hombre y se ha dejado violentar por el hombre, se ha dejado exprimir, para darle su amor, el único vino bueno. Eso es la cruz y eso es la Eucaristía.
En las bodas de Caná María vio lo que sigue viendo desde el cielo: hombres que no tienen vino. En Caná con su amor maternal dirigió el corazón de su Hijo hacia los hombres y el corazón de los hombres hacia su Hijo. Al Hijo le dice: «No tienen vino». Y a aquellos hombres: «Haced lo que él os diga». Y el Hijo adelantó para aquellos esposos y sus invitados el vino que había de verterse de su corazón abierto en la cruz. Hoy María sigue viendo el corazón de los que ha tomado por hijos, cansados, muchas veces hastiados: dirige la mirada de Cristo hacia ellos, hacia nosotros, y dirige nuestra mirada hacia Cristo.
Dios lo creó todo para nosotros y a nosotros para entrar en su descanso, en el gozo de su amor eterno, del amor de la Trinidad, donde nuestro corazón se ensancha como en su verdadera casa. Y como nosotros nos hemos hecho incapaces de dirigirnos hacia él y somos incapaces de alcanzarlo, ha querido él tomar parte de esta creación suya, hacerse hombre, mostrarnos humanamente su amor divino, para atraer nuestro amor con el suyo, y para verter en nuestro corazón el amor de Dios. Solo así se alcanza el gozo y el hombre puede hacer fiesta y gozar de todo lo bueno que Dios ha creado. Repito lo que os decía al principio: la voz de la tradición que nos llega de nuestros antepasados y la voz de lo alto que nos llega en el Evangelio vienen a decirnos lo mismo: encontramos el gozo al encontrarnos con Jesús. De este gozo nace la verdadera fiesta. Y María nos da a Jesús. No nos privemos de este vino y no lo escondamos a nuestros conciudadanos. Acudamos a María, que ella hable a Cristo de nosotros. Escuchemos a María, «haced lo que él os diga».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía de la Solemnidad de la Virgen del Val III domingo de septiembre (20.9.2026) Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares.
PERDÓN DE CORAZÓN
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- Escrito por: P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo XXIV
Domingo XXIV A
13-IX-2026
«Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial,
si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (Mt 18,35)
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Pedro le pregunta a Jesús si a un hermano que le ofende tiene que perdonarlo «siete veces», es decir, muchas veces. Jesús le responde: «No te digo siete, sino setenta veces siete», es decir, siempre. Jesús exige que perdonemos a quien nos ofende. Los cristianos de todas las épocas han escuchado estas palabras tan difíciles de aceptar y de poner en práctica, y hoy nos toca a nosotros.
Primero querría hacer frente a una duda que puede surgirnos: Este perdón que nos exige Jesús, ¿nos deja indefensos a los cristianos? Podríamos concretar un poco más: 1º. Cuando sufrimos una ofensa grave, ¿podemos hacer justicia y, al tiempo, perdonar? ¿Podemos pedir a la autoridad competente que nos haga justicia y, al tiempo, perdonar? ¿O el perdón que Jesús nos exige implica quedar indefensos ante la injusticia? 2º. Cuando sufrimos una agresión o vemos una agresión, ¿podemos defender nuestra vida y nuestros bienes del malvado, y, al tiempo, perdonar? ¿Podemos defender la vida y los bienes de los otros y, al tiempo, perdonar?
La respuesta rápida y segura, para que nadie se vea confundido, es que el perdón no suprime ni la necesidad de la justicia, que es necesario preservar, ni la legítima defensa de la vida y de los bienes, ni la obligación de defender la vida de los débiles, de la familia o de la patria ante una agresión injusta. Esto no es una opinión personal, ni de un obispo concreto, ni de un teólogo, ni de un papa, ni mía, sino doctrina de la Iglesia católica. Un ejemplo de perdón que no excluye la justicia: os recuerdo al Papa Juan Pablo II visitando y dando su perdón personal a aquel hombre, Alí Agka, que casi lo mata a tiros el 13 de mayo de 1981. El perdón del Papa no exigió que fuese excarcelado. Ejemplo de perdón que no excluye la defensa legítima: Santa Juana de Arco, en Francia, en lucha contra los ingleses; o el Rey Fernando III de Castilla, que reconquistó a los musulmanes invasores, entre otras ciudades, Sevilla. No puedo alargarme en este asunto. Os recomiendo que leáis lo que dice el Catecismo, cuando explica el quinto mandamiento. Allí recoge la doctrina milenaria de la Iglesia: Habla de la legítima defensa en los números 2262-2267. Habla de la guerra, también de la guerra justa, en los números 2302-2317. Todo esto cuando comenta el quinto mandamiento de la ley de Dios. Y luego habla del perdón al explicar la petición del Padrenuestro «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
Aclarado que el perdón no excluye la justicia, ni la legitimidad, a veces la obligación, de la defensa, centrémonos en el Evangelio de hoy. ¿Qué es perdonar? Perdonar es, en primer lugar, algo que ha de ocurrir en nuestro interior: renunciar al odio y al deseo de venganza. El odio es un sentimiento intenso de repulsa y deseo de mal hacia alguien. Perdonar es, por tanto, purificar el corazón del resentimiento y del odio, renunciar a la venganza. En segundo lugar, el perdón es algo que tiene que ver con actos externos: implica hacer el bien, el que debo a todos, también al que me ha ofendido. Un perdón más perfecto implica hacer el bien, el que hago a los que amo, también al que me ha ofendido. En tercer lugar, el perdón, para llegar a ser aún más perfecto, como el perdón que nosotros hemos recibido ya de Dios y que esperamos recibir aún en el futuro, implica transformar la herida provocada por la ofensa en fuente de misericordia y de amor, como las llagas de Cristo, provocadas por nuestras ofensas a él y convertidas por él en fuente de su amor por nosotros.
Como veis, aunque el perdón no significa renunciar a la justicia ni a la defensa de la vida y de los bienes, todo esto que he dicho es bien difícil. De todo, lo menos difícil es hacer el bien, el que debo a todos, a quien me ofende. Debo auxiliar a cualquiera en dificultades, debo ser amable con cualquiera: y también debo ser amable con quien me ha ofendido muchas veces y posiblemente siga haciéndolo en el futuro; también a él debo auxiliarle si está en dificultades. Esto, aunque sea difícil, puedo hacerlo, son actos que dependen de mi voluntad. Un poco más difícil, aunque también posible, es tratar a este malvado como trato a los que amo. Un ejemplo: rezo por los amigos que me quieren, y rezo también por los que me han traicionado. Hago un pequeño regalo a los compañeros en su cumpleaños, y lo hago también al compañero que me injuria. Auxiliaría a un amigo que está ahogándose, incluso arriesgando mi vida, y lo haría también por uno que me ha robado. Todo esto es ciertamente difícil, pero puedo hacerlo, son actos que dependen de mi voluntad.
Lo más difícil del perdón es lo que tiene que ver con el corazón: eliminar del corazón la repulsa, el resentimiento, el odio, el desprecio hacia quien me ha ofendido. El Catecismo Romano (1566), reconoce que muchos, aunque quieran, no serán capaces de borrar de su corazón cierto resentimiento y aversión. Pero esto, dice, no debe angustiar la conciencia, porque la voluntad sincera del alma no puede anular las pasiones, que se sustraen a nuestra libertad[1]. La cosa está en que tengamos la voluntad sincera de eliminar de nuestro corazón esos sentimientos, aunque no lo consigamos del todo. Basta esta voluntad sincera para poder rezar el Padrenuestro con sinceridad y pedir que se nos perdonen los pecados al tiempo que pedimos que Dios nos enseñe a perdonar: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Sobre este perdonar de corazón, vuelve el Catecismo de la Iglesia Católica, reconociendo que no solo es difícil, sino imposible para nosotros: no está en nuestra mano, solo el Espíritu Santo puede hacerlo en nosotros, haciéndonos participar de un amor más grande que el que puede nacer de nosotros, haciéndonos participar del amor de la Trinidad[2].
Es aquí donde debemos llegar: adentrarnos en el amor de la Trinidad de tal forma que nuestro pobre corazón se una al corazón de Cristo, que nuestro pobre amor se transfigure en el amor de Cristo: que nuestro corazón y nuestro amor sean su corazón y su amor; entonces el perdón perfecto es posible. ¿Cómo se hace esto? Mirando la cruz. «Mirarán al que traspasaron». El amor de la Trinidad se nos da y se nos expresa en la Cruz de Cristo.
En la cruz vemos la gravedad de nuestro pecado. Nuestra ofensa es tan grande que el Hijo de Dios hecho hombre ha sido herido de muerte por ella. Nuestra deuda es infinita. No grande, sino infinita. En virtud del amor al que hemos ofendido, nuestra deuda es infinita. Sin embargo, en la cruz vemos también un perdón inmerecido. Es bueno que nuestra inteligencia capte esta verdad de la gravedad de nuestro pecado, pero también nuestra sensibilidad debe dejarse herir al reconocer su culpa. Es necesario que nuestra culpa pese sobre nuestra sensibilidad, para que tengamos una aprehensión real de la gravedad de nuestro pecado. No os quedéis en la madera tallada y pintada, mirad a Jesús real, con heridas reales, con sangre real, con dolores atroces en sus manos, en sus pies, en su cabeza, con oscuridad real en su alma. Son mis ofensas, mis deudas.
Pero mirad también estas heridas en su cuerpo y en su alma convertidas por su amor en fuente de su perdón, perdón real que llega a mí, y me saca de mi postración, y me promete el paraíso, y me eleva hasta él.
Hace falta plantarse muchas veces ante esta imagen, no solo la de madera, sino la de Cristo real, para que el peso de nuestra ofensa y el dulce perdón sea algo más que una idea verdadera, y transforme hasta lo más hondo de nuestro corazón, hasta hacerlo capaz del gran perdón, del perdón que es un milagro: las heridas que hemos recibido por nuestros hermanos convertidas en las llagas de Cristo, por donde brota su perdón y su amor. Hace falta acercarse muchas veces al confesionario, muchas veces a la comunión de su cuerpo, para que nuestro corazón y nuestro amor sean su corazón y su amor, para que su misericordia transforme nuestro corazón inmisericorde y podamos decir con toda verdad: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
[1] Catecismo Romano, Parte IV, cap. sobre la quinta petición
[2] Cf.: CCE 2842
AMOR Y CRUZ. EL CAMINO CRISTIANO
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- Escrito por: P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo XIII
Domingo XIII TO A
28-VI-2026
«El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38)
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid.
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