EL DOBLE PRECEPTO DEL AMOR
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- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXX
XXX Domingo TO A
25-X-2026
«Todo está cumplido» (Jn 19,30)
«Se alían los reyes de la tierra y los principales conspiran –literalmente: «se reúnen a una»– contra el Señor y contra su Ungido», dice el salmo 2 (Sal 2,2 LXX), con este verbo griego que parece redundante, como si quisiera subrayar la acción que describe: «se reúnen a una». En la traducción no se aprecia, pero Mateo, en el griego original, usa esas palabras del salmo: los principales, los que tienen la autoridad, se reúnen todos a una, conspiran, contra el Ungido, contra Jesús. Oímos el domingo pasado que los fariseos se habían unido a los herodianos para tender una trampa a Jesús. Lo intentarían luego los saduceos y ahora los fariseos vuelven a la carga. Jesús no enseña tranquilamente, sino mientras es hostigado por sus enemigos hasta llevarlo a la cruz. Pero será ahí cuando muestre con más claridad la luz de la verdad que predica.
Habla un fariseo maestro de la ley, un escriba, un rabino: «Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la ley?». La intención era torcida: buscaba algún punto débil en la doctrina de Jesús para atacarlo, pero la pregunta era pertinente, se la hacían los escribas, que habían recopilado 613 mandamientos de la Torá, de ellos 248 preceptos y 365 prohibiciones, y se esforzaban por clasificarlos y jerarquizarlos. ¿Cuál era el mandamiento principal que debía ordenar todos los demás? En la Biblia la ley es el camino de la vida, así que la pregunta sobre el mandamiento principal es la pregunta sobre cómo ordenar nuestros pasos para no perdernos, para que nuestra vida sea una vida cumplida, para alcanzar a Dios. Y eso nos incumbe del todo también a nosotros.
Jesús responde con sencillez con unos versículos del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» (Dt 6,5). Debemos dar cabida a Dios en nuestra vida, «el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; igual el alma, el centro de nuestro querer y de nuestro decidir, y también la inteligencia, el pensamiento»[1]. Hemos de amarlo a él y hacer de él el centro de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestra memoria, de nuestros afectos.
Las palabras del Deuteronomio bastaban para esquivar la trampa farisaica, pero Jesús continúa y trae otras del Levítico: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas». Amar al prójimo, y hacerlo como a uno mismo, es el segundo mandamiento.
Aquí «segundo» no indica dos cosas separadas, sino orden y proximidad, como cuando Jonatán, el hijo del rey Saúl, le dice a David, su amigo: «Tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo» (1 Sam 23,17). El segundo mandamiento va junto al primero, inseparable. Los dos mandamientos son como David y Jonatán, amigos del alma, van juntos siempre. Y son «semejantes», tienen cierto parecido. Que el amor a Dios y el amor al prójimo hayan de ir juntos y tengan parecido es lo más sorprendente de esta enseñanza de Jesús, porque, ¿qué es el hombre comparado con Dios? «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8,5). ¿Cómo puede ser semejante amar a Dios y amar al hombre? Veamos la lógica de este ir juntos y de esta semejanza.
Amar al hombre no es lo mismo que amar a Dios. El amor que le debemos a Dios es absoluto, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Al hombre no le debemos un amor absoluto, pero sí: «como a ti mismo». Esto es: pensar en el otro como piensas en ti; y, en consecuencia, decidir pensando en el bien del otro como decides pensando en tu bien; y obrar, trabajar, cansarse por el otro, como lo haces por ti mismo. Al final, quien piensa en el otro, y toma decisiones en beneficio del otro, y se cansa y trabaja por otro, termina olvidándose de sí, entregándose, dando vida, y así llega a ser fecundo. ¿No es esto lo que ha hecho Cristo en la cruz? Ha pensado en mi bien, ha decidido ir hasta el fin por mi bien, ha obrado entregándose por mí y entregándose a mí. Y, haciendo todo esto, ha amado a Dios Padre con todo el corazón, con toda el alma, con toda su alma. Esa es una de las razones por las que puede decir en la cruz: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Justamente, en medio del dolor y de la oscuridad terrible de la pasión, su amor brilla con una luz inigualable. ¿Qué tiene la cruz de Cristo que atrae las miradas de todos? «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). En ella hay una perfección humana inexplicable. Ese hombre destrozado, «ante quien se vuelve el rostro» (Is 53,3), posee una belleza inefable. En ese hombre, que se ha quedado en nada porque se ha vaciado, hay un bien infinito que nos atrae, «el más bello de los hombres» (Sal 45,44). Así da vida, sacia nuestra sed y se hace fecundo: «De sus entrañas brotarán ríos de agua viva» (Jn 7,38). La cruz es la fuente de la vida, de ella han bebido todas las generaciones cristianas: la pureza de las vírgenes ha bebido de esa fuente; la fortaleza de los mártires, la fidelidad de los esposos, la caridad de los que han servido a los pobres y a los enfermos, el celo de los pastores y de los misioneros, la sabiduría de los doctores. Veinte siglos de vida cristiana han brotado de esta fuente de amor a Dios y al hombre.
Dios no es lo mismo que el hombre, y amar a Dios no es lo mismo que amar al prójimo, pero Cristo ha unido en la cruz las dos cosas: ha amado a Dios Padre y al hombre en el mismo acto de entrega. En la cruz se entrega del todo a su Padre; «a tus manos, Señor, entrego mi espíritu» (Lc 23,46); y en la cruz se entrega por la salvación del hombre: «esta es mi sangre que se derrama por muchos» (Mt 26,28).
Volvamos a la pregunta sobre el mandamiento principal, sobre cómo alcanzar la vida verdadera, y a la respuesta de Cristo. Míralo en la cruz: entenderás sus palabras. El amor a Dios y el amor al hombre llevado a su extremo, los dos amores en el mismo acto, que vence la muerte y se hace eterno por la resurrección, y desde entonces abraza el universo y la historia. En unos minutos, este acto de amor eterno se actualizará en el altar: amor que se entrega a Dios y al hombre. Es un amor que no envejece. Y nosotros nos alimentamos de él. No solo lo tenemos ante los ojos para imitarlo, sino que nos alimentamos de él. Cada uno de nosotros tiene acceso a Cristo, es amado por él y puede amarlo a él. Aquí está la clave. Unidos a él podemos avanzar en el camino de este doble mandamiento, ser también nosotros fecundos y decir: «Todo está cumplido». ¡Ojalá podamos decir esto el día de nuestra muerte!
Solo quiero añadir que Cristo responde a la pregunta del escriba fariseo no en medio de una charla amistosa, ni sentado en el estrado de un aula universitaria, sino asediado por sus enemigos mortales, que «se reúnen a una» para atentar contra él; y nosotros no aprendemos lo aprendemos con solo escuchar tranquilamente el sermón, sino uniéndonos a Cristo en medio de la lucha diaria contra el mal, en medio de la maledicencia de unos o el egoísmo de otros, cuando nosotros mismos somos solicitados por la pereza para no cumplir con nuestro deber en casa o en el trabajo, etc. Y solo tenemos este tiempo, rodeado de odios, de crueldad, de injusticia, fuera y dentro de nosotros. Solo podemos aprender el doble precepto del amor unidos a Cristo en medio de las luchas diarias, en medio de las contrariedades de la vida. No esperéis mejores condiciones para seguirlo, uníos a él en los sacramentos y en la oración diaria y seguidlo. Él os enseñará.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía del domingo 25 de octubre de 2026 XXX del Tiempo Ordinario. Ciclo A Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
[1] BENEDICTO XVI, Homilía (Domingo, 23 de octubre de 2011).
Santa Teresa de Jesús (I)
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- Escrito por: Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios del Oratorio

Santa Teresa de Jesús (I)
Mons. Alberto José González Chaves
| Ejercicio de los Sábados | |
Primera conferencia de Mons. González Chaves sobre Santa Teresa de Jesús. Hoy dedicada al capítulo 30 del libro de su vida.
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DE DIOS
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- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXIX
Dom XXIX A
18-X-2026
«Dad a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21)
En el s. VI antes de Cristo el pueblo judío, vencido por Nabucodonosor, llevaba muchos años exiliado en Babilonia. Pero en Persia surgió una nueva fuerza, la de Ciro, que empezó a extender su poder hasta llegar a la gran Babilonia. Conquistada Babilonia, tomó una decisión sorprendente: dar la libertad a los judíos. Después de setenta años, podían volver a su tierra, reconstruir Jerusalén y levantar de nuevo el Templo destruido.
Nabucodonosor, el que los había invadido, destruido y llevado al destierro, no conocía al Dios verdadero; Ciro, el que les dio la libertad, tampoco. Los dos obraron según sus propias luces e intereses: uno sometiendo, otro concediendo la libertad. Pero sin saberlo, ambos obedecían al único Señor del mundo y de la historia, que por medio de Nabucodonosor corregía el pecado de su pueblo, y por medio de Ciro curaba sus heridas. Ciro es un instrumento de Dios: «Yo —dice Dios, y este “yo” hay que enfatizarlo— yo te he tomado de la mano para que gobiernes las naciones…». Es Dios quien gobierna, y no de forma caprichosa, sino siguiendo un plan benéfico para sus elegidos.
Esto encierra una importante enseñanza. No estamos en manos de este o de aquel poder benigno o maligno, de sus decisiones justas o injustas. Por encima de todos está el Dios bueno y sabio que hizo el cielo y la tierra, y nosotros estamos en sus manos. Todo está bajo el supremo dominio de Dios y ningún poder terreno es capaz, aunque lo intente, de arrebatarle a Dios este dominio. Cuando sufrimos a gobernantes ignorantes y malvados, o cuando poderes crueles se ciernen sobre nosotros… hemos de recordar que solo Dios gobierna, que estamos en sus manos. Él nos conduce por caminos que no conocemos y así aprendemos que tampoco nosotros somos nuestros propios señores, tampoco nosotros nos pertenecemos. La autonomía absoluta del hombre es una mentira. Dos veces lo repite hoy: «Yo soy el Señor y no hay otro. Fuera de mí no hay dios».
Las palabras de Jesús nos llevan a un conocimiento más profundo de todo esto. Los fariseos y los herodianos, enemigos acérrimos entre ellos, se alían para preparar una trampa a Jesús. Le llaman «maestro» y le dicen: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias». Dicen la verdad, no porque creyeran en ella, sino para halagarlo y que bajase la guardia. Tras el halago, la trampa: «¿debemos o no pagar impuesto al César?». Si contesta afirmativamente, los fariseos le acusarán de colaborar con Roma, los paganos idólatras. Si contesta negativamente, los herodianos le acusarán de rebelarse contra el César. Todos conocéis la respuesta: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Es una enseñanza que será muy importante para la doctrina de la Iglesia: El poder político tiene su ámbito propio, como lo tiene la ciencia, el arte, o la medicina, y ha de preservarse la justa autonomía entre el ámbito político y el religioso: ¿de quién son la imagen y la inscripción del denario? Del César. Pues «Dad al César lo que es del César». Pero ese poder tiene un límite: aquello que Dios ha marcado con su sello, porque es suyo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
¿Qué es de Dios? En principio, toda la creación es de Dios. Él ha dejado su huella en la belleza, la grandeza, el orden, la inteligibilidad de todo el universo. Todo es de Dios, pero entre todas las criaturas, en una ha grabado su imagen, en el hombre, varón y mujer, el ser humano. Dios todo lo creó para el hombre y solamente a él lo creó a su imagen: «Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra”. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,26-27). Imagen de Dios significa un cierto parecido con Dios. ¿Qué define a Dios? Lo dirá san Juan: «Dios es amor» (1Jn 4,8). Es Trinidad, es comunión, es amor. Por tanto, ser creados a imagen de Dios significa ser creado por amor, ser creados para ser amados y para amar. La afirmación del Génesis, «a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó», ya esboza esta vocación al amor. Y el amor implica libertad, implica voluntad, implica razón. Somos una pequeña imagen de Dios, lo somos desde el origen, pero Dios ha hecho algo más: al hacerse hombre ha grabado nuestra humanidad en su propio ser, para siempre. Dios lleva nuestro sello de forma indeleble, él mismo se lo ha impreso: se ha hecho hombre. Y así nos llama a un amor más grande: a un amor con él como sus semejantes. Como son semejantes el varón y la mujer cuando los une el amor del matrimonio, así Dios, al hacerse hombre, nos llama para hacernos semejantes a él, y ser amados por él como “semejantes”, participando de su ser y de su vida, como los esposos se convierten en un solo ser y participan de una única vida. Llevamos la marca de Dios. Él ha sellado su ser con nuestro ser y a nosotros nos ha sellado con su amor, al hacerse hombre, al morir por nosotros, al darnos su Espíritu. Llevamos la marca de Dios.
Volvamos a las palabras de Jesús: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Nosotros somos de Dios. Así como un amigo es de su amigo, así como un esposo es de su esposa, de forma análoga, nosotros somos de Dios. No solo estamos en sus manos, sino que somos suyos por el amor con que nos ha creado a su imagen, por el amor con que se nos ha entregado en la cruz y nos ha hecho suyos. El jueves pasado celebrábamos a Santa Teresa de Jesús. Su nombre lo dice todo: «de Jesús». Ella se sabía de él, su amor la había hecho suya y ella se entregó a él. Ella fue dichosa al reconocerse de Jesús y al entregarse a él. Nosotros seremos dichosos y libres si reconocemos que somos suyos y nos entregamos a él. No somos nuestros propios dueños. Somos del que nos ha amado y ha pagado por nosotros con su sangre, y cada uno de nosotros responderemos personalmente ante él. Al final, no tendremos que dar cuenta ante la mentalidad común; ni ante los sabios de este mundo, que nos dicen lo que tenemos que pensar; ni ante los poderosos de este mundo, que nos dicen lo que tenemos que hacer. Al final solo daremos cuenta ante Dios. Su amor es un imperativo: «Dad a Dios lo que es de Dios». Démosle a Dios lo que es de Dios. Démosle nuestro ser y nuestra vida.
Los poderes de este mundo han de respetar lo que es de Dios. Cuando dictan o cuando ejecutan leyes han de respetar este ser propiedad de Dios. Ni un rey absoluto, ni un dictador, ni un gobierno democrático, ni una mayoría… ¡Ningún poder de este mundo tiene autoridad ilimitada sobre un hombre por pobre o débil que sea! Y aunque el poder de este mundo se haga injusto y cruel, no lo temáis nunca. Estamos en manos de Dios y nadie nos arrebatará de su mano.
San Pablo expresa bien lo que esto significa: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? […] ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […]. Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 31b. 35. 38-39).
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía del domingo 18 de octubre de 2026, XXIX del tiempo ordinario, ciclo A Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Del Padre Nuestro (I)
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- Escrito por: Rubén Núñez
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Del Padre Nuestro (I)
Don Patricio de Navascués Benlloch
| Ejercicio de los Sábados | |
Primera conferencia de Don Patricio de Navascués sobre el Padre Nuestro. Hoy "Padre Nuestro que estás en los cielos (que estás en el cielo)."
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EL PILAR, LA VIRGEN, ESPAÑA
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- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
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12-X-2026
«Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9)
El libro de los Hechos de los Apóstoles muestra una vinculación estrecha entre el grupo de los Doce y María. Ella había estado presente en la vida pública de su Hijo desde el comienzo. No hay más que recordar las bodas de Caná. Desde ese instante se mostró cercana no solo a su Hijo, sino a todos los que están con él. María implora por ellos: «No tienen vino»; y los acerca a él: «Haced lo que él os diga». Luego, María estará presente, a veces en la distancia, dependiendo de lo que su Hijo requiriese. Pero, sobre todo en Jerusalén, en la última etapa de la vida de Cristo, María está con él y con los discípulos. Los vínculos entre los apóstoles y María se hicieron cada vez más estrechos, hasta ese momento clave en el que Jesús, en la cruz, amplía la maternidad de María señalando a Juan como hijo, y con él a toda la Iglesia: «He ahí a tu hijo»; cuando nos la da también como madre: «He ahí a tu madre».
Muerto y resucitado Jesús, María sigue estando con ellos. El pasaje que hemos escuchado del libro de los Hechos da noticia del momento anterior al envío del Espíritu Santo: «Después de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén […]: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos». Lo que quiero decir es que el vínculo de María con los Doce se hizo muy estrecho, no solo desde el punto de vista natural, sino sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, se puede entender mucho mejor la tradición que nos cuenta que el apóstol Santiago, venido a España para traer el Evangelio y desanimado, recibiese la visita en carne mortal de María, mientras ella aún vivía, junto al apóstol Juan.
La evangelización de la España romana por parte de Santiago, quizá también de Pablo en un último viaje misionero, y la visita de María marcarán el signo y la naturaleza de España, vinculada a los Doce, a la fe apostólica y a María, la Virgen del Pilar. San John H. Newman dice que cada cristiano tiene una misión insustituible: «Dios me ha creado para que le ofrezca un determinado servicio. Me ha confiado un trabajo que no ha confiado a otros. Tengo mi misión»[1]. Pues bien, me parece, sin que esto sea dogma de fe, que también cada nación cristiana tiene su propia misión. España la tuvo, lo digo en pasado. Y espero que España la recupere, volviendo a la fe apostólica, volviendo a ser una nación cristiana, volviendo a ser de María. Hoy pedimos fundamentalmente por esto. La misión de España ha sido defender la integridad de la fe apostólica y difundirla generosamente por el mundo entero, pagando un precio enorme en vidas y en riquezas. En una ocasión, el 10 de octubre de 1984, Juan Pablo II se disponía a viajar a Hispanoamérica para celebrar los 500 años de su descubrimiento y evangelización, pero quiso parar en El Pilar de Zaragoza. La evangelización de América fue «una tarea ingente que tuvo su origen aquí, en tierras ibéricas —dijo—. Una siembra generosa y fecunda la de aquellos misioneros españoles y portugueses que sembraron a manos llenas la Palabra del Evangelio, en un esfuerzo que llega hasta hoy, y que constituye una de las páginas más bellas en toda la historia de la evangelización llevada a cabo por la Iglesia»[2]. Recordó que la Virgen del Pilar es la patrona «de la Hispanidad», no ya de España, sino de la Hispanidad, de esa vida humana y divina que la abnegación de nuestros antepasados y la gracia de Dios extendieron más allá de la península, por todo el mundo. Y siguió el Papa: «En el umbral de un viaje eminentemente misionero, y en nombre de toda la Iglesia, he querido venir personalmente para agradecer a la Iglesia en España la ingente labor de evangelización que ha llevado a cabo en todo el mundo, y muy especialmente en el continente americano y Filipinas. […] ¡Gracias, España, gracias, Iglesia de España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo!». Y el Papa hacía un pequeño repaso del esfuerzo misionero de la Iglesia española y luego tocaba otros temas importantes. De esas palabras, subrayo dos aspectos en los que se ha sustentado esta misión de España: la firmeza de la fe, representada en el pilar sobre el que pone sus pies la Virgen María; es la fe apostólica, la fe revelada por Dios en Cristo, anunciada por los apóstoles, madurada por la Tradición, definida por el Magisterio, la fe que nos dice la verdad de Dios y del hombre. Y luego, además de esta firmeza de la fe, la cercanía de María: España, tierra de María.
Antes os decía que cada cristiano tiene una misión concreta, y que las naciones cristianas, a mi modo de ver, también tienen una misión concreta: la nuestra ha sido durante muchos siglos la defensa y la expansión de la fe. Nuestra misión y lo que somos tienen dos pilares: la fe apostólica y la cercanía de María, la madre de Jesús. Sobre la fe y con la compañía de María España se configuró como nación, superando el yugo del Islam y llevando el Evangelio, con una energía y un derroche humano no comparables al de ninguna otra nación. Pero, si olvida sus pilares, no habrá futuro para España. Dios dará esta misión a otro pueblo que le sea fiel. El futuro de España no se juega en las próximas elecciones, por importantes que sean, ¡que lo son!, no está en ningún líder político, de derechas o de izquierdas. El futuro de España está en volver a recuperar la fe eclesial, es decir, la fe apostólica, y la compañía de María. Sin Dios no tenemos futuro, ni como personas, ni como comunidad nacional.
Hablamos de la fe cierta y firme recibida de los Apóstoles, y hablamos de María, la Madre de Jesús, nuestra Madre, la Virgen del Pilar. A Santiago le bastó la fe y la compañía de María para continuar con su misión entre nosotros cuando éramos una tierra de paganos. A nosotros nos basta eso mismo para evangelizar de nuevo nuestra tierra y continuar nuestra misión en el mundo. En el Evangelio, le dice a Jesús una mujer: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Sí, María es dichosa por haber llevado en su vientre a Jesús y por haberlo amamantado, pero no solo ni fundamentalmente por eso. Jesús responde a la mujer: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». María es más dichosa por haber sabido escuchar a Dios y haber obedecido por la fe, más dichosa por ser de Dios, por haberse hecho su esclava. Y solo así fue Madre de Cristo. Aprendamos de esto: nuestra grandeza, la de cada uno de nosotros, y como comunidad nacional, dependerá de ser de Dios, de obedecer a Dios, de nuestra fe. «Si no creéis, no comprenderéis», «si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9. Cf. LXX).
Que la Virgen del Pilar reanime nuestra fe y nuestro ánimo, que nos enseñe a ser de Cristo, que nos acompañe en el camino, como acompañó al apóstol Santiago.
Bendita sea María
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía en la fiesta de la Virgen del Pilar, 12 de octubre de 2026. Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
[1] JOHN HENRY NEWMAN, Meditaciones y devociones (Edibesa, Buenos Aires - Madrid 2007) 225-226
[2] JUAN PABLO II, Homilía del 10 de octubre de 1984. (vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1984/documents/hf_jp-ii_hom_19841010_celebrazione-saragozza.html)
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