La Iglesia universal celebra hoy el domingo XXV del tiempo ordinario, pero en la ciudad de Alcalá celebramos la solemnidad de Nuestra Señora del Val, patrona de la ciudad. El evangelio nos enseña el verdadero sentido de la fiesta, de esta y de toda fiesta que sea realmente humana.
Jesús viene probablemente de Betania, no la ciudad de Lázaro y sus hermanas, cercana a Jerusalén, sino otra Betania, al Oriente del Jordán (Cf.: Jn 1,28, en la región de Perea), cuya localización ha sido descubierta no hace mucho tiempo. Tres días (Cf.: Jn 2,1) ha tardado en llegar desde allí, recorriendo unos 90 Km a pie, unas seis horas de marcha diarias. Él con los cinco primeros discípulos: Juan, Andrés, Simón (Pedro), Felipe y Natanael. Llegarían cansados a Caná.
La madre de Jesús —así es llamada siempre María por san Juan— ya estaba allí. Debían de ser las bodas de algún pariente o amigo cercano, para que fuera desde Nazaret, a unos diez kilómetros, e invitasen también a Jesús. No es difícil imaginar que María llegó allí y se puso a trabajar en lo necesario para la fiesta nupcial, que duraría varios días, como era habitual. Había ido corriendo bastante más lejos después del anuncio del ángel para ayudar a Isabel en el parto, ahora se comportaría de manera semejante, movida por una caridad solícita y servicial. Eso encaja con el hecho de que María se diese cuenta enseguida de que se acababa el vino: se percató de que faltaba el vino, porque estaba afanada en el servicio. La madre de Jesús se mueve por una caridad solícita.
A Jesús también le habían invitado y fue, porque no es una especie de hombre extraño que huya de sus familiares, de los hombres en general, y de sus cosas, de algo tan bueno como el matrimonio, por ejemplo. Pero seguramente fue también con el deseo de ver a su Madre. Es posible que fuese la primera vez que tenía oportunidad de verla desde que salió de Nazaret para empezar a predicar. Desde entonces había viajado al sur para encontrarse con Juan Bautista y ser bautizado, había pasado 40 días de oración y ayuno en el desierto, siendo tentado por Satanás. Había llamado a los primeros cinco discípulos… Querría también presentárselos a su madre, «para que ella recibiese en su corazón inmaculado a sus discípulos, para confiarle sus almas y su fe, aún inmadura»[1].
San Juan, el evangelista, no se para en narrar el encuentro y las presentaciones. Va enseguida a lo importante: María se da cuenta de que se acaba el vino y se dirige a su hijo: «No tienen vino». La caridad solícita de María se convierte enseguida en oración dirigida a su hijo. No necesita muchas palabras para hacerse entender por Jesús, tienen desde el principio una íntima unión: el vínculo natural entre madre e hijo en ellos es un vínculo mucho más perfecto. Y la respuesta que da Jesús a su madre nos centra en ese vínculo. La traducción que hemos escuchado decía: «Mujer, ¿qué tengo que ver yo contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Pero me temo que es una mala traducción, porque ya interpreta el texto griego en una dirección que nos despista, como si Jesús quisiera marcar distancia con su madre. El texto griego dice más literalmente: «Mujer, ¿qué [hay] entre tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora».
Antes he dicho que el evangelio de san Juan se refiere siempre a María como «la madre de Jesús». Pero Jesús la llama «mujer». Esto tiene un significado, porque un hijo no llama a su madre de forma natural «mujer». Al hacerlo así, Jesús situaba a María en el plan de Dios, por el cual él, Redentor del mundo, va a ser el principio de una nueva creación, el Nuevo Adán, y su Madre, junto a él, la Nueva Eva, madre de todos los creyentes, nuestra madre, Madre de la Iglesia. De forma que la maternidad de María con respecto a Jesús es también la maternidad espiritual de toda la progenie de su Hijo. Y ese es el vínculo al que Jesús apela, cuando le dice a su madre: ¿qué hay entre tú y yo? Como decirla: tú y yo estamos unidos por una misión y el momento de cumplirla no ha llegado.
Esto se entiende si nos referimos al momento clave de la vida de Jesús. ¿Sabéis cómo llama Jesús a ese momento en el evangelio de san Juan? «Mi hora». Y esa hora es su entrega en la cruz. Allí, en la cruz, Jesús llama a María para hacerla partícipe de su obra redentora: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Esa obra redentora en la cual, desde la cruz vierte su amor para transformar el corazón del hombre y desposarlo con él. Esa obra redentora por la cual el vino «que alegra el corazón del hombre», es decir, el amor divino, se vierte en el corazón de los que creen en él.
Así pues: «¿qué hay entre tú y yo, Mujer?» no es una forma de marcar distancia con su madre, sino la forma de apelar al vínculo que le une a él, el Redentor del mundo, con la que ha de ser la Madre de la Iglesia y, si lo queremos reconocer, la Corredentora. Y aún no ha llegado el momento en el que él haga brotar de su costado el vino nuevo de la gracia divina, del amor que lava, purifica y eleva la condición del que cree: «Todavía no ha llegado mi hora».
Pero como Jesús no puede no atender el ruego de su Madre, lo va a hacer signo de lo que ocurrirá en la cruz: cuando vierta el vino de su amor sobre el corazón de los que creen en él. Y así se entiende perfectamente todo lo que pasa a continuación: la madre no es ni se siente desplazada, sino que asume su lugar, junto a su Hijo, como la Señora de la casa, que ordena para dispensar el vino bueno a los invitados de su Hijo: «Haced lo que él os diga». Las tinajas de piedra, un número cuantioso, que habían servido el agua para los ritos judíos de purificación, estaban ya vacías. Jesús manda llenarlas de agua y llevarlas al mayordomo. El mayordomo, que no sabía nada de todo lo que había pasado, prueba lo que le llevan. Es vino. Y se extraña porque no era normal guardar el vino mejor para el final. Efectivamente, él no sabía lo que ahora nosotros sabemos: que el vino bueno es el que nos da Cristo, y que María nos proporciona, solícita, al ver que a nosotros nos falta la gracia de Dios.
El Evangelio nos hace entender que la alegría del corazón del hombre no viene de nada que no sea Cristo y su hora, su entrega en la cruz, a la que nos hacemos presente por la Eucaristía. Nuestros conciudadanos desconocen esto. Saben que van al concierto por la fiesta de la Virgen, pero para la mayoría el vínculo que nos une con el Redentor y su Madre, con su hora, con la cruz, se ha roto. Nuestro mundo, y en gran medida también nosotros, ya no entiende que aquellos motivos por los cuales el hombre ha hecho siempre fiesta, una boda, el nacimiento de un hijo, o cosas similares, pierde sentido si se aleja de aquel que nos da el vino bueno, el mejor vino. Y cuando eso ocurre, la fiesta, buena por las cosas buenas de la vida, degenera en ruido, en sinsentido, en suciedad, y, las más de las veces, en mal gusto, pecado y perversión.
María no dijo a aquellos novios que no celebrasen su amor humano. No dijo a los demás que no celebrasen el amor de los novios. Pero con su súplica, «no tienen vino», nos enseñó que el verdadero vino que alegra cualquier momento de la vida del hombre, que da sentido al gozo y al sufrimiento, al trabajo y a la fiesta, es el vino que se vierte del corazón de su Hijo, el que ella custodia, el vino de la Eucaristía.
Acudamos así a María. Escuchemos a Cristo: «Ahí tienes a tu Madre».
Homilía en la Fiesta de NUESTRA SEÑORA DEL VAL, patrona de Alcalá. En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares Domingo 20 de septiembre de 2025
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz 14-IX-2025
«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2,9)
Queridos todos:
Quiero llamar vuestra atención sobre unas palabras de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura:«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Está hablando del Hijo eterno de Dios: de cómo se despojó de su gloria eterna para hacerse hombre; de cómo siendo hombre verdadero se hizo siervo y esclavo de todos cargando con aquel peso que a todos nos destruía, el pecado; y que eso lo hizo en obediencia a su Padre eterno, al plan que su Padre eterno había trazado para salvarnos. Está hablando san Pablo de cómo por este camino de vaciamiento llegó hasta la muerte, a la muerte terrible y humillante de la cruz: «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz».
Y es aquí, donde dice: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Dios vio a su Hijo amado, que había llevado la humanidad tomada de María a la perfección de la obediencia a él, a la perfección de su condición de hijo, a la perfección del amor, del amor a Dios y del amor a sus hermanos. Y al ver eso, vio al primer hombre que se hacía digno del amor divino, al hombre que justificaba toda la creación, al hombre en el cual Él se podía complacer. Bajo el peso del pecado de todos los hombres, asumido libremente por amor, y bajo la mancha del pecado de todos los hombres, que Jesús hizo suya por amor, el Padre eterno vio al hombre perfecto, vio la humanidad llevada a su perfección en la humildad, en la obediencia, en la caridad, en el amor… Vio al hombre perfecto y lo exaltó: «Lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Cuando Jesús salió de las aguas bautismales del Jordán, que anunciaban su muerte, Dios había mostrado su complacencia, su orgullo, no solo en su Hijo Eterno, sino en la obra que ese Hijo comenzaba y que concluiría en la cruz: «Este es mi Hijo, el amado» (Mt 3,17). Cuando en el Tabor, mostró la luz de su ser divino que se ocultaba bajo el peso del pecado de todos los hombres, y enseñaba a los tres Apóstoles que debía ir a Jerusalén para padecer allí, su Padre eterno vuelve a mostrar su complacencia: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo» (Mt 17,5). Y cuando Jesús ya ha llevado, en la cruz, el amor hasta el final y ha muerto, el Padre infunde su Espíritu en la humanidad destruida por el pecado, lo vivifica, y a este Hijo suyo eterno, Dios de Dios desde toda la eternidad, pero ahora con esa humanidad que ha tomado como suya para siempre, a cuyo destino se ha unido para siempre, le exalta resucitado, y lo hace Señor de todo: «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre».
La cruz, instrumento de la muerte de los siervos que han cometido delitos infames, símbolo de la humillación y del castigo por el delito, ha sido convertida por Jesús en un instrumento de amor filial y de amor al hombre. Y con la resurrección la ha convertido en símbolo de su victoria, de la victoria de su amor por su Padre y de su amor por nosotros, símbolo de su exaltación. Hablamos de la exaltación no de cualquier cruz, sino de la cruz de Cristo, donde se muestra su amor por los hombres y su amor a Dios, un amor que ha vencido la muerte. En esa Cruz brilla el amor de Cristo por nosotros, del Hijo hecho hombre, y también el amor del Padre Eterno: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna».
«Todo el que cree en Él». Nosotros creemos en Él. Con todas nuestras debilidades, con toda la pobreza de nuestra alma y de nuestro cuerpo, creemos en Él. Creemos que el crucificado es el Hijo de Dios que muere por amor nuestro. Creemos que en la cruz ocupa voluntariamente nuestro lugar. Creemos que en la cruz él muere por cada uno, que por cada uno lleva el pecado, que por cada uno ofrece a su Padre la ofrenda de su amor perfecto. Sí, creemos que él nos ama a cada uno con un amor exclusivo y único. Creemos que en la cruz él se nos entrega y que esa entrega permanece en la Eucaristía, hasta que podamos abrazarnos a él en el cielo.
Creemos que este amor suyo por nosotros es inmerecido, que no hay nada con qué pagar tanto amor. Creemos, con san Pablo, que este amor suyo es nuestra verdadera gloria: «yo no he de gloriarme, sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14), porque nada hay comparable a este amor del Hijo de Dios hecho hombre, de Jesús, «que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,16). Este amor es nuestra verdadera gloria, el amor que nos perdona, el amor que nos salva de nosotros mismos, el amor que no acaba, que rompe los límites del pecado y de la muerte, el amor inmortal.
Ante todos los miedos, nosotros nos abrazamos a esta cruz que nos habla del amor de Cristo y que nos da la vida eterna. Ante todas las dudas, nos abrazamos a esta cruz que nos da la certeza del amor de Dios. Ante todos los fracasos, nos abrazamos a esta cruz, a Cristo crucificado, que nos da la victoria. Ante la oscuridad que trae al alma nuestros propios pecados, nos abrazamos a esta cruz que destila el perdón del corazón de Cristo. Ante todas las mentiras de este mundo, nos abrazamos a esta cruz que nos enseña el amor verdadero, que nos enseña a ser hombres y el camino de la vida dichosa.
Jesús, tú te has entregado a nosotros en esta cruz. Y nosotros queremos entregarnos a ti. Tú has dicho: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). ¡Atráenos siempre hacia ti, Señor!
«Así se enderezaron las sendas de los terrestres» (Sb 9,18)
Queridos todos, después de los meses de julio y agosto, me alegro de volver a celebrar con vosotros la Misa del domingo.
¿Recordáis las últimas palabras del evangelio del domingo pasado? Os las recuerdo: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos». Es lo que hace el Señor con nosotros cada domingo. Al que es limpio, le disgusta juntarse con quien va sucio y huele mal; al que es inteligente e instruido, no le suele gustar perder el tiempo con quien es ignorante y tiene pocas luces, se aburre con él; al honrado, le asquea la compañía de mentirosos y ladrones; al virtuoso, le repele el vicioso… Así es el movimiento natural del corazón. Pensad, ahora, en el sentimiento de Dios hacia nosotros: no siempre sinceros, no siempre puros, no siempre justos. Al contrario: muchas veces embusteros o simuladores; a veces impuros, llevados de pensamientos y deseos vergonzosos; a veces desleales con el amigo o con la esposa; a veces egoístas y desagradecidos con los padres; a veces avaros y tacaños; a veces, insensibles al dolor de los otros, fríos e indiferentes; a veces duros en nuestros juicios con las debilidades de los demás, a pesar de que nosotros caigamos con frecuencia en sus mismos pecados; a veces tramposos; a veces iracundos con los débiles y cobardes con los poderosos; muchas veces perezosos o incapaces de controlar lo que comemos o lo que bebemos… ¡Y sobre todo el orgullo y la soberbia que nos hacen insufribles y odiosos! ¿Creéis que es plato de gusto para el que es santo entre los santos, puro, sabio, justo… convivir con nosotros? No, y hecho hombre, en su sensibilidad humanidad se levantaría una tormenta de sentimientos contrarios a nuestra compañía, tormenta de sentimientos contarios a nosotros que su libertad negó y contrarió con el movimiento opusto: el del amor, el de la misericordia que se entrega a lo miserable. Esto ocurre cada domingo, cuando él, verdadero hombre, resucitado, vivo, nos llama y nos ve acercarnos, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», en el alma, moralmente. Y hace un acto de voluntad, un acto libre con el que decide amarnos y hablarnos de lo íntimo de sí, y darnos su propia persona como alimento.
San Pablo expresa de otra forma la misma realidad, teniendo a la vista a Cristo crucificado: «Cuando éramos enemigos suyos, él nos amó». Y podríamos decir que nuestros pecados, en la medida en que permanecen en nosotros, siguen haciéndonos, en cierto sentido, enemigos de Cristo. Y diré, sin ninguna duda, que Jesús, sigue reiterando, o actualizando, cada domingo ese acto libre de su voluntad, por el cual nos convierte en sus amigos y se nos da: la decisión de amarnos.
No es de extrañar que quien ama así, quien nos ha dado la primacía en su vida, quien nos ha amado más que a sí mismo, y ha cargado con nuestros pecados desde el pesebre hasta la cruz, se vuelva hacia nosotros y nos exija, con toda rotundidad, tener la primacía en nuestro corazón y en nuestra vida, la total primacía, y seguirlo en su amor. Eso es lo que aparece en el evangelio de hoy: Jesús ve una gran multitud que lo sigue y quiere, necesita, ser claro: su amor no es un sentimiento que va y viene, es una decisión por la que ordena toda su vida a la cruz, como acto extremo y final de amor con el que decide salvarnos. Y eso requiere de nosotros no un mero sentimiento de emoción o de agradecimiento, sino la decisión consciente, ponderada, de hacer de Cristo nuestro verdadero Señor: «Mucha gente acompañaba a Jesús. Él se volvió y les dijo: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”».
Hay que pensarlo, hay que calcularlo, como el que quiere construir una torre y antes echa cálculos, como el que quiere emprender una guerra y antes tiene que valorar si va a poder vencer. Debemos valorar bien a Cristo y su amor, y entender que su amor exige nuestro amor, que él concreta en tres cosas: 1) amarlo a él más que a nadie y más que la vida misma; 2) llevar la propia cruz y seguirlo; y 3) renunciar a todas las posesiones.
Cada uno de nosotros ha de entender y vivir estas exigencias según su propia vocación, porque no quiere el Señor que todos seamos cartujos o carmelitas descalzas, o todos misioneros itinerantes como san Pablo, no. Lo que exige su amor es que lo ordenemos todo no a nosotros —que es lo que solemos hacer—, ni a ninguna otra criatura, sino a él.
¿Es esto un capricho? No, es que el amor pide amor, y no se contenta sino con el amor y solo puede pagarse con amor y solo puede llegar al fin al que tiende si es correspondido con un amor semejante. Pero hay algo más. Os preguntaba si esta exigencia de Cristo es un capricho. No lo es, porque solo en poseerlo a él por el amor el corazón del hombre descansa. Él, solo él, solo Cristo derrama gozo y plenitud en el corazón del hombre. Solo él es nuestro bien. Esta es la sabiduría desconocida en la antigüedad y por la que clamaba la primera lectura, aquello que los judíos justos anteriores a Cristo aún desconocían: que nuestro corazón está hecho para el Hijo de Dios, que habría de hacerse hombre y morir en la cruz. Este es el conocimiento que endereza nuestros caminos en la tierra hasta la vida verdadera.
«Grande eres, Señor […] y nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, que es una de las verdades de la fe transmitida por los Apóstoles. Así en el Credo, después de la resurrección de Cristo, confesamos: «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso».
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que vieron elevarse a Cristo hasta que una nube se lo quitó de la vista. Este subir en el espacio es el signo visible de un subir más real: adentrarse en Dios. Decimos “subir” porque no tenemos mejor forma de expresar este acrecentamiento del ser que significa pasar de este mundo creado a Dios, increado, eterno, que no está arriba, ni abajo, ni a derecha ni a izquierda, sino que lo llena todo y lo invade todo y está todo entero en todas partes sin confundirse con nada y es más alto, más perfecto, que todo lo que nosotros podemos ver, imaginar o concebir. Subir a los cielos significa adentrarse en Dios, en una vida que para nosotros es un misterio insondable, de la que sabemos lo que el Hijo nos ha revelado: que es una comunión trinitaria de amor. El Hijo de Dios vuelve a su Padre, pero no como había salido cuando bajó del cielo para hacerse hombre. Vuelve con su humanidad: con su cuerpo humano levantado del sepulcro, con su alma humana rescatada del sheol, con su corazón humano y con todo lo que él ama, con su Madre en el corazón, con Pedro, con Santiago, con Juan y con cada uno de aquellos por los que se entregó en la cruz. Es decir: asciende con esta naturaleza humana con la que se ha hecho hermano nuestro, y con nosotros en el corazón, en su voluntad amorosa. Así subió a los cielos. Y Dios le sentó a su derecha: le dio, como hombre victorioso, lo que ya tenía antes de la creación como Hijo eterno: ser Señor de todo.
La nube les quitó de la vista a Jesús. En todo el Antiguo Testamento la nube esconde el misterio de Dios que el hombre no puede penetrar. Conforme a ese significado de la nube, Jesús se adentró en ese misterio de Dios, que nuestra mirada no puede penetrar, que nuestra inteligencia no puede dominar. Y el relato dice que cuando la nube terminó por quitarles de la vista al Señor, los Apóstoles se quedaron mirando fijos al cielo, como tontos y embobados. ¡Qué natural me resulta esto! Querían seguir a su Maestro de alguna forma, aunque solo fuese con la mirada. Dijo sobre esto una vez el papa Benedicto XVI: «El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo», el Señor quiere hacernos crecer hasta Dios. Es verdad que la nube expresa una separación. Ya he dicho que Cristo se adentra en un misterio que ni nuestros sentidos pueden penetrar, ni nuestra inteligencia puede dominar. No podemos asaltar el cielo. No podemos forzar a Dios. Pero también he dicho que Cristo ascendió con nuestra naturaleza y con nosotros en la voluntad amorosa de su corazón. San Pablo reza por los cristianos de Éfeso —y yo lo hago por todos nosotros— para que comprendan lo que esto significa: que Jesús ha introducido en el seno de Dios nuestra naturaleza, para que lleguemos allí; que él nos lleva en el corazón, en ese corazón que gobierna el mundo, para tirar de nuestro amor con el suyo. Cristo en el seno de Dios es nuestro destino. Tenemos que comprender esto y tender hacia ello con el corazón, con la voluntad amorosa de nuestro corazón, por pobre y débil que sea: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, […] ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros». Que el Señor atraiga nuestro corazón hacia el suyo. La nube es solo temporal, la separación es solo temporal. Llegará el momento de reunirnos con él: «Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros».
Mientras tanto, aunque esté en el cielo, no nos ha dejado solos y sin nada que hacer. Lo tenemos en su Palabra y en los sacramentos. Ya el domingo pasado os hablé de cómo Jesús promete una presencia espiritual en nosotros a través de su Espíritu; presencia espiritual más perfecta e inmediata que la corporal que tuvieron los apóstoles durante los tres años que convivieron con él. Es el Espíritu Santo quien nos trae su presencia real al alma. Y es también el que nos guía en la misión que Cristo nos da. Antes de ascender a los cielos, Jesús vuelve a recordarlo: «Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que ya os he hablado […] dentro de no muchos días [se refiere a Pentecostés] seréis bautizados con Espíritu Santo». Con esta presencia de Cristo en el alma, unidos a él, pastores y fieles tenemos una misión que cumplir: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». Los confines de la tierra son también aquellos hombres que nos parecen imposibles de conquistar para el Evangelio. Pero Cristo no pide que nosotros los conquistemos, solo que demos testimonio de él, testigos de su amor que vence la muerte. Confiemos en el Espíritu que Cristo nos promete, para que sea él quien nos conduzca en la misión apremiante que tenemos; cada uno en su propio estado, cada uno según su propia vocación particular, cada uno conforme a los dones naturales que Dios le ha dado y los dones sobrenaturales que quiera darle. A veces esos confines están, en realidad, muy cerca de nosotros, y muchas veces nos olvidamos de que Cristo nos ha dado una misión. A veces es nuestro amigo; a veces nuestro hijo, que ha venido a ser un desconocido. Tenemos una misión con él, y no es solo darle ropa, o enseñarle cómo debe comportarse en público. El amor que les debemos, por el que todos seremos juzgamos, implica el testimonio del Evangelio. Ser testigos de Cristo es el más ineludible ejercicio de caridad. Parte importante de esta fiesta es la invitación divina a perseverar en la súplica de una nueva efusión del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros y sobre la Iglesia universal, que necesitamos para tener en nosotros a Cristo y para la misión que él nos ha dado. Estos días que median entre la fiesta de la Ascensión y Pentecostés son especialmente indicados para esta súplica.
Queridos hermanos, no podemos vivir como paganos. Somos cristianos, Dios nos ha dado algo que no merecemos y tenemos un deber que cumplir en esta vida, nos dediquemos a la banca o a fabricar coches. Por encima de todo, tenemos un deber: dar testimonio de quien ha dado la vida por nosotros. Queridos hermanos, Dios nos ha dado a su Hijo, y nosotros no podemos vivir con la ignorancia, la oscuridad y la tristeza escondida de los paganos, que guiados por el espíritu de este mundo, aman solo este mundo que pasa y decepciona, «sin Dios y sin esperanza». «Solo aspiran a cosas terrenas», como dice san Pablo: «Su paradero es la perdición, su Dios, el vientre; su gloria sus vergüenzas. Pero nosotros [sigue diciendo el Apóstol] somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Necesitamos mirar al cielo y aspirar al cielo. Celebramos la Ascensión del Señor para recordarnos a nosotros mismos que no tenemos otra meta que Dios.
«Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23)
Desde que Juan, Andrés, Simón Pedro, Felipe y los demás conocieron a Jesús, poco después del Bautismo en el Jordán, tres años antes de su resurrección, uno tras otro se había unido a él dejando atrás su vida anterior —trabajo, familia, posesiones…— Jesús se convirtió en su única riqueza. Llegará a ser cierto lo que en una ocasión le dijo Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). Jesús se convirtió para los Doce, y para otros muchos, hombres y mujeres que lo seguían con más o menos cercanía y fidelidad, en una riqueza tan grande que sus males morales y espirituales fueron quedando atrás, en un bien tan grande que incluso las cosas buenas se oscurecieron en comparación con aquella luz de su presencia que llenaba sus días.
El Evangelio está lleno de detalles que confirman este hecho. Juan, el apóstol, sintetiza en una afirmación el resultado del primer encuentro que él y Andrés tuvieron con Jesús: «Se quedaron con él» (Jn 1,39). Y así se resume la vida de los tres años que los Doce pasaron con Jesús. Pero también de todos los demás discípulos se podría decir que Jesús se convirtió en el hogar que los acogía, que los curaba, que los perdonaba, que los enseñaba, que los corregía y que los unía entre ellos. Y cuando muchos se escandalizaron de él y se alejaron, Simón Pedro volvió a dar voz a todos sus fieles, diciendo: «Señor, ¿dónde vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
Sin embargo, la muerte en cruz rompió este vivir en su compañía. Cualquiera que haya perdido a alguien amado y cercano entenderá lo que significó esta ruptura. Después, verlo resucitado les llenó de alegría, porque con todas sus debilidades, lo amaban. «Se llenaron de alegría, al ver al Señor» (Jn 20,20), recuerda san Juan. Pero no resucitó para este mundo y cuando la Magdalena quiso abrazar sus pies, Jesús le dijo aquello de: «No me retengas que aún no he subido al Padre» (Jn 20,17). Tengo que subir al Padre. Y es que Jesús resucita no para vivir otra vez esta vida nueva, sino para alcanzar con su humanidad el seno de Dios, donde nosotros no podemos escalar. Por lo tanto, también la resurrección y la ascensión a los cielos, parecía que les quitaba a los apóstoles la cercanía cotidiana de Cristo. Hemos escuchado hoy que Jesús, antes de ser apresado, les dice: «Me voy […] al Padre»; sin embargo, añade algo: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». En una ocasión anterior ya les había advertido que les convenía que él se fuese físicamente de su lado («os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn16,7)), porque entonces podría venir de una forma más íntima, no para estar ante ellos, sino para estar en ellos, por medio de su Espíritu. Por medio de su Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, él, Cristo, y también el Padre se adentran en el alma del cristiano y se hacen presentes a él, real y personalmente presentes. A eso lo llamamos inhabitación. Es la presencia verdadera y real de Cristo, de su Espíritu, de la Santísima Trinidad.
Los Apóstoles y los otros discípulos ya no podían vivir sin la compañía cotidiana de Cristo, pero tampoco Cristo quiere vivir lejos de los suyos: «Llévame como un sello en el corazón» (Cant 8,1), leemos en el Cantar de los Cantares, palabras que nosotros podemos escuchar en labios de Cristo dirigidas a nosotros. Sí, como un sello indeleble, imborrable, más que eso, como una presencia misteriosa, sobrenatural, pero real de él, el que nos ama, el que vive, de quien nada nos puede separar, solo nuestro pecado.
Mientras os digo estas cosas podéis pensar: también tenemos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Es cierto. Pero ¿para qué se nos da esa presencia real fuera de nosotros, en las especies consagradas, sino para tomarlas («tomad, comed»), para que el que nos ama en la cruz y vive se adentre en nosotros y nos haga suyos cada vez más? Dice un maestro de vida cristiana, el venerable José Rivera: «La eucaristía ha sido instituida para intensificar en los cristianos la inhabitación de Dios: “para que tengan vida y vida abundante” (Jn 10,10) […] La Eucaristía es para la inhabitación. La presencia real de Cristo en la eucaristía tiene como fin asegurar e intensificar la presencia real de Cristo en los justos por la inhabitación»[1].
Para Juan, para Andrés y para todos los demás esta es la respuesta al desconcierto que sufren cuando ven que su Señor vive, pero que se aleja de ellos hasta el seno de Dios. La inhabitación es el gran don que hemos recibido los cristianos que caminamos en esta vida. San Ignacio de Antioquía, martirizado a comienzos del s. II, habla de Cristo como de «mi inseparable vivir». Lo dice en sentido real porque se sabe «portador de Dios», y así habla de sí mismo en sus cartas: «Yo, Ignacio, de sobrenombre Teóforo (portador de Dios)». Es solo un ejemplo, de lo que supone la inhabitación de la Trinidad en los cristianos, la promesa de Cristo en el Evangelio: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».
Ahora, en esas breves palabras se indica también el camino de su presencia sobrenatural. El camino es el amor a Cristo, que es el amor a quien nos ama, no a una entelequia o a una doctrina, sino a Jesús, vivo. El camino de la presencia de Cristo en nosotros es el amor a él. Es el amor que nace de la fe, pero dejamos a un lado el asunto de la fe, para centrarnos en el amor a él, el asunto principal del que hoy habla el Señor. Pues bien, ese amor a él se realiza en la obediencia a su palabra. Su amor por nosotros se realiza en la cruz, nuestro amor por él se realiza en la obediencia a su palabra. Sin esta obediencia, el amor no llega a ser real. Guardar su palabra significa custodiarla en la memoria, en la inteligencia, en el corazón… pero significa, sobre todo, guiarnos por ella como criterio último y definitivo, hasta hacernos obedientes a ella. ¡Qué difícil esto en un mundo que desprecia la enseñanza de la obediencia más natural, como la de los hijos a los padres!
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras».
El Señor nos da un don enorme, una gracia sobrenatural enorme, este de la inhabitación de la Trinidad en nuestra alma, de su presencia personal y real en nosotros. Y todo depende de nuestro amor, que se realiza en la obediencia a su palabra.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] JOSÉ RIVERA – JOSÉ MARÍA IRABURU, Espiritualidad católica (CETE, Madrid 1982) 196-197