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«A vosotros…; a los que están fuera…»

Me perece a mí que lo fundamental del evangelio de hoy es llegar a saber si uno está entre aquellos con los que Jesús habla cuando está ya a solas, cuando entra en casa, o si forma parte de «los de fuera». Es necesario entrar dentro («Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu padre, que ve en lo secreto, te recompensará» Mt 6,6). Y este «dentro» indica el lugar creado por Dios para hablar con el hombre, esto es, el corazón. Es necesario volver allí dentro y permanecer allí. «Redire ad cor» (S. Agustín).  Es necesario luchar por preservar la intimidad de este lugar fuera de las miradas curiosas y de nuestra tendencia a ofrecernos a la consideración y a la admiración de los demás, que termina por destruir este lugar y dejarlo como un mercado donde todos manosean la mercancía para luego dejarla abandonada.

En realidad, por mucho que nos empeñemos, solo Uno conoce el valor de nuestra alma. Solo Uno ha pagado por ella el precio que la redime de su soledad.

¿Estamos dentro, esperando oír, o estamos fuera parloteando y exhibiéndonos? Nos jugamos mucho en este quedarnos fuera o entrar en la modestia y en silencio del corazón para esperar y escuchar. La escucha de la fe es como una virgen consagrada que se esconde en su celda. Aunque la caridad sea luego como una madre solícita que se empeña en el trabajo. Pero el principio de la vida cristiana es la fe, una respuesta a la Palabra hecha carne, que sólo puede ser entendida por este «órgano» interior que llamamos «el corazón».

A los que entran dentro se les concede conocer los misterios del Reino, esto es la comunión entre Dios y los suyos. Los que se quedan fuera miran sin ver y oyen sin entender.

P. Enrique Santayana C.O.

28/1/2015