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El Falso Consuelo del P. James Martin

Joseph Sciambra (Agosto de 2018)
Traducción de Mª Cecilia Gini
 

A la edad de dieciséis años, luego de haber tenido una educación católica más bien indiferente, de manera inexplicable, decidí visitar al sacerdote de mi zona.

No sabía exactamente por qué quería hablar con él. Esto fue en la cresta de la crisis del SIDA y yo tenía miedo, porque había reconocido frente a mí mismo mi tendencia homosexual hacía muy poco tiempo. Yo era un niño tristón y solitario, sin amigos ni mentores masculinos. Había abandonado la fe católica, pero quería hablar con un hombre —cualquier hombre— y no sabía a quién recurrir. Dando vueltas nerviosamente a unas pocas y simples palabras, fui al confesionario y le dije al sacerdote: “soy gay”. Él me aseguró que Dios entendía; Dios me había hecho así. Su intento de compasión y comprensión me evocó recuerdos de mis clases de religión del secundario, que siempre habían enfatizado la primacía de la conciencia. De acuerdo a este sacerdote, yo tenía que practicar el “sexo seguro”. Ese era el rol de mi conciencia: debía guiarme a actuar “de manera responsable”.

En menos de dos años, estaba entrando al distrito de Castro en San Francisco. Por un tiempo jugué a la segura, pero más tarde, ya no. Luego de unos años, en un momento en que mi vida no iba nada bien, hablé con otro sacerdote. Este me dio el mismo consejo que el primero, pero añadió que tenía que formar una pareja estable. Intenté hacer eso también, pero no creo haber hecho ningún cambio sustancial en mi manera de vivir a partir de lo que estos sacerdotes me dijeron. Ya estaba fundamentalmente hecho a la idea de que había nacido gay. Si algún dios me había hecho así o no, no me importaba en realidad. En cierto sentido, estos sacerdotes habían hecho mi vida más fácil confirmando lo que yo ya pensaba. Y sin embargo, a mis dieciséis, cuando hablé con aquel primer sacerdote, secretamente deseaba que me dijera otra cosa. Hubiera querido que fuera fuerte, hubiera querido que me rescatara de mí mismo.

Hoy en día el célebre sacerdote James Martin, S.J. habla en el Encuentro Mundial de las Familias en Dublín, Irlanda. El texto de su presentación es: “Mostrando acogida y respeto en nuestras parroquias hacia las personas ‘LGBT’ y sus familias.” En su libro, Building a Bridge: How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion, and Sensitivity[1], Martin alaba al Catecismo por decir que los homosexuales deben se tratados con “respeto, compasión y delicadeza” y que “se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”. En la superficie, el mensaje de James Martin parece compasivo y delicado.

En los hechos, es inconsistente y confusa. Si por un lado alaba la llamada a la delicadeza del Catecismo, por otro lo denuncia como “innecesariamente hiriente” hacia los homosexuales porque describe la homosexualidad como intrínsecamente desordenada. Martin ha propuesto que el Catecismo utilice en su lugar la expresión “diferentemente ordenada”.

Pero si esa frase hubiese estado en el Catecismo cuando volví a la Iglesia luego de años de vivir en pecado, habría vuelto solo para morir. Luego de vivir durante más de una década como homosexual activo, finalmente busqué a Cristo, como un hombre roto y humillado. Mi salud se había deteriorado. Había visto morir a mis amigos de SIDA y preveía que el siguiente sería yo. Pero aún entonces, tenía miedo de dejarlo todo. ¿Dónde podría acudir? Felizmente, descubrí que podía volver a casa. Mientras que cada sacerdote con el que me encontré asumió que yo debía continuar en mi pecado, mis padres nunca lo hicieron. Ellos me dieron un lugar en el que sanar.

Por un tiempo luché con el Catecismo y con Dios. Llegué al fin a entender que los actos homosexuales están mal. Pude ver la naturaleza destructora del sexo homosexual en mi propio cuerpo destrozado, pero no podía aceptar que, durante todos esos años que había pasado en mi propio “país lejano” personal, mi sufrimiento había sido en vano —que incontables hombres homosexuales habían muerto por nada, que habíamos sucumbido a una mentira. Y sin embargo, así fue. En mi época, algunos escucharon esta mentira en la cultura popular, en la línea de “Y.M.C.A.”, que prometía camaradería masculina para aquellos que fueran lo suficientemente valientes como para seguir a Madonna y su “exprésate.”

Los sacerdotes que me encontré en mi juventud y que eran superficialmente compasivos y atentos no hicieron nada que me ayudara. En lugar de decirme la verdad —que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados— me palmearon la espalda y me despidieron para que siguiera mi camino. En lugar de llamarme al celibato y animarme a vivir una vida casta, me dejaron como me encontraron: confundido. Las palabras de estos sacerdotes, dichas a un hombre joven y de poca fe, le dejaron permanecer por años en pecado mortal, impenitente y separado de Dios,

Si este tipo de consejo sacerdotal pudo dañar de esta manera la vida de un solo joven, imagínese el daño que las palabras del P. Martin harán a los numerosos jóvenes que participan seriamente del Encuentro Mundial de las Familias. Si la Iglesia quiere mostrar verdadero respeto, compasión y delicadeza hacia las personas homosexuales, debe ofrecerles las palabras de Cristo, no el falso consuelo del P. Martin.

Por Joseph Sciambra
 Agosto de 2018
https://www.firstthings.com/web-exclusives/2018/08/fr-martins-false-comfort
Traducción de Mª Cecilia Gini
para el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares  

[1] Esta obra no ha sido aún traducida al español; una traducción posible del título sería “Construyendo un puente: cómo la Iglesia Católica y la comunidad LGTB pueden entrar en una relación de respeto, compasión y delicadeza”.



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EL FALSO CONSUELO DEL P. MARTIN
Por Joseph Sciambra
para “First Things”

Agosto de 2018
https://www.firstthings.com/web-exclusives/2018/08/fr-martins-false-comfort
Traducción de Mª Cecilia Gini para el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
Autor Joseph Sciambra
Fecha 2019-04-05
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