Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

XXXII Dom. A
12-XI-2023

«Venga tu Reino» (Mt 6,10)

Muchas veces he afirmado que el Reino de los Cielos, el Reino de Dios, es la comunión amorosa de Dios y del hombre. Cristo ha traído el Reino de Dios a este mundo, porque con su presencia Dios ha puesto su morada entre nosotros. La Eucaristía es la permanencia de esa presencia real y amorosa. Pero nuestra comunión con Dios no se consumará y no será definitiva hasta que alcancemos el cielo, cuando Dios sea nuestra morada.
En el Evangelio de hoy Cristo dice: «Se parecerá el Reino de los Cielos…». Habla en futuro porque se refiere al Reino de Dios ya consumado, es decir, perfeccionado, y ya definitivo, es decir, para siempre.
Habla de ese Reino, consumado y definitivo, como de un desposorio, como de una fiesta de bodas. Eso indica lo ya dicho: que el Reino de Dios es la comunión amorosa entre Dios y el hombre. Y habla Jesús de los que entran a participar del gozo de esas bodas, es decir, del amor, y de los que quedan excluidos. Unos y otros, los que participarán en las bodas y los que serán excluidos, están representados por un grupo de vírgenes. Aquí no se trata de mujeres consagradas, sino de aquellas jóvenes cuyo futuro está aún abierto, cuya vida es aún una incógnita. Cada uno de nosotros estamos representados en ellas ante el desafío o el dilema de la vida. ¿Qué será de nuestra vida? ¿Qué vida nos espera? La pregunta no se dirige solo a los pocos o muchos años que nos queden por vivir en esta tierra, sino a la vida que lo será para siempre, después de la muerte.
La vida de esas vírgenes, y la nuestra, se decide con la llegada del Esposo, imagen de Cristo. Unas entran en el gozo del Reino, el gozo de las bodas; otras quedan fuera, excluidas. Entran las que tienen las lámparas encendidas, alimentadas con aceite; quedan fuera las que no poseen este aceite y sus lámparas se apagan. El fuego es el amor que espera ver el rostro del Esposo. El aceite es lo que alimenta ese amor: la oración, la Eucaristía, el ejercicio de la caridad y de las obras de misericordia, la contemplación del Crucificado… Ese fuego, el amor que espera el rostro de Cristo resucitado, no se puede comprar al que lo tiene, ni se puede prestar al que no lo tiene. Tampoco se improvisa, ni se consigue en un instante. Es el resultado de una oración constante, de una súplica ardiente, de la negación de uno mismo y del ejercicio de la caridad, de la celebración piadosa de la Eucaristía, de la contemplación del Crucificado… Solo así el alma arde, sin apagarse hasta que llega el Esposo.
Si Jesús habla de las vírgenes prudentes, sabias, como aquellas que mantienen encendidas sus lámparas, bien provistas de aceite, el libro de la Sabiduría habla de los sabios como aquellos que desean, que buscan, que aman. Ese amor suyo, amor aún de deseo, no de posesión, les hace capaces de reconocer y de ver lo que otros no son capaces de reconocer y de ver: la manifestación de Dios en la humanidad y la pobreza de Cristo. El amor ve más, porque está despierto, porque necesita y desea que aparezca el objeto de su espera, y lo reconoce cuando los otros no ven nada. Y no se ven defraudados, porque es Dios mismo quien los busca, desde mucho antes y con un deseo mucho más profundo e irrefrenable. Es Dios quien ha salido a buscar al hombre, el que se ha hecho hombre y ha puesto su morada entre nosotros. Dice el libro de la Sabiduría: «Quien madruga por ella —la sabiduría, que está en Dios– no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta». Si nosotros amamos a Dios, es porque «él nos amó primero». Si buscamos, es porque él nos ha buscado. Si esperamos, es porque él nos llama. Antes que nuestro corazón decida salir a buscar, Dios ya está esperando. Y dice también el libro de la Sabiduría: «va de un lado a otro buscando a los que son dignos de ella; los aborda benigna por los caminos». Cristo nos ha salido al encuentro, benigno y misericordioso, nos ha amado, nos ha llamado a su seguimiento y compañía. Así se ha iniciado el Reino de Dios, la comunión amorosa de Dios y del hombre.
Y aunque tenemos su presencia en la Eucaristía, la comunión con Dios no será perfecta y definitiva hasta que nosotros mismos al terminar esta vida, nos adentremos en la vida de Dios y podamos morar en él, con Cristo resucitado. Para eso es necesario que el amor nos convierta en fuego, que nuestro amor arda sin consumirse. Sin este amor, no podemos participar del banquete de bodas: «No os conozco», les dice el Esposo a las vírgenes necias.
Si amamos, esperamos el cielo. El Apóstol no quería que los cristianos de Tesalónica se afligiesen como hombres sin esperanza. Los cristianos tienen esperanza: esperan alcanzar el cielo. No tenemos aquí ni casa ni patria permanente. Está en el cielo. Allí nos espera quien nos ha amado hasta la muerte. Y cualquier discípulo, que ha contemplado a Cristo en la cruz, entregando su vida por él, no puede descansar hasta alcanzar definitivamente a Aquel que nos ha amado. Los cristianos no solo creemos que el Hijo de Dios se hizo hombre, que murió por nosotros y que resucitó. Los cristianos también esperamos alcanzar a Cristo resucitado. Sin esta esperanza no somos cristianos. Dando voz a esta esperanza, san Pablo dice: «Seremos llevados al encuentro del Señor… Y así estaremos siempre con el Señor». La fe se convierte en esperanza. En este mundo en el que no poseemos de forma perfecta a Aquel que nos ha amado, el amor se convierte en esperanza, en la espera activa de alcanzar a Cristo, de alcanzar a Dios. La comunión amorosa, perfecta y definitiva con Dios es el Reino que esperamos.
El mismo Jesús, al darnos el Padrenuestro, nos enseñó a suplicar a Dios este Reino: «venga a nosotros tu Reino». Lo suplicamos porque no podemos alcanzarlo por nosotros mismos, porque no podemos ir más allá de nuestros límites naturales y alcanzar la vida de Dios. Lo suplicamos porque no lo merecemos, porque ningún hombre, aun en el caso de que no hubiera cometido pecado alguno, puede presentar méritos a Dios y decirle: merezco vivir contigo y que me ames eternamente. Pero Cristo nos ha enseñado a pedirlo para dárnoslo. Ha encendido en nuestro corazón el deseo de amarlo a él, que nos ha amado primero, y que este amor establezca una amistad, una comunión, un desposorio, que ya no muera jamás. No hay riqueza ni vida comparable a este amor eterno. Cristo nos ha enseñado a esperarlo y a pedirlo para dárnoslo. «¡Venga tu Reino!». Que la oración, el alimento de la Eucaristía, la escucha del Evangelio, la contemplación del Crucificado, el ejercicio paciente y constante de la caridad, nos mantenga en vela, que nuestra alma arda sin apagarse hasta que llegue el Esposo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado 
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía
XXXII Dom. A – 12-XI-2023
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
Autor-1609;Enrique Santayana
Fecha-1609Martes, 14 Noviembre 2023 14:36
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