Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Santa María, Madre de Dios
1-I-2024

«Encontraron a María y a José y al niño» (Lc 2,16)

El primer día del año lo ha consagrado la Iglesia a Santa María Madre de Dios y así implora la bendición de Dios. En este mundo, unos y otros solemos desearnos un buen año nuevo, pero es un deseo inútil si el bien no lo recibimos de Dios. Dios es la fuente de todo bien y todos nuestros deseos son vanos, si él no nos da de sus bienes. Nuestros deseos son inútiles, si nos empeñamos es esperar el bien de la suerte, de la fortuna, o solo de nuestro trabajo. Siglos de trabajo humano, de progreso científico y técnico deberían haber hecho nuestra vida más dichosa. La han hecho más cómoda, la han hecho, en muchos sentidos más fácil, más larga, pero no más dichosa. Con todos nuestros logros y conquistas, buenos muchos de ellos, no hemos conseguido que el hombre sea más dichoso. «Todo es vanidad y caza de viento […] ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!» (Qo 1,14; 12,18). Y una sensación de vacío, de fracaso, de hastío, agobia a muchos, hasta el punto de que muchos desean quitarse la vida o, al menos, querrían pasar la vida narcotizados, como durmiendo en su alma, para no sufrir, para no sentir; como decía un poeta: «Allí, allá lejos; donde habite el olvido»[1].
 
Pero nosotros, por pura gracia, hemos recibido un don de Dios: su Hijo. Un don adecuado a lo que necesita nuestra alma herida por el pecado, porque él viene a quitar el pecado del mundo. Un don adecuado a la necesidad que tenemos de verdad, porque él es la Verdad, que ilumina la verdad de Dios, del mundo que nos rodea y de nosotros mismos, que ilumina nuestra meta y el camino que lleva a ella. Es un don adecuado a nuestro corazón, el amor por el que suspiramos, puro, gratuito, generoso hasta la donación de sí mismo, amor fuerte más que la muerte, amor perfecto que no muere, que abre nuestra vida humana a los horizontes infinitos de la vida divina.

Este don es Jesús. En él reconocemos al Hijo de Dios hecho hombre y en él todos los bienes.  Porque, con comodidades o sin ellas, con adelantos técnicos o sin ellos, hoy, como siempre en la historia del hombre, la dicha nos viene del Señor. «El auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra», dice el salmo. Cristo es el auxilio del cielo, el bien que él nos da. Dice san Ambrosio: «Cristo lo es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, él es médico; si tienes sed, es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si necesitas ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas alimento, es comida»[2]. Él lo es todo para nosotros y ya solo su nombre, Jesús, es dulce en medio del llanto. Con su aparición en el mundo, con su venida, ha llegado la plenitud. No hay más plenitud en la historia del hombre que Cristo y su obra. Es la afirmación tajante de san Pablo a la que se adhiere cada cristiano, generación tras generación: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley y para que recibiéramos la adopción filial» (Gal 4,4), el rescate del pecado y la vida de hijos de Dios.
 
Este bien definitivo, Jesús, lo hemos recibido de Dios de las manos de María, su madre. Ella nos lo ha traído de Dios con su fe obediente y firme: «Hágase» pronunciado como respuesta a las palabras del ángel; «Hágase» mantenido día tras día hasta el final, hasta el momento en que su Hijo se entregaba al Padre definitivamente en la cruz. Por eso, en el primer día del año, los creyentes consagramos este día a María, la Madre de Dios, y le suplicamos que, con su intercesión maternal, siga haciendo presente para nosotros y para todo el mundo el único bien verdadero, la bendición de Dios: Jesús.

El único que expulsa de entre nosotros el mal y el único que hace que los otros bienes que vienen de Dios, como el amor de los amigos, o del esposo o de la esposa, sean redimidos de las obras del pecado, sean purificados, sean elevados y lleguen a entrar en el orden de los bienes definitivos. Con su luz, toda la creación cobra color y hasta el sufrimiento se llena de significado. Él, resucitando de entre los muertos y elevando hasta el ser de Dios nuestra vida humana, es el único que hace que todos nuestros legítimos esfuerzos, trabajos y luchas, incluidos los logros de la ciencia o de la técnica, se ordenen al bien definitivo, cobren sentido y alcancen su meta, de forma que «nada se pierda» (Jn 6,12).

Consagramos este día a Santa María y así imploramos la bendición de Dios. «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. Te muestre su rostro y te conceda la paz» (Num 6,22-26). Todos estos bienes los recibimos con Cristo de María. A Cristo lo seguimos encontrando junto a su madre, como lo encontraron los pastores. Ella nos lo da, y al hacerlo, al darnos a Jesús, nos lo da todo y se convierte en el principio de nuestra vida nueva y, así, en nuestra madre. A Cristo lo seguimos encontrando en brazos de María cuando nace, custodiado por su amor, cuando está en la cruz muriendo por nosotros, cuando ya se ha entregado, en sus brazos esperando la resurrección. Que ella acompañe también nuestra vida, desde el primer día al último. Que nos acompañe en este año nuevo y nos dé siempre el fruto bendito de su seno: Jesús.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.
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Homilía del 1 de enero de 2024, Santa María, Madre de Dios
Oratorio de san Felipe Neri. Alcalá de Henares
Fecha-1616Lunes, 01 Enero 2024 18:26
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[1] LUÍS CERNUDA, La realidad y el deseo (Madrid, 1994) 372
[2] SAN AMBROSIO, La virginidad, 99: SERMO XIV, 2, Milán-Roma 1989, p. 81.