Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

I Dom Cuaresma B
18-II-2024

«El Espíritu lo empujó al desierto» (Mc 1,12)

El primer domingo de cuaresma nos centra siempre en Jesús que va al desierto y es tentado por el diablo. Pero si otros años Mateo y Lucas dan algunos detalles, san Marcos solo dice de forma escueta que fue tentado. Esta falta de detalles no escapa a la providencia de Dios.
Nos dice san Marcos que el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Es el Espíritu Santo que Jesús había recibido en su bautismo en el Jordán. El bautismo de Jesús está estrechamente vinculado con su ir al desierto. Bautismo y tentaciones son dos misterios en los que nos perdemos, porque no llegamos a entender más que aspectos parciales, pero es claro que son dos momentos de un gran contraste y el Espíritu Santo, inspirando el Evangelio, ha querido que se contemplen uno junto al otro.
El bautismo nos muestra a Jesús en las aguas del Jordán, al que desciende el Espíritu como el nuevo Adán, cabeza de una nueva creación, con una perfección inaudita, porque no es ya solo hombre, sino el hombre Hijo de Dios que llena de gozo el corazón de Dios Padre: «Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”». La humanidad de Jesús aparece rodeada de gloria: el cielo, cerrado al hombre por el pecado, se abre para este nuevo Adán: «Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma». E inmediatamente el Espíritu lo empujó al desierto.
Aquí llega el gran contraste: de la gloria del Jordán Jesús camina hacia el desierto. Desde el Jordán, que corre en una gran depresión bajo el nivel del mar, Jesús ha de superar un desnivel de cerca de mil metros, hacia el oeste, donde se extiende el pedregoso desierto de Judea. Ya no tiene ante sí el cielo abierto, ni escucha la voz amorosa del Padre, sino que experimenta la debilidad del hombre que se ha alejado de Dios y está solo ante el tentador. Voluntariamente Jesús se convierte ya desde este momento en aquel que carga con las consecuencias del pecado del hombre. En esta situación de debilidad sufre la embestida del enemigo del hombre.
Esta es su forma de comenzar la obra de la redención. Porque él es el Redentor, que ha de rescatar al viejo Adán de las garras del diablo; y es también el Nuevo Adán, que ha de iniciar una nueva creación que supere la división con Dios provocada con el pecado. Jesús se introduce en la debilidad de nuestra condición de hombres, separados de Dios por el pecado, se enfrenta a Satanás y vence con su obediencia amorosa a Dios. Los cuarenta días se resumen en esta lucha. Como Redentor hace suya la debilidad del hombre que quiere redimir y como Nuevo Adán inicia la nueva creación con su amor obediente a Dios Padre.
San Marcos sí añade dos detalles que hemos de considerar. Dice que Jesús vivía entre las fieras. Es un detalle realista de lo que se encontraría Jesús en el desierto de Judea, pero tiene un valor simbólico: la situación de separación de Dios, en la que Jesús se introduce, no es una situación propia de los hombres, sino de las fieras. Lo propio del hombre es la compañía de Dios. Lejos de él solo le queda la vida de las fieras.
Pero también están los ángeles. Dice san Marcos que «los ángeles le servían». Aunque la situación del hombre en esta vida es la lejanía de Dios, Dios no ha podido nunca ver al hombre alejado totalmente de él. A lo largo de la Escritura los ángeles muestran que, aún en esta situación, Dios cuida de los pasos de los hombres. En la vida de Jesús la presencia de los ángeles tiene un significado especial. A lo largo de los evangelios, los ángeles aparecen muchas veces, pero junto a Jesús solo aparecen en dos momentos: en las tentaciones del desierto y en la agonía del Huerto de Getsemaní. San Mateo dice que, una vez que Jesús venció las tentaciones y el diablo se alejó, llegaron los ángeles y servían a Jesús (Cf. Mt 4,11). Me parece que solemos imaginarnos a los ángeles llevando comida a Jesús, pero la imaginación nos juega aquí una mala pasada. Si vamos al otro pasaje donde aparecen los ángeles junto a Jesús entenderemos en qué consiste el servicio de los ángeles. San Lucas nos cuenta que en el Huerto de los Olivos, justo antes del prendimiento, Jesús, inmerso en la oración, afrontó por adelantado la muerte que iba a sufrir. Lucha para hacer la voluntad de Dios, para obedecer y amar hasta la perfección —este es el gran asunto de la lucha espiritual—: «De rodillas oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Se le apareció un ángel que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad». Enseguida, esa intensidad llega al punto de sudar sangre. Por tanto, ¿en qué consiste el servicio de los ángeles? No en llevarle alimentos y aligerar su hambre, no en traer a Cristo la noticia de que ya no tendría que morir o distraerle de lo que se le venía encima, sino en confortarlo, darle ánimos con el recuerdo del cielo, para que llegase hasta el final en su lucha. Así pues, podemos suponer, —con la prudencia de acercarnos a un misterio que no nos es dado escudriñar en sus detalles—, que, bien a lo largo de esos cuarenta días, bien solo al final de ellos, los ángeles indican la complacencia de Dios, la confirmación del camino y el ánimo para seguir hasta el fin. De hecho, la guerra espiritual de Cristo no termina hasta que entrega su alma a Dios. El diablo le hará la guerra hasta el final y en la misma cruz distinguimos su voz burlona: «¡Baja de la cruz y creeremos en ti!».

Ahora debemos dar un paso más y entender que el camino de Cristo dibuja nuestro camino cuaresmal y el camino de toda nuestra vida de bautizados, hasta que llegue el momento decisivo de la muerte. No nos engañemos: en el bautismo recibimos el Espíritu que nos hace hijos, pero ese mismo Espíritu se nos dio en el sacramento de la confirmación para luchar y vencer con Cristo, para llegar a ser no solo hijos, sino hijos que aman obedientemente a su Padre y se entregan por amor. Y esto es una lucha para nuestra voluntad rebelde.
No es fácil hacernos a la idea de que la lucha es real y que implica toda nuestra vida. Pero es mi obligación deciros que el camino que Cristo nos propone implica ir con toda nuestra vida tras él, sin dejar nada al margen. Nosotros nunca tendremos que enfrentarnos solos al diablo, porque Cristo está siempre con nosotros, si usamos los medios que nos ha dado para permanecer unidos a él. Pero que él nos acompañe no nos evita la lucha. Nuestro gran problema no es que la lucha contra el diablo sea más o menos dura, sino que no creemos que estamos metidos en una guerra real y que nos jugamos la gloria, y, así, no hacemos frente a nuestro enemigo. De hecho, es muy probable que muchos creáis que estoy exagerando.
En esta lucha, ¿cuál será la intención de Satanás? Sencillamente: que no lleguemos a compartir con Cristo el amor con el que él llega a entregarse en la cruz. Quiere que no nos entreguemos un día tras otro, aprendiendo cada día a amar mejor, hasta ser capaces de ofrecer el último aliento. Para eso Satanás no necesita precipitarnos en grandes pecados, le basta tenernos entretenidos con las cosas de este mundo. Bombardea constantemente nuestros ojos y nuestros oídos con cosas que en sí mismas no tienen por qué ser malas, pero que nos mantienen distraídos, buscando qué ver, qué tocar, qué oír, para dar satisfacción a nuestra curiosidad y a nuestros sentidos. Sin necesidad de llevarnos a pecados gravísimos, mantiene adormecido nuestro espíritu, cada vez más blando y egoísta, más encerrado en sus pequeños gustos, cada vez más incapacitado para el sacrificio, para el amor verdadero de la cruz.
Cristo nos invita a mantener despierto el espíritu y afrontar la lucha. Para eso oramos, para eso nos desprendemos de nuestras pequeñas o grandes riquezas con la limosna, y para eso ayunamos de alimento y de otras cosas. Así luchamos por escuchar a Dios y hacer su voluntad, luchamos un día tras otro por amar, negándonos a nosotros mismos en favor de los demás. Pedimos perdón cuando caemos y seguimos en esta lucha cotidiana y consciente, hasta que ya no nos quede más que el aliento y con un acto libre se lo entreguemos a Dios, quizá con las mismas palabras de Cristo: «a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».
Entregaremos a Dios nuestro espíritu y esperaremos con seguridad que él nos levante, se complazca en nosotros como en su Hijo y nos unja eternamente con su Espíritu de amor. 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.

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Homilía Domingo I, Cuaresma, ciclo B
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18-II-2024
Autor-1625;P. Enrique Santayana C.O.
Fecha-1625Miércoles, 21 Febrero 2024 16:41
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