Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

II Domingo de Cuaresma. B
25-II-2024

«Es mi Hijo» (Mc 9,7)

Los falsos dioses no son meros entes inexistentes. Bajo sus nombres y su culto se esconde quien pretende ocupar el lugar del Dios vivo y verdadero en el corazón del hombre y asfixiarlo con su odio, el diablo. Le delata su crueldad con el hombre.
Abraham vivía en un mundo de religiones, algunas de las cuales exigían sacrificios humanos. Solo pensarlo da escalofríos. Eran religiones diabólicas, como las que vimos los españoles al llegar a Méjico. Hoy el cristianismo vive también en medio de religiones diabólicas, aunque algunas no se llamen religiones. En España, después de abandonar al Dios verdadero, veneramos un dios escondido y sin nombre, que exige sacrificios humanos. Nos hace correr hacia la comodidad, y no hallamos descanso; hacia el placer de los sentidos, y no somos capaces de disfrutar de los dones de la creación; hacia las riquezas, y nada nos sacia; hacia el poder sobre nuestros cuerpos, y jamás hemos sido tan esclavos. Y en aras del placer y de la comodidad y del dominio de nuestro cuerpo, sacrificamos miles de niños, los destrozamos en el seno de su madre con el aborto. Nos hemos convertido en homicidas, cada vez más crueles y odiosos, como odiosa es la imagen de este dios escondido y sin nombre que asfixia al hombre. Esta falsa religión y este falso dios sin nombre al que rinde culto la modernidad deja en nuestra mente una imagen terrible de Dios.
Los pueblos entre los que vivía Abraham tenían también una idea falsa de Dios. Y Abraham aún conservaría en parte la imagen de un dios terrorífico y falso, mezclada con la imagen del Dios bueno que le había llamado a su amistad. Para mostrar su verdadero rostro, el Dios vivo, el que hizo con orden, bondad y belleza todas las cosas, llama a Abraham y le pide que haga para él lo que los falsos dioses pedían a sus siervos: un sacrificio humano, el de su propio hijo, Isaac, tanto más amado, cuanto más había esperado para obtenerlo de Dios. Abraham se dispone a obedecer muerto de dolor, pero no extrañado, porque aún confunde el rostro del Dios verdadero con las caretas deformes de los ídolos. Abraham no se sorprende de que Dios le pida el sacrificio de Isaac, lo que le va a sorprender es que Dios detenga su mano y él mismo provea un animal para el sacrificio: «“¡Abrahán, Abrahán! […] No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada […]”. Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó […] y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo».
Abraham aprendió a distinguir al Dios vivo y verdadero, amante del hombre, de los ídolos diabólicos. Pero esta lección del amor de Dios queda abierta. Los textos del Antiguo Testamento son solo parte de un camino, no se entienden cerrados sobre sí mismos. Solo se iluminan cuando se abren y se ordenan a Cristo. A Abraham Dios le impide sacrificar a Isaac, porque es él quien ha dispuesto el sacrificio de su Hijo por el hombre. Es Dios quien ama al hombre —por incomprensible que esto nos pueda parecer, ya que nos hemos hecho odiosos por la crueldad de nuestros pecados—… Es Dios quien ama y quien por nosotros no se ha reservado a su Hijo. Paró la mano de Abraham para que no sacrificase a Isaac, pero a su Hijo amado lo entregó a la muerte.
La escena del Moria, donde Dios impide el sacrificio de Isaac, se esclarece mirando la escena del Calvario, donde Jesús es sacrificado. En la mente se implanta la imagen de un Dios que ama al hombre hasta entregarse en sacrificio de holocausto por él.
La Palabra de Dios quiere hoy que nos fijemos en esa verdad, que san Pablo formula: «Dios no se reservó a su propio Hijo por nosotros». Es el núcleo del mensaje de la liturgia de la Palabra en este segundo domingo de Cuaresma.
 Estamos tan acostumbrados a oír hablar de Cristo, a oírle a él, a acercarnos a la iglesia y ver cómo el sacerdote consagra y distribuye la comunión, que no nos damos cuenta de lo que realmente ocurre ante nuestros ojos: que es el Hijo de Dios el que va a la muerte por nosotros, que es el Hijo de Dios y su sacrificio por nosotros, quien se hace presente en el altar de la Eucaristía. Los apóstoles tampoco se daban cuenta muchas veces de quién era Jesús, al que acompañaban —el Hijo eterno de Dios—, ni del camino que llevaba —el camino hacia el Calvario—. Y hoy, mientras Jesús reza, se atisba la gloria del Hijo eterno, cuando se transfigura y sus vestidos refulgen. Después, junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas, esto es, el Antiguo Testamento. Aparecen para decir que la creación había sido preparada para que él apareciese, que los libros del Antiguo Testamento lo preparaban y que Jesús es la clave con la que ellos desvelan toda la verdad que encierran. Que lo que ocurrió en el Moria no se explica del todo hasta que no se ve a Jesús en el Calvario.
Después de que Cristo se transfigurase y del testimonio de Moisés y Elías, es Dios mismo quien hace resonar su voz, para abrir nuestro corazón y que entendamos lo que veremos al contemplar la cruz: al Hijo amado que se entrega por nosotros. Habría que hacer silencio ante este misterio de amor, incomprensible y a la vez luminoso. El Dios vivo ofrece por nosotros a su Hijo. No nos ofrece una ideología o una regla moral, no nos enseña en un libro una filosofía, ni nos promete baratijas que no sacian el alma. Él nos da a su Hijo: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo». Y este «escuchadlo» final es como una súplica para que prestemos atención a su amor por nosotros. Con una súplica nos entrega a quien ama, se entrega a sí mismo, porque él y su Hijo son Uno. Como dice san Pablo, «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5,19).
Como decía antes, este es un misterio a la vez incomprensible y luminoso. Incomprensible hasta dónde llega el amor de Dios por un hombre que se ha hecho odioso por el pecado. Luminoso, porque con este amor, nuestra vida se llena de luz y de esperanza. San Pablo se ha hecho fuerte en esta verdad, «Dios no se reservó a su propio Hijo por nosotros» y, luego, saca las consecuencias: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?».
 Se erradica la imagen terrorífica de los falsos dioses y se graba en nuestras almas la imagen del crucificado, del Dios que muere por el hombre, por voluntad propia, por amor. Esta imagen nos ofrece dos verdades fundamentales, sobre Dios y sobre nosotros mismos. La verdad de Dios: que ama al hombre; y la verdad del hombre: que somos amados por Dios.
¡Todo ha cambiado con la cruz! La vida del hombre en la ignorancia del rostro de Dios es cruel esclavitud y nos hace crueles y odiosos. La vida del hombre que conoce a Dios en el don que nos hace de su Hijo es una llamada al amor verdadero. La imagen del crucificado y la verdad de quién es Dios, de quiénes somos nosotros, liberó a san Pablo de sus propios demonios, a Pedro, a Santiago, a Juan y tantos otros. Liberó, en la antigüedad, uno a uno a los pueblos que acogieron el Evangelio. Los liberó de la tiranía de las falsas religiones y de la propia crueldad.
Dios quiere imprimir de nuevo la imagen verdadera de Dios, la del Hijo de Dios hecho hombre muriendo en la cruz por amor nuestro, quiere imprimirla en nuestras almas para darnos la libertad que hace posible el amor y nos hace dignos del amor de Dios.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.

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Homilía del 25 de febrero de 2024
Domingo II de Cuaresma. Ciclo B
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
Autor-1626;P. Enrique Santayana C.O.
Fecha-1626Domingo, 25 Febrero 2024 16:19
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