Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

V Domingo de Cuaresma. B 
17-III-2024

«Cuando yo sea elevado sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32)

En los dos últimos domingos, los relatos del Evangelio se centraban en la primera de las tres pascuas que Jesús celebra en Jerusalén, durante su vida pública. El relato hoy nos traslada a la tercera y última pascua. Jesús está muy cerca de su muerte. El escenario vuelve a ser el Templo. Hace no mucho Jesús ha resucitado a Lázaro. Es un signo que mantiene a Judea conmocionada. Todos hablan del milagro. Muchos creen que Jesús es el Mesías prometido. Por su parte, el Sanhedrín ya ha tomado la decisión de matar a Jesús, y también a Lázaro. Jesús ha entrado en Jerusalén aclamado como Mesías por sus seguidores y ahora está en un gran patio del Templo, en el Atrio de los Gentiles, llamado así porque hasta ese recinto, y no más allá, podían entrar los que no formaban parte de Israel, los gentiles. Por la expectación creada y porque la Pascua es inminente, el Templo estaría abarrotado y amigos y enemigos rodearían a Jesús.
En aquella época muchos gentiles eran fascinados por el judaísmo, que mostraba un Dios que se identificaba con la verdad, no con los mitos. Les movía el deseo de conocer la verdad sobre Dios, que es la verdad definitiva para el hombre. De ellos, un grupo —Juan les llama «griegos»— había llegado al Templo, encuentran la expectación que ha levantado Jesús y también ellos quieren conocerlo. Se acercan a uno de los apóstoles, que curiosamente tiene nombre griego, Felipe, y le dicen: «queremos ver a Jesús». Felipe busca a otro apóstol, a Andrés, también de nombre griego, y los dos se acercan a Jesús para decirle que quieren verlo.
Jesús escruta en el corazón de aquellos griegos el deseo de conocer y amar a Dios, y exulta: su aspiración por la verdad se cruza con la hora definitiva en que él va a revelar el verdadero ser de Dios. «Ha llegado la hora en la que el Hijo del hombre [yo] va a ser glorificado». Su glorificación es su pasión y muerte. Jesús arde en deseos de dar la vida por ellos y por todos los que esos paganos representaban. En su muerte, Cristo desvelará el verdadero ser de Dios y así saciará la sed de verdad, el deseo de Dios, de todos los que lo buscan. Con toda solemnidad Jesús sigue: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». El fruto de su pasión y muerte, el conocimiento de Dios para los que lo buscan, la cercanía de Dios perdida por el pecado para los que aspiran a la salvación… Eso le hace exultar.
Y añade unas palabras que nos hablan de dos cosas: que con lo que va a acontecer en esa hora suya, ya no habrá límite, todo hombre podrá conocer y tener acceso a Dios; pero, que para hacerlo, ha de seguirle a él, estar con él, participar de su cruz: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
Los paganos que querían adorar al Dios verdadero no podían pasar del atrio de los gentiles, pero desde la hora en que Cristo se ofrezca en la cruz, cualquiera tendrá acceso a Dios. Ahora bien, es necesario olvidarse de sí, seguir a Cristo y participar de su sacrificio: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». No basta aplaudir desde la barrera y admirar su sacrificio desde el burladero, no basta llorar viéndole pasar camino de la cruz… ¡Es lo que hacemos muchas veces en Semana Santa! Escuchamos la Pasión, vemos los pasos de las procesiones, acudimos a la liturgia, pero no pasamos de ser espectadores. ¡Como el que ve una película! No basta. Es necesario seguir a Jesús. El que lo sigue, el que está donde él está, sufre lo que él sufre y ama lo que él ama, el que se olvida de su propia vida para entregarla con él y le acompaña, ese es el que se adentra en el misterio del amor de Dios y es honrado por Dios: «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará». Cristo exulta por los hombres que a lo largo de la historia van a ser atraídos por su amor, se van a unir a él y van a penetrar en el misterio del amor de Dios.
En este punto, Jesús experimenta un segundo movimiento de su sensibilidad humana: el temor y la repulsión ante la muerte. Ha dado permiso a la muerte para abalanzarse sobre él, no solo en su cuerpo, sino en sus sentimientos, en su mente, en su sensibilidad humana… y siente pavor. Se adelanta la agonía de Getsemaní: «Ahora mi alma está agitada [turbada]». Pero su amor obediente al Padre, el amor que quiere nuestra salvación, hace que su voluntad humana se adhiera sin fisura al plan divino. Se dirige a su Padre y dice «Hágase»: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre». «Hágase tu voluntad. Que mi sacrificio salve a los que te buscan y tu Nombre sea santificado». —Realmente cuando nosotros rezamos el Padrenuestro decimos a la ligera palabras graves—. El Padre acoge la ofrenda de su Hijo y lo hace saber a los que están allí: «Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel».
Jesús vuelve a dirigirse a todos, en las últimas horas de su vida terrena le consume el ansia por atraer y salvar a todos. «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros». En la cruz todos huirán, pero quiere que cuando resucite, los discípulos y los Doce, entiendan que el gran signo de Dios, la gran revelación de su amor, la puerta abierta a su conocimiento y a su compañía. Quiere que, cuando los Doce lo proclamen vivo, los judíos que lo han visto morir en la cruz como un maldito, reconozcan que él es el Hijo de Dios. Quiere que, cuando nosotros lo veamos llevando los pecados de todos, desfigurado, como un malhechor, colgado en la cruz, reconozcamos en él a nuestro Salvador, al que nos ama con un amor más fuerte que la muerte, al que nos purifica con ese amor y nos recrea y nos sacia. Por eso dice: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros», «recordadla cuando me veáis en la cruz, recordadla cuando os digan que el crucificado ha resucitado y vive».
Las manos clavadas de Cristo parecerán impotentes, todo él parecerá un fracaso, pero en realidad «ahora —dice refiriéndose por anticipado a la cruz— va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Aparentemente, en la cruz el mundo expulsa a Dios; y su príncipe, el demonio, consigue llevar al justo a la muerte. Pero en realidad, la cruz es el árbol de la vida que Dios ha plantado en medio de este mundo. Y en este árbol, Cristo, su Hijo hecho hombre, es el fruto de su amor, el fruto que nos da el verdadero conocimiento de Dios y nos une a Dios.
En la cruz, el que ha despreciado las riquezas por amor a Dios, tanto que aparece totalmente desnudo en la cruz; el que ha despreciado el poder por amor a Dios, tanto que aparece totalmente impotente en la cruz; el que ha despreciado el placer por amor a Dios, tanto que aparece sufriendo en cada centímetro de su cuerpo y en cada latido de su alma, ese, el Crucificado, se nos entrega como el fruto en el que Dios se nos da, por amor, y este amor suyo nos recrea y nos redime.
En un primer momento, el miedo hace huir a los suyos; Pedro, el primero. El miedo nos hace huir a todos en un primer momento. Lo experimentamos de muchas formas: el miedo a sufrir, la repulsa que nos da perder la vida sirviendo, la repulsa de una vida sin placeres ni descanso, sin riquezas, la resistencia a entregarnos y perder el control de nuestra vida…. Pero, cuando su amor consuma el sacrificio, los que buscan a Dios vuelven a él. Pedro, el primero; luego, hasta hoy, todos los que buscan a Dios. Y en el Crucificado por amor, que vive, encuentran el amor que los perdona, que los purifica, que los absuelve, que los consuela, que los fortalece internamente y los eleva, que los santifica y los hace capaces de un amor semejante al suyo. Encuentran en el que es Crucificado por amor y vive el centro y la meta de su amor. «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado 
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo V de Cuaresma, ciclo B
17 de marzo de 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Autor-1628;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1628Lunes, 18 Marzo 2024 21:20
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