En la tarde del 15 de abril, hace unos días, ardía la catedral de Notre Dame, la bellísima catedral gótica de París que albergaba infinidad de tesoros de todo tipo, incluso una reliquia de la corona de espinas de Cristo. Pero pocas horas después del incendio, el arzobispo de París dijo algo que nos puede ayudar a entender lo que hoy celebramos. Dijo: «Hay que recordar por qué se construyó esta catedral. ¿Para qué joya se construyó este precioso cofre? No para guardar la corona de espinas, sino para custodiar un trozo de pan, que es el cuerpo de Cristo». En medio de las llamas, un sacerdote arriesgó su vida para salvar la corona de espinas y el Santísimo Sacramento. ¡Lo consiguió!, gracias a Dios. Pero el verdadero tesoro, el que debemos custodiar y amar más que nuestra propia vida es el Santísimo Sacramento del Altar: Cristo mismo que se entrega por nosotros. Este es el verdadero tesoro de la Iglesia, la «tradición» que nos viene del Señor: el pan y el vino que son su cuerpo y su sangre, que son el mismo Señor, que se nos da como sacrificio y como alimento.
Cuando el sacerdote toma en sus manos el pan y el vino y repite las palabras del Señor no estamos repitiendo una ceremonia, no estamos haciendo un teatro, estamos haciendo presente a Cristo que se entrega por nosotros, estamos haciendo presente el Sacrificio de Dios, estamos haciendo presente la muerte que le causaron nuestros pecados. Por eso debemos reverenciar la Eucaristía. Es la entrega de Cristo en la Eucaristía la que nos construye, la que nos salva, la que nos da la vida de Dios, la que nos da la vida que vence la muerte. Esta tradición que nos viene del Señor, ninguna otra cosa, es el tesoro de la Iglesia. Podrán arder todas las Iglesias: allí donde un sacerdote pronuncie las palabras del Señor, allí se hace presente Cristo, allí se entrega Cristo, allí él nos da su vida, allí se construye incesantemente la vida nueva. Debemos amarla, debemos custodiarla, debemos reverenciarla, debemos ponernos de rodillas ante ella, debemos desear poder participar de ella… Debemos adorar a Cristo postrando ante él nuestro cuerpo y nuestra alma, amándolo con el ardor con el que él se entregó a la muerte por nosotros: «¿Cómo pagaré al Señor por el bien que me ha hecho?».
Debemos luchar contra esa forma de infravalorar la Eucaristía que es acercarnos a ella de cualquier forma, muchas veces con pecados graves, muchas veces de forma rutinaria, muchas veces por pura inercia o por imitación. Debemos renovar nuestra fe: la fe de que Jesucristo se nos da en el Santísimo Sacramento.
Este es el don que hemos recibido del Señor. A nuestro Señor no le bastó morir por nosotros. Quiso que su sacrificio de amor permaneciese como una realidad viva entre nosotros, una realidad que nos alimentase. Para alimentarnos de su amor, para alimentarnos de él mismo, creó y nos dio la Eucaristía. El texto que hemos leído de san Pablo termina con estas palabras: «cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva». Él quiso que su sacrificio en la cruz permaneciese a lo largo de los siglos en la celebración de la Eucaristía. Las iglesias fueron construidas para celebrar y guardar la Eucaristía, y porque albergan la Eucaristía se elevaron hacia el cielo, porque este pan nos da la vida del cielo y nos hace caminar hacia él. Porque guardan la Eucaristía, se llenaron de música bellísima y de obras de arte, para proclamar que toda la belleza del universo se concentra en el sacrificio de Cristo, en el Santísimo Sacramento.
No solo las iglesias de piedra o de ladrillo. La Iglesia Santa de Dios, la reunión de los fieles bautizados en el nombre de la Trinidad, la Iglesia que formamos los fieles unidos por la fe y el bautismo, existimos como Iglesia para celebrar a lo largo de los siglos la Eucaristía, para hacer presente en medio del mundo, en cada generación, la muerte de Cristo: «proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva». Existimos como Iglesia para celebrar la Misa, para hacer presente el sacrificio de Cristo, el único amor que salva a los hombres, la belleza que redime el mundo. Existimos para proclamar que el Señor se entrega por nosotros. Existimos para atraer a los hombres a este banquete sagrado, donde Cristo se sacrifica y se da como alimento.
Antes de pasar al altar para celebrar el Sacrificio, vamos a rememorar el lavatorio de los pies. Jesús quiso hacer este gesto propio de esclavos, que relata san Juan. San Juan no narra la institución de la Eucaristía pero la presupone. No tengo tiempo aquí para mostrarlo, pero el relato de la institución de la Eucaristía está presupuesto por san Juan justo después del lavatorio. Justo antes de la Eucaristía, Jesús lavó los pies a sus discípulos. ¿Qué significa?
Significa la necesidad de ser purificados. Para entrar con él en la Pasión, en el sacrificio, para participar del Sacramento del Altar, para entrar en comunión con Cristo, es necesario ser purificados. San Pedro no quiere que Jesús se humille ante él: «No me lavarás los pies jamás», dice; pero Jesús responde: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Sí, para llegar a la comunión con Cristo es necesario ser purificados.
En el judaísmo había purificaciones rituales que preparaban para los sacrificios. Pero aquí la purificación no es un rito, sino un gesto de humillación por amor. Es su amor el que nos purifica y el que nos hace capaces de ir con él hasta el final, de llegar a la comunión con él.
San Pedro sigue el diálogo con Jesús: «Señor, no solo los pies, también la cabeza y las manos». Responde Jesús: «Vosotros estáis limpios». Un poco más adelante, Jesús dirá: «vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado» (Jn 15,3). Es la palabra acogida con fe (Cf. Hch 15,5-11) lo que les ha purificado. Han escuchado durante años esa palabra y la han acogido con fe. Solo queda el paso supremo de la muerte de Cristo, con la que él definitivamente se humillará por amor para purificar el corazón de los que le siguen. Este amor del crucificado que nos purifica es lo que se expresa en el lavatorio.
Quien ha escuchado y acogido con fe la palabra de Cristo ya ha sido purificado, solo necesita acoger la palabra definitiva de su amor «hasta el extremo» en la cruz, para entrar en la comunión con Cristo.
Pero el don de la comunión con Cristo, vivir en él, vivir unido a él, implica participar de la misma dinámica de su amor que se entrega y se humilla para purificar y salvar al mundo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis». Ser purificados por su amor y llegar a la comunión con él significa prolongar en nuestra propia vida, con nuestra propia vida, la entrega de Cristo, su amor que se humilla para purificar y salvar.
Acojamos el amor de Cristo crucificado: ¡seamos así purificados!
Participemos del sacrificio del altar: ¡alimentémonos de este amor!
Entremos en comunión con Cristo: ¡prolonguemos en nuestra vida su amor, para salvar el mundo!
¡Proclamemos la muerte del Señor hasta que vuelva!
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.
Enrique Santayana C.O.
en el Oratorio de san Felipe Neri, de Alcalá de Henares