III Domingo Pascua A
19-IV-2026
«Entró para quedarse con ellos» (Lc 24,29)
¡El día del Señor, Dies Domini, Domingo! Este es el nombre que recibió el día en el que Jesús resucitó. Los apóstoles, hebreos, tenían como día sagrado el sábado, el sabat. En su mentalidad judía no cabía cambiar ese día sagrado. Solo un hecho incontestable, con el que se dieron de bruces, una acción de Dios más grande que la misma creación del cielo y de la tierra, más grande que la liberación de Egipto, hizo que dejasen a un lado el sabat, para afirmar este día como día sagrado. Ese hecho incontestable fue la resurrección de Jesús. El domingo grita al mundo que Cristo ha resucitado, y el mundo quiere acallarlo, haciendo que lo vivamos como cualquier otro día. También Pedro lo grita ante los judíos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, […] entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó».
Cuando los cristianos celebramos el Domingo anunciamos que Cristo ha resucitado. Cuando dejamos de trabajar para dedicar este día a Dios, les decimos a los hombres que hay un amor eterno que nos hace eternos, el amor de Cristo, porque ha resucitado. Este es el hecho que nos convoca: más grande que la creación del cielo y de la tierra, la más grande de las maravillas obradas por Dios.
El evangelio, hoy de san Lucas, nos lleva de nuevo al primer domingo, a la mañana de la resurrección, y dirige nuestra mirada a dos discípulos de los que apenas sabemos nada.
Llama la atención que no reconociesen a Jesús cuando se acercó a ellos. No fue cosa de un instante: se acercó, caminó con ellos, habló durante un largo trecho, les enseñó que lo ocurrido con Jesús era lo que mucho antes habían anunciado la Escritura. ¡Y aún así no lo reconocieron! Hay otros casos similares: María Magdalena, por ejemplo, que confunde al resucitado con el hortelano. Pero Cristo resucitó con su cuerpo, con su entera humanidad, alma y cuerpo. Entonces, ¿por qué no lo reconocen? Lo que ocurre es que Jesús, a voluntad, se deja reconocer o lo impide. Su cuerpo ha vencido la muerte, y ha vencido también los límites que impone al cuerpo esta primera creación en la que vivimos: entra en una sala sin necesidad de abrir las puertas, aunque su cuerpo es verdadero; y de la misma forma se adentra en el alma de sus fieles, para habitar en ellos. Nosotros escuchamos su palabra y en su palabra se nos da, pero no podemos adueñarnos de él. Siempre es posible que escuchemos sus palabras, pero no a Él; que memoricemos y estudiemos sus palabras, pero que él se nos escape. Por el contario, es también posible que otros, que guardan sus palabras con humildad, sean agraciados por su presencia íntima y por el conocimiento que solo la cercanía íntima da. Igual cuando nos acercamos a le Eucaristía: comulgamos su cuerpo, pero no nos convertimos en sus dueños; y él, interiormente, se comunica a quien quiere. Desde la resurrección, su cuerpo glorioso y su alma no están limitados por las leyes que condicionan nuestra humanidad.
Esto nos lleva a considerar cómo es la presencia de Cristo resucitado entre nosotros. Caminaba Cristo con los de Emaús, como caminan, dialogan y comparten sus pensamientos los amigos, aunque ellos no se percataban. Cristo resucitado camina con nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta. De las palabras de los dos de Emaús se deduce que habían perdido la esperanza. ¡Y la falta de esperanza es un pecado! Un pecado que no fue capaz de mantener lejos a Cristo de los suyos. Aunque habían perdido la esperanza, lo cierto es que volvían hablando de Jesús: mantenían el amor por él. Era un amor pobre, insuficiente para conocer de verdad a su maestro. Pero iban hablando de él, aún lo amaban. Eso le bastó al Resucitado para entablar conversación y acompañarlos recorriendo la Escritura: «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras». ¡Qué importante mantener la memoria de Cristo en el alma! ¡Y qué importante recorrer la Escritura para conocer el rostro de Cristo! Por eso la Iglesia incluye la escucha de la Palabra de Dios y su explicación en la celebración de los sacramentos. No para que los sacerdotes, sin preparar la homilía, salgan del paso como puedan; ni para que los fieles no hagan lo posible para escuchar y que los otros también puedan escuchar: con su silencio, con su postura, con el cuidado de los niños, con su atención. El caso es que basta mantener la memoria de Cristo, un mínimo amor a él, para que él se acerque, camine y dialogue con nosotros. En ese diálogo, él nos abre el corazón. Abrió el de los dos discípulos de Emaús y le invitaron a entrar en su casa para pasar la noche. Y él, sin que ellos supieran aún que se trataba de su maestro, «entró para quedarse con ellos». Hay aquí una verdad muchas veces confirmada en el Evangelio: ¡que él quiere quedarse con nosotros! Como cuando les dice a los suyos antes de ascender al cielo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Estas palabras las recoge san Mateo y suenan como más institucionales, pero las que hemos escuchado en el evangelio de hoy suenan como palabras que hablan de los amigos: «entró para quedarse con ellos».
Aquí viene el momento culminante. Puestos a la mesa, quiso que lo reconocieran. Es el momento en el que él consagró y partió el pan: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron». Cuando, más adelante, los dos de Emaús cuenten lo que les ha ocurrido, hablarán justo de este momento: «Se pusieron a contar lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». La narración subraya la importancia de este momento. Pero, cuando lo reconocieron, él desapareció de su vista. Vuelvo a leer: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista». Atención, porque no dice: «se fue»; sino: «desapareció de su vista». Desapareció de la vista, ¡permaneció en la Eucaristía! Permaneció, porque había entrado para quedarse con ellos. Esta es la presencia y la compañía de Cristo resucitado: la Eucaristía. No es sensible, pero sí real, presencia sustancial. Os lo dije el domingo pasado: la Pascua es la fiesta del Resucitado, y así de la Eucaristía, y así también de la Iglesia. Porque donde está la Iglesia, está la Eucaristía, está Cristo vivo, presente, en cuerpo y alma, aunque no sea visible. Quiere quedarse con nosotros: no solo caminando al lado, quiere más, habitar nuestra alma: «entró para quedarse con ellos». Los dos de Emaús, que se alejaban de la comunión práctica y real de los Apóstoles y de sus hermanos, vuelven a ellos enseguida, aunque es de noche. —En la pascua todo el mundo corre—. Vuelven donde sus hermanos, donde los apóstoles, donde Pedro, y reciben la confirmación de los hechos: «Es verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón —Simón Pedro—».
Domingo, Resurrección, Escritura, Eucaristía, comunión con la Iglesia, con los Apóstoles, con Pedro. He aquí los elementos de la vida de los cristianos, que esperan el Domingo sin ocaso. Mientras tanto, el Crucificado que vive, el que nos ama, cumple su promesa: se queda con nosotros.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del domingo 19 de abril de 2026
III Domingo de Pascua, ciclo A
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid.

;P. Enrique Santayana Lozano C.O.

Domingo, 19 Abril 2026 11:24

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