Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

IV Domingo de Pascua, 8 de mayo, 2022

Cristo se nos presenta hoy en el Evangelio como el Buen Pastor.

En todo Oriente Próximo, en la antigüedad, la figura del pastor había sido tomada para describir al rey. El rey es el pastor que conduce a su pueblo. En Israel también se piensa en el rey como en un pastor que guía a su pueblo. En la mente judía esta imagen se enriquece con el recuerdo de Moisés y, sobre todo, con el recuerdo de David. Moisés no fue rey, pero su memoria, como quien camina al frente de un pueblo, haciéndolo cruzar el desierto y afrontando toda clase de peligros y tentaciones, hacia la tierra prometida, dio forma a la imagen que los judíos tenían del rey. David, por su parte, es el rey de Israel por excelencia. En primer lugar, David es un pastor, un joven pastor, que Dios elige y unge para ponerlo al frente de Israel y que sale al frente del ejército para hacer frente a los enemigos. Y, sobre todo, David, dócil y obediente a Dios, que sabe esperar la hora de Dios y guiarse no por sí mismo, sino conforme a la voluntad divina, es el rey que conduce a su pueblo hacia la adoración del Dios verdadero como único Dios[1], todo eso a pesar de que no es más que un hombre y a pesar de sus debilidades y pecados. Pero, al fin, dice Dios de él: «he ahí un hombre según mi corazón». David es grande porque es humilde. Es rey y pastor de Israel porque él mismo obedece a Dios, porque educa su corazón en un amor tierno y también decidido a Dios. De esta forma David anuncia a quien será propiamente «Hijo», a Jesús, que vive para hacer no su propia voluntad, sino la voluntad de su Padre.

Jesús, porque es verdadero Hijo y porque vive de hacer la voluntad de su Padre, puede ponerse al frente no ya de Israel, sino de toda la humanidad, para afrontar el desafío de la vida de cada hombre: cómo alcanzar una vida lograda, cómo ser realmente hombre. Es Jesús quien, obediente hasta la muerte, se pone al frente en la lucha contra el pecado. Y él quien recibe las heridas mortales en la batalla, en la lucha por cumplir el doble precepto del amor. Es él, el que muriendo destruye la muerte, el primogénito de entre los muertos, el que nos guía por el camino del amor, a través del sacrificio, más allá de la muerte, hasta la Vida de Dios, la “vida eterna”. Por eso Jesús es el Buen Pastor, tal como él mismo se proclama. Para nosotros la imagen del pastor puede ser una imagen bucólica. Pero en la Escritura, la imagen del pastor es la imagen del rey que lucha por su pueblo y que lo guía. En el Evangelio, Cristo es el Pastor que conduce al hombre hacia Dios, que amorosamente lo carga sobre los hombros y que movido por amor lucha hasta la muerte. Y en la entrega de su propia vida alcanza la victoria de la resurrección no solo para él, sino para nosotros, el primero de muchos, el primogénito de entre los muertos, y así nos permite alcanzar definitivamente a Dios.
Vayamos un poco hacia nosotros. Porque el evangelio de hoy pone la atención en nuestra relación con el Buen Pastor. Cristo dice: «yo conozco a mis ovejas». El conocer de Dios es amor y un amor que toma en cuenta la verdad de aquel que es amado. No un amor ciego, no el amor que lleva una venda en los ojos, sino un amor que toma al otro con lo que realmente es, con sus miserias, con sus pecados, también con sus virtudes y sus méritos. Esta es la primera y fundamental afirmación que Jesús hace sobre su relación con sus ovejas: «yo las conozco». ¿Qué hacen ellas? «Ellas escuchan mi voz y me siguen». Estas palabras recaen ahora sobre cada uno de nosotros: ¿escuchamos y seguimos a Cristo? ¿Queremos hacerlo?

Porque los maestros de este mundo nos enseñan que la forma de afrontar el reto de la vida es guiarnos por nuestro juicio privado y nuestros propios intereses individuales y que cada uno ha de hacer solo su propio camino y decidir su propia meta. Y así, engañados y solos, nos enfrentamos a una vida cuya verdadera meta olvidamos, para acabar perdidos y desorientados, con vidas insignificantes e historias que todos pronto olvidarán. Lo que hoy nos enseña el mundo es una forma cruel de lanzarnos a la muerte.
¿Creéis que algún hombre puede afrontar así las exigencias de la vida? ¿Quién está capacitado para afrontar solo la muerte? Imaginaos a alguien a quien queréis, a un hijo, por ejemplo: ¿querríais de verdad que afrontase solo, con su propio juicio inexperto el camino de la vida? Imaginaos a vuestro padre o a vuestra madre, ¿crees que tu madre, ella sola, abandonada a sus solas fuerzas corporales y espirituales, podría afrontar la muerte? – Ciertamente no. Y a pesar de todo, nos dejamos llevar de estos deseos de autonomía que alimentan hoy los maestros del mundo.

El que es de Cristo no afronta solo esta vida, la afronta con Cristo, con la seguridad de un amor tan decidido como tierno. El que es de Cristo afronta la vida no fiado de su juicio privado, no dejándose llevar por sus intereses individuales, ni fijando metas propias y pequeñas, sino caminando humilde y alegremente en compañía y detrás del Buen Pastor hacia la vida de Dios: «Mis ovejas —dice Jesús— escuchan mi voz… y me siguen».

Escuchar la voz de Cristo y seguirlo implica un trato personal, cotidiano, cercano y amoroso. Implica el reconocimiento de que él es el Maestro, de que él es el Pastor. Implica la decisión personal de que sea así, la decisión personal de rezar y escucharlo, la decisión personal de obedecerlo y seguirlo, de amar a quien nos ha amado hasta la muerte. Y de estos que escuchan su voz y le siguen dice tres cosas: «nadie las arrebatará de mi mano», «no perecerán para siempre» y «yo les doy vida eterna». Que seamos contados entre los que escuchan y siguen al Buen Pastor.
 
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.
Enrique Santayana C. O.
[1] Él prepara la construcción del Templo de Jerusalén, gran afirmación de la unicidad y exclusividad de Dios, del único Dios verdadero.
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Homilía del IV dominto de Pascua
8 de mayo, 2022
Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
Autor Enrique Santayana C.O.
Fecha 2022-06-08
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