Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

V Domingo de Pascua, 15 de mayo, 2022

«Hago nuevas todas las cosas»

Después de la resurrección de Jesús, los cristianos entendieron enseguida que algo nuevo había dado comienzo. Las palabras del libro del Apocalipsis son elocuentes: «Hago nuevas todas las cosas», dice el que está sentado en el trono, es decir, Cristo resucitado y glorioso. Jesús dio un nuevo inicio a todo lo creado en el principio. ¿En qué consiste esta novedad? En que ahora el hombre tiene acceso a Dios. Dicho de otra forma: la convivencia del hombre con Dios.
El paraíso antiguo, perdido por el pecado, se describía como un lugar donde Dios se hacía presente. Pero ahora, Cristo, al resucitar e introducir en el seno de la Trinidad la humanidad que había hecho suya en la Encarnación, inaugura un paraíso nuevo: la convivencia verdadera y definitiva del hombre con Dios no en la tierra, sino en el cielo. La muerte ya no podrá afectar a esta nueva existencia del hombre en Dios.
El Apocalipsis contempla esta nueva creación en su realización definitiva: «el primer cielo y la primera tierra desaparecieron y el mar ya no existe… ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor… Es la morada de Dios con los hombres… la nueva Jerusalén… preparada como una esposa que se adorna para su esposo». Es una visión llena de gloria.
Esta nueva creación no ha hecho sino comenzar con la resurrección de Cristo, y avanza poco a poco en la historia, tomando consigo a quien es digno por su voluntad de abrazarse a ella. Eso es lo que hace la Iglesia anunciando a los hombres el Evangelio, ciudad tras ciudad, hombre tras hombre, siglo tras siglo, hasta unir en su seno a todos los que acogen la nueva existencia. En la primera lectura aparece uno de los primeros capítulos de este avance lento y humilde, pero seguro, de la Iglesia: Pablo y Bernabé evangelizan en varias regiones de lo que hoy es Turquía, abriendo a los gentiles, a los que no conocían al Dios verdadero, la puerta de la fe. Porque la fe en Cristo y el bautismo son la puerta a la nueva existencia.
Dice la lectura que Pablo y Bernabé animaban a los que acogían el Evangelio, a los nuevos discípulos, diciéndoles que «hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios», en la nueva Jerusalén de la que habla el Apocalipsis. Porque, mientras que la vida nueva se desarrolla aún en esta vieja creación, experimenta la violencia del pecado, del mundo y de la carne. La vida nueva, el principio de comunión con Dios que Cristo ha implantado en nuestra alma, sufre violencia y puede ser aniquilada por el pecado. Aún es necesaria la lucha para no dejarse llevar por el pecado, que nos aparta de Dios; del mundo, que quiere que nos olvidemos de la vida con Dios y amoldemos nuestra alma a las cosas de esta vida vieja; de la carne, que quiere que busquemos la satisfacción de los apetitos del cuerpo y que nos embrutece, que en lugar de prepararnos y elevarnos para la convivencia con Dios, nos animaliza y nos hunde en el barro.
El evangelio nos presenta a Cristo ya dispuesto para conquistar la vida nueva para nosotros por medio de su sacrificio de amor. Judas ha salido del cenáculo para entregar a Jesús. Jesús lo sabe y no solo deja hacer, sino que se prepara para ofrecerse él mismo a la muerte. Porque esta muerte, no por ser muerte, sino por ser la realización del amor perfecto a Dios, será la puerta por la que hace entrar su humanidad y la de los que están unidos a él en la nueva creación. La victoria está escondida en este sacrificio de amor total. Por eso, habla de gloria: «Ahora soy glorificado, y Dios es glorificado en mí». Hasta esta muerte y esta cruz le lleva el amor a Dios y a los suyos: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». 
Esto ya se ha realizado. Cristo ha sido glorificado, ha inaugurado la nueva creación, de la que ya participa su Madre, la Virgen, y los santos —aunque estos aún no plenamente con su cuerpo—. Mientras tanto, en esta vieja creación en la que nosotros vivimos ya ha sido introducida por la acción de la Santa Iglesia, la vida nueva. También en cada uno de nosotros ha sido sembrada esta vida. Y también el pecado, el mundo y la carne, hacen la guerra en este mundo a lo que ya ha comenzado.
¿Qué debemos hacer nosotros? No tenemos más que escuchar a Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros». El amor es la forma de luchar contra el pecado, no hablamos del amor como habla el mundo, hablamos del amor tal como lo contemplamos al mirar a Cristo amar en la cruz y perdonar y entregarse en holocausto. El amor no es una opción piadosa, es un mandato de Cristo y debe ser nuestro primer empeño, solo con él venceremos. La victoria está escondida en este sacrificio de amor total.
El amor iniciado entre los cristianos es, ya en esta tierra, desarrollo de la vida nueva. La convivencia con Dios se inicia en la convivencia amorosa de los cristianos. Cuando nos olvidamos de nosotros y amamos, empezamos a vivir en el cielo, hacemos ya presente el cielo.
De ahí también que este amor sea el testimonio que llame a los hombres a la fe: «En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros». Porque solo el amor es digno de fe. Este amor distinto, gratuito, que no mira el interés propio, aunque sea legítimo, sino que se entrega siempre más, hasta el sacrificio cotidiano y diario del propio yo, es la manifestación más clara de que Dios existe, de que Cristo ha resucitado y ha preparado para nosotros un cielo nuevo y una nueva tierra donde nos espera.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo V de Pascua
15 de mayo, 2022
Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Autor Enrique Santayana C.O.
Fecha 2022-06-08
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