Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

VI Domingo de Pascua, 22 de mayo, 2022

«Hago nuevas todas las cosas»

Con los acontecimientos que celebramos en el Triduo Pascual, con la pasión, muerte y resurrección de Cristo, Dios nos ha manifestado quién es él y quiénes somos nosotros. Él es el Dios Trino, el Dios que es comunión, el amor mismo, desde siempre y para siempre sin depender de nada ni de nadie. En sí mismo Dios es amor. Ahora bien, para nosotros, en un acto de su voluntad, se ha hecho también, el Dios amante, el Dios que nos ama. ¿Recordáis la revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente? Ya entonces Dios le reveló a Moisés esta doble característica de su ser: lo que es para sí mismo desde siempre y lo que voluntariamente se ha hecho para nosotros.
Dios es el ser absoluto, el único que existe por sí mismo, sin que haya sido causado o creado por otro, que no puede no existir: «Yo soy el que soy». Nosotros, después de lo que su Hijo nos ha revelado, entendemos que el «Yo soy el que soy» es el amor eterno del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. El que no ha sido creado ni causado y no puede no existir es una comunión de amor. El verdadero principio y poder de todo es el amor trinitario.
La segunda característica de su ser es que ama tanto al hombre que se identifica con él, se vincula a él, se hace «suyo». Después de decir: «Yo soy el que soy», añade: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». El Dios Único se hace de Abraham, de Isaac, de Jacob, de cada uno de nosotros. Y nosotros, después de haber visto cómo el Hijo de Dios ha entregado su vida por nosotros, entendemos hasta qué punto Dios se ha convertido en nuestro Dios, hasta qué punto se ha vinculado a nosotros, hasta qué punto nos ha amado.
Así pues, Dios nos ha revelado que él es amor y que nos ama. En sí mismo y por naturaleza es amor. Y en un acto de su voluntad se ha convertido en el Dios que nos ama definitivamente, como una característica de su existir eterno.
De esta forma nos ha dicho también quiénes somos nosotros: no unos seres perdidos en el largo trascurrir de la historia del mundo, no seres aislados y solos, no, sino aquellos que son amados por Dios y que tienen el destino de Dios, porque Dios nos ha vinculado a él.
Ahora, al final de estos días de Pascua, Dios busca algo más, no solo quiere que sepamos estas cosas al mirar la cruz y la resurrección de Cristo, quiere también plantar estas realidades en nuestra alma. Quiere adentrarse en el espacio interior de nuestra alma y allí tomar asiento, allí habitar, allí hablarnos internamente de su amor por nosotros. En el evangelio de hoy, Cristo promete una presencia y un amor totalmente íntimo a aquel que responde a su amor y lo ama. Y como Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es inseparable del Padre y del Espíritu Santo, y donde está el Hijo está toda la Trinidad, así la promesa es la promesa de la inhabitación de la Santísima Trinidad en los que aman a Cristo. Pensadlo bien: hacer del alma un cielo que contiene a quien los cielos no pueden contener. Al Padre increado, al Hijo eterno, al Espíritu Divino. Es una cosa verdaderamente inaudita. Mientras caminamos hacia el cielo, si amamos a Cristo, él hace de nosotros un cielo interior, donde nos podemos comunicar, donde podemos gozarnos, donde podemos descansar en esta presencia real y amorosa. 
Newman, san John Henry Newman, entendió que, entre todas las verdades de la doctrina cristiana, había tres realmente consoladoras: Una, que Cristo, presente, vive y actúa en la Iglesia; otra, que Cristo está todo entero presente en la Eucaristía y que en ella se nos da como alimento; la tercera es que Dios hace del alma que ama a Cristo su morada. Es la verdad de la inhabitación de Dios en el hombre.
Los cristianos podemos desarrollar a partir de esta realidad una increíble vida interior. ¿Os imagináis lo que es poder hablar sin intermediario con el Dios Altísimo, tener como amoroso huésped del alma a aquel que murió en la Cruz, tener como maestro, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, a aquel Espíritu Santo que es vínculo eterno de amor entre el Padre y el Hijo?
Pero hay una diferencia muy importante entre lo que Dios ya ha hecho por nosotros al morir y resucitar en la cruz y su presencia interior en nosotros. La diferencia es que su amor en la cruz y  en la resurrección está ya dado, hagamos nosotros lo que hagamos. Él ya nos ha amado. Nosotros podemos acogerlo o rechazarlo, gozarnos de él u olvidarlo, pero está ahí, ante nosotros, y lo estará siempre. Sin embargo, su presencia en nosotros, que este amor se convierta en el alma de nuestra alma, necesita de nuestra propia voluntad, de que queramos amar a quien nos ha amado, de que hagamos de él nuestro Maestro, y hagamos de su palabra el criterio de nuestra vida: «El que me ama guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él». Solo el amor a él y la obediencia a su palabra, le permiten a él, hacer de nosotros su templo.
¡Oh, si amásemos verdaderamente a Cristo y guardásemos realmente su palabra y la tomásemos voluntariamente como el mandato y la norma de toda nuestra vida! ¡Tendríamos todo el cielo en nuestra alma! ¡Oh, si teniendo el cielo en nuestra alma, nos aprovechásemos de su presencia en nosotros gozándonos de su amor! ¡Tendríamos por adelantado el gozo de la vida eterna!
Para terminar. Jesús dice también hoy: «El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo». En la presencia interior de Dios, el protagonismo lo toma el Espíritu Santo. El Espíritu del Padre y del Hijo es el que habla a nuestro espíritu, el que nos comunica íntimamente el amor del Padre y del Hijo y el que nos enseña íntima y personalmente a amar al Padre y al Hijo. Estos días de Pascua que conducen hasta Pentecostés son días para decidirnos a amar a Cristo y obedecer su palabra, y días para suplicar el don del Espíritu Santo. ¡Pedidlo! Suplicadlo, como lo suplicaba cada día san Felipe Neri.

Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del domingo VI de Pascua
22 de mayo de 2022
Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Autor Enrique Santayana C.O.
Fecha 2022-06-08
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