Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Fiesta de San Felipe Neri, 26 de mayo, 2022

«Huid de toda singularidad y deleitaos en la vida común»

Aunque todos los que estamos aquí queremos a san Felipe hemos de admitir que somos muy distintos a él. Diréis: ¡claro, él es un gran santo y a nosotros nos queda mucho! Es verdad, pero la diferencia no solo es de grado, él más santo y nosotros menos, sino que es muy posible que estemos andando caminos contrarios, sencillamente porque el principio del camino, el punto de partida, sea muy diferente. El principio que Felipe hizo suyo le llevó a la mayor santidad, el principio que posiblemente hemos hecho nuestro, nos mantendrá siempre en la mediocridad. Veamos estos dos principios.

Nuestra época exalta el «yo»: lo que yo pienso, lo que yo razono. «Atrévete a pensar por ti mismo», dijo Kant[1], trasformando sutil pero profundamente un antiguo dicho antiguo. Y se convirtió en el lema del hombre moderno. Suena muy bien y está muy bien que uno haga el esfuerzo de pensar las cosas importantes. Pero si el yo se autoproclama el centro del universo, sencillamente está pensando mal, porque no es el centro de nada, realmente no lo es, y creyendo otra cosa avanza por un callejón sin salida: lo que yo deseo, lo que yo soy capaz de hacer o no, lo que yo imagino, lo que yo siento…. Así cada uno de nosotros se ha convertido en el centro del mundo y el mundo se ha llenado de islas, nosotros somos esas islas. Así es difícil ser cristiano, así el hombre, cristiano o no, muere en vida. ¿Qué es ser cristiano? Encontrar en otro, en Cristo, la Vida y la Verdad y la dicha. Y aprender de él y obedecer su palabra y seguirlo, olvidándonos de nosotros, aunque al olvidarnos nos encontramos. Y hacer eso junto con todos los que escuchan su llamada y le siguen. ¿Qué es ser cristiano? Ser hijos, y vivir como hijos, hijos de Dios, que viven no solo de su genio, su fuerza y su decisión propia, sino que viven del Padre, haciendo la voluntad de su Padre, bajo su obediencia siempre. Nosotros decimos que somos hijos de Dios, pero se diría que, emancipados, tenemos a nuestro Padre en una residencia, que vamos a verlo un rato los domingos y le tenemos afecto, pero que en la vida práctica vivimos según nuestro propio criterio y lejos de su casa. Cada uno en la nuestra, cada uno siendo una isla. ¿Qué es ser cristiano? Haber recibido el Espíritu de Cristo, que nos conduce a la unidad, a la unidad de la caridad, la propia del Espíritu Santo, que es vínculo entre el Padre y el Hijo, el vínculo que nos une interiormente a nuestro Maestro y nos une a los cristinos en la unidad del Cristo total, en la unidad de la Iglesia.
Antes de morir escuchamos a Jesús rezar a su Padre: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». Porque esta unidad es el amor que no muere, el amor de la Santa Trinidad, el amor que explica el acto creador de Dios y su obra redentora. Esta unidad en Dios Trino y Uno es el amor que, como diría Dante, «mueve el sol y las estrellas», lo que da razón de todo y el fin, el único fin, donde nuestro corazón halla dicha y gozo y alegría y vida.
En contra de nuestra tendencia a convertirnos en islas, san Felipe impuso en el Oratorio de Roma, porque lo impuso con toda la fuerza de su dulce paternidad, la repulsa a toda afirmación de lo propio sobre lo común. Decía habitualmente: «Huid de toda singularidad y deleitaos en la vida común». Esto está en sintonía con otra de las cosas que habitualmente repetía: «sed humildes, sed pequeños», porque para olvidarse de sí hace falta ser humilde y no creerse el centro del mundo, sino un pequeño ser plasmado del limo de la tierra, ocupando un pequeño punto en el universo, ocupando un pequeño intervalo de la historia. Para huir de toda singularidad y deleitarse en la vida común hace falta entender que uno es lo más bajo de la Iglesia Universal, lo más bajo del Oratorio, lo más bajo de mi casa, el más pequeño de entre todos con los que comparto el camino de la vida.
 
Así pues, la celebración de san Felipe nos obliga a cambiar la dirección de nuestra mirada habitual y nos llama a la primera conversión profunda: dejar de mirarnos a nosotros mismos para mirar al único necesario, a Dios, que a nosotros se nos ha dado en Cristo, que nos llama a la unidad en él. Él es el centro del Cosmos y de la Historia.
Con esto llegamos a otro punto fundamental de la vida y de la enseñanza práctica y teórica de san Felipe: su amor inmoderado por Cristo. Porque no vale de nada dejar de mirarse a uno mismo para mirar a otro que es, básicamente, igual que yo. Si salimos de nosotros mismos es porque tenemos algo realmente grande, algo realmente bello, algo realmente valioso: y ese es Jesús, el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios, cuyo amor dado de una vez para siempre en la cruz es siempre vivo y actual. Decía san Felipe: «Quien quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que quiere. Quien pide otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que pide. Quien obra y no lo hace por Cristo, no sabe lo que hace. Todo es vanidad sino Cristo». Y san Felipe se dirigía a Jesús, trataba de seguirlo y le hablaba como si fuese un niño pequeño, como quien ama con la pureza y la sencillez del apóstol san Juan: «Jesús, sé siempre mi Jesús». Jesús, el Dios que se ha hecho hombre, nacido de Santa María, muerto y resucitado, ese es el tesoro eterno de san Felipe. El amor inmoderado a él es lo que ha hecho grande a san Felipe. Enamorado de Cristo, clamó y suplicó durante diez largos años en la soledad de la noche, en las puertas de las basílicas y de las catacumbas romanas que Dios le diese Espíritu, el Espíritu Santo que nos introduce en el corazón de Cristo más y más. Y cuando lo recibió en las vísperas de Pentecostés, en la soledad de las catacumbas de san Sebastián, se produjo en él una explosión de amor: hacia Cristo y hacia aquellos a los que Cristo ama. No hubo hombre que amase tanto a Cristo, ni tanto a los hombres que Cristo le confió en la vida.
 
El amor inmoderado a Cristo —me gusta esta expresión de Giovanni Papini, un literato italiano—explica la última cosa que quiero comentar de san Felipe. Su deseo de alcanzar el cielo, es decir, de abrazarse a Cristo y en él abrazar también a su Madre. San Felipe era un hombre que disfrutaba de muchas cosas de esta vida, amaba la música, se deleitaba mirando el azul del cielo, amaba la compañía de su hijos… amaba lo que Dios había creado. No era el típico amargado que encuentra motivo de tristeza en todas las cosas, sino justo lo contrario. Pero amaba tanto el cielo, deseaba tanto alcanzar definitivamente el cielo, que todo lo demás, al final, solo le era una carga. Por eso enseñaba a sus hijos a desear el mismo cielo y a correr junto con él hacia el cielo, por el ejercicio de las virtudes, especialmente de la caridad hacia todos. Enseñaba que el cristiano que no desea el cielo, que no va hasta el cielo con frecuencia con el pensamiento y con la voluntad, con el deseo, corre el riego de no llegar a él jamás. Y enseñaba que el cristiano verdadero, el amante de Cristo y seguidor suyo, que no quiere separase un milímetro de su Señor, «tiene la vida en penitencia y el cielo en deseo», con lo que he dicho ya no hará falta explicar más el verdadero significado de estas palabras.
 
En resumen: olvidémonos de nosotros, huyamos de toda singularidad para deleitarnos en la vida común, humildes y pequeños. Amemos a Cristo con toda la fuerza de nuestra alma y supliquemos sin descanso el Espíritu Santo, que nos introduzca en la intimidad del corazón de nuestro Señor y nos enseñe a amarlo cada día más. Corramos hacia él, que con el Padre y el Espíritu Santo, nos espera en el cielo, con todos los santos, con san Felipe, con san John H. Newman, con todos los que nos han precedido, con Santa María Virgen, nuestra madre.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana

[1] Que me perdone Kant, que merecería un tratamiento más profundo, pero entenderá que esto es solo una homilía. Con este lema el hombre moderno creyó que llegaría lejos, pero el viaje terminó en el escepticismo, en el relativismo, en el propio yo cerrado, en el yo isla. El gran idealismo no llegó a nada. El humilde realismo, incluso el de los paganos, había llegado mucho más lejos.

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Homilía en la fiesta de san Felipe Neri
26 de mayo, 2022
Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2022-06-08
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