Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
14-IX-2025

 «Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2,9)

 
Queridos todos:
Quiero llamar vuestra atención sobre unas palabras de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura:«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Está hablando del Hijo eterno de Dios: de cómo se despojó de su gloria eterna para hacerse hombre; de cómo siendo hombre verdadero se hizo siervo y esclavo de todos cargando con aquel peso que a todos nos destruía, el pecado; y que eso lo hizo en obediencia a su Padre eterno, al plan que su Padre eterno había trazado para salvarnos. Está hablando san Pablo de cómo por este camino de vaciamiento llegó hasta la muerte, a la muerte terrible y humillante de la cruz: «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz».
Y es aquí, donde dice: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Dios vio a su Hijo amado, que había llevado la humanidad tomada de María a la perfección de la obediencia a él, a la perfección de su condición de hijo, a la perfección del amor, del amor a Dios y del amor a sus hermanos. Y al ver eso, vio al primer hombre que se hacía digno del amor divino, al hombre que justificaba toda la creación, al hombre en el cual Él se podía complacer. Bajo el peso del pecado de todos los hombres, asumido libremente por amor, y bajo la mancha del pecado de todos los hombres, que Jesús hizo suya por amor, el Padre eterno vio al hombre perfecto, vio la humanidad llevada a su perfección en la humildad, en la obediencia, en la caridad, en el amor…  Vio al hombre perfecto y lo exaltó: «Lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Cuando Jesús salió de las aguas bautismales del Jordán, que anunciaban su muerte, Dios había mostrado su complacencia, su orgullo, no solo en su Hijo Eterno, sino en la obra que ese Hijo comenzaba y que concluiría en la cruz: «Este es mi Hijo, el amado» (Mt 3,17). Cuando en el Tabor, mostró la luz de su ser divino que se ocultaba bajo el peso del pecado de todos los hombres, y enseñaba a los tres Apóstoles que debía ir a Jerusalén para padecer allí, su Padre eterno vuelve a mostrar su complacencia: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo» (Mt 17,5). Y cuando Jesús ya ha llevado, en la cruz, el amor hasta el final y ha muerto, el Padre infunde su Espíritu en la humanidad destruida por el pecado, lo vivifica, y a este Hijo suyo eterno, Dios de Dios desde toda la eternidad, pero ahora con esa humanidad que ha tomado como suya para siempre, a cuyo destino se ha unido para siempre, le exalta resucitado, y lo hace Señor de todo: «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre».
La cruz, instrumento de la muerte de los siervos que han cometido delitos infames, símbolo de la humillación y del castigo por el delito, ha sido convertida por Jesús en un instrumento de amor filial y de amor al hombre. Y con la resurrección la ha convertido en símbolo de su victoria, de la victoria de su amor por su Padre y de su amor por nosotros, símbolo de su exaltación. Hablamos de la exaltación no de cualquier cruz, sino de la cruz de Cristo, donde se muestra su amor por los hombres y su amor a Dios, un amor que ha vencido la muerte. En esa Cruz brilla el amor de Cristo por nosotros, del Hijo hecho hombre, y también el amor del Padre Eterno: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna».
«Todo el que cree en Él». Nosotros creemos en Él. Con todas nuestras debilidades, con toda la pobreza de nuestra alma y de nuestro cuerpo, creemos en Él. Creemos que el crucificado es el Hijo de Dios que muere por amor nuestro. Creemos que en la cruz ocupa voluntariamente nuestro lugar. Creemos que en la cruz él muere por cada uno, que por cada uno lleva el pecado, que por cada uno ofrece a su Padre la ofrenda de su amor perfecto. Sí, creemos que él nos ama a cada uno con un amor exclusivo y único. Creemos que en la cruz él se nos entrega y que esa entrega permanece en la Eucaristía, hasta que podamos abrazarnos a él en el cielo.
Creemos que este amor suyo por nosotros es inmerecido, que no hay nada con qué pagar tanto amor. Creemos, con san Pablo, que este amor suyo es nuestra verdadera gloria: «yo no he de gloriarme, sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14), porque nada hay comparable a este amor del Hijo de Dios hecho hombre, de Jesús, «que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,16). Este amor es nuestra verdadera gloria, el amor que nos perdona, el amor que nos salva de nosotros mismos, el amor que no acaba, que rompe los límites del pecado y de la muerte, el amor inmortal.
Ante todos los miedos, nosotros nos abrazamos a esta cruz que nos habla del amor de Cristo y que nos da la vida eterna. Ante todas las dudas, nos abrazamos a esta cruz que nos da la certeza del amor de Dios. Ante todos los fracasos, nos abrazamos a esta cruz, a Cristo crucificado, que nos da la victoria. Ante la oscuridad que trae al alma nuestros propios pecados, nos abrazamos a esta cruz que destila el perdón del corazón de Cristo. Ante todas las mentiras de este mundo, nos abrazamos a esta cruz que nos enseña el amor verdadero, que nos enseña a ser hombres y el camino de la vida dichosa.
Jesús, tú te has entregado a nosotros en esta cruz. Y nosotros queremos entregarnos a ti. Tú has dicho: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). ¡Atráenos siempre hacia ti, Señor!
 
 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del domingo 14 de septiembre de 2025, fiesta de la Santa Cruz
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid
Autor-1673;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1673Martes, 16 Septiembre 2025 20:12
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